cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

15 min
Terciopelo y miedo
Terror |
12.11.13
  • 5
  • 2
  • 2520
Sinopsis

¿Qué podía imaginar yo señor, que detrás del telón siempre estaban ellos, husmeando y vigilando, arrancando cada vestigio y cada rastro de humanidad que estaba en mí? ¿Qué podía imaginar que mi hogar era un apocalipsis?

TERCIOPELO Y MIEDO
Terror
AUTOR: ANGEL NAVA PRUDENTE
(xeroxed_angel@yahoo.com.mx)

    
Siempre están ahí. Caminan por los campos escarlata entre monolitos de horripilantes extremidades negras. Filos rústicos tapizan los senderos perdidos que se escurren al horizonte, allá donde las torres apuntan al cielo ácido, como dedos torcidos sosteniendo la niebla. Giros oxidados saturan mis oídos, rondanas y poleas desenfrenadas asfixian mi paciencia, la tierra vibra a su paso. Ahí están, aunque no lo parezca siempre vigilan, extraen piezas de los campos brillantes y las sustituyen con ayuda de sus brazos metálicos.
El rostro lo llevan cubierto por esa careta, quizá por ser peor que sus cuerpos deformes de protuberancias y mecanismos, les veo en los momentos de pausa ¡Cristo, como gira mi cabeza cuando no! Violentos espirales marean mi cerebro, arriba, abajo y vuelta a empezar, y ese maldito picor en mis ojos.

¿Dónde está mi padre? ¿Dónde está el azul y plata de aquella tarde? ¿Dónde las gaviotas que en ese tiempo no sabía yo su nombre? No están. Ya no estarán más. Tal vez nunca estuvieron, a medida que el sol se vuelve más imposible me convenzo más de que…
Debí tener cinco o seis años cuando mi padre me llevó en hombros, con mis dedos mesando sus cabellos por el efecto que me producía el golpeteo de las olas sobre los peñascos, el temor al silbido del viento colándose en los espacios rocosos mientras las crestas espumosas bañaban sus pies. Entre la arena pequeños cangrejos correteaban antes de escarbar y escabullirse.
Mi padre señaló las gaviotas, a quienes no conocía aún y los veleros bamboleándose en el horizonte, en la línea plateada que divide el mar del cielo. En ese momento, mi pequeño cerebro relacionó la palabra mar con la plata del océano para siempre. A la hora de dormir, juro haber soñado que mi cama viajaba en aguas serenas y resplandecientes, con gaviotas volando en silencio en la lejanía y crestas espumosas en las que viajaban cangrejos…

y susurros mecánicos en la atmósfera escarlata, visiones polvorientas de herrumbre…

…diminutos tratando de llegar a la orilla. Viajé envuelto en la frágil brisa, en un ambiente sosiego, entre notas liquidas de terciopelo, de suave terciopelo.
Son pocos los momentos notables que uno recuerda de su vida al momento de hacer un balance, tan cortos, tan sublimes y necesarios, después vienen las preguntas ¿dónde está mi vida? Esa vida que yo recuerdo, esa vida de gente, lluvia, nubes, mar, calles, lágrimas ¿Dónde? ¿Por qué de pronto debes aceptar que se ha ido? ¿Porqué prolongar un engaño tanto tiempo? Simplemente porqué…
Debí tener dieciséis cuando abrí los ojos y el brillo solar los cegó ipso facto. Mis dedos rozaron el frágil y fresco césped. Las sirenas de la ambulancia giraban. Entonces vino una mano de mujer y limpió mi frente, luego encendió una pequeña lámpara de lápiz y alumbrando mis pupilas dijo que todo estaba bien, que la contusión en la cabeza no era de alarmarse. A poco mi vista volvió con rostros conocidos de escuela, alguien me tomó de la mano. Alguien. Tan cálida. Tan suave. Tan delicada. Miré a mi derecha ignorando las advertencias de mantenerme quieto y allí le encontré, su cabello ondeante castaño sonreía, quizá más que sus dulces y delgados labios de rosa. Hubiese querido bajarme de la camilla, correr y perderme con ella entre los ríos, montañas, volar sobre los abetos, tocar el cielo y verla siempre, siempre sonreír así, siempre.
La pierna y el brazo estaban fracturados. Fue lo que las voces dijeron. Si por verle así debía romperme todos los miembros, entonces que vinieran con martillos, con bicicletas, con caídas. Todo por tenerle ahí, así de cerca. Así de cerca. Dos meses de hospital me concedieron su sonrisa y su voz en tres ocasiones. Y un par más en mis sueños. Sueños donde ella era el campo, el viento, la luz, la noche y la luna. Ella era todo. Sueños de terciopelo y adolescencia.
Como una estampilla negra mal adherida, una noche vino la pesadilla,  igual a una aguja podrida clavada en la piel…

