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19 min
Terrible conejo gigante asesino 2
Terror |
28.09.16
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Sinopsis

Una pequeña historieta que me hace volver. Con la misma mierda de siempre... SALUDOS CHICOS.

           

                Hay una típica tienda de campaña, de esas que todos hemos tenido alguna vez en nuestra vida, antes de que Decathlon nos abordara con su invento de: Una forma fácil y sencilla de acampar, con un solo gesto; bajo las estrellas, junto a un rio…

Seguramente ya tengáis en mente al objeto que me refiero. La famosa tienda de campaña canadiense, donde ponerse de pie no es posible, solo si tu estatura no sobrepasa a la de un recién nacido. Una tienda de campaña donde la acción de acampar era una odisea. Intentar clavar aquellos ganchos era como intentar derribar a Rita Barbera del Senado, imposible, siempre te encuentras con alguna piedra por el camino. Nunca conseguías establecerla en la zona adecuada; constantemente encontrabas piedras debajo de tu saco de dormir, o habías acampado encima de un matojo de ortigas, o justo en un declive del escampado; o en un pequeño montículo…

                Pero no quiero entorpecer la historia con estas estupideces.

La tienda de campaña, (que efectivamente era canadiense) se agitaba alocadamente. Como intentándose zafar del cortaviento que la aferraba a la tierra. En el interior, alguien, o varios alguien, parecían mantener una azacanada discusión. Aparentaba ser un debate de sordos. Unos extraños alaridos, gemidos que  se debatían el uno al otro. Un suspiro era respondido por otro gemido. Se puede deducir que allí había dos personas de distinto sexo. De la ardiente conversación, no apta para buenos olfatos, se puede interpretar que habían llegado a las manos. Si no, los movimientos que dibujaba la lona de la tienda de campaña no tenían sentido.

                Realmente, en el interior, una joven pareja de veinteañeros estaba practicando la típica copula ordinaria. Ordinaria por común no por grosera. Un acto carnal que ejercían íntimamente.

Seguramente ambos llevaban mucho tiempo decidiendo aquel momento. Apuesto, que deseosos de aquel instante, habrían hecho todo lo posible por que todo saliese a pedir de boca. Para ello, sin ninguna duda, cada uno de ellos habría practicado el acto tantas veces como allá sido necesario; apareándose con un número no limitado de personas, para evitar defraudar sexualmente a su cónyuge real. 

Pero tampoco quiero perder el tiempo en este apartado. Solo lo que sea preciso.

                El chico se encontraba en lo alto de la joven y atractiva chica. Una chica de pelo castaño, con pequeños destellos rojizos en las raíces.

                Nunca he entendido por que se es tan racista con el color de pelo. ¿Porque se le denomina a las de pelo rojo pelirrojas, y a las de pelo negro, morenas; ¿a las de pelo amarillo, rubias? ¿No debería ser a las de pelo rojo, pelirojo, a las de pelo negro, pelinegro y a las de pelo amarillo, peliamarillo?

                Ambos jóvenes se movían a un ritmo frenético y desbocado. Cuando el chico hacia el amago de entrar, ella hacia el amago de buscar la entrada. Allí faltaba haber leído la magia del orden.

La fiesta sexual que pretendía ser aquella acampada no iba por buen camino. Los jóvenes se detuvieron, jadeantes por una sobreactividad fallida, se miraron y hubo un instante de ofuscación. El joven se tumbó junto a ella y gritó como una niña cuando se clavó una piedra que había bajo el colchón de espuma.

  • ¡Maldita piedra! – El joven se llevó la mano a la espalda en gesto de dolor. – Con lo grande que es el campo y esta puta piedra en mi espalda.
  • No eches la culpa a la piedra de tu falta de conocimiento. – La joven dibujo una sonrisa en sus labios. Pero tras la máscara que intentaba aguantar, se veían destellos de insatisfacción. – Te vendría bien algún video-tutorial sobre: Como follarme a mi mejor amiga para que pase a ser mi novia.

