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4 min
TENÍA CARA DE GABRIELA
Varios |
16.08.18
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Sinopsis

TENÍA CARA DE GABRIELA

Dice la canción que nadie tiene o conoce el mapa del alma de la mujer. Es una gran verdad, por lo menos para mí que nunca pude entender la compleja y nebulosa, contradictoria alma femenina. Nadie entiende el laberinto que es el alma de una mujer. Yo, mucho menos.

Pienso en eso ahora mientras miro por el ventanal y veo un pedazo enorme de playa, fustigada por el viento frio y por las olas que crecen como si fueran bichos indomables. A lo lejos veo un bote clavado en la tierra, lejos del mar, lejos de la arena, hundido en la tierra debajo de un árbol de generosa sombra. Tal vez, está soñando con  tiempos mejores, cuando abría la piel del mar con su filo de madera y donde se dejó encantar, más de una vez, por una sirena seductora.

De pronto me sentí como aquel pequeño y olvidado bote. Ya no dejaba estelas en la mar de la vida. Algo me había derrumbado, anclado, clavado en aquella casa sin alma, a metros de la playa, frente a un mar rabioso y neurótico.

Ella tenía cara de Gabriela, pero se llamaba Iracema. Era morena y delgada, dueña de una mirada algo exótica, o triste, o nostálgica. Tal vez, enigmática. Flaca y morena, pero con unos pechos que cautivaban mi mirada y encendían mi deseo. Iracema. Un nombre con gusto a cosa indígena o portuguesa, o simplemente oscura.

No recuerdo cómo la conocí. De repente irrumpió tímidamente en mi vida y se adueñó de mis horas, de mis días, de mis rutinas. Era como un pájaro silencioso, siempre llegando mansamente, sin hacer ruido, sorprendiéndome más de una vez. No la quise, es verdad. Pero le hacía el amor con furia y con ganas. No la amé, es verdad. A menudo me irritaba su presencia, su humildad, su necesidad de atender todos mis deseos, sus esfuerzos por atender todos mis caprichos. No, no la amaba, pero de alguna manera me sentía feliz al ver el esfuerzo que realizaba para darme lo que yo quería. Me cuidaba, me alimentaba y me daba placer.

Pensé que la conocía, pero me engañé. Nadie conoce el alma de una mujer. Descubrí, sin querer, una carta que ella escribió y que todavía no había tenido tiempo de enviar. Sí, ella en pleno siglo XXI,  todavía escribía y enviaba cartas.  

Anoche, bien temprano, le pedí para servir la cena y bebí y la hice beber bastante. Tomamos, creo, dos botellas de un buen tinto. Después, la derribé sobre la mesa, le arranqué la ropa y forniqué sin piedad, sin amor, casi sin deseo, pero con rabia. Por algún extraño mecanismo de su mente, o de su alma, fue la primera vez que gozó realmente. La vi gozar y, en un arranque de pura locura y rabia, bien en el momento que gritaba y cerraba los ojos gozando, tomé el facón con el cual habíamos repartido la carne y le corté la garganta, el pescuezo, lo que sea! Saltó sangre como si fuera de una canilla descompuesta. Para terminar le clavé el arma en donde me pareció estaba su corazón.  Murió rápido, casi sin quejarse. Me serví más una copa de vino. Bebí lentamente, imaginando lo que haría y lo que no haría.

Trabajé duro durante buena parte de la noche. Moví el botecito, hice un buen agujero, la arrastré hasta allá, la enterré, coloqué el bote encima, disimulé lo mejor que pude la tierra removida, volví a la casa, tomé una ducha demorada, pensando que nadie la buscaría, por lo menos en los primeros tiempos.

Después me acosté y no pude dormir, aunque ya estaba bien borracho. Las palabras, de la carta no enviada, navegaban por mi mente: “El viejo idiota ya está loquito por mí. Lo tengo en mis manos. Estoy segura que me pondrá en su testamento. Si no me pone, sé donde guarda los dólares y las joyas. Lo voy a matar de tanto hacer el amor o lo voy a matar de verdad. Después seremos libres, mi amor, para siempre.”

Pienso en eso, ahora, mientras veo la playa, el mar furioso, el botecito anclado en la tierra, protegiendo mi secreto, escondiendo mi vergüenza. Nadie conoce el alma de una mujer, ni la angustia ni la locura de un viejo solitario.

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