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10 min
Tiempos Funestos
Suspense |
01.12.15
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Sinopsis

Tiempos Funestos es un relato que le hará razonar sobre las terribles consecuencias a las que se debería de enfrentar si intentara modificar su pasado mediante una máquina del tiempo. ¿Cree usted que si alguna vez pudiera viajar a través del tiempo, sería capaz de adaptarse a un presente que en realidad no le pertenece? Sumérjase en esta apasionante historia y hallará la respuesta. Este relato consta de 5 capítulos. Si desea leer la obra en su totalidad, podrá adquirirla a través de http://www.amazon.es/gp/product/B00MYBYL4Y o su página de Amazón habitual por tan sólo 0,99€

Jamás olvidaré el 13 de Febrero del 1976. Aquel día fui a la consulta con la certeza de que iba a ser una jornada laboral muy distinta a todas las demás, pues tan sólo habían pasado unas cuantas horas desde que había recibido una inquietante llamada telefónica, de alguien que aseguraba ser un antiguo colega del instituto. Un viejo amigo al que no había vuelto a ver desde el día de nuestra graduación, que de repente pretendía citarse conmigo para que le hiciera terapia. 
   Siempre había evitado pasar consulta a personas con las que hubiera tenido algún tipo de lazo afectivo; pero Alberto, pues así se llamaba mi antiguo camarada, había insistido en que necesitaba hablar con un profesional de confianza. A causa de su insistencia y a mi deber como psicólogo, no pude negarme. 
   Y allí estaba yo, fingiendo que prestaba atención a los problemas e inquietudes de la primera cliente del día; cuando en realidad, su voz llegaba hasta mí como el murmullo del viento que mecía con violencia las ramas del árbol, que algún funcionario inepto había ordenado plantar justo enfrente de la única ventana de mi consulta. 
   Un sentimiento de culpa se apoderó de mí, obligándome a despachar a mi cliente antes de tiempo sin cobrarle la sesión. 
   Los minutos pasaban lentamente, y aún disponía de bastante tiempo hasta la llegada de Alberto; así que me senté en el escritorio y abrí el cajón superior para extraer de su interior mi pitillera. He de reconocer que me llevé una gran decepción al encontrarla vacía, pues en aquel preciso momento recordé que llevaba varios meses intentando dejar de fumar. 
   Rebuscando entre las cosas que había ido acumulando con el paso del tiempo en aquel cajón, encontré unos cuantos caramelos mentolados. Le quité el envoltorio a uno con la esperanza de que me ayudara a calmar las ganas de fumar, me lo lleve a la boca y guardé el resto en el bolsillo del pantalón. 
   Intenté convencerme de que era absurdo estar inquieto por tener que atender al próximo cliente, puesto que de aquel Alberto joven y con la cara cubierta de acné que yo había conocido muchos años atrás, tan sólo debía de quedar un puñado de viejos recuerdos. 
   El caramelo había menguado considerablemente de tamaño en el interior de mi boca, cuando sonó con insistencia el timbre de la puerta. Como en aquella época aún no había contratado a mi secretaria, sólo yo podía acudir a la llamada; y tras abrir la puerta, sólo yo pude apreciar la reacción de Alberto al verme por primera vez después de tantos años. 
   –¡Doctor Santiago Ruipérez, ni más, ni menos! –exclamó Alberto señalando el cartel que adorna la puerta de mi consulta y acompañó el estudiado saludo con una sonora carcajada, que quedó interrumpida por un fuerte ataque de tos. 
   –¡Pero bueno, Alberto! –exclame yo también –. ¿Qué te trae por aquí? 
   Tuve que mirarle dos veces para reconocer en aquel hombre al Alberto que yo había conocido años atrás. De haberle visto por casualidad en cualquier otro lugar, jamás le hubiera reconocido. 
   Se había convertido en un hombre de escaso cabello cano, alto y delgado; pero su piel flácida delataba que en un pasado, no muy lejano, había tenido algo de sobrepeso. Iba vestido con ropa de calidad, pero le quedaba bastante holgada y estaba mal planchada. Tenía el aspecto habitual de una persona con problemas, como la mayoría de clientes que suelo atender en mi consulta a diario. 
   Tras hacerle pasar al interior de mi consulta, Alberto me explicó que había venido a la ciudad para asistir a una conferencia y, aprovechando el viaje, había decidido quedarse unos días para recorrer sus calles y paseos para comprobar que cambios habían sufrido durante su ausencia. 
   Al preguntarle por su familia, Alberto se tumbó en el diván sin darme tiempo a que le diera permiso para hacerlo. Tras adoptar una pose cómoda, me contó que había estado casado, pero nunca llegó a tener hijos. Su mujer quedó una vez en estado de buena esperanza, pero perdió al crío a los pocos meses de gestación y cayó en una profunda depresión. Aquello hizo mella en la relación marital y Alberto acabó sucumbiendo a los encantos de otra mujer, lo que acabó de romper su matrimonio. No cabe decir, que yo también le conté algunos momentos destacables de mi vida; pero prescindiré de ellos, pues ahora no vienen al caso. Así que me centraré en relatar todo lo que me contó mi antiguo colega. 
   “Tras finalizar los estudios en el instituto, cursé una licenciatura de ingeniería en la universidad autónoma. Con la licenciatura en mi haber, no tardé en conseguir una vacante en una multinacional de prestigio. Allí conocí a una joven empleada, que unos pocos años más tarde se convertiría en mi esposa. 
   A causa del fracaso en mi matrimonio, perdí la fe en mi mismo. Me volví apático y olvidadizo, repercutiendo gravemente en los resultados de todos los proyectos en los que participaba. El que no se convertía en un rotundo fracaso, se finalizaba fuera del plazo previsto. 
   Fueron momentos difíciles. Pasaban los días y los miembros de la junta de accionistas no sabían qué hacer conmigo, mientras yo trabajaba en un proyecto que intuía que jamás llegaría a ver terminado. 
   Finalmente tomaron la decisión más sensata. A pesar de mi compromiso con la empresa, y los múltiples éxitos obtenidos en tiempos pretéritos, consideraron que me había convertido en una pieza defectuosa capaz de obstruir el magnifico engranaje que representaba la firma, una mancha que había que eliminar, un estorbo. Aunque no tengo nada que reprocharles, pues yo mismo me sentía fuera de lugar allá donde estuviese.
    Incluso en el apartamento de bajo arrendamiento de Fraisal, en el cual me había instalado tras el divorcio, me parecía un lugar adverso; donde malvivía alimentándome a base de la autocompasión y comida precocinada”. 