La tienda de campaña se llenó de risas femeninas, pues el joven parecía estar algo descontento.

  • ¡Cállate estúpida! – trago saliva y se mordió un labio. Quizás reprimiendo el intento de pegarle. – Sabrás tú lo que es follar bien. Toda la culpa es tuya. No hay manera de seguirte el ritmo. ¡Entérate! ¡No vas montada en bicicleta! Ya me cuesta metértela con esta oscuridad, imagínate si no paras de moverte. – satirizó los movimientos que minutos antes hacia la joven. 
  • Sabes cómo alagar a una mujer. – la línea que eran sus labios se endurecieron formando ira. – Cuando tengas bastante de esa cosa y sepas usarla llámame. – Se incorporó rápidamente. Sus pechos hicieron caso a la ley de Newton y se dejaron caer de golpe. Se los ocultó arropándoselos con las mantas que habían llevado. Y como si fuese arte de magia, se puso el sujetador con una sola mano. Apostaría que incluso lo hizo sin manos.
  • - ¿Dónde piensas que vas? – estiró un brazo y aferró el de ella. – No te creas que esto lo puedes dejar así. Hay que terminar lo que se empieza.  – Se señaló la propia tienda de campaña que el mismo había montado. – Ese coche no se mueve de ahí hasta mañana por la mañana. Más vale que lo pasemos lo mejor posible. – Levantó una ceja y desvió la mirada hacia su miembro. –
  • Ohh.. Perdona. No me había dado cuenta. Que mal educada soy. Me insultas, me dejas a medias; que digo a medias, a medias seria mucho. Me dejas al comienzo. Y yo, tonta de mí, te dejo así. – Le miro a los ojos y sonrió.

La joven se inclinó sobre él, se desvió la melena a un lado y se introdujo eso que todos sabéis en la boca. El joven describió un circulo con los ojos y los cerró, apretó los labios y grito.

La joven cerró los dientes con fuerza sin sacarse lo que tenía dentro. El chico, después de gritar, le agarró de los pelos y estiró en dirección opuesta a él. La chica apretaba más aun los dientes y una fina línea de sangre surgió allí donde los dientes apresaban la piel del pene y descendía hasta perderse en el monte de pelos que llevaba aquel chico. Finalmente, el joven dejó de insistir y le soltó el pelo. Ella respondió desbloqueando sus mandíbulas.

  • ¡Puta, más que puta! – se retorcía en el poco espacio que daba el interior de la tienda. Sus manos ocultaban un débil y dañado pene. – Te voy a matar.
  • Aprende a tratar con una chica. Bastardo. – Mientras él se retorcía, ella aprovechó para ponerse las bragas y vestirse. La velada nocturna había llegado a su fin, y fuera hacia mucho frio.

Una vez vestida rebuscó en un pequeño bolsillo que había situado en un lateral de la tienda. Sacó una caja de preservativos que terminaron estrellándose contra la cara del chaval y buscó más adentro hasta dar con las llaves del coche.

  • No pienso dormir aquí contigo. Ni pienso irme yo sola de noche hasta la ciudad. – Hizo una pausa para mirarlo bien. - Mañana me llevaras a casa. Hasta entonces, yo duermo en el coche.
  • Puta. – fue la única respuesta comprensible. Se incorporó lo más rápido que pudo y se aferró a su cuello. Apretó los dedos y comenzó a balbucear entre sollozos.
  • Púdrete hijo de puta. – El brazo dibujo una estela en la oscuridad, tan solo iluminado por la opción linterna del móvil, impactando directamente al cuello del chico. La sangre salpico el jersey blanco de la joven. Había clavado la llave del coche a escasos centímetros de la nuca. Este retrocedió y se ocultó con las mantas. – Todo esto es por tu culpa. Más vale que permanezcas aquí hasta mañana. Al amanecer me marcharé; yo sola. Cuando llegue a la ciudad te mandaré buscar. Y si estás muerto… – hubo un sutil silencio. - descansa en paz.

