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4 min
Teoría de la pelusa sexuada
Humor |
04.01.07
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Sinopsis

      Tenía una extraña teoría sobre la reproducción de las pelusas. Siempre la creí un poco perturbada, y no sólo por aquella sorprendente teoría; en ocasiones se debatía indecisa entre la psicosis y la manía persecutoria, pero eso no tiene nada que ver con el tema de las pelusas; a lo que íbamos: Diana tenía auténtica fobia a las pelusas que pululaban por nuestra impoluta sala de estar - sí, vivía con ella, he de reconocerlo -. En el mismo instante en que hacían su tímida aparición, Diana echaba mano de su pesado armamento - pobre y viejo aspirador - y no dejaba un mísero testigo de la masacre; retiraba eficientemente cada mueble - Patri, ayúdame a moverlo -, hasta exterminar impunemente hasta el último ejemplar de pelusa común; como si de una plaga de ratones se tratase.
      En su brillante teoría, Diana consideraba a la pelusa como el eslabón perdido de la cadena alimentaria. Señoras, señores, las pelusas nacen, crecen y se reproducen - no, no mueren -. Llegados a este punto, y a título de reflexión personal, me asaltan ineludiblemente un sinfín de preguntas. ¿En qué consiste exactamente la sexualidad de las pelusas? ¿Son monógamas? ¿Bígamas? ¿Hermafroditas? ¿Se reproducen por esporas? ¿Amamantan a sus crías? ¿Tienen orgasmos las pelusas? Bien, ante este extenso surtido de interrogantes, sólo puedo esperar impaciente a que algún día la ciencia - o alguna otra mente perturbada -, nos otorgue respuesta.
      Retomando el tema, si nos ceñimos a la teoría de la pelusa sexuada, y suponiendo que ponemos todo nuestro empeño en extinguir su molesta presencia de nuestro hogar - limpio como una patena - cabe suponer que su regreso o reaparición implicaría - sin atisbo de duda - una intrusión exterior; léase apertura de puertas o ventanas. Por otra parte, este simple gesto ha constituido desde tiempos inmemoriales una acción lógica y necesaria para la humana convivencia, sana e higiénica. No, no en mi caso; las pelusas no tenían cabida en mi humilde morada. Me miraban afligidas a través del cristal, y yo a ellas - debo reconocer que llegué incluso a echarlas de menos -; y si, puntualmente, la necesidad de renovación ambiental se hacía urgente o irrespirable, el consiguiente acto de ventilación quedaba firmemente condicionado por la velocidad de movimiento del aire exterior. Ésta debía ser tan imperceptible, que la posibilidad de que las desdichadas pelusas alcanzaran por sí mismas nuestra ventana en el tercer piso, era tan remota como penosa - claro está, menospreciando la capacidad de las pelusas de remontar las paredes en calidad de arácnido o reptil que, ya puestos a destapar secretos de la ciencia, cualquiera sabe -.
      Me divertía - y aquí es donde se descubre mi lado cruel y perverso - verla toparse con una inocente pelusa. Me miraba indignada; yo levantaba mis manos en señal de santa inocencia y me disfrazaba con una cara de circunstancia de lo más lograda - dejaba lugar a la ficción, a pesar del tremendo disfrute del que daba cuenta con mis músculos contenidos -, digamos que en aquellos casos, la mofa no era nada recomendable. Entonces se lanzaba decidida a por su querida arma de destrucción masiva. Asombrada de ver renacer pelusas de la nada como renacuajos en una piscina - inconmensurable el poder de nuestra madre naturaleza -, pasaba indudablemente el resto de la tarde retirando muebles, atrapando a la manada, y entregándola a las fauces de su
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