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11 min
TÍO JEREMÍAS
Reales |
02.10.13
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Sinopsis

Después de tanto tiempo, por fin fui a ver a Jeremías al pueblo. Lo encontré sentado donde solía, en aquel iluminado patio. En un principio todo me pareció como siempre; sin embargo, cuando levantó la mirada, noté que algo había cambiado en su rostro. Luego su señora me explicó. Lo dejé entonces por unos minutos seguir con su labor, con la cabeza incrustada en su tarea, y comencé a recordar. Las imágenes me sobrecogieron con tal velocidad que resultó este barboteo incontenible de palabras, estrictamente entrañable.

Por aquellos años, Jeremías había logrado convertir el erial que daba a la espalda de la casa en un hermoso huerto. Aquel año sembró, entre otras hortalizas, tabaco. Al atardecer, en la lenta puesta de sol de principios del verano, cuando terminaba de llenar de agua los surcos y de remozar las plantas, siempre lo esperábamos en la casa. Allí llegaba él, con la cara encendida, su boina negra, su camisa a cuadros siempre abotonada hasta arriba a pesar del calor, y su delgadez congénita, todo lo cual le daba un aire bonachón y humilde. El granjero tomaba los tomates recién arrancados y los troceaba sobre un plato con unos granos de sal. Luego sacaba las cervezas y el tabaco negro. Entonces, cuando ya todo estaba preparado para una conversación fresca, comenzaba a soplar la brisa. Jeremías liaba sus cigarros con la hoja de tabaco, proyectando su mirada hacia dos viejos cerezos frente a la casa. Luego comenzaban a hablar de cosas de hombres: de la maldad, de la bondad, de lo útil, de la suerte, del futuro, del pasado, palabras mayores que a un niño le hacían pensar en la magia y en la grandeza del mundo.

Aquel verano pasó, y finalmente se removieron las tierras del huerto y se sembraron las habas. Fue un invierno frío y seco. Luego llegó la primavera, cargada de lluvias y la urgencia de construir la casa del primo Tomás. En el solar se reunían los hombres los sábados por la mañana: los hermanos, el padre, los cuñados, el vecino, los amigos. Allí también Jeremías con su boina y su cigarro negro en los labios, su voz agrietada y su mirada de hombre acostumbrado al silencio. Jeremías también ponía ladrillos, hacía hormigón, cubicaba, trazaba y además soldaba tubos. En la casa tres cuadrillas de hombres multiplicaban el avance de la construcción, en un trasiego alegre, casi cómico, de herramientas, sacos, tubos, ladrillos, cuerdas, en una procesión caótica hacia el mediodía. Al final de la mañana, la tía Charo aparecía con las cervezas y una fuente de boquerones fritos. Era el momento de mayor felicidad del día. Jeremías volvía luego a casa, almorzaba y dormitaba un poco en el sofá, mientras el sonido del western que estaba pasando por la pantalla de su televisor intentaba hacerse, sin conseguirlo, un hueco en sus sueños.

De cuando en cuando su señora le reprochaba que regalara su trabajo a la gente cuando aquello era lo único de que disponían para vivir, pero Jeremías no concebía la amistad de otro modo, e incluso cuando hacía algunas chapuzas de fontanería o albañilería, siempre cobraba mucho menos de lo que le querían dar. Acostumbraba, después del trabajo, a tomar unas cervezas y echar unos cigarros ante la contemplación del trabajo realizado. Aquello le satisfacía y le inducía a cobrar como si fuera él mismo quien tuviera que pagar. No tenía remedio, repetía su señora indignada.

A la vuelta del trabajo siempre paraba en el bar  “La Plaza”, una taberna de quince metros cuadrados, donde tomaba algunas copas, y fumaba cinco o seis cigarros, apostado en la barra del bar, haciendo oídos de todo lo que acontecía por aquel mundo. A las nueve y media de la noche, religiosamente regresaba a casa para cenar. Llegaba con semblante serio. Mientras cenaba apenas intercambiaba tres palabras con su mujer para contar las novedades del día y preguntar por los niños; luego preparaba la lumbre, se sentaba a ver la televisión y a los diez minutos de modorra televisiva se dormía.

Jeremías era en verdad un hombre raro. Nunca hablaba de mujeres, ni de sexo; no hacía jamás referencia a esos actos tan íntimos y tan vergonzosos para sus emociones, tal era su moralidad al respecto. Aunque gustaba de oír las historias y los “líos” del barrio, jamás articulaba palabra. Eran aquellas cosas que, más que divertirle, le llenaban de asombro y le sonsacaban una sonrisa sarcástica que nada decía sobre lo que le corría por la mente.

