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13 min
SUPERPODERES
Fantasía |
22.04.08
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Sinopsis

      Tres amigos, tal vez unidos por el azar, se encontraban divagando acerca de las opciones que les ofrecía la vida en un futuro. Ninguno sacó nada en claro, únicamente que eran especiales y desaprovechaban aquel don que se les había otorgado por nacimiento. Estaban Rato, Moncho y Pepe bromeando sobre esos poderes que en ningún momento les había fallado. Parodia misma de los clásicos superhéroes del cómic. A Rato se le manifestaba cada vez que el tiempo anunciaba lluvia y la primera gota siempre le caía a él, estuviese donde estuviese aún dentro de casa el destino buscaba la forma de que así fuera; Moncho poseía la gracia de encontrar aparcamiento siempre a la primera. No sabía él lo que era estar dando vueltas a una manzana o varias durante largos minutos para encontrar un lugar donde estacionar; Por el contrario, algo más agresivo era el don de Pepe, con inclinación a la pelea fácil y las pocas palabras. Sucedía que Pepe, cada vez que se metía en follones se pavoneaba de salir en todas sus batallas ileso y con el orgullo de saberse ganador, pues con un solo golpe tumbaba a cualquier adversario. No había rival al que no descubriera inconscientemente su punto más débil y era allí donde se lanzaban, casi de forma automática, sus puños.

      Eran quizá unos superpoderes algo atípicos pero, sin duda, muy prácticos. Y allí estaban los tres, tumbados en el césped, bromeando con la mirada perdida en el cielo nuboso acerca de estos y otros menesteres. ¿Podían hacer algo con aquellas virtudes? Rato quizá hubiera encajado bien como hombre del tiempo pero, dado que cuando divisaba el agua ya era demasiado tarde, creyó que acabaría por durar poco en el oficio. Moncho y Pepe lo tenían más fácil a la hora de elegir oficio. No era difícil imaginar a Moncho como taxista, aparcacoches o cualquiera de los trabajos que implicasen estar al volante con frecuencia y realizar muchas paradas en boxes. En cuanto a Pepe, si su cuerpo no hubiese sido tan enclenque, era probable que se hubiese planteado una carrera profesional como boxeador o luchador en cualquiera de sus categorías y especialidades. Sin embargo, sabía que tampoco había negocio ahí. Nadie quería ver un combate que durara menos de un minuto, sobre todo si se había pagado por ello. Así, los tres amigos, pensando que la vida era injusta y que si tenían aquello debían aprovecharlo, se dispusieron a urdir un plan que les hiciese la vida más fácil.

      Con esa absurda facilidad que caracteriza a los jóvenes descerebrados e inocentes, los tres chicos que apenas sobrepasaban la veintena, decidieron que lo mejor, sin duda, sería buscar el dinero fácil allí donde seguro podían encontrarlo: un banco. Rato, Honorato para sus padres, abuelos y resto de la familia, se encogía de hombros indicando que él poco podía ayudar a ese respecto. Lo que quedaba claro, al menos, era quien conduciría y les llevaría a la fuga por la ciudad. Y bueno, Pepe, él sería la mano ejecutora del plan. Si alguien se ponía chulo no tenía más que lanzar sus puños de hierro y, antes que le noquearan lo tumbaría de un solo golpe. Aún así, su plan se quedaba cojo, pues arrebatar una suma escandalosa de dinero no era nada fácil teniendo en cuenta las tecnologías que ahora se gastaban los bancos. ¿Qué podían hacer entonces? Chema, un viejo amigo de primaria les dio la solución cuando lo vieron pasar paseando entristecido frente a ellos, sin prestar demasiada atención a las tres figuras echadas en el suelo.

      Con Chema apenas hablaban. De vez en cuando intercambiaban saludo cortés y poco más. No obstante, no podían olvidar que él también poseía un extraño don, aunque la mayoría de las veces aquello podía tratarse más bien como una desgracia. Y es que su amigo era gafe. Sí, exacto. Estaba gafado. Toda la vida había sido así y, por los andares que llevaba el chaval, no parecía que hubiese cambiado aquella situación. Moncho y Pepe zarandearon a Rato levemente para que fuese él quien se acercase a hablar con Chema. Rato siempre había tenido más contacto con aquel despojo humano y, en cierto modo, creía comprenderle. Tuvieron que insistir. Finalmente, Rato se levantó y corrió hasta donde se encontraba Chema. Como era de esperar, una gota mojó la frente de Rato. Aquello confirmaba la fuerza de su poder. La de ambos. Chema le miró con aire triste.

