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9 min
TEODORA DE BIZANCIO
Varios |
26.04.18
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Sinopsis

FRAGMENTO DE "LA HUELLA DEL INOCENTE"

Gaspar estaba hundido. La huida del joven Gabriel lo había desconcertado y se sentía preocupado y responsable. Se agitaba nervioso sin saber qué hacer ni dónde acudir. Sabía que no contaba con el apoyo de su familia y tampoco se sentía capaz de avisar a la policía o a la Guardia Civil, pues era consciente de que eso era lo último que el chico desearía. Instintivamente se echó la mano al bolsillo interior de su chaqueta como si la pipa estuviese allí todavía, como si aún lo esperase. Después de más de medio año sin fumar, las malditas ganas aún lo acechaban a la espera de una nueva oportunidad.
Se sentó en su sillón cubriéndose el rostro con las manos y allí, mientras amanecía a través de las rendijas de la persiana del balcón, dos recuerdos concurrieron en su mente: conversaba con Gabriel y al mismo tiempo estaba sentado en su pupitre en clase de Geografía e Historia, con don Agustín.
—Hoy no te contaré nada sobre ciencia, Gabrielillo.
—No le creo capaz de eso —dijo el chico, socarrón.
—Así que piensas que sacándome de los átomos y los planetas mi cultura se desvanece, ¿eh?
—Yo no he dicho eso.
—Yo tampoco digo que lo hayas dicho… Digo que lo has pensado.
—Eso sí.
—Pues hoy te voy a sorprender, hablaremos sobre Historia, sobre Historia Antigua. Te contaré como la gran Teodora de Bizancio, pasó en apenas unos años de ser una vulgar prostituta a convertirse en la emperatriz más importante de su tiempo.


—Levántese señorito Zimmermann, ¿Ha estudiado usted el Imperio Bizantino? —don Agustín manejaba una nueva regla de madera de grandes dimensiones, la hacía rebotar en la palma de su mano mientras tomaba la lección a sus alumnos y parecía disfrutar mostrándoles su potencial sancionador.
—Sí, don Agustín.
—¿Cuál fue su emperador más importante?


—¿Teodora? Pues vaya un nombre para una emperatriz, para lo otro no sé, pero para una reina desde luego que no. Suena como decir la tía Teodora, la del pueblo.
—Pues mira Gabriel, ese nombre que parece disgustarte tanto proviene del griego, y significa ni más ni menos que “regalo de Dios”, “Don de Dios”.
—Esta mujer nació en Chipre en el año 500 después de que naciera el Señor —continuó el viejo Gaspar—. Cuando aún era una niña viajó con su familia a Constantinopla pues contrataron a su padre, que se llamaba Acacio, por cierto, como domador de osos y allí disfrutaron de una alta condición social, hasta que el buen hombre murió.

—Su emperador más importante fue Justiniano primero el Grande —contestó el joven Gaspar.
—Muy bien, muchacho, muy bien, y ahora dime, ¿qué proezas acometió para que le llamaran el Grande?
—Pues conquistó el Reino de los vándalos al norte de África y el de los Ostrogodos en Italia y consiguió volver a incluir a Roma en el imperio.
—Fantástico, Gasparito, me parece que hoy no voy a estrenar contigo la regleta. Ahora dime, además de por sus hazañas militares. ¿Por qué otras cuestiones se hizo grande Justiniano, primero… el Grande?
—Pues construyó la catedral de Santa Sofía, que fue la más grande de su época y…


—¿Domador de osos?, ¡Que chulada de profesión! Acacio me parece un buen nombre para un domador de osos. ¿Y de que murió?... Que sea de un zarpazo, por favor, que sea de un zarpazo.
—No sé de qué murió, no seas tan morboso, lo que sí sé es que la bellísima Teodora tenía apenas seis años cuando aquello ocurrió. Su mamá era actriz y bailarina y tanto ella como sus hijas quisieron ganarse la vida de ese modo cuando el dinero se les terminó. Lo cierto es que el baile no estaba hecho para la joven Teodora, pero lo que si sabía era contonearse muy bien. Era aún una adolescente cuando empezó a recibir generosas ofertas de ricos prebostes para yacer con ella en su cama y digamos que así inició su triste carrera de meretriz.
—¿Prebostes? ¿Meretriz? —le interrumpió el chico—. Acuérdese que está hablando usted con el Gabrielillo y no dando una conferencia, hábleme más normal, please.
—¿Please? No me digas que estás aprendiendo inglés, eso sí que no te lo he enseñado yo.
—Es por los turistas, señor Gaspar, me preguntan que si donde queda esta calle o donde esta aquella Iglesia. Después se dan cuenta de que yo lo que hago es pedir, y salen corriendo. Los guiris son tan tacaños como los rondeños.


—¿Y? —Don Agustín no veía el momento de usar la regla.
—… Ah ya, y creó el “Corpus Juris Civilis”, que fue una compilación del derecho romano y que es la base del derecho civil de la mayoría de estados modernos. Claro que en esto le ayudó mucho su esposa Teodora, en especial en aquellas normas que tanto contribuyeron a mejorar los derechos de la mujer.
—¿Qué le ayudó su esposa? ¿Derechos de la mujer?... ¿Qué tonterías son esas?


