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9 min
Tinieblas
Reales |
09.01.22
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Sinopsis

Recopilación de momentos y sueños de mi infancia y adolescencia a modo de pequeños relatos de terror.

“…gracias a lo que fui soy lo que soy, después de conocer la luz elijo la oscuridad”

 

SOL DEL TAROT

En mi infancia solía veranear en una casa antigua al lado del mar. El terreno alrededor era un malpaís terriblemente oscuro y escarpado que se extendía a lo lejos como un desierto infernal solidificado. La casa era imponente, enorme. La rodeaba una valla de madera que parecía estar hecha de estacas vampíricas, tenía un tejado partido en dos y se alargaba hasta donde no alcanzaba la vista. La fachada llamaba especialmente la atención por la ventana redonda de la buhardilla con una vidriera que representaba un sol del tarot. Era difícil de olvidar esa mirada imponente y persecutoria que parecía juzgar cada acto que hacía, como el espíritu o ente guardián de la enorme casa al lado de los acantilados.

 

 LA SILLA

Cuando era niña solía forzarme a ver películas de terror, quizás por mi lado masoquista al que le atraían las cosas que le causaban pesadillas. La película en sí no fue demasiado relevante para mí, podría decir que he olvidado la mayoría de cosas que aparecían en ella. Sin embargo hay una cosa que nunca voy a poder olvidar, una silla en una habitación vacía. La silla giraba sobre sí misma boca abajo y se volvía a colocar después de una pantalla en negro. Un acto simple, incluso ridículo, pero que por algún motivo me transmitió infinitas sensaciones. De modo que cada noche cuando contemplaba la silla que había en la esquina de mi habitación parcialmente iluminada en la penumbra todo mi cuerpo se estremecía al pensar en todo lo que esta significaba. Soledad, aislamiento y debilidad. Lo sobrenatural es adentrarse solo en lo desconocido. Nadie puede salvarte de ti mismo.

 

LÁPIDA EN FORMA DE CRUZ

De pequeña me gustaba visitar el cementerio, mis abuelos conocían a mucha gente allí. Ellos siempre intentaron protegerme alejándome de la muerte, sin embargo siempre me he sentido atraída hacia ella desde una perspectiva terriblemente curiosa. Pienso que podría deberse al telón que ellos trataron de colocar entre nosotras, sin embargo al final lo crucé inevitablemente. Ver los cipreses elevarse desde la hierba me transportaba a otro estado mental, me llamaban especialmente la atención las tumbas clavadas en la tierra, los nichos me parecían cápsulas frías y aburridas. Siempre me paseaba entre las tumbas de los niños y leía las prematuras fechas. Visitaba el camposanto de los no bautizados apartado del resto, “los del limbo” me decía mi abuela. Una vez, caminando de la mano con mi abuelo le pregunté qué creía él que pasaba cuando morías. “Yo creo que te quedas dormido y es como un sueño” me dijo. Tras un minuto de silencio le dije que si creía que los muertos podían vernos e interactuar con nosotros como fantasmas, a lo que él respondió con otra de sus frases célebres: “…hay que tenerle miedo a los vivos y no a los muertos, pues esos ya no pueden hacer daño”. Esas palabras se me quedaron grabadas para siempre.

 

MUÑECAS DE PORCELANA

Crecí en casa de mi abuela hasta los dieciséis años. Ese hogar había sido el de muchas generaciones y estaba plagado de objetos y recuerdos. En la parte baja, la más antigua, había un enorme baúl de madera utilizado por mis tatarabuelos en sus viajes al otro continente y que ahora servía como mueble relicario. Encima había un mantel de ganchillo y un gato blanco de porcelana que dormía eternamente. Cuando me cansaba de mis juguetes me ponía a investigar en ese baúl. Una tarde procedí a hacer mi incursión en silencio, fue entonces cuando encontré las muñecas. Me gustaban por la inexpresividad de su cara, sus ojos brillantes y sus vestidos victorianos. Había algo en ellas que me cautivaba hasta un punto hipnótico, me pasaba las tardes enteras hablándoles y peinando su pelo. Por las noches las dejaba sentadas frente a mi cama y al cabo de unas semanas incluso soñaba con ellas. Los sueños se empezaron a tornar macabros cuando las muñecas movían los ojos hacia mí, abrían la boca o aparecían colgadas de la pared tras la puerta y se reían con un tono inhumano y agudo. Decidí devolverlas al baúl relicario y las enterré allí cubriéndolas con telas viejas para siempre. 

 

LA GRANJA DE CERDOS

Uno de los primeros recuerdos que tengo es un sueño. En él visitaba con mi maestra de ese entonces una granja de cerdos. Al asomar mi cabeza dentro de los corrales pude verlos con los ojos enfermos, llenos de moscas y recubiertos de fango y mierda. Entonces la mujer que me acompañaba me empujaba dentro y cerraba la puerta. Mientras me contemplaba en las mismas circunstancias de los animales se comenzaba a reír de mí abriendo mucho la boca, dejando ver sus muelas empastadas. Desde entonces la figura del cerdo ha estado presente en mi vida y ha aparecido en diversas ocasiones como algo terrorífico.

