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6 min
TOD: Llamada Perdida
Amor |
13.12.18
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Sinopsis

El hilo que separa la realidad de la fantasía a veces no se llega a apreciar.

 

Tras guardar su teléfono en el bolsillo derecho de su desgastado pantalón vaquero, Clary atravesó corriendo el estrecho paso peatonal que separaba la calle Connelli, que era desde donde había venido hablando con Jace, y la casa de los Feticelli. Su majestuosa fachada le daba un toque de calor hogareño a aquel lúgubre edificio hecho a base de Pladur y cemento.

Pero algo llamó la atención de Clary Havici: en el contrachapado suelo del camino que la conducía a la casa había un extraño signo grabado, algo que se asemejaba a una “t” partida con una “x” por la mitad. Aun así, por la urgencia que requería el hecho de que su madre estuviera en peligro, decidió hacer caso omiso de aquel símbolo.

Se acercó al porche y tocó el timbre. No hubo respuesta alguna. Tras llamar repetidamente en otras dos ocasiones, Clary se dio cuenta de que la puerta mosquitera estaba abierta y la principal, también.

Sacó de su bolso una pequeña navaja y se internó en la vivienda: los muebles estaban en su sitio y también los objetos de valor (joyas, dinero…)

En la penumbra, Clary preguntó bajando progresivamente la voz:

-¿Simon? ¿Estás ahí?

Al no obtener respuesta alguna, fue a la pequeña salita de la casa para llamar por teléfono a Simon, pero vio que el cable del fijo estaba cortado y, entonces, presa del pánico absoluto, caminó impaciente de lado a lado buscando una revelación, una idea. Pensó en llamarle por el móvil, pero luego se dijo:

“Y… ¿Si me han pinchado el teléfono?”

Decidió desechar esa opción e inmiscuirse de nuevo en sus pensamientos hasta que un “Aquí algo no encaja” invadió su mente: ¿Cómo es que Simon no había regresado todavía a casa siendo aquel un día laborable?

Entonces pensó lo peor y se dio la vuelta instintivamente, encontrándose frente a un esqueleto que descansaba en un sillón rodeado por un charco de sangre: tenía dos orificios de bala, causados por disparos a quemarropa, y su mano derecha sujetaba una semivacía botella de coñac, manchada con la sangre que aún emanaba de sus heridas craneales.

Su mente caminaba entre la fina línea que separaba la sensatez de la locura, mientras miraba horrorizada la dantesca escena que se le presentaba delante. Trató de encontrar un teléfono en un intento desesperado por pedir ayuda, mas ningún aparato de telecomunicaciones apareció, por lo exhaustiva que hubiera sido su búsqueda, y se sentó en el sofá junto al cuerpo sin vida de su novio para intentar encontrar una solución.

En el más inesperado de los momentos, mientras acariciaba el respaldo del sofá, notó algo áspero e inusual. Tras mover el mueble dio con dos frases grabadas en su superficie: “Solo los que no temen a la muerte valoran en justa medida sus vidas” y “Tod sabe, Tod mira, Tod encuentra”.

Después de anotar las consignas en una hoja de papel, Clary salió a la calle, donde fortuitamente se encontró con su vecino Jake, y cuando este le preguntó por qué estaba tan pálida, ella le respondió:

-No es nada. ¿Puedes dejarme tu móvil un momento?

Jake asintió, y le entregó el aparato. Clary pensó en llamar a la policía, pero luego una idea se le vino a la consciencia: sabía que las frases de detrás del sofá no habían sido puestas ahí al azar. Buscó en Google la primera de ellas, y un nombre apareció en la pantalla: el psicólogo alemán Wilheim Grab.

En cuanto Jake oyó el nombre, una bombilla se iluminó en el interior de su mente, y le dijo a Clary:

-A veces, la respuesta a todas nuestras preguntas está ante nuestras narices. Tú una vez me dijiste que el haber estudiado alemán en la universidad había sido una gilipollez, pero, ¿Sabes lo que significa “Grab” en alemán?

Clary calló, dejando que Jake prosiguiera con su explicación.

-Grab es “tumba” en alemán. Y, ¿Me podrías decir qué lugar está repleto de ellas?

Clary se llevó las manos a la cabeza, y exclamó:

-¡No me jodas!

El cementerio de New Port, situado en una campa a las afueras del barrio de Harlem, era el lugar ideal para las cotidianas reuniones de los afines a la subcultura gótica, en las cuales rendían culto al demonio o simplemente vaciaban sus botellas llenas de todo tipo de bebidas alcohólicas en tiempo récord.

Nada más entrar al camposanto, bajo el cobijo de una luna tan plateada como resplandeciente, Jake vio que las puertas del panteón de la familia de Clary estaban abiertas de par en par, y que en el interior, una de las tumbas había sido saqueada.

-Nunca dejes que el pasado te atrape, Clary…

Se giró, y vio que Jake estaba apuntándola con un arma. En su mano derecha, la que no sujetaba la pistola, ella vio restos de tierra y de cal que relucían bajo la pálida luz de las lámparas que iluminaban el interior de la cripta.

-¿Por qué, Jake? ¿Por qué matar a Simon?

-¿Acaso no te das cuenta, Clary? Mira a tu alrededor. ¿Por qué crees ahora que he matado a Simon, cuando lleva más de tres años muerto? En el fondo, sabes que se mató en un accidente de tráfico en San francisco, pero no fuiste capaz de superarlo. No quisiste ayuda, y tu mente me creó como vía de escapatoria para que no perdieras completamente la cabeza. Prueba a pegarme. Vamos.

Clary se acercó a él, y le pegó un puñetazo en la mandíbula, pero el rostro de Jake engulló su puño como si de una proyección se tratase, y, asustada, retrocedió hasta caerse al suelo.

-Sabes que esto no es real, que yo tampoco lo soy… Despierta.

Clary comenzó a ver como todo alrededor suyo se diluía, y sintió que se caía por una espiral interminable hasta que abrió los ojos, y se encontró sentada en una celda con las paredes acolchadas, con las manos atadas a la espalda y con la fría mirada del doctor Chilton clavada en sus ojos, mientras este le preguntaba:

-Vamos, Clarice, es la hora del medicamento.

Miró a su alrededor, y ahí lo vio, en una balda junto al portón de entrada: una foto de Jake con Simon sentados en el capó del antiguo Volkswagen de su padre, con el cual tuvo el accidente su hermano.

Mientras se alejaba lentamente en dirección al comedor acompañada por el doctor, miró atrás y vio cómo los dos amigos la saludaban desde el interior de la estampa, desde una foto que había puesto en cuestión su cordura restante.

 
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