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8 min
Supermirafiori
Varios |
17.04.22
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Sinopsis

Ángel tenía el rostro pegado en la puerta de madera del garaje de su tío Miguel. Dentro, protegido del sol bajo una sombra absoluta permanecía el Seat 131 Supermirafiori de color azul de su tío. Ángel no podía dejar de mirarlo.

-Hoy es el día.- Se repetía a sí mismo una y otra vez.- Sí, hoy es el día.

Se giró, miro a su alrededor y puso su mano derecha en el pomo de hierro. Y tiró de él. Se metió dentro, cerró la puerta y se giró. allí estaba el coche observándole con fría pasividad. Se acercó a la puerta del conductor, la abrió y se metió dentro dejando en el asiento del copiloto una bolsa de tela. Ya estaba dentro. El salpicadero de color negro se elevaba ante su cabeza, las llaves estaban puestas y todo parecía en orden. Se giró, miro la bolsa que tenía a su derecha, la abrió y saco un par de zancos de madera que ató a sus zapatillas; luego sacó un par de cojines y los puso debajo de sus posaderas. Ahora ya podía ver bien, con los ojos a la altura del volante y con los zancos llegaba con facilidad a los pedales. Presionó el del freno con fuerza y luego el del embrague. Metió primera y luego segunda, volvió a embragar y dejó el cambio de marchas en punto muerto. Sí, estaba preparado.

Se volvió a quitar los zancos, salió del coche y abrió la puerta del garaje. Luego se subió en el coche, quitó el freno de mano y dejó que el vehículo fuese saliendo por inercia del garaje. Una vez que estaba fuera, volvió a tirar del freno de mano, el coche se detuvo y el volvió a salir. Cerró con cuidado la puerta del garaje y volvió al coche.

Una vez dentro, se volvió a atar los zancos, miró las llaves de contacto del coche y observó el paisaje.

-Maldita sea, sí, hoy es el día.- Se dijo a sí mismo lleno de excitación y de miedo.

Entonces giró la llave de contacto una vez hasta llegar al contacto dado y luego la giró una vez más hasta el arranque. El motor rugió. Miró hacia un lado y otro, no había nadie a la vista. La casa de su tío estaba a escasos diez metros. Pisó el embrague, metió primera, quitó el freno de mano y fue liberando con cuidado el embrague, al tiempo que el coche se movía. Pisó con calma el acelerador y fue girando con fuerza el volante hasta dirigirlo al camino que había hasta la puerta de salida de la finca. Metió segunda y fue pisando con cuidado el acelerador. Llegó a la puerta principal de la finca que estaba abierta y salió con rapidez, avanzaba por un camino que daba a una carretera nacional.

-En la nacional sólo me pueden detener los civiles, he de ir con cuidado.- Y entonces miró a su alrededor y cerca del freno de mano habían unas gafas de sol de su tío. Las cogió y se las puso.- Seguro que así no me reconocen. Llegó a la nacional, giró y se metió en ella sin respetar el ceda el paso; ya había metido cuarta y el motor avanzaba a más de noventa kilómetros por hora. La carretera estaba vacía con apenas algunos camiones y coches que iban hacia la costa. Avanzó unos kilómetros y salió en la salida de la gasolinera. La casa de Valeria estaba cerca.

El sol ardía mientras el ruido del motor era constante en aquella mañana de julio. Al rato ya estaba en la puerta de la casa de Valeria. Empezó a hacer sonar la bocina y al poco Valeria apareció por la puerta.

-Ángel ¿eres tú?

Y Ángel la sonreía a través de la ventana del copiloto que había bajado, mientras le hacía señales para que se acercase.

-Venga sube.-Le dijo cuando Valeria puso sus manos en la ventana del copiloto.

-¿Y este coche, de dónde lo has sacado Ángel?

-¡Sube Valeria, venga, antes de que nos vean tus padres!

-Mis padres se fueron al mercado. Estoy sola. Ángel, pero si tú no tienes carné para conducir. ¿Lo has robado?

-Va Valeria sube, confía en mí.

Valeria siempre confiaba en Ángel. A pesar de ser un niño problemático, que sacaba malas notas y que tenía mala fama entre las gentes del pueblo, Valeria le tenia cariño. Siempre la ayudaba y la protegía en el colegio, y una vez que se cayó jugando le puso yodo en la herida y una tirita. Y le cantó el sana sana.