 

EL DESCABEZADO

Mi abuelo sabía muchas historias de misterio y a menudo me las contaba mientras estábamos al sol en el patio trasero. Yo me sentaba en el suelo y él en una silla frente a mí. Mi favorita era el cuento del hombre sin cabeza, o “el descabezado” como nos gustaba llamarlo. Esta historia hablaba de un hombre al que le habían cortado la cabeza y deambulaba por diferentes lugares buscando una cabeza nueva, asustando a la gente a su paso. Al final del relato mi abuelo me contaba que el desafortunado hombre venía al mercadillo del pueblo y acabó entrando en una carnicería. Allí fue cuando vio la cabeza degollada de un enorme cerdo y pensó que sería perfecta.

 

 EL COMEDOR DE LAS PATAS DE CERDO

Meses atrás soñé con un restaurante sucio y semivacío. Mi cabeza había usado como escenario un bar de mi pueblo, pero lo había transformado en un lugar terrible y macabro. Al entrar solo pude ver una mujer muy vieja detrás de la barra. No dijo nada, solo nos miró a mí y a alguien que me acompañaba, no recuerdo quién. Entramos al comedor que hay a la izquierda, donde se juega a los dardos y al billar. Las paredes estaban recubiertas con esa misma moqueta verde, pero mucho más rasgada y sucia de lo habitual. No había nada más que mesas repartidas por toda la sala, cada una con dos sillas colocadas una frente a otra. En vez de flores o centros de mesa, había dos patas traseras de cerdo colocadas en forma de “ v ”. Tenían un aspecto verdoso y podrido, muchas de ellas tenían moscas alrededor y desprendían un olor nauseabundo que incluso apreciaba en el sueño.

 

 EL OJO DE DIOS

De niña solía ir a la iglesia con mis abuelas. El sermón me aburría terriblemente y lo único que podía distraer mi mente infantil era contemplar el interior del templo. Los cuadros, tallas y detalles dorados de los retablos parecían vibrar bajo la luz de los cirios, mirarlos era similar a una experiencia casi lisérgica. El techo que se elevaba por encima del altar tenía varios frescos descoloridos y en su parte central un triángulo con un ojo en el centro que siempre captó mi atención. No supe que se trataba de una representación de la omnipresencia de dios hasta mucho después, pero ese icono caló muy profundo dentro de mí ser hasta el punto de obsesionarme. La idea de un ojo abierto entre las nubes que me observaba y sentenciaba continuamente me intimidaba inevitablemente, esta sensación terminó cuando abracé el ateísmo. Ahora tengo claro que para mí no existe una pupila exterminadora, ni un lacrimal divino, ni una ceja blanca celestial, pero esa mirada me persigue eternamente y aunque no me afecte sé que nunca me quitará ojo en alguna parte de mi ser.

 

EL ESPANTAPÁJAROS

Algunas tardes me gustaba visitar a Saturnina, la señora del espantapájaros. Me daba chocolate a veces rancio y siempre tenía animales, aunque la mayoría se morían muy pronto. Mis favoritos eran los gatitos cachorros y el chihuahua con jersey verde. En el patio trasero había un perro negro siempre atado. Ladraba muy fuerte y mordía a todo al que se acercara. Se llamaba Taburiente y cuando gruñía era demoníaco, el cancerbero de mi infancia. Todavía recuerdo mirar a las piernas de Saturnina y ver los inmensos chorros de sangre, el olor a alcohol etílico y el sonido del somier de la cama al desmayarse sobre ella. Los días que llamaba a la puerta y Saturnina no contestaba hacía un rodeo a la casa por si estaba en el huerto. Al mirar hacia allí siempre encontraba una figura con vestido de lunares y sombrero de paja, que podría confundir a los transeúntes. Si no era ella se trataba de su espantapájaros. Las primeras veces me asustaba, en una ocasión incluso llegué a tocar el hombro y notar la paja con la que había recubierto el interior. A partir de ese momento me quedaba muy quieta antes de acercarme para poder deducir si se trataba de la señora o de su dopelganger rústico, extremadamente realista.

 

LA MANO AGUJERADA

Cuando tenía pesadillas mi abuela se sentaba a mi lado en la cama y recitaba un poema (rezado) popular de la isla de donde procedo:

…“San Bartolomé me dijo

que me acostara en mi cama,

y que no tuviera miedo

a la pesadilla mala;

tiene la mano jurada

josico de longanisa

con que escarba la senisa

al pie de la malforada”...

Al acabar cerraba la puerta y apagaba la luz. Cuando la oscuridad inundaba mi cuarto me agazapaba bajo las mantas y en mis sueños podía oír a la mano agujerada escarbando en la tierra bajo mi cama.

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