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4 min
Tengo un padrastro
Varios |
09.10.07
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Sinopsis

      Tengo un padrastro. Uno de los grandes. De esos que conforman la simiente de un futuro despelleje imparable. Me molesta todo. Se roza con cada cosa. Saco la cartera del bolsillo y aumento el nivel de despelleje. Me hurgo la nariz y me clavo el puntiagudo filo de la epidermis pendulona. Cojo un taco de papeles y el filo de un folio me lo desprende malamente. Comienza a sangrar. Mi dedo. Qué escozor. ¿Por qué siempre me tendrán que amargar tanto la vida estas cosas tan nimias?


      Ayer, la noche estuvo bien. Estuvimos en una fiesta con barra libre de cerveza, sangría, esas cosas. Luego me emborraché y practiqué mi afición favorita. Bailar mediante movimientos espasmódicos de alcohólico irredento. Quemarme en el proceso con las chustas de los cigarros vecinos; Las mujeres. No puedo con ellas. Me superan. Nunca he conseguido entender cómo sujetan los cigarros. Un hombre lo agarra. Un pitillo fino sujetado con pretensiones de un buen habano. Serán reminiscencias del ser tosco y bruto que supuso el origen de nuestra especie. La mujer evolucionó mejor. Más rápido. Más sofisticadamente. Pero la cagó con los cigarros. No supo aprehender la esencia estilística que requería su manejo adecuado. No fuman. Hacen señales de humo. Ondean mástiles de navíos en llamas que se dejan llevar abandonadamente por la marea frente a los despreocupados islotes de nuestros brazos, camisas, abrigos, epidermis varias. Y nuestros tejidos inflamables prenden, arden, combustionan al contacto con sus diminutas antorchas. Mis brazos parecen cosidos a lunares, pero no os dejéis engañar. Son las colillas de los cojones unidas a mi desordenada y anárquica manera de contonearme cuando estoy ciego, desperdiciando mi tiempo en un garito de mala muerte, a las tres de la mañana.


      Atravieso todas las rutinas de la vida sumido en la más honda de las indiferencias. Soy un subproducto de la sociedad de consumo. La dictadura de los bienes y los servicios. Todas las mañanas suena el despertador y me arrastro hasta el trabajo. Reviso papeles, imprimo documentos en los que nunca he creído. Malgasto mi alma por un puñado de dólares. Luego vuelvo a casa. Me torro en la tarde. Me rasco las costras de los brazos. Reflexiono acerca de mi propia vaciedad. En otras épocas los hombres marchaban al frente. Combatían cuerpo a cuerpo. Los más cobardes o sensatos desertaban (como mi abuelo). Huían lo más lejos que podían, se apartaban de una sociedad, de un tiempo que ya nunca más les pertenecería. A mi manera, yo hago lo mismo. Me abstraigo, deserto de mis sentidos, de este absurdo discurrir del tiempo.


      Somos relojes que tictaquean. Somos silbidos de metro en la penúltima parada. Hordas de espuma sumergidas en el tráfico. Somos el recelo de la noche, cuando se sustrae a la madrugada. Somos todas esas personas que aguardan a las puertas del colegio desde las cuatro y media. Segundos que agonizan. Instancias del silencio. Funcionarios ante el crepúsculo de nuestras vidas. Burócratas de mierda, luchando por una sociedad adormecida por el traqueteo de las computadoras. Cálculos, procesos, expedientes, informes. Directrices estúpidas que nos alejan de lo que somos. De lo que alguna vez pudimos ser. De lo que ya nunca seremos. Cerebros pastosos, vitalidad descremada. No digo que fuera mejor el tiempo en el que habitábamos trincheras. Pero al menos nuestros abuelos tenían algo que contar. ¿Qué historietas soportarán nuestros nietos? Cálculos, procesos, expedientes, informes.


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