Era un hombre de costumbres rígidas. Y así las había transmitido a su mujer. La cena, en el salón antes de las diez, sin excepción, después de lo cual “la cocina estaba cerrada”. El aseo antes de la cena; el sueño de la noche siempre se haría en la cama y nunca en el sofá; los días de fiesta eran para descansar, los domingos por la mañana se hacía pan, y los sábados por la tarde eran para él. Este mismo día, la panadera dejaba en casa un poco de masa madre. El domingo de madrugada, a eso de las cuatro de la mañana se levantaba para hacer la masa del pan, la dejaba reposando hasta el amanecer y se volvía a acostar. El domingo en casa  todos se levantaban con el salado olor dulzón del pan recién hecho en una chimenea. Los niños lo devoraban con fruición, inconscientes de lo felices que eran en aquellos momentos. Los momentos felices se viven con el alma, no con la consciencia. Esta viene mucho después del momento en que se produjo pero entonces ya no encuentra aquellas sensaciones felices, y las ha de soñar.

Jeremías se conformaba con su vida. No deseaba tener más que lo que tenía. No necesitaba ropa, no necesitaba lujo. Su vida se limitaba a vivir en el pequeño círculo que él mismo había trazado. Y sin embargo, era plenamente consciente de que sus hijos tenían otras necesidades que nunca pretendió cuestionar. Cuando escaseaba el trabajo en la construcción, de donde procedía el principal sustento familiar, dedicaba su tiempo a hacer sombreros de palma, cestas de mimbre, macacos para el verdeo, y otros objetos de cestería.  Pasaba las tardes en el patio de casa, sentado, con la radio de fondo, hasta que atardecía, momento en el que se levantaba e iba a echar sus tertulias a la taberna. Allí dejaba algunos sombreros o cestas que el tabernero colgaba para la venta. 

Pasaron los años y en el camino de su vida se encontró con un viaje. Su hijo había emigrado a tierras húmedas y rojizas, y allí instaló a su padre, entre los algodones en que vivía la clase acomodada de la capital, con la intención de hacerle pasar unas semanas felices. Jeremías visitó grandes monumentos de la capital, recorrió caminos épicos de la historia de los castillos y contempló paisajes de verdes increíbles. En un principio el viaje le sumió en un estado hipnótico del que comenzó a salir al tercer día, cuando una vez comprobado que en casa todo estaba predeterminado, arreglado y programado, y huyendo de unas estúpidas comodidades, de la incomprensible decoración de diseño y de la excesiva hospitalidad de su hijo, se echó a la calle. Era día laborable, por las calles del barrio había mujeres delgadas, elegante y modernamente vestidas, que portaban compras en bolsas enormes, algunos hombres jóvenes con carritos de bebé paseando por las plazas embaldosadas, los árboles que jalonaban las plazas, agobiados por el cerco de hormigón que los rodeaba, y muchos hombres con periódicos bajo el brazo que parecían estar tramando algo. Aquel barrio era demasiado joven como para contar con jubilados en sus plazas o en los bares. En aquella zona tampoco había ninguna taberna. No, no eran tabernas aquellas cafeterías o restaurantes con mesas en la puerta y camareros atentos a los escasos clientes que tomaban el café a las doce de la mañana. Sin embargo, Jeremías se escurrió tímidamente en uno de ellos en que vio algún trasiego. Había gente consumiendo en la barra: hombres solitarios tapeaban en la media mañana, otros conversaban en voz baja con un compañero de trabajo, o compañera, o con su amante, o con su jefa, especulaba él; los camareros no hablaban con los clientes, sumidos en un rítmico vaivén a lo largo de la barra. Todo aquello le pareció en extremo ajeno. Apuró su cerveza y salió de nuevo a pasear. Acompañaba su paseo un acerado sembrado de laureles de copas cuidadosamente redondeadas, arrancó algunas hojas y continuó respirando aquel intenso olor hasta llegar a la cima de la calle, desde donde divisó un enorme edificio: un centro comercial. La curiosidad le impulsó hacia aquel maravilloso coloso a pesar de que la atroz dimensión del edificio le infundía cierto miedo a ser avasallado por aquella especie de dragón. En su fuero más interno sabía que la seguridad que sentía en su mundo podía ser destruida por las mágicas artes de la modernidad, tan desconocidas para él. Al llegar, unas señoritas en la puerta le entregaron unas octavillas de publicidad: nada conocido, nada importante. El interior de aquel lugar era absolutamente impresionante, la magnitud del espacio menospreciaba el tamaño minúsculo de las cientos de tiendas potentemente iluminadas con luz artificial; la altura del techo del edificio y el lánguido balcón de la planta alta maravillosos. Sin embargo, Jeremías caminaba entre una multitud que se movía por el amplio pasillo sin ser visto por nadie, sin saludar a nadie, como si él fuera de otro mundo. Aquella sensación de invisibilidad le causó una sensación de incomprensión de las relaciones humanas, tanto más cuanto que, poco a poco, comprobaba cómo aquellas personas, todas pertenecientes a aquel mundo extraño, tampoco se saludaban ni hablaban unas con otras. No, no comprendía nada. Aquellas personas le parecían solitarias, tan solitarias como él mismo en aquella ciudad. En aquellos días comenzó a darse cuenta de la distancia que había creado el tiempo entre su vida y la vida de los demás, la de su hijo, la de su nieto, la vida de todos los hombres que extrañamente estaban tan incomunicados.

