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3 min
Tan pequeño.
Varios |
12.03.07
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Sinopsis

      No logro recordar el día en que todo empezó, por más que lo intento. Las imágenes se agolpan en mi mente pero no alcanzo el principio, el instante primero.
      Creo que hubo una llamada telefónica, y una mano temblorosa depositó el teléfono sobre la mesa, tras una conversación muy breve. Después un tren atestado de gente en el que sólo estaba yo, y quizás mi alma ya no estaba, si es que alguna vez la tuve.

      Quiero contar esta historia y dejarla aquí, atrapada en esta pantalla. Algo me dice que sólo cuando logre hacerlo seré libre de aquellos fantasmas. No quiero leerla jamás ni oír hablar de ella, no quiero que escapen de estas palabras todo lo que quiero encerrar para siempre, tras ese punto y aparte.

      Cuando le vi, tendido sobre sábanas blancas, un tubo le atravesaba el pecho; un armatoste reposaba a los pies de su cama, lleno de un fluido color pardo. - Aquella imagen agujerea mis recuerdos retando al mundo real, se derrama con una nitidez asombrosa -. Y yo quedé inmóvil en el umbral, acariciando aquella pesadilla lentamente; reculé despacio, rogando porque no hubiera llegado a verme. Apoyada sobre la pared del pasillo, me dejé llorar hasta el infinito, hasta que nadie pudo oírme, hasta que pude enjugar mis lágrimas sin tirar de todas aquellas que hacían cola tras mi retina.
      Estaba dormido. Miré a mi madre fijamente y en aquel instante, y quizá de forma única y exclusiva en mi vida, la sentí idéntica a mí. Sus ojos eran los míos, o paralelos; sus manos temblaban traidoras en sus bolsillos, o en los míos; y aquello que todos respirábamos en esa habitación, aquel dolor de una madre desesperada, se fundió conmigo y me anegó por completo. Y llené junto con ella todos aquellos rincones.
      Entonces aún no sabía que serían dos meses. Dos meses de un tiempo cobarde que se regodeó despacio en cada una de aquellas noches de hospital, se paseó altivo tras las puertas de aquellos quirófanos, y acarició su rostro pálido, cansado por no desfallecer. Mi hermano pequeño siempre sería tan pequeño como el más temprano de los recuerdos que de él conservo.
      Entonces no era tan pequeño, dieciséis años entre sus fauces, entre su espíritu hambriento. Recordaba y recuerdo aquellos días de cruenta infancia, en que le vi llorar con ojos descarnados. De ira, de rabia, de impotencia ante la imposibilidad de su propio temperamento, de su yo indomable; pero jamás lloró ante el dolor, jamás ante el miedo.
      Aquella imagen no la borrarán ni un millón de años de silencio. Lágrimas como temores, hacían hueco entre sus mejillas, entre el más evidente de todos los miedos. El miedo a la muerte.

      Tras mes y medio vagando por los pasillos de un hospital atestado, aquel día sería diferente. Parecía recuperarse satisfactoriamente de la tercera de las operaciones, el color había vuelto a sus mejillas, sonreía por instantes mientras jugábamos a las cartas. Sabía que me dejaba ganar, pero callaba; supongo que adivinaba que aquello era una de tantas cosas que lograban calmar mis inquietudes, verle sonreír farsante mientras arrojaba su última carta triunfal. Los resultados de las pruebas no se harían esperar, pronto ll
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