   –¿No fue en Fraisal donde hallaron, entre cubos de basura, el cadáver de un hombre que había fallecido en extrañas circunstancias? –intervine, recordando haber leído algo al respecto en la prensa local. 
   –Exacto –respondió Alberto –. Pero puedo garantizarte que fue un caso aislado. Fraisal siempre ha sido un pueblo muy tranquilo, donde he podido vagar por sus calles hasta altas horas de la noche, sin sufrir ningún percance. 

   “En uno de esos paseos nocturnos, me detuve en la plaza que hay frente a la iglesia y me senté en uno de sus bancos. A aquellas horas de la noche, esa zona del pueblo era un remanso de paz; uno de esos escasos lugares donde uno podía encontrarse a sí mismo sin apenas proponérselo. 
   El viento llevaba consigo una brisa fresca que recibí con agrado, a pesar de que las temperaturas comenzaban a descender como es habitual en aquella época del año; la plaza estaba bien iluminada, al igual que sus calles colindantes; y la iglesia ofrecía su mejor versión, gracias a los focos que iluminaban directamente la parte más alta del campanario. Por primera vez, los remordimientos que atenazaban mi alma aflojaron su presión por unos instantes. 
   Estaba admirando la torre del campanario, con el firmamento como telón de fondo, cuando una imponente voz me liberó del hechizo en el que me hallaba inmerso al formular una simple pregunta –¿Es usted creyente? –. Reaccioné con un sobresalto y mi cuerpo se puso en tensión. Busqué con la mirada al causante de mi agitación con tanta violencia, que estuve a punto de provocarme una lesión cervical. 
   Lamenté no haber podido reprimir una mueca de dolor, justo en el preciso instante en que localicé a un hombre de unos cincuenta años de edad a pocos metros de distancia. El desconocido tuvo que haberse imaginado que yo me había asustado, porque rápidamente me mostró sus manos desnudas y se disculpó por la intromisión. 
   Acepté de inmediato sus disculpas; y con un movimiento de mi mano derecha, le indiqué que podía acercarse para hacerme compañía. El hombre, captando el mensaje, asintió con la cabeza con elegancia y caminó los pocos metros que restaban hasta sentarse en el otro extremo del banco. 
   Se creó un incómodo silencio mientras yo esperaba que el desconocido me revelara su nombre; pues consideré que era de recibo que él fuera el primero en presentarse, ya que había sido él quien había acudido a mí en busca de compañía –¿Y bien? –dijo al fin –. ¿Ya ha meditado lo suficiente para poder responder a mi pregunta? 
   Por alguna causa ajena a toda comprensión, aquel hombre ejercía sobre mí un estatus dominante; haciéndome sentir dócil y torpe de ideas. Como si en su presencia, mis pensamientos se vieran obligados a pasar por una vía segundaria; por un conducto en desuso impregnado por alguna sustancia pegajosa, que les impidiera llegar a tiempo a su destino. A pesar de que siempre he considerado inapropiado exponer mi fe cristiana ante desconocidos, en aquel momento me sentí incapaz de eludir la pregunta sin parecer descortés. No quedándome más remedio que parecer sumiso y exponerle a grandes rasgos mis creencias religiosas. 
   Acabada mi explicación, mi enigmático compañero me expuso una versión de los hechos mucho más cáustica. De entrada, reconocía tener dudas sobre la existencia de Dios, nuestro creador. Pero que de haber existido, no sería más que un creador involuntario; como un hombre que tras comerse un puñado de aceitunas, hubiera tirado los huesos en el suelo, y pasado un tiempo, y por puro azar, de uno de esos huesos hubiera crecido un árbol. Como si aquel joven olivo fuera nuestro amado planeta y sus frutos, sus habitantes; un árbol que nadie iría a regar ni a recoger sus aceitunas, por muy sabrosas que estas fueran. 
   Su teoría me resultó abrumadora, a la par que ingeniosa, y habría estado dispuesto a profundizar en ella incluyendo el concepto del alma. Pero tras consultar su reloj, el desconocido me anunció que ya era demasiado tarde para debatir temas tan profundos, y me prometió que acabaríamos aquella conversación, siempre que yo quisiera, al día siguiente en el mismo banco y a la misma hora”. 

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