 

Después de aquello las horas pasaron lentas. Dentro del vehículo hacia más frio aun y los cristales apenas dejaban ver el exterior.

                Un crujido desvelo el ligero sueño de la joven que se despertó estremecida del frio. Un nuevo chasquido le hizo prestar atención. Provenía de la parte trasera del vehículo. Inclinó el espaldar del asiento hasta ponerlo recto, limpió el aliento atrapado en el cristal e intento auscultar la poca claridad que había mirando por el espejo. Pero era imposible conseguir ver algo. El espejo estaba empapado en la escarcha de la noche.

Giró el contacto y se encendió el panel de mandos del vehículo. Pulsó el botón que accionaba el elevador de la ventanilla hasta una altura adecuada para sacar la mano. Frotó con la palma de la mano el espejo y sin haber terminado de limpiarlo al completo, vio una deforme silueta posicionada en la parte trasera, a escasos metros del coche. Se llevó ambas manos a la boca, rehuyendo un grito. Pulsó el botón nuevamente y la ventanilla fue subiendo lentamente hasta desaparecer el borde del cristal en el interior de la chapa. Oprimió el botón con una llave dibujada encima y el cierre centralizado se abrió. Los nervios le estaban jugando una mala jugada. Un sudor frío le abordó y quiso volver a accionarlo. La ventanilla comenzó a bajar lentamente. Soltó un gritó sordo y pulsó el botón que retornó la ventanilla a su posición inicial, seguidamente cerro las puertas presionando el cierre interno. Los pestillos se bajaron al unísono ofreciendo un sonoro golpe.

                El aliento dejaba una neblina conforme respiraba. Se posiciono mejor para que así el reflejo del espejo le diera una mejor visión. Se inclinó más hacia delante, dejando reposar los pechos sobre el volante. Entonces el clamor de una trompeta retumbó en la noche. Sus pechos habían ido a caer encima del claxon. El susto le hizo retirarlos de inmediato, pero ya era demasiado tarde, todo el bosque había oído la bocina.

El corazón empezó a latirle con fuerza. La respiración le acompaño y su ritmo se éxito. Nada tenía que ver con el jadeo que horas antes tenía dentro de la tienda. Este jadeo era de terror. Aunque solo hubiese sido una alucinación producida por el despertar, la situación y el miedo de estar sola en mitad de la nada y creer haber visto una extraña y monstruosa silueta, la tenía, como decirlo, cagada.

                Hubo unos instantes de silencio. Intentó controlar la situación, pero apenas pudo contenerse unos minutos. Nunca había oído una risa como aquella. Ni la bruja más malvada de Disney podría superarla.

Una alarma sonó dentro del vehículo. Llevaba mucho tiempo con el contacto accionado, y el coche le estaba avisando de que a ese ritmo podría agotar la batería.

                La chica pisó el embrague a fondo y giró del todo la llave. El coche hizo el intento de arrancar, pero el frio de la noche se lo impedía. No desistió en el intento, y volvió a repetir la acción. El coche tampoco desistió en su cabezonería y tampoco arrancó.

Unos golpecitos, en el parabrisas trasero la detuvo, la chica no movió ni un solo musculo. Hubo un interludio antes de volver a sonar aquellos golpecitos. Más que golpes eran como el martillear de unas uñas contra el cristal. <<Click, click, click>> rápido y seguido. Cada vez se sucedían más seguidos.

La chica no perdía de vista el retrovisor interno del coche, dándole una muy buena visión del parabrisas trasero, el cual se encontraba totalmente invadido por el vaho. El repiquetear se volvió tan intenso que parecía una llovizna, hasta que un golpetazo lo interrumpió. El porrazo retumbó por el interior del vehículo como si de un trueno se tratase. La palma de lo que parecía una mano apareció apoyada en la luna trasera del vehículo. Es lo único que se distinguía, el resto era sombras y vapor.

