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11 min
TAMBORES LEJANOS
Reflexiones |
29.11.06
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Sinopsis

Siwa es un país minúsculo, una antigua ciudad fortificada, que tiene su propio idioma, sus danzas y una idiosincrasia distinta y distante. Egipto, territorio desmedido y codicioso, decidió apropiarse de este lugar y así lo hizo. Ahora ellos forman parte de Egipto y hablan la lengua árabe además de su propia lengua siwi, aunque continúan danzando su propia danza en la oscuridad, al son de esa percusión que tanto aman.

Para llegar a Siwa hay que recorrer muchos kilómetros y adentrarse en el desierto. Es preciso tocar la delgada pared que separa Egipto de Libia, por eso hay pocos que se animen a adentrarse en su territorio. No hay mucho que hacer en Siwa, excepto pasear, mirar, comprar o tomar el té con sus apacibles y cordiales nativos. Su magia, su pobreza y su encanto no son de este mundo, pero su diferencia se apodera de tu alma, y su paz te conquista. Está muy lejos de poder ofrecer el tipo de diversiones que nuestra mente recuerda, pero el sosiego de su vida diaria llega a formar parte de ti. Mentiría si dijera que hay mucho que ver, excepto el oráculo de Amón, el baño de Cleopatra, la fortaleza de Shalí y el pequeño pueblo, envuelto en el polvo del desierto próximo. Sus casas de barro, esculpidas con el mismo color del suelo, los convierte en invisibles cuando te alejas. Siwa es lugar incomparable, pero si decidís visitarlo debéis desprenderos antes de la prisa y la forma de vida europeas.

Las mujeres de Siwa no existen; jamás caminan por la calle, de forma que una figura femenina sin cubrir, paseando por esta ciudad de cuento oriental, llama tremendamente la atención. Ellas viven escondidas bajo sus ropajes negros, sus velos sombríos, que cubren también su cabeza dejando al descubierto solo los ojos, y aún así, si intentas hacerles una fotografía, ocultan la mirada. Salen a la calle montadas en un carro rectangular y metálico, una especie de enorme caja de cerillas sin asientos, que se apoya sobre dos ruedas de coche para transportarlas en sus cortos trayectos. El que tira del carro siempre es un burro pequeño, tan pequeño que casi habría que denominarlo pollino, y es sorprendente ver cómo el pobre animal, de orejas puntiagudas y mirada tierna, puede con el peso de varias cabezas negras de ojos escondidos, que ríen en murmullos para no hacer ruido, intentando pasar desapercibidas para no molestar en su mundo machista y rural. El carro siempre lo conduce un varón, da igual la edad que tenga, es su condición de hombre la que predomina; suya es la responsabilidad de las mujeres de su pequeño harén familiar.

Nunca llueve en Siwa o si lo hace, es en contadas ocasiones; a pesar de todo, el baño de Cleopatra, un estanque redondo de piedra, cuyas paredes están acolchadas de verdín, continúa rebosante, destilando su antigüedad barroca. Puedo imaginar a Cleopatra enjabonando la espalda de Marco Antonio; sentir sus soberanos retozos entre palmeras africanas; sus largas conversaciones al declinar el sol en el horizonte, degustando el dulzor de los dátiles y el vino. Dicen que ella siempre se bañaba aquí, antes del amanecer, por eso le han puesto su nombre a esta rústica y hermosa piscina redondeada.

Siento una inquietud especial al visitar el oráculo de Amón, el famoso Dios egipcio al que acudió Alejandro Magno al pasar por esta aldea recóndita. Es un recinto perfectamente conservado, teniendo en cuenta su antigüedad. Entre sus paredes, imagino la voz potente de aquel inquietante dirigente macedonio, hijo de Filipo y Olimpia, que resultó vencedor de mil batallas y murió joven, a la misma edad que Jesucristo. Sus treinta y tres años cerraron una etapa importante de la historia, porque el Oráculo trasladó sus preguntas al más allá, ya que unas fiebres se lo llevaron de este mundo antes de tiempo. No pudo revelar a nadie la respuesta del Oráculo; desconocemos la esencia de su pregunta. Alejandro murió como había vivido: en el camino, pero su espíritu permanece entre estas paredes del templo.

Termino por acostumbrarme a la ausencia de mujeres en Siwa. Su magia me transporta a este país de hombres. Si no me fijo, parece que las mujeres no existen. Mi piel blanquecina, mis ojos claros, el tono rojizo de mi pelo, resultan exóticos en este pueblo. Cuando descanso en uno de los bordillos sobresalientes de una tienda, algunos niños se acercan a tocarme el pelo. Puede que me tomen por un ser irreal. Puede que lo sea. Mi ego se siente revitalizado porque aquí soy la más bella, ya que no hay comparación posible. Me pregunto si será un encantamiento de una mente dominante, masculina, siempre masculina, que decidió acabar con uno de los dos sexos, incapaz de pensar que son necesarios dos para jugar a la reproducción, para que su mundo, por muy alejado que esté del resto del mundo, continúe multiplicándose y viviendo.

Los hombres se sientan en las calles para mirar cómo pasa la vida. A veces toman un té con menta. Hay un pequeño bar en la plaza del pueblo, donde se reúnen para ver la televisión. Es lo único que lo iguala al resto de los países, aunque aquí adviertas la pequeña diferencia de su vestimenta, porque todos llevan chilaba Cuando retransmiten un partido de fútbol, se pueden escuchar sus voces unidas, gritando un gol en un idioma que se aproxima a la extinción.

Sus costumbres son sencillas. Ante la ausencia de cines, teatros, restaurantes y cualquier otra posibilidad de ocio conocida, algunos se refugian en Internet –la minoría-, el resto, deja discurrir su existencia dedicándose a la vida contemplativa. Trabajan en el campo o con los turistas, como Josef, el niño que conduce un carro-taxi, y que me paseó por los alrededores del pueblo. Acusa la mezcla de razas en su piel, por eso su color es bonito, extraño y oscuro, al igual que sus ojos y su pelo. Josef quiere ser un hombre de negocios; en Estados Unidos eso podría suponer convertirse en un broker de la bolsa de Nueva York, o quizá un informático que se lo monta por su cuenta en su propia casa. En Siwa me temo que el significado es bien distinto; la variación le puede llevar a poseer varios pollinos que transporten a los escasos turistas que se adentran en sus áridas tierras. Josef podría llegar donde quisiera, porque posee una mente rápida e inteligente, pero sus posibilidades hubieran sido reales en cualquier otro sitio. Aquí, se asemejan bastante a un espejismo.

Hay que pasar muchos controles en Egipto. ¿Cómo lo hacen? Al desierto le peinan una raya en medio, y en esa raya colocan varios bidones metálicos y una caseta destartalada, y le regalan un uniforme a un par de chicos, y un fusil, y unas botas que el barro cambiará de color; y allí, en medio de la nada más absoluta, dentro de un uniforme que ni siquiera es de su talla, ellos te observan y te preguntan, y apuntan al cielo, y tú temes que su instrucción haya sido insuficiente y tal vez, en lugar de protegerte, terminen por matarte, porque allí, la vida es un bien dudoso. De vez en cuando, siempre en defensa del turista, principal fuente de divisas, organizan un convoy. Varios vehículos esperan en un intenso control, que empieza y termina con un coche policial desde el que varios jóvenes armados, observan el sugestivo vuelo de las moscas en el horizonte. Espero que no haya ningún atentado; confío en ello, porque tengo serias dudas en cuanto a la posibilidad de morir aniquilada bajo el fuego de mis salvadores, en un intento profundo y sincero de defenderme.

Los hoteles son baratos y el personal sumamente amable, aunque no debes esperar rapidez europea o agilidad mental, excepto para el regateo y la propina. Todo se vende y se compra, aunque en muchas ocasiones, te invitan a tomar el té para charlar contigo. Son unos expertos negociadores, y bastante capaces de enredarse en una conversación de cualquier tipo, que transcurrirá sin prisa, porque ellos tienen tiempo. Prácticamente es lo único que tienen.