Valeria subió al coche se sentó en el asiento del copiloto y puso el seguro a la puerta.

-¿Has puesto tú el seguro a tu puerta Ángel? ¿Y te has puesto el cinturón de seguridad?- Le sermoneaba mientras ella se ponía el suyo. Y Ángel la miraba con condescendencia, puso el seguro de su puerta y fue tirando de su cinturón de seguridad. Y una vez terminó, metió primera y huyeron calle abajo.

Ángel condujo sin rumbo hasta llegar a unos pastos que había cerca del río que rodeaba el pueblo. Detuvo el coche, puso el freno de mano, quitó la marcha y paró el coche. Unos segundos después el sonido de los pájaros cantando volvía a cubrirlo todo, tras el silencio del atronador ruido del motor diésel de aquel Supermirafiori.

Se quedaron mirando los árboles. De vez en cuando Ángel miraba a Valeria, ella le sonreía y él volvía a mirar a la naturaleza que les rodeaba. Entonces, muy despacio, Ángel fue acercando su mano hasta posarla sobre la pierna izquierda de Valeria. La toco con suavidad. Valeria le miró la mano y Ángel fue acariciándosela hasta llegar al borde de la falda. Entonces siguió un poco más, la falda cubrió parte de la mano de Ángel que no dejaba de imaginar aquellas braguitas blancas que estaban al final de sus piernas. No decía nada, miraba cabizbajo el cambio de marchas al tiempo que su mano se deslizaba sobre la pierna de Valeria. Sentía que el corazón le iba a estallar.

-Ángel, por favor.

El ruido de sus débiles palabras llegó a sus oídos y entonces empezó a retirar su mano. Ardía en deseos de tocarla, pero ardía aún más en deseos de amarla.

-Ángel, ¿este coche de quién es?

-Es de mi tío...

-¿Y te lo ha dejado?

-No, pero si lo devuelvo al garaje antes de que se despierte, será como si me lo hubiese dejado.

-Ángel, eso no está bien, lo sabes ¿no?

-No está bien, no está bien.... Hay tantas cosas que no están bien. Y las que más me gustan son las más prohibidas.

-Ya Ángel, pero si tu tío se despierta y no te ve y tampoco ve el coche se preocupará ¿no crees?

-Supongo...

-¿Entonces qué debemos de hacer?

Ángel miraba a través del cristal de su puerta los chopos que había junto a la orilla del río. No pensaba en nada, pero la conciencia de Valeria parecía hostigarle de un modo constante mientras él trataba de ignorarla.

-Supongo que tengo que devolver el coche...

-Muy bien. Entonces arranca y llévaselo antes de que se despierte.

-Vale, vale, te dejo en tu casa y lo devuelvo, tranquila.

-Ah no, yo te acompaño. Ya que me vienes a buscar a mi casa en coche, qué menos que me des una vuelta ¿no?

Ángel miraba los chopos, se giró y miró a Valeria que le observaba de un modo fraternal.

-Valeria, me, me.... Valeria me gustas. Me gustas y quiero que seamos novios.- Tenía la boca reseca de los nervios. Intentó no equivocarse y le dijo lo que sentía desde su corazón.

-Ya lo sé Ángel y tú a mí también me gustas, pero sólo tengo doce años y tú trece. Seremos novios sí, pero creo que aún podemos esperar un poco más ¿no? Venga, llévame a casa de tu tío.

Ángel sintió que no había fallado, pero tampoco obtuvo aquello que había ido a buscar. Sonrió a Valeria, accionó la llave de contacto y arrancó el Supermirafiori. Dio marcha atrás, volvió por el camino y se fue acercando a la nacional. Valeria sonreía mientras el viento mecía su cabello castaño, y sus dientes brillaban al sol. Ángel empezó a incorporarse a la nacional.

-¡Espera Ángel, has de detenerte! Mi padre dice que hay que hacer siempre el ceda el paso. ¿No ves que es un riesgo?

Ángel detuvo el coche. Miró hacía atrás y al ver que no venía ningún coche, se fue incorporando a la carretera nacional, mientras iba cambiando de marchas. De vez en cuando miraba a Valeria y ella le miraba a él con una sonrisa que brillaba y cegaba como el sol. Puso quinta y aceleró, y el coche se fue desplazando con velocidad en aquel día de julio.

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