…torres de penumbra, redobles de hierro, mira, mira en escarlata, escucha ¿aún respiras?...

Desperté y sudaba copiosamente, con la boca abierta y el corazón galopante, tanto que se podía oír hasta el horizonte, donde viajaban los veleros alejándose de los escollos y las olas.
¿Qué podía imaginar yo señor, que detrás del telón siempre estaban ellos, husmeando y vigilando, arrancando cada vestigio y cada rastro de humanidad que estaba en mí? ¿Qué podía imaginar que mi hogar era un apocalipsis?
Mi último recuerdo antes del despertar definitivo recayó en un día martes. Un martes mortal de un calendario gris. El bip era continuo y el olor a antiséptico horadaba mis narices. Sentía una punzada en mi mano derecha.  Las voces iban de aquí para allá, tacones y pasos igual que las notas de un piano llenaban los pasillos, las voces no cesaban. A punto de estallarme la cabeza, abrí al fin los ojos. Estaba en un hospital, con algún tipo de suero inoculándose en mis venas, y el dolor constante a cada gesto. Olor a azul desinfectante, a jeringas y agua oxigenada. De entre la multitud andante llego él, el hombre de bata y anteojos con una tablilla de metal en la mano, examinando papeles, dubitativo. 
Se acercó a ellas y les dijo unas cuantas palabras con gesto serio, la pequeña no comprendió del todo y se aferró buscando protección en el pecho de su madre. Ella, por el contrario, hizo un esfuerzo sobrehumano por no derramar el llanto, su rostro se desfiguró con desesperación, tratando asirse a una esperanza que deduje, no existía. A través de mis párpados hinchados la miré a ella, luego mis piernas, luego a ella, después a la pequeña. Mi respiración se alteró. Hay momentos en la vida tan cortos, tan sublimes, tan amargos. Hachas del destino que cortan tu camino de un tajo, tu camino desenvuelto con esfuerzos sobrehumanos, de noches sin dormir, de enfermedades superadas a través del tiempo. Nada. Al final sólo queda la ilusión de bienestar antes de que la mano con el dedo acusador gigante azote un hasta aquí. El doctor se fue dejando lágrimas, se fue llevándose mi esperanza, dejando la crudeza en mis ojos lastimados que miraban sobre y debajo (al mismo tiempo) de la sábana azul quirúrgico. Sobre la sábana había lágrimas, bajo de ellas muñones de carne y hueso que algún día fueron piernas. Piernas que se llevó el accidente. El asfalto, el impacto.
Dios mío…
Ellas no se acercaron, mi vista se desvío al techo, mi vida se acababa, el vacío me recibió, alejándome del gentío, de los tacones y pasos como notas de piano. De entre ellos el miedo surgió y se sentó a mi lado, acompañándome lo que restaba del día y de la noche…

