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5 min
Tempus fugit
Históricos |
07.05.09
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Sinopsis

El tiempo pasa inexorablemente sobre todo para aquel que ve la caída de su prlopia civilización como único destino, como reflejo de su momento y desde su cultura. Quizás, en ese instante preciso, lo que más se eche de menos sea su propia identidad. Una manifestación universal, ¿no sería parecido en nuestro tiempo? Perdonadme, por otra parte, el excesivo recargamiento de detalles. Un saludo.

Los pendones y las antorchas ya hacía rato que habían abandonado el alcance de su vista y cuando el camino empezó a tornarse en un color más amarillento y verdusco, una ligera brisa penetraba entre sus ropas con molesta rapidez. Por fin habían acabado las épocas de guerras y lo hacía con las peores de las glorias presentes en su memoria, confiado en que la voz que doblaba el aire no sonase como el doble de unos tambores y los sones de unas trompetas, a lo lejos, sino como la atenta vocecilla, que desde su cabeza, animaba al caballo a avanzar su mirada y con esta, sus pasos ligeros, al final de aquellos avatares.

Observó, entonces, como el aire parecía difuminarse ante la bruma que lo envolvía todo; entre un viejo molino y el mohín y barro que cubría el campo, el sendero que se acercaba a un bosque y aquella extraña vereda que seguía junto al brocal de piedra tostada de un pozo y el hilillo de un pequeño río, que lo bordeaba. Alcanzó con la vista el vuelo de una grulla y a una liebre agazaparse tras unos árboles, casi un instante, antes de que sus pasos declinaran en un molesto golpeteo sobre la tierra húmeda de la comarca, de infestos olores y míseros habitantes. Permaneció todo el tiempo en su caballo que, contentándose con el agua de un canalillo, bebía encorvado con el morro bajo ante la tierra sucia de la comarca. Llevaba las crines empapadas del lodo y las patas delanteras, molestas, golpeaban el suelo pedregoso. Sostuvo una última mirada a aquellos, y volviendo la vista al sendero, tiró de las bridas de su caballo y este jadeó la cabeza de lado a lado. Tras un ligero relincho, se incorporó de nuevo al camino y vagando medio perdido entre la bruma y la tarde que caía, recorrió la mirada a lo largo de la vereda.

Las patas volvieron a flexionarse con el trote, las cerdas, a agitarse con el viento, y las bridas, a mantener la figura rígida del caballo con el jinete. Ambos se fusionaron en una sombra que recorría atajos, puentes y corrales, senderos que se abrían a su paso y zanjas por la que corrían torrentes de agua. Caminos sin fin que se perdían a su vista, entre la noche y un nuevo amanecer que pasaron viajando sin descanso, hasta que el caballo cayó deslomado en una charca y se estuvo retorciendo por el cansancio. Le dedicó una mirada atenta, viendo como su pesado cuerpo se agitaba sudoroso en el fango, pateando el aire y soltando unos largos y profundos relinchos; y le estaba dedicado un gesto de inquietud, cuando le había ensartado la espada en el pescuezo, observando como la sangre salía a borbotones de su garganta y el animal lanzaba terribles chillidos.

Entonces, tropezó y rodó por la nieve que cubría de hierba, el manto, hasta que cuando volvió a incorporarse, se fijó en lo que le rodeaba y así mismo. Su silueta rolliza bullía por los pliegues de una ropa, que enfangadas tornaban en tonos color tierra, mientras que en su cabeza, los cabellos se señoreaban en su rostro como medusa prendida, abandonadas en el rostro de aquel hombre que un tiempo atrás dirigía el Imperio. Antes un pueblo temido, ahora Roma era como uno de esos árboles que tronchaba el invierno, a su paso. Alguien enfermo y vetusto como para comprender que su sacrificio era su único futuro, siendo inevitable huir de su destino.