Siwa es hermoso, sucio y decadente. La parte de suciedad se debe por un lado a su pobreza, pero además, su concepto de la higiene es diferente al nuestro. Es una cuestión de valores y prioridades. Sus calles sin alcantarillado, sin farolas, y con los continuos paseos de los burros, convierten el suelo en un lodazal de mezcla compacta. No puedes distraerte mirando al frente sin bajar la vista de cuando en cuando al suelo, porque si no lo haces, tal vez te encuentres con una sorpresa seca y marrón pegada a la suela de tu zapato. Algunos dicen que pisar excremento trae suerte.

Existe un hotel carísimo, en la salida de pueblo, el Adrere Amellal. Puedo decir que la contemplación de este lugar en el dominical de un periódico, fue lo que me cautivó y me trajo hasta aquí. No está señalizado porque no necesita publicidad. En África, no todos saben leer, así que prefieren transmitirse las noticias de boca en boca. Este hotel está sacado de un cuento de Las Mil y una Noches. Su estructura es de adobe mezclado con paja. Todas las estancias son abovedadas, y sus arcos tienen formas circulares, como si siguieran las indicaciones del Feng Shui. En su interior, igual que en una cueva, te sientes Alí Babá, te conviertes en un ladrón privilegiado, porque puedes pasearte entre las paredes de un cuento.

Disponen de agua corriente, pero no utilizan luz eléctrica. Cuando llega la noche, miles de velas prendidas en las hornacinas de las habitaciones y de los pasillos, te miran con sus vacilantes ojos amarillos. Si soplas esas velas, las estrellas continúan alumbrando sus parajes áridos, que son tan rudos, porque los habitantes agotaron todas sus lágrimas.

No hay mucho que hacer en Siwa salvo hablar con sus gentes. Ninguna de las diversiones a las que estás acostumbrado te servirán aquí. Solo un filósofo, un escritor o un loco podrían soportar esta forma de vida de forma permanente habiendo conocido otros países, porque la pasividad vital es una constante, las inquietudes son pocas, y es tal vez el mayor contraste ante nuestra mente caucásica, pero conocí a una japonesa que vivía allí. El amor influyó en su decisión, y apegada a aquellos riscos de barro, aprendía el árabe y el siwi. También la vi danzar sobre el fuego. Bailó con nosotros esa danza antigua, que tal vez conocieran Cleopatra y Marco Antonio.

Oscurece en Siwa. El día llega antes de lo que un europeo podría suponer, ya que el sol se despierta antes de las seis; también se agota más temprano. Hasta muy entrada la noche, los habitantes de este oasis permanecen en la calle, ociosos o atareados. Josef quiere que le dé mi número de teléfono. Tiene solo trece años y está estudiando para ser un hombre de negocios. Puede que en un futuro, llegue a dirigir un negocio de taxi-burro; puede que deje los estudios, porque sus manos sean necesarias para alimentar al resto de su numerosa familia. En cualquier otro continente, en cualquier otro lugar, Josef habría llegado muy lejos. Esa certidumbre me resulta sorprendentemente dolorosa.

Amanece en Siwa. Las palmeras del hotel traen aromas del pasado. Cleopatra se sumerge en su poza predilecta, mientras Marco Antonio se deleita tomando queso fresco y pan con aceite de oliva y dátiles. Las aceitunas también nadan en un frasco de cristal, imitando a la malograda reina de Egipto. Cleopatra y Marco Antonio pisaron esta tierra. Sus cuerpos seguirán unidos eternamente, en algún lugar remoto del continente africano. ¡Quién sabe dónde! Y, después de todo, ¡A quién le importa!

Desde mi regreso, cuando alguna pena me roe el alma, cierro los ojos y regreso a Siwa. En mi corazón inquieto, siguen sonando tambores lejanos.

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