      -      Va a llover... – dijo llanamente.
      -      Lo sé... – correspondió resignado Rato.
      -      ¿Qué haces por aquí? – dijo mirándose los zapatos. – Deberías alejarte del peligro.
      -      No digas tonterías Chema... – quitó importancia a su mal. Entonces sintió la picadura tras la oreja de una maldita avispa y se arrepintió de lo dicho. Chema le descubrió haciendo aspavientos. Le miró un momento sin sonreír, con los ojos caídos. Luego volvió la vista al suelo.
      -      Te lo dije, si no haces caso puedes acabar mal. – Insistió.
      -      No ha sido nada. – Trató de encauzar el tema.
      -      Pero lo será... – guardó silencio unos segundos. - ¿Qué quieres, Rato? Vete ahora que estás a tiempo.
      -      No puede ser tan malo eso que te pasa... – tragó saliva y aguardó alguna catástrofe. No sucedió nada.
      -      Lo es, tal vez más para quienes me rodean que para mí mismo. – Se explicó. – A mí realmente nunca me pasa nada malo, pero aquellos que se me acercan... – suspiró largamente. – Vete, por favor...
      -      No me iré, Chema... – le palmeó el hombro y la avispa atacó de nuevo sobre el dorso de su mano. – ¡Maldita sea! – La retiró rápidamente y lamió la herida como si fuera un gatito bebiendo leche.
      -      Ves... – Se encogió de hombros y siguió caminando.
      -      ¡Espera! – Le espetó. – Somos amigos. – Y se acercó hasta su lado.
      -      Hace años que no hablamos, Rato. – Miró hacia donde estaban Moncho y Pepe – ¿Te han mandado aquellos para divertirse un rato o qué?¿Es una especie de prueba o algo así?
      -      No... no... – se apresuró a decir. – Sólo que hemos pensado en ti para un negocio. Igual puedes sacarle partido a ese don.
      -      ¿Un negocio? ¿Don? – Bufó despectivo y asqueado - ¿Cómo puedes llamar a esto un don? Esto es una desgracia... ¿qué negocio podría yo sacar de esto?
      -      Tal vez haya algo. – Rato no tenía intención de dejarse vencer. A cada palabra que intercambiaba, notaba con profunda pena la tristeza de su amigo clavándosele en el alma. Aquello removió sus sentimientos y se dijo que no se rendiría aún fuera por darle esperanza a aquellas tierras baldías.
      -      No hay nada... Vete, Rato. – Se detuvo y le miró con ojos llorosos. – Vete antes que sea demasiado tarde.
      -      Ven con nosotros, Chema. – Lo tomó de nuevo por los hombros y esta vez no tuvo que lamentarlo. – Creo que no te arrepentirás. Eres especial... – Chema le sonrió y asintió vencido. ¿Qué podía perder cuando ya no había nada que mereciese la pena?

      Los chicos le explicaron su plan. Tenían intención de utilizar el don de Chema para bloquear las acciones defensivas de quienes se cruzaran en su camino, tal vez bloquear los sistemas de seguridad o a saber. Chema escuchó paciente, sin desaparecer el hastío de su semblante. Al acabar de narrarle la idea, se les quedó mirando inexpresivo.

      -      Yo no controlo esto, ¿sabéis? – Les espetó desganado. – No funcionará.
      -      ¡Claro que sí! – Dijo Pepe – Tú sólo déjate llevar. El resto lo haremos nosotros. No tienen ni porqué relacionarte con el robo. Tú te acercas al banco y permaneces allí, como si fueras un cliente más. Yo qué sé... – masculló dándose golpecitos en la cabeza. – pregunta por una cuenta vivienda o lo que quieras. Sólo tienes que hacer tiempo.
      -      No sé... – dijo moviendo la cabeza a un lado y al otro.
      -      Venga... – dijeron Moncho y Rato al unísono. – Puedes hacerlo. Por ti. Te mereces un respiro.
      -      Pero eso... eso es un crimen. – Trató de justificarse. – Una cosa es que le pasen cosas malas a todo aquel que entra en contacto conmigo y otra muy distinta es hacerlo deliberadamente. No quiero hacer daño a nadie.
      -      ¡Y no lo harás! – Se apresuró a decir Rato. – Confía en mí. Esos bancos tienen mucho dinero y más que roban ellos... – Volvió a vencerle y Chema se encogió de hombros sumiso.
      -      Está bien. – Dejó escapar una exhalación que indicaba no había más caminos a escoger.

      No querían dejar pasar mucho tiempo, así que procedieron a planearlo todo en menos de una semana. Lo harían un miércoles. Un día intermedio que consideraban cenit económico de la semana. Un día en el que la sucursal tendría suficiente dinero como para que los chicos pudieran pasar unos años bastante desahogados. Chema llegó a las nueve y media. Había gente a esa hora haciendo cola y aquello le salvó de tener que abordar a algún empleado. Se retiró hasta un rincón y permaneció sentado en mitad de una hilera de sillas de plástico. Miraba nervioso la hora. A las diez menos cuarto se levantó y colocó detrás del último que esperaba para acercarse a caja. Su don comenzó a manifestarse. La señora que iba delante sufrió un espasmo y, agarrándose el vientre, salió corriendo con una mueca desencajada hacia el servicio. Toda una hilera de fluorescentes estallaron a su derecha y algunas chispas cayeron sobre los papeles que tenía una de las administrativas sobre la mesa, ardiendo levemente. El guardia de seguridad, prestando su ayuda para apagar el mini incendio mientras apaciguaba a la clientela, no se percató de que las cámaras de seguridad ahora no emitían señal alguna. A menos diez vio, a través del cristal de la puerta de entrada, a Moncho aparcando el coche justo enfrente. ¡Tendrá suerte el cabrón! Pensó. Dos encapuchados, Pepe y Rato, se acercaron con rapidez al guardia y lo redujeron fácilmente. No quería problemas ni perder la vida, por sus hijos que no movería un dedo que pusiese en peligro su integridad. Chema se apartó. Rato le guiñó un ojo satisfecho. La pareja indicó a los presentes que se echaran al suelo y no se movieran. Luego instaron a los operarios para que les dieran todo el dinero que había en la caja fuerte.

      -      ¡Pero no se puede! – Dijo una chica del otro lado del cristal.
      -      ¡Cómo que no se puede? – Bramó Pepe enfurecido. - ¡Aquí se puede lo que mis cojones digan! ¡Abre la puta caja!
      -      No lo entienden – comenzó a llorar – Se abre automáticamente, una vez a la semana. Lo controlan desde la central... – Sus ojos decían “no me maten, soy inocente” – No se puede...
      -      ¡Cago en la puta! – Pepe miró de reojo a Chema, ahora en el suelo junto al resto. - ¡Tú! – Dijo señalándole. - ¡Ven aquí! – Y lo cogió por la pechera. - ¡Abre la puerta! – Le dijo a la chica anegada en lágrimas.
      -      ¡No me hagas daño! – Dijo.
      -      ¡Pues abre la puerta! – Insistió. Luego de poder cruzar al otro lado, arrastró a Chema consigo y el lugar se quedó a oscuras repentinamente. Un fallo eléctrico. Entonces un chirrido precedió al pitido que indicaba mal funcionamiento en la caja fuerte. La puerta blindada comenzó a abrirse como por arte de magia y Pepe no pudo reprimir el instinto de besar la frente del falso rehén. - ¡Vamos! ¡Has visto como si se puede! – Dijo a la chica – ¡Ahora coge a un par de amiguitos y llenad estas bolsas! – Rato se acercó y arrojó un par de sacos de lona a los pies de la cajera.

      Con las bolsas llenas y el orgullo henchido, se dirigieron a la puerta. Todo había salido a pedir de boca. Sin embargo, justo al cruzar el umbral, una gota de lluvia cayó sobre el hombro de Rato. El tiempo pareció detenerse. Miró hacia atrás el tiempo justo para advertir un disparo. Se clavó en el mismo lugar donde la gota. Pepe se agachó y corrió hacia el coche. Rato vio a Chema echándose las manos a la cabeza, escondiéndose y deseando le tragara la tierra. Las sirenas de la policía aullaron a pocos metros. Moncho se puso nervioso y no conseguía arrancar el vehículo. Antes de darse cuenta, los agentes les pedían que tiraran las armas y alzaran los brazos “bien altos donde pudieran verlos”. Todo se sucedía a cámara lenta. Y lo vio. Rato descubrió que el plan perfecto se había ido al traste por infortunio. Trató de no culpar a Chema. Ellos le habían metido en esto. Pero Rato lo vio, más allá del salón de la entrada, tras el cristal, en los ojos de la llorona. Antes no se había dado cuenta, pero siempre tuvo, desde que entraron un insistente tic en el ojo derecho. Y es que May poseía también otro extraño don. Cuando un peligro acechaba, su párpado comenzaba a temblar e inconscientemente apretaba el botón de alarma, ese puntito rojo escondido que avisa a las fuerzas del orden. Lo había hecho un par de minutos antes de que entrara Chema. Ella ni se había dado cuenta. Nunca se percataba de ese acto reflejo. Tan sólo sabía que jamás, en todo el tiempo que llevaba trabajando allí, habían conseguido arrebatar una moneda siquiera al banco. La policía siempre se anticipaba. May dejó de temblar, y de llorar, y su ojo volvió a la normalidad. Chema bramó algo entre dientes y maldijo su destino. Los otros tres, efectivamente, pasarían al final algunos años viviendo desahogadamente. No tendrían que preocuparse de un oficio, ni del dinero, ni de tener un techo bajo el que dormir... tal vez ni siquiera la lluvia alcanzase a Rato. Ni las gotas de lluvia advenedizas ni las balas presagiosas. Se alegró, mientras esposaban a sus amigos y una camilla le subía a la ambulancia, por el hecho de que, al menos, seguirían permaneciendo unidos. Juntos hasta el final.
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