No habría aforismo menos acertado que aquel que señalase el silencio de las musas, cuando las armas hablasen, pues junto a estas circunstancias surgía con mayor enaltecimiento la cultura y el cultivo de las artes. Pero ya no habría cabida para Plautos o Terencios, Cicerones o Salustios, ni para Horacios, Tácitos o Sénecas. Ya nada se entendía por el bullicio de las calles ni por la tranquilidad de las almas. Ahora no servía la máxima que defendiese alguno, de ir cercenando las idas y venidas de los hombres de su tiempo. Y si a alguien se le preguntase: a dónde iba o qué pensaba hacer, seguramente te respondiera: ¡por Júpiter, o por Hércules! - o por cualquiera- que no lo sé, o esto, o lo otro, o del más allá, para terminar siempre haciendo algo que no estuviera previsto. Ya tampoco se les podía ver asistiendo a las termas y disfrutando del teatro, aunque continuase con el deseo de remontar sus propias pisadas, de contemplar el pasado, aunque fuera de manera agónica. Por los foros, las casas o los circos, ya no había más que hollín y humo, y nada de aquellas muchedumbres que acudían en masa a los espectáculos. Pasarán, entonces, las primaveras y otros tantos otoños, que marcarán el ritmo de los días, de los años. Porque eso será lo que, en realidad, perduré. El tempus fugit.


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  • Acertadísimo título. ¿Veremos nosotros el fin de la civilización que conocemos?
    digno homenaje de nuestro homenajeador oficial....recargado?!!...sigue recargando por favor....que te quedan estupendos...
    El detalle, cuando viste con rigor la historia no sobra nunca, y tu relato es riguroso… y poético. Tristeza de la decadencia; nolstalgia que se nos viene encima, que nos alcanza desde el futuro que ya sabemos nos ignorará. Preciosas las imágenes del jinete y su caballo. Estos, Fabio, hay dolor, que ves agora Campos de soledad, mustio collado, fueron un tiempo Itaca famosa; aso se fueron (y se irán) los imperios, amigo mía. Bueno es que nos lo recuerdes tan bellamente. Un abrazo.
    En cada uno de los relatos intentamos dejar alguna frase o moraleja como recuerdo... aquí no podría dejar de pasar por alto... "No habría aforismo menos acertado que aquel que señalase el silencio de las musas, cuando las armas hablasen, pues junto a estas circurnstancias surgía con mayor enaltecimiento la cultura y el cutivo de las artes. Preciosa frase.... me ha gustado mucho este relato. Enhorabuena.
    Un relato muy interesante sobre la caída de Roma. Me encanta tu forma de escribir. Un beso.
    Estoy con Io, de recargado nada. No le sobra ni le falta palabra ni detalle algunos. Muy bueno, como siempre haciéndonos meter de lleno en la época
    Yo no lo he encontrado recargado en absoluto; los detalles son importantes porque nos introducen mejor en la historia, haciéndo que podamos vivirla. Me gustó mucho, Gonzalo. Gracias por tus comentarios. Besos
  • ¿Cómo debe sentirse un pajarillo admirado, desde su jaula y que sentiría una vez libre?

    Iniciamos un viaje por la Asia más trágica y destartalada.

    Espero que no lo consideréis demasiado ñoño. Se lo dedico a todos los compañeros de la webb, los ya conocidos como a los nuevos, por mi regreso. En especial a Stavros por su texto "Oriente", aunque lo ambiente en una época totalmente distinta.

    Aunque esta sea la última entrega, en donde se concluye la historia, habrá dos episodios más –a modo de anexo- y por tanto fuera de la trama, en donde haremos una retrospectiva del pasado del personaje, que explicará la relación con los demás y el deseo de la venganza. “¿Por qué los villanos debían saber por qué iban a morir?”

    Bueno, ya queda poquito para dar por concluida, prometo que pronto acabará. Hasta entonces, espero que sea lo más llevadero posible. Un saludo.

    Dos episodios.

    Después de unos de paróncillo, recupero la historia. Toxicología y sospechas. ¿Os acordáis de las rosas que aparecieron en los sobres y de aquel cochero, que el personaje de Manuel dejó días atrás?

    A todos aquellos que estamos en el desempleo para tomarlo con un poco de humor y dejar las preocupaciones a un lado.

    Sucederán más sorpresas. Cómo veréis nadie está a salvo en la casa.

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