Cuando caminas bajo la lluvia con la ropa empapada o tomas una taza de té por las mañanas, cuando la piel se eriza ante la sensación del primer beso, del primer roce, cuando el dolor viene recordándonos que somos humanos, que formamos parte de la pirámide, es la hora en que el rehilete gira con brusquedad, despiadadamente. Tu mente no concibe que, lo que tus ojos veían era algo pretendiendo parecerse a la realidad, un engaño, un embuste de alguna mente enferma combinada con metal, con óxido, con muerte…
Cuando abrí los ojos lo hice lenta, lastimeramente. Los abrí de verdad.
Escuché el ruido ahogado de los pasos, de su andar retumbante, de sus largas extremidades metálicas, como un tam tam implacable, como agujas penetrando los oídos y la piel. Los vi moverse, bambolearse lentamente, desplazándose sobre el paisaje, entre los monolitos retorcidos con las torres infinitas de fondo.
Me quedé quieto, permanecí inmóvil. No sabía que pensar. Mi cerebro no respondió, tardó en establecerse. Un burbujeo acometió a mi derecha y volteé, más lento de lo que pensé que podía hacerlo, luego miré hacia arriba y me di cuenta que la atmósfera podrida que me rodeaba no era escarlata, yo la veía así.
El líquido burbujeó a mi primera exhalación, luego otra y otra más. La desesperación llegó y traté de gritar, pero algo aprisionaba mi rostro, mi boca, mi nariz. Sentí ahogarme, sin movimiento, como un ladrillo en altamar. Una piedra en un pozo lleno de fango.
Mis gritos se ahogaron a la par de mis ojos desorbitados, sacudí mi cabeza tratando de liberarme de eso que aprisionaba, que me aprisionaba todo ¿dónde estaban ellas? ¿Dónde estaba el hospital? Debía ser una pesadilla, debía serlo.
Por Dios, por Dios, gritó mi subconsciente, mi mente ahogada en desesperación.
Traté de salir de ahí, de golpear con mis manos ese cristal que me separaba de los campos donde ellos andaban, haciendo retumbar la tierra, donde recogían con tenazas enormes las piezas de los campos relucientes, piezas que también relucían.
Debí llamar su atención, vi como uno de ellos giraba torpemente y venía hacia mí, hacia mi lugar, hacia mi refugio. Avanzó sin importarle casi chocar con los demás, extendiendo su brazo, entonces sucedió.
El vidrio se rompió y todo se volvió más horrible de lo que ya era. Mi rostro, cubierto por una máscara, boqueó cuando el ente me levantó en el aire, el líquido abandonó el envase en el que me encontraba, sonidos extraños surgieron del ente, regurgitaciones con estática quizá me cuestionaron buscando una respuesta que no supe externar, el gigante de carne y acero me sacudió, y sus mecanismos exhalaron vapor, babaza goteó de su carcasa de metal.
Mis ojos se atrevieron a mirar hacia abajo, para ver la mascarilla que me asfixiaba, y al mismo tiempo me mantenía con vida en el elixir rojo. El vértigo me alcanzó en dentelladas. Allá abajo, miles de celdas cómo la mía se apilaban formando paredes, muros y murallas de cuerpos incompletos sumergidos en el líquido visceral. El suelo tapizado de maquinaria, tubos sinfín reforzados con extremidades humanas, y cabezas que servían de engranes, abrían y cerraban sus fauces con expresiones lastimeras, sufriendo a cada momento. El hedor golpeó mis fosas, un hedor picante, nauseabundo y cruel me provocó cosquillas y ardor en mi nariz. Allá donde las torres esperaban, una pirámide de acero exhaló llamaradas de fuego, todo era inmenso, no había salida o camino visible por donde andar.
El gigante máquina me sacudió, expulsándome de mi letargo.
Ya está pensó mi cerebro a medio recuperar de la sorpresa, sólo tengo que zafarme de esta máquina y correr como alma que lleva el diablo. Eso es. Eso.
Sonidos extraños rodearon, la maquinaria hablaba, emitiendo un murmullo de diálogos desenfocados, como estación de radio enmarañada de estática, supongo que ponía en alerta a los demás, y hasta me pareció comprender después de unos minutos, que decían:
He aquí uno que ha despertado y uno más a incorporar.
El plan estaba forjado en mi mente, no había más. Zafarme y correr. Deslizarme sobre la maquinaria y las protuberancias hasta llegar al suelo. Era fácil, lo primero que tenía que hacer era ordenarle a mis brazos zafar mi cabeza de las tenazas de la bestia. Estaba listo. No podía fallar. Fue el primer instinto de supervivencia, la primera orden, lo irracional. La maquina rugió, la pirámide al fondo exhaló otra llamarada más, y otra y otra más, el apocalipsis no podría haber sido peor. Saltar y correr. Saltar y correr.
Esperé, primero a mi mano izquierda, esperé. Luego a mi mano derecha, esperé.
Pero la orden no llegó, ni mi mano izquierda, ni mi mano derecha. El ente dio un tirón hacia arriba y se echó a caminar hacia la pirámide de fuego.
Algo metálico crujió debajo de mí. Era mi cordón umbilical que me unía a mi cápsula de cristal ya rota. No había manos, no había pies, ni siquiera cuerpo. Era una miserable cabeza a merced de lo que el gigante quisiera hacer, la tierra retumbó cuando sus pies largos y pesados avanzaron sobre los campos siniestros, humeantes y polvorientos, sobre los filos rústicos…