—Teodora pasó muchas vicisitudes —el viejo seguía contándole al muchacho—. Uno de sus amantes de pago, consiguió enamorarla y la llevó a vivir a Egipto, donde quedó embarazada, pero el bárbaro acusándola de que el niño no era suyo la abandonó a su suerte. Se quedó un tiempo allí en Alejandría y conoció una orden de religiosos que se llamaban monofisitas y con ellos aprendió muchísimo y se hizo muy culta y hasta puritana.
—¡Vaya cambio!, se convirtió en una puritana después de haber sido una pu… retriz —acabó por decir—. ¿Y qué pasó después, señor Gaspar? —El chico disfrutaba con cualquier cosa que le contara, lo asimilaba todo como una esponja.
—Después, al cabo de los años volvió a Constantinopla y trabajó como hilandera.
—Vaya, señor Gaspar, ese sí que es un oficio bonito y muy decente.
—Bueno, trabajó como hilandera en el burdel de una antigua compañera de trabajo, pero ella no volvió jamás a ejercer, quédate tranquilo.


—Eso es lo que dicen los libros, profesor, que como su esposa había tenido que ejercer la prostitución cuando era joven y había sido testigo de muchas humillaciones entre las de su género pues que estaba muy sensibilizada con eso del feminismo ya sabe —al decir aquello sus compañeros de clase empezaron a murmurar y a gesticular haciendo esfuerzos por no reír debido al pánico que le tenían a su maestro. Los ojos de don Agustín se desorbitaron e inyectaron en sangre.
—¿De dónde ha sacado esas ridículas historias? Desde luego no del libro de texto que usamos en clase. Acérquese aquí inmediatamente.
El alumno Zimmermann se acercó hasta la pizarra, cabizbajo y temeroso. De pie, frente a la misma, lo esperaba impaciente, un iracundo profesor con la regla alzada en el aire.


—Y claro ya se sabe que a esos sitios acude mucha gente influyente, de hecho El general Belisario, la mano derecha del que llegaría a ser el emperador Justiniano, era un cliente asiduo y andaba muy encaprichado de la amiga de Teodora. Empezó a invitarlas a las dos a las fiestas de palacio y en la primera ocasión en que el heredero al trono le echó la vista encima a Teodora, cayó rendido a sus pies, no siendo capaz de soportar tanta belleza —Gabriel se emocionó escuchando esas palabras, pues algo muy parecido le había pasado a él con Sor Ángeles.
—Teodora le hizo entender que ella no sería una simple concubina más, que si de verdad estaba interesado en conseguir el favor de su amor debía tomarla como esposa. Por supuesto que no fue nada fácil. Su tío Justino, que era el emperador de la época, estaba totalmente en contra de aquella relación. Le amenazó con dejarle sin su sucesión al trono, tal como estaba previsto, si no abandonaba aquel descabellado romance. Además de aquello, estaba prohibido por Ley que un patricio, un caballero romano, tomara por esposa a una meretriz.
—¿Y entonces como se las arreglaron? —preguntó el chico, esperando al mismo tiempo una respuesta para su propia relación imposible.
—Esperaron. Esperaron primero a que se muriera el tío y después a que se muriera la tía. Una vez convertido en emperador, Justiniano derogó el decreto que le impedía casarse con la mujer que amaba y Teodora se convirtió en emperatriz.
—Y fin del cuento, ¡qué bonito! Ojalá yo también fuera un emperador o un príncipe.
“Para mí lo eres, Gabrielillo”, pensó el viejo.


—Doña Teodora de Bizancio, fue una mujer casta hasta su matrimonio y una fiel esposa que hacía cuanto le mandaba su marido —Don Agustín pronunciaba estas palabras en tono alto y convincente dirigiéndose a la clase mientras sujetaba por el hombro a un arrugado Gaspar que parecía menguado por el espanto.
—Era una mujer de su casa, como manda el Señor, y no se metía ni en leyes ni en política. Ábreme más esa palma, Gasparillo, que como entran bien las palabras es con ésta.
Los demás alumnos, desde sus pupitres, encogieron sus hombros las diez veces que don Agustín golpeó con su nueva regleta la mano del pequeño Zimmermann.


—Y esa mujer, Gabrielillo, gracias a su experiencia y su cultura fue admirada y venerada por su marido hasta el día en que falleció. Y ejerció en él una enorme influencia, en especial en los decretos que dictaba, consiguiendo derechos para la mujer que en aquella época eran inimaginables.
—Jo, cuánto sabe usted señor Gaspar. ¿Dónde ha leído tantas historias?
—Nunca en un único libro. No lo hagas tú tampoco, mi joven amigo, compara, duda, contrasta… pero no te conformes con lo pongan en un único libro. Aunque te lo diga, el mismísimo profesor de Geografía e Historia.
Gabriel se fue muy contento aquel día mientras caminaba hacia su escondite, cerca del convento. Comparaba la belleza de la gran Teodora con la de Sor Angeles y soñaba con que algún día también ella pudiera derribar las altas barreras que separaban su amor.

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