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3 min
Telémaco e Ifigenia
Reflexiones |
27.09.21
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Sinopsis

A veces, las cosas más simples se convierten en las más memorables de una etapa de tu vida

Hace un tiempo, laboré para una empresa de equipo de videovigilancia. Recuerdo que, en el escritorio del que era mi patrón, había una pecera de cristal que contenía una curiosa planta, semejante a una hoja de ciprés, y que debía permanecer sumergida en agua la mayor parte del tiempo. En un salón contiguo, dispuesto para reuniones, se hallaba otra planta similar, sólo que de mayor tamaño y en un recipiente más voluminoso. Entre mis diversas ocupaciones estaba la de cambiarle el agua a las plantitas y limpiar las peceras cada tercer día. Con el tiempo, le empecé a agarrar cariño a ese par de individuos vegetales y hasta les otorgué nombres: Telémaco, a la planta grande; e Ifigenia, a la menor. Sin querer, se fueron convirtiendo en parte de mi cotidianidad, en algo bonito que le daba color a mis horas laborales.

Todo acabó un viernes a mediodía. El jefe se hizo presente, mandó llamarme y, así nomás, me corrió. Según sus palabras, no había dado el ancho para el puesto. Aunque faltaban un par de horas para finalizar la jornada, mis instrucciones fueron muy específicas: debía concluir la tarea que realizaba en ese momento y marcharme, que fue como procedí. Apenas tuve tiempo de tomar mis cosas, mucho menos de despedirme de esas plantitas.

Varias veces me he sorprendido preguntándome qué les habrá ocurrido. Dado que mi despido sucedió poco antes del inicio de la pandemia, no puedo evitar pensar si mi otrora sitio de trabajo seguirá existiendo y si, por ende, Telémaco e Ifigenia continuarán estando bien atendidas por algún nuevo empleado o, de perdida, el que fuera mi patrón. Me entristece la posibilidad de que una o ambas ya hayan perecido por falta de cuidados. Y es que, siendo sincera, y aunque suene ridículo, ambos vegetales son lo único (aparte del salario) que extraño de mi antiguo empleo. Ello se debe a que fueron los únicos seres vivos con los que formé un vínculo, lo que no llegó a acontecer con mi jefe (amable pero ausente la mayor parte del tiempo); los perros a los que albergaba en el traspatio de su negocio (que no perdían oportunidad de ladrarme con ferocidad cada que me veían cerca) o mi supervisora (con la que tuve ciertas fricciones pues no me bajaba de “torpe”). En lugar de llegar a sentir cierta estima por cualquiera de ellos, lo hice por un par de entes inertes y aparentemente sin mayor chiste que el de servir de ornamento. Mas lo que aprendí con esa experiencia fue no hay que desdeñar las cosas simples de la vida, pues en ellas suelen esconderse motivaciones y alegrías desconocidas e incomparables, convirtiéndose incluso en detalles trascendentales en nuestro ir y venir…aunque los demás lo consideren insignificante.

En fin, sólo me queda la esperanza de que Telémaco e Ifigenia continúen con vida, flotando con placidez en el agua de sus peceras y dándole color a un entorno laboral al que ya no pertenezco…pero creo que eso nunca podré saberlo ya.

 

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  • Me gusto mucho tu relato, y te deseo que hayas conseguido otro trabajo sin haber buscado demasiado... también mi deseo para que "tus plantitas" continúen viviendo plácidamente en sus "peceras"... felicidades...
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Apasionada de la literatura desde temprana edad, he comenzado a escribir desde los catorce años, primero por diversión simple, y ahora por una gran pasión y dedicación. Siempre espero innovar y transmitir mis sentimientos a través de las letras.

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