…y los veleros bamboleándose en el horizonte, en la línea plateada que divide el mar del cielo…

…que tapizaban los campos. Grité, lo juro que grité ¿pero qué puede hacer una mísera cabeza en ese lugar sino escuchar cómo le arrastran? ¿Qué puede una cabeza sin extremidades sino preguntarse, en medio del terror, como es que sigue viva?
Grité, tratando de decirme que aquello era una pesadilla, grité sin comprender que ya había despertado, que ellos me habían avisado hace mucho lo que me esperaba, que quizá en ocasiones anteriores detectaron mis movimientos y mis ideas de escapar, y sus pinzas se acercaron llevándose mis brazos, mis piernas…

… La pierna y el brazo estaban fracturados. Fue lo que las voces dijeron…

…poco a poco, pieza por pieza. Desarmándome para el despertar final, el definitivo. Para no poder correr llegado el momento, para ser uno más girando entre sus herrumbres, una pieza humana con insertos de metal, girando al unísono en su maquinaria de filos mortales y monolitos y torres como dedos sosteniendo la niebla.

Sobre la sábana había lágrimas, bajo de ellas muñones de carne y hueso que algún día fueron piernas.

Lloré, pero mis lágrimas se perdieron entre el gentío despedazado y los lamentos acallados por los giros de las piezas. Son pocos los momentos notables que uno recuerda de su vida al momento de hacer un balance, tan cortos, tan sublimes y necesarios, después vienen las preguntas ¿dónde está mi vida? Esa vida que yo recuerdo, esa vida de gente, lluvia, nubes, mar, calles, lágrimas ¿Dónde? ¿Por qué de pronto debes aceptar que se ha ido? ¿Porqué prolongar un engaño tanto tiempo? ¿Por qué la moneda del destino nos engañó mostrando su lado iluminado, su lado de la cara al sol si sólo era una ilusión vana, un retrato falso?
El gigante con sus pies múltiples de acero y carne avanzó, el calor se hizo notable. El soplido infernal y las llamas de la pirámide estaban más cerca, más cerca. El olor a carne quemada llegó como aviso inoportuno. La extremidad me sitúo en una canasta de metal con hedor a podredumbre y muerte, a asfixia y lágrimas. Allí, a minutos de ser arrojado al horno de aquellas bestias, a instantes de ser procesado por ser uno más que despertó a la horrible realidad aunque fuera como cabeza sin cuerpo, le pude observar, tan cerca.
 Una mano se posó en mi mejilla. Alguien. Tan cálida. Tan suave. Tan delicada. Miré y allí estaba, su cabello castaño maltratado, quizá más que sus dulces y delgados labios de rosa rotos y sangrantes. Su torso mutilado. También había despertado.
Hubiese querido bajarme de la bestia, correr y perderme con ella entre los filos, monolitos, volar sobre las torres, tocar el cielo escarlata y verla siempre, siempre mirarme así, siempre.
El mecanismo se accionó con un tosco crujido de metal.
Volamos, lo juro que volamos en ese mundo de terror, entre nubes sepia y picor en las fosas nasales, volamos y nadie nos quitó ese último momento, tan sublime, tan nuestro y tan corto. 
Volamos como envueltos en sábanas de terciopelo, entre nubes de miedo. Incompletos, únicos y despiertos como gaviotas sobre el mar.
Volamos en libertad, pocos segundos antes que las lenguas de fuego nos alcanzaran con su calor infernal, antes de que nuestros gritos de miedo y dolor se apagaran en el candente amarillo, antes de desaparecer para siempre…

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Un gran relato, recoge el miedo que existe a diversos elementos desconocidos en este mundo pero que generan una idea inquietante sobre lo que depara el momento de la muerte. Si existirá un apocalipsis o un juicio y si realmente desapareceremos de todo. Refleja muy bien eso. Una lástima no haber leído antes este relato.
    Un gran relato, complejo y fantástico, con tintes surrealistas, kafkianos y apocalípticos. No puede haber pesadilla más aterradora: una conciencia sin cuerpo abocada a una destrucción definitiva sin que pueda hacer anda por evitarlo. Y unos híbridos de metal y carne como únicos habitantes de un infierno singular. Saludos.
  • "Nuestro pensamiento será uno, cuerpo, alma y mente unidos, siempre..."

    Un saludo a todos los lectores y escritores de esta página, en especial a aquellos con quienes compartimos la crowd creation de El cetro de Esmeraldas, espero les guste este pequeño poema... Buenas noches.

    ¿Qué podía imaginar yo señor, que detrás del telón siempre estaban ellos, husmeando y vigilando, arrancando cada vestigio y cada rastro de humanidad que estaba en mí? ¿Qué podía imaginar que mi hogar era un apocalipsis?

    "Es ella quien mira al lago cercano donde crecen los juncos y las raíces, igual que piernas de madera, a la sombra de los alcornoques, troncos que esconden nombres en silencio..."

    Un vagabundo sueña con una vida fácil, hasta que encontró la casa ideal para llevar a cabo su plan maestro, aquella de la sonrisa beige...

    Después de perderme unos meses, les saludo de vuelta con un pequeño poema, si no mal recuerdo no escribía desde marzo, desde el capítulo XII de la crowd creation, en fin, espero les guste, saludos!

    Como mencioné en el foro, no deseo introducir secuencias ni personajes que no encaucen con la historia, pero si deseo acentuar la maldad de las fuerzas del caballero Oscuro, los que aqui se nombran bien pueden pelear contra Ireler y Magnus, además de que el profeta se vea en peligro o sea eliminado por su ambición de tambien conseguir el cetro, espero sus opiniones y a Maikita por supuesto con el XII. Un saludo a todos! P.D. Sugiero una vuelta por el foro para concretar opiniones...

    "Su voz era realmente siniestra, escalofriante ¿no era esto lo que buscabas? Me dijo una vez ¿no buscabas la tendencia a no dormir? ¿no querías el miedo? La mayor parte del tiempo la consumía en cortar espejos de tamaño mediano que conseguía probablemente mientras mi cabeza dormía..."

    "La luz del ordenador, única, mínima, alumbrando mis falanges que escribían a mil, las lenguas de la oscuridad susurrando en mis oídos y el abrazo de la noche hicieron que surgieran las historias, historias de verdad."

    Siguiendo la secuela, añado el capítulo II, Ender gracias por crear esos personajes de los que puedes derivar en miles de vertientes, aqui les entrego el sig. capitulo preparado bajo la musica de Audiomachine y two steps from hell para la inspiración, Mayka , tu turno! saludos a todos!

Tienda

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
11.09.20
10.03.20
Encuesta
Rellena nuestra encuesta