                La chica, que a la que aún no le hemos puesto nombre, digámosle Anna; giró lentamente la cabeza, no quería más sustos. No le quedó más remedio que abrir todo lo que pudo su boca en una exagerada representación de asombro.

Fuera de seguir las pautas de la normalidad, que a esas alturas de la noche quedaban muy lejos, la mano que en un principio parecía ser mano, no era una mano si no una monstruosa zarpa. Cuatro recortados muñones hacían de dedos, recubiertos de un pelaje que a simple vista parecía ser suave y delicado. De aquellos abultados dedos emanaban unas puntiagudas uñas, tan finas como pináculos, capaces de destripar hasta el más hormonado de los hombres. En lo que debía ser la palma de la mano había un pequeño hueco sin pelo, dejando a la vista piel quemada.

                No hacían falta más detalles para que Anna soltara un grito de pánico. Aquella cosa se esfumó como el humo al ser atrapado por un extractor, dejando la silueta de la garra como invitación al pánico. El pavor se adueñó del ambiente y tan rápido como se propaga un rumor también se apoderó de Anna.

                El techo del coche comenzó a hundirse. Alguien caminaba por encima. Por mucho que intentara buscar quien era, era una acción imposible, y salir al exterior para comprobarlo, era una opción inapropiada. El coche se balanceaba al ritmo que el techo se abollaba allí donde aquella cosa pisaba. A la altura del copiloto aquella cosa se detuvo, igual que parecía haberse detenido el tiempo y todos los ruidos que segundos antes invadían la escena.

Morderse las uñas no hubiese estado mal para expresar la ansiedad de la situación. 

                ¡PAFF! Esta onomatopeya no expresa el impacto que hizo saltar a Anna del asiento, pero mientras no se inventen los ruidos en la escritura nos servirá.

Algo había impactado contra la luna delantera del coche y había dejado la huella de la colisión. Una circunferencia que había borrado todo el vaho y dejó marcas de un viscoso liquido rojizo que descendían por el cristal. Un segundo topetazo impregno más el vidrio de aquel fluido rojo. Mas impactos se sucedieron, con cada uno de ellos se fue abriendo una pequeña brecha en el cristal que terminó resquebrajándose, creando una telaraña de grietas. Un último golpe desmoronó la protección del cristal. El frio invadió el habitáculo y aquel viscoso liquido impregno la tapicería. El aire entraba por el orificio como si intentase escapar del exterior, los pelos de los brazos se le erizaron como un erizo defendiéndose de su depredador. Algo cayó en el interior del coche haciendo un ruido sordo y seco, quedándose encajado entre la puerta del copiloto y el asiento. Desprendía un olor horripilante, como si se hubiesen meado encima.

                Anna permaneció inmóvil, observaba aquel bulto que acababa de aterrizar en el asiento. Dio una arcada seguida de una maldición. El olor a corrompido se le instaló en el cerebro y estuvo a punto de desmayarse. Pulsó para bajar la ventanilla de acompañante, extendió el brazo con todo el escrúpulo que pudo y cogió aquella cosa con la yema de dos dedos. La textura de aquello le hizo abortar la misión y recupero la extensión del brazo en un amago de apartarse del objeto.

Llevó la mano al techo y encendió la pequeña lamparilla que había en mitad. La tenue luz que desprendió apenas se diferenciaba mucho de la oscuridad, pero le sirvió para comprobar lo que allí había.

                La sorpresa fue mayúscula. Una cabeza descansaba en el asiento. Surcos de sangre habían bañado la bonita tapicería del vehículo. Un grito se abrió camino desde lo más oculto de Anna y rasgó la tensión. Aquella cabeza no era una cabeza cualquiera, como es de esperar; aquella cabeza era la del hijo de puta que horas antes había intentado… digámoslo finamente: tener relaciones sexuales.

Era una imagen algo grotesca. Tirajos de carne desmembrada colgaban del cuello, la yugula aun expelía las ultimas gotas de sangre y del centro del degollado cuello, un puntiagudo hueso asomaba. La mandíbula permanecía abierta en un frustrado intento de llamar a gritos a un protector que no llegaría jamás. En lugar de ojos había dos orificios ensangrentados, desde donde se podía ver el cavernoso interior orgánico.

                La respiración de Anna se apresuraba en aspirar todo el oxígeno posible para dar cobertura a su saturado cerebro. Todo aquello debería de tener una explicación, aunque pareciera un hecho improbable. Un suave ruido interrumpió, y algo parecía haber caído al interior del habitáculo, fue un sonido leve y plano. Se curvó hacia delante sin perder de vista a su decapitado compañero y buscó con la mirada lo que había producido aquel sonido. Entre la oscuridad, en una esquina de la esterilla, dos bultos brillaban bajo la vaporosa luz del techo. Extendió el brazo en un afán de hacerse con aquello. La textura era viscosa y húmeda, al cerrar la mano sobre los objetos comprobó que también era esponjoso, y que eran dos redondas y diminutas bolas. Pero apenas podía ver de qué se trataba. Se incorporó recuperando la posición inicial y llevó la mano cerca del foco de luz. Al abrir la mano dos ojos la miraban desde la palma de su mano. Lo que debería ser blanco en ellos era rojo tiznado por la sangre de haber sufrido una extirpación traumática.

                Anna los lanzó al percibir el espanto. Aquella debía de ser una pesadilla, pensó.

Se llevó la mano a la cara en un gesto de agotamiento, la sangre marcó el perfil de su rostro. Cuando llevó la mirada más allá del cristal, perdiéndola del interior del vehículo, algo o alguien se alzaba a escasos metros de ella. Un diabólico ser con unas largas orejas se alzaban por encima de la cabeza, poseía un abultado cuerpo, deforme y jorobado, como si la tierra lo llamase para susurrarle un cotilleo; permanecía de pie, impaciente. Se balanceaba de un lado a otro, con un pequeño movimiento hipnótico. Un hocico repleto de afilados dientes resplandecían ante el destello de la luna. Y como ojos, dos oblicuos puntos rojos, brillantes y feroces. Y sin duda alguna, aquellas zarpas eran las mismas que habían dejado huella en la luna trasera del coche unos instantes atrás.

                Anna se intentó convencer a sí misma, “todo aquello es un sueño”, se dijo. Repitió aquella frase unas cien veces, si lo crees, se hace realidad.

                El horrible ser avanzó una pierna, arqueada e imponente, seguido avanzó con la otra pierna; parecía un movimiento costoso, como cuando te levantas del váter tras un buen rato de lectura. Con un simple paso avanzaba tres posiciones de un avance humano. No se sabía si estaba riendo o esa era su expresión normal, pero la imagen era espeluznante.

El monstruo avanzaba y Anna optó por huir del vehículo, hizo el intento de abrir, pero la puerta se negaba. Pulsó angustiosa el botón de desbloqueo de las puertas, pero no obtuvo ningún ruido de apertura. La zarandeó con todas sus fuerzas, pero dio el mismo efecto. Recorrió con la mirada el interior del automóvil en busca de una solución, una puerta abierta, una ventana bajada o una soga para ahorcarse; cualquier opción es buena en tal tesitura.

                Una siniestra sonrisa la saludaba desde la ventanilla donde se encontraba sentada. Aquel ser la miraba con sarcasmo, dándole a entender que todo era inútil, ya era suyo.

  • ¿Es un sueño? – Se le ocurrió preguntar Anna, ingeniosa.

El ser inclinó la cabeza hacia un lado sin perder aquella sonrisa y alzó la garra a la altura del hombro, lanzó el muñón contra el cristal rompiéndolo a su paso y atrapando la melena de la joven. Estiró de ella con suavidad, acercándola hacia él.

  • Si. – dijo el monstruo. – bienvenida a tu pesadilla.

Y la oscuridad se hizo sobre Anna.

                 

 

 

 

 

 

 

 

 

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