cerrar

Esta web utiliza cookies

Utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y mostrarte publicidad relacionada con tus preferencias mediante el análisis de tus hábitos de navegación. Si continúas navegando, consideramos que aceptas su uso. Puedes cambiar la configuración u obtener más información aquí

9 min
Tiempo perdido
Amor |
19.06.17
  • 0
  • 0
  • 62
Sinopsis

Siete veces giró esa noche la manivela de la cajita musical. El cilindro comenzó a dar vueltas y las vibraciones del peine florecieron en una frágil y bella melodía....

   Siete veces giró esa noche la manivela de la cajita musical. El cilindro comenzó a dar vueltas y las vibraciones del peine florecieron en una frágil y bella melodía. Arlan dejó la vieja cajita sobre la mesa de noche, cohibido se acercó a su amor quimerino que contemplaba el nocturno e imperfecto horizonte desde la ventana. El resplandor de la luna llena bañaba la prohibida silueta de Saraid, mientras que el atrevido e inquieto viento liberaba su cabellera de la atadura de su listón. Ella dio la vuelta, él desvió la mirada al blancuzco baldosín; un rostro remoto y difuso intervino entre la osadía y su cobardía. Engalanados en su ropa de dormir, la penumbrosa y pequeña alcoba de Arlan se transformó en un enorme salón de valse; el objetivo del titiritero. Risueños y desinhibidos por el calor de los tragos, danzaron al compás del cuarteto de cuerdas, al ritmo melancólico de la diosa cantante, abandonados en la rebosante encrucijada de lo inverosímil. Una mano amiga y ajena, tierna y recia, provocó un suspiro agónico que cortó las cuerdas del éxtasis; inmortalizado así, ese difuso recuerdo en la noble criatura.

   Al día siguiente, las nubes tormentosas permanecían inmóviles por el quebradizo viento. Arlan, con miedo fue conducido por el débil hilillo de la esperanza y la inconsciencia, incitándole a llegar y a entrar al antiguo túnel de la refriega. El camino semioscuro y encharcado, de paredes húmedas y decoradas por la mano del moho, le invitó mordazmente que desvelara sus secretos que le aguardaban al final del umbral. La mirada la tenía clavada en el pobre brillo de las luminarias del techo goteante y desmigajado; la desviaba hacia las grietas donde se escabullían unas delgadas hojas verdecidas, ambiciosas de crecer, y salir del encierro del concreto para atrapar un pequeño destello de luz artificial. Sacó su ansiosa mano de su cálida y cómoda gabardina, un pequeño listón rojizo enredado entre sus cadavéricos dedos le estremeció las entrañas. Por un instante se sintió en compañía de esas almas frías y mudas, desconsoladas y sollozantes que no descubren el descanso celestial.

   El túnel terminó. Una fronda con flores de un amarillo cautivador se interpuso. Arlan las admiró: «una hermosa flor abandonada en la inmundicia de este lugar» pensó mientras se abría un espacio entre la colgadura verdinegra, y sin percibirlo, su acongojada alma vislumbró el recinto de la perpetuidad.

   Se adentró lentamente sobre la arboleda que había invadido. Grandes raíces enmarañadas sobresalían de la húmeda tierra, creando terribles criaturas alrededor de los sombríos y majestuosos robles que ambientaban el funesto lugar. Su frágil audición percibió un cántico consolador, el mismo sonido que lo acompañó junto a Saraid la vez que visitaron los prados de brezales. Donde sentados en las frías rocas, transcurrieron horas embelesándose en los claros y azulados cielos; escandalosos sus ojos bautizaban las blancas nubes que empujaba el viento; acariciaban la luz del sol al posarse sobre la cima de las caprichosas montañas irlandesas. Arlan apartó la vista del confín y se abandonó en Saraid, un rostro de esplendida belleza y facciones singulares decía él. Se aferró a esos ojos grandes y oscuros, de mirada suave y profunda, desafiante y osada, atestada de dudas y miedos visibles en cada pestañeo.

   —Estos días has estado distante, ¿qué ocurre? —preguntó Arlan sin apartarle la vista.

   —Hermosa montaña —comentó Saraid mientras señalaba hacia Benbulbin, la gloria de su país.

   —¿Por qué me evitas?

   —¿Sabes la leyenda de la Reina Maeve? —insistió ella en cambiar de tema.

   Los escasos diez años que llevaban de conocerse, eran suficientes para que Arlan conociese de Saraid, cada línea amarga que le había trazado el destino en cada página de su compungida alma. Cada gesto en ella lo interpretaba atinadamente y su comportamiento angustioso mal disfrazado no era la excepción.

   Saraid sintió la mirada perspicaz de Arlan perforando la muralla que había levantado el último mes. Lo tomó del rostro con sus manos heladas y le dijo: «nunca te di las gracias por arriesgar tu vida en aquel lupanar, por ser la única persona que ha confiado en mí a pesar de mi traicionero pasado. Gracias por ofrecerme tu hogar, tu corazón, por ser mi amigo. Nunca olvides que te quiero.» Sus palabras fueron sinceras, y él lo sabía a la perfección, pero fue una intrépida maniobra para hacerle perder el interés en lo inconfesable. Arlan ese instante sintió que su corazón se abría paso por su pecho, a un palmo de los labios que había devorado infinidad de ocasiones en su imaginación. Y lo intangible, se hizo realidad: en el claro cielo y tranquilo de ese paseo diurno, sobre ellos apareció una preciosa cotovía color marrón con un cántico angelical que pareciese que fue enviada por el mismo Angus; produciendo un sonido melodioso que motivó a Saraid tan retraída y sutil, llena de miedos y errores a olvidar los recelos por los cuales no quería arruinar su amistad con Arlan; un impulso donde su deseo controló su obstinada lógica, obligándola a fundir sus delgados labios con los de Arlan sobre el amor en la niebla.

