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4 min
Teatro
Fantasía |
14.10.20
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Sinopsis

No era un teatro en propiedad, pero había un escenario, espectadores y actuaciones que se desarrollarían durante aquella bochornosa noche de enero.

A lo largo de mi vida había conseguido sortear en mayor o menor medida mi presencia frente a un público o sobre un escenario. Las disertaciones que tuve que realizar en el pasado habían sido más bien escuetas, protegiendo tanto mi integridad física como mi vulnerabilidad emocional. Y sin embargo, entre todos los protagonistas de esa velada, estaba yo.

Ahora que habían pasado tantos años, que cada célula de mi cuerpo había cambiado, y que mucho de mi forma de ser y de pensar había pasado por una transformación, me daba cuenta que, de alguna manera, estaba teniendo una especie de regresión. Por algún motivo, mis temores no estaban entre la lista de cosas eran distintas después del transcurrir del tiempo, y la angustia no tardó en empezar a fluir en mi interior.

¿Cómo se había tomado la decisión de que haríamos una obra de teatro para aquel evento? Indudablemente esa era una de las dudas que me hacía compañía mientras apreciaba mi figura temblorosa frente al espejo; y es que quizá, gran parte de la responsabilidad, tanto de aquel embrollo como de mi ignorancia a esa pregunta, estaba echada sobre mis hombros: había faltado al menos a la mitad de las reuniones semanales y mis aportes no habían sido determinantes en ningún aspecto… Tal vez en realidad no importaba, la actitud despreocupada del grupo me hacía pensar que a fin de cuentas nadie estaba interesado en el resultado final.

A lo mejor todos estaban concentrados en sus líneas, pero lo que más bien me parecía a mí era que todos estaban un poco arrepentidos. Yo lo estaba. Los atuendos y los accesorios de los otros grupos resultaban despampanantes al lado de los nuestros, los cuales habían sido confeccionados la víspera por la madre de uno de los miembros de nuestra cuadrilla. Con el presupuesto para los materiales recortado y la entrega tardía de los mismos, era un milagro que tuviéramos con qué vestirnos.

Los actos dieron inicio con media hora de retraso, y durante esos minutos de espera, el teatro se llenó hasta rebosar. Pese a que gran parte de los asientos los ocupaban los miembros de las otras agrupaciones, había una audiencia tan grande que muchas personas, con tal de poder disfrutar de la función, se quedaron de pie al final del recinto.

El sitio, como no era un teatro en realidad, no estaba distribuido como tal, y en lugar de filas de butacas, lo que había eran sillas de plástico y de madera colocadas en distintos espacios y posiciones: algunas en fila, otras alrededor de mesas con manteles circulares, otras más desperdigadas solitariamente, y algunas más en un orden carente de sentido. 

Las obras comenzaron a desfilar ante los ojos de una inexperta audiencia, cuyos parámetros se enfocaban más en los aspectos visuales que en los de interpretación, historia o incluso coherencia.

La tercera puesta en escena, en la cual recaía la atención y expectativa de todos, resultó ser majestuosa. Los trajes de satín, las máscaras con incrustaciones, las puntadas invisibles y los detalles en cada accesorio eran sin duda un deleite visual.

Para mi desdicha, debido a la creciente opresión que acosaba mi pecho, apenas logré prestar atención al espectáculo. Fuegos artificiales y muertes surrealistas se desarrollaban mientras que en mi mente todo se hacía un revoltijo. Las líneas que debía decir comenzaron a mezclarse como los colores en la paleta de un artista, mientras que cada palpitar resultaba más doloroso que el anterior. Los minutos se acortaban y se alargaban, de la misma manera que los rostros y los cuerpos de los intérpretes sobre el escenario. Luces de colores y el siseo de las telas se conjugaban, y a lo lejos los pequeños comentarios se encendían y se apagaban en la oscuridad de la noche.

En medio de todo aquello, finalmente me vi transportada hacia el escenario. No recuerdo haberme movido de mi sitio, simplemente aparecí en el escenario, observando las primeras líneas de diálogo de mis compañeros difuminándose como líneas de humo. Cuando fue mi turno para hablar, mis labios se despegaron, pero en vez de palabras lo que escapó fue una bandada de mariposas multicolor.

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