Durante aquellos días Jeremías recorrió una y otra vez aquel barrio, y a medida que iba comprobando cómo a su edad ya se había hecho impermeable a la lluvia de modernidad que le rodeaba, Jeremías se iba haciendo cada vez más viejo. Se sentía decepcionado consigo mismo al pensar que no sería capaz de adaptarse a aquel tipo de vida. ¿Por qué? ¿Qué tendría que cambiar para que él asumiera aquel tipo de vida? ¿Era tan viejo que sus fuerzas se habían debilitado como para comprender y asumir un nuevo tipo de vida?  

De repente le había sobrevenido la vejez y, de paso, las prisas. Su hijo entendió que su padre quería volver, y así lo hicieron. Aquellos cinco días hicieron de Jeremías un ser aún más taciturno. Aquel sentimiento de finitud le empujó a la inconsciencia. Durante algunas semanas fumó aún más, bebió más, y se aferró a su rincón de la taberna con más desilusión que nunca.

Jeremías cayó enfermo. De repente un día en casa comenzó a expectorar sangre, su mujer se alarmó. El miedo a la debilidad le hacía decir, como otras muchas veces, que aquello no era nada, sin embargo Jeremías cayó de pronto desplomado. Aquello fue el comienzo de una nueva etapa en su vida. Los diez días que estuvo en el hospital a causa de una neumonía bastante violenta le devolvieron la vida. Fue entonces cuando dejó de fumar, cuando comenzó a asumir su lugar en el mundo y a apreciar su salud como su verdadera vida. También fue aquel tiempo cuando prometió no volver a viajar, para no volver a hacerse viejo.

La radio aún suena de fondo.  Jeremías trenza y trenza en su patio. Es palma joven.

 

 

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Comentarios
Valoraciones
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  • Se queda a caballo entre el relato costumbrista y lo contemporáneo. No le acabo de coger el gusto.
    Es como sumergirse en otro mundo, en otra perspectiva, no necesariamente mejor o peor, pero si completamente diferente. La narración, la manera de contarlo, si que es excelente.
    Genial, tu prosa ágil, bella y eficaz me ha transportado de lleno al mundo de Jeremías y me ha hecho conocerlo como si fuéramos paisanos. ¡Cuantas emociones en los tres últimos párrafos! Enhorabuena.
    muy bueno
    Un gran relato, sin duda, con un estilo narrativo eficaz y fluido. Muy lograda la construcción que haces del personaje de Jeremías, el típico paisano de aldea que habla poco y pronuncia sentencias breves y juiciosas, el campesino sabio y autodidacta que todo lo ha aprendido de la naturaleza y la vida, que vive sin tiempo y que cuando lo sacan de su terruño languidece y muere como el árbol trasplantado. Saludos.
    Jeremías me ha recordado a Iranzo, un pastor de un pueblo de Teruel gran cantador de jotas que en épocas de Nodos, Sección Femenina y Coros y Danzas (época de Franco) recorrió el mundo y cantó para presidentes y reyes, en Cuba, EEUU, Japón y otros muchos lugares, viajaba en "reator" y estuvo en una plaza de Londres donde hacía "mitines" pero nunca dejó de ser un hombre aferrado al campo y a sus ovejas. Hace poco cumplió los noventa y muchos. Sobre tu relato sólo decirte que los que hemos mamado durante más o menos tiempo la vida de pueblo y ahora estamos en la ciudad nos sentimos plenamente identificados con tus descripciones y el ambiente que creas. Un saludo.
    Es un relato memorable. Jeremías es el modelo del hombre rústico de orígenes muy humildes, del pueblo donde la pobreza es señora soberana, que ha aprendido a vivir con lo imprescindible, con lo justo, escatimándolo todo, rebañándolo todo, donde la taberna es el foro local, donde la amistan es la solidaridad obligada, donde el manejo del dinero requiere cierta impudicia o atrevimiento. La narración transcurre por la vida del protagonista, sus hitos remarcables, con el sosiego de un río que atraviesa la campiña olvidado de los hombres, salpicado de mínimos resplandores solares. Me ha gustado mucho. Me ha recordado a algunos conocidos míos. Saludos.
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    Hay algo que a la postre es lo único que trasciende a la vida de los hombres: su memoria.

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