   Él quedó hechizado por la bruja de sus fantasías, envenenado con la posición de sus labios. Pero, ¿cómo luchar contra esos sentimientos que se habían alojado con ardientes espinas en lo más profundo de su mente? Cuando enmudeció de celos al ver su eterno sueño ser conquistada por la labia y la afinidad; ensordecido de ira por el fragor de la batalla en el lecho contiguo; la fría noche que compartieron mantas y recorrió por su cuerpo el calor que nunca poseería; el colmo del frágil sentimiento de la amistad.

   —Saraid —dijo Arlan con suave voz —no he dejado mi piedra sobre la tumba y mi deseo se cumplió.

   A pesar de la filosa incertidumbre y la grata felicidad en la que se encontraba Arlan, él tenía algo tan claro como el agua que corre por Benbulbin: ella nunca seria suya; siempre el fiel amigo, jamás el cómplice de su amor. Y lo que más temía Arlan, por fin relució mientras ella acariciaba sus titubeantes huellas de la inmolación.

   —Arlan… — suspiró ella —… mañana parto a Londres.

   El cántico se fue perdiendo en la boca de la oscuridad, como sus más sólidos sentimientos ablandados por la desesperación, y preocupación de al despertar y no encontrar a Saraid en su habitación como la monotonía se lo impuso. ¿Se había marchado sin vociferar un adiós? ¿Sin obsequiarle la última oportunidad de abrazarle? ¿Enorme su prisa de marchar que solo se llevó su cajita musical? ¿Quiso evitar la amarga y lastimera despedida? ¿Evitar tal vez, un arrepentimiento? ¿Y qué había ocurrido después del baile?

   En una pequeña laguna envuelta por la frialdad del recinto, Arlan vislumbró la pálida testigo de la noche anterior; y ahí, Arlan se desplomó de rodillas sobre el verde alfombrado y húmedo. Una construcción megalítica, un dolmen cerca de un extraño roble, donde la escasa luz de la luna, como un tenue faro, iluminó un cuadro aterrador y maravilloso, provocando que se llevase las manos al rostro y el llanto escurriese entre sus dedos. El acto final que su mente endeble no había asimilado. Una imagen viva, borrosa y desgarradora terminó destrozando su alma dividida. Un alarido proveniente de lo más profundo de su alma fue lanzado al cielo oscuro, al mismo Dagda con esperanzas de despertar de esa alucinación, de esa pesadilla desmesurada que había visto la luz.

   Lentamente Arlan fue avanzando hacia Saraid. Cada paso que daba, era como si su alma desnuda caminase por el Cocito de Alighieri. Y ahí estaba ella, muda como las tumbas, fría como la roca en la que reposaba, dormida en su eterno sueño con las manos en la posición del yaciente.

   La vio un instante: «está dormida» se murmuró en consuelo; él ya había perdido la razón.

   A un costado del rostro sin vida, Arlan encontró la cajita musical de Saraid. La tomó entre sus manos temblorosas y le dio vueltas a la manivela como la noche anterior. Quería revivir aquel grato momento a lado de Saraid; pero el sonido no brotó de su mecanismo. Abrió la tapita y encontró allí, un delgado frasco envuelto en un papel.

   La dulce melodía comenzó a inundar la lúgubre atmósfera y su atrofiada mente reconstruyó cada caricia, sonrisa, risa, mirada, giro sobre la pista de baile. El sonido sordo del frasco cayendo al piso hizo eco. El frasco se había deslizó entre sus dedos al instante que leyó las líneas de la nota. Una nota con su propia caligrafía dirigida para ambos. Ya todo tenía sentido para él. Aquellas palabras habían alineado en correcta posición las deformes sombras de sus recuerdos.

   Y como negativos fotográficos, la escena al instante cobró vida: la punzante navaja de los celos y el abandono había atravesado el corazón de Saraid. Y en el albor de la locura, la sombra gemela que nació y se aferró a espaldas de Arlan desde la puericia, esa misma noche encadenó y llevó a Saraid al recinto del eterno descanso.

   La nota se le escapó de su mano y el viento la desvaneció en el sombrío follaje. Arlan levantó el pequeño frasco y giró su rostro hacía Saraid. La mirada se le volvió rabiosa y la boca maliciosa, y le susurró a Saraid las mismas líneas del papel: «solo hice lo que no te atreviste hacer.»

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor
  • Este relato no tiene comentarios
  • Este relato no tiene valoraciones
  • http://www.tusrelatos.com/relatos/eel-ahorcado-de-tihzel-capitulo http://www.tusrelatos.com/relatos/el-ahorcado-de-tihzel-capitulo-ii

    Siete veces giró esa noche la manivela de la cajita musical. El cilindro comenzó a dar vueltas y las vibraciones del peine florecieron en una frágil y bella melodía....

    Primer capitulo http://www.tusrelatos.com/relatos/el-ahorcado-de-tihzel-capitulo

    «Ennegrecidas las aguas que nos rodean, manipuladas por el demonio de dos lenguas». Estas fueron las últimas palabras de Francisco “la tortuga” antes de ser ahorcado por un crimen hacia el corazón de Tihzel.

    Sombras, sombras por doquier; osadas se movían con libertad entre la brillante luz sin temor a esfumarse...

    En los ayeres de mi clara lucidez y copioso afecto, mis emociones eran iluminadas por el resplandor de la pasión y el amor....

    El rechinido de la gran puerta de madera se escuchó....

Tienda

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta