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5 min
Todas esas pequeñas cosas
Drama |
19.10.21
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Sinopsis

Reviso las últimas cosas que quedan antes de abandonar la casa. A partir de mañana, una vida nueva en un lugar distinto. He tenido a toda la familia visitándonos para despedirse y felicitarme: "Que envidia vivir en Europa", "Es la mejor decisión que pudieron tomar" y "En este país no  hay futuro" rankean como las tres frases que más me han repetido estos últimos días.

Pobres, los entiendo. Han vivido toda su vida en esta ciudad y lo único que han aprendido es a odiarla cada vez más. Los libros apolillados y los discos viejos a la basura. Los libros en buen estado y los mejores discos ya se los repartieron. Es mejor viajar ligero. No nos llevamos casi nada. Dicen que es mejor empezar desde cero y que las cosas nos atan a los lugares que queremos abandonar. Hay ciertos cajones que quise dejar para el final. Supongo que para demorar todo lo posible el enfrentarme a todas esas pequeñas cosas que me recuerdan a tí.

Un pequeño arcón de nogal lo contiene todo: Habría podido camuflar algunas entre el resto de objetos rutinarios de la casa, pero nunca me animé. Preferí crear mi intocado relicario. A muchos hombres les gusta guardar bragas, medias de nylon u otros pequeños y sensuales recuerdos de sus mujeres. Me temo que soy mucho más aburrido o quizás tímido: nunca me atreví a pedirte ninguna de esas cosas para conservarlas. Creo que hubieras pensado que era un enfermo o algo así.

Todo mi pequeño botín: ese disco compacto de The Bleeding Cats que tanto amabas (y que yo odiaba). Los pasajes de una de nuestras escapadas a provincia, la factura de un hotel en un balneario del norte, la ajorca de plata con un diminuto corazón dorado que usabas en tu tobillo...

También cartar...muchas...recuerdo como te gustaba escribirlas. No recuerdo haberte escrito yo alguna. Aunque ahora que lo pienso, esta podría ser una carta. Disculparás que no lo sea. En realidad no sé tu dirección actual y aunque la supiera, creo que el tiempo de las cartas ya pasó para nosotros. En realidad, el tiempo de las cartas ya pasó. Punto. Aunque quizás podría enviarte alguna postal europea.

Hay un libro tuyo: "La velocidad de la lujuria" de A.K. Robinson. Siempre te gustaron esos best-sellers. Recuerdo cuánto te burlabas de mí y de todos esos escritores ("aburridos, solemnes" decías) que leía yo. La verdad es que por tí me leí ese de Robinson, aunque  ya no estabas aquí para poder decirte lo malo que me pareció. No preguntaré sobre ese ejemplar de "Olvido y magia" de Granielli que te dí. Seguro que ni siquiera lo empezaste. Era buena esa argentina, aunque luego leí otro libro suyo y no me gustó. Quien sabe, quizás tenías razón. 

Al final encuentro una cajetilla de cigarrillos vacía. Es de una marca importada que no se consigue aquí. Tu esposo te los trajo cuando regresó del extranjero. Recuerdo tu emoción el día que los compartimos: esa tarde abrazados en la cama de ese hotel frente al malecón; la ventana del balcón abierta y el humo ascendiendo en volutas hacía la luz sepia del cielo de finales del verano.

Reviso la cajetilla con cuidado y me doy cuenta de que la marca es del mismo país al que voy. No recordaba ese detalle y de pronto se me ocurre que, de alguna manera, estarás, quizás, en cada esquina de mi nueva cuidad: en cada tienda, en cada estación de servicio, quizás incluso haya banners publicitarios de esa marca en las estaciones y en cada uno de los vagones del metro.

Fumaré entonces a tu honor, celebrando la añoranza de esos tiempo que, como un cigarrillo, también se hicieron humo.

Me voy. Dejo todo, pero sé que el recuerdo se ha escondido en algún lugar de mi maleta. Uno donde ni yo mismo lo podría encontrar. Se esconderá detrás de los muebles de la nueva casa, de los nuevos horizontes, incluso detrás del nuevo idioma y esperara, paciente, el momento preciso para saltarme al cuello. Podemos ir adónde queramos, pero algunas cosas siempre van con nosotros.

-Papá, mamá dice que bajes...

Volteo. Es Adrián, mi hijo de seis años.

Me pongo de pie y dejo la caja en el grupo de cosas que han quedado encargadas para que se deshagan de ellas.

-Vamos campeón- le digo mientras lo tomo de la mano- vamos con tu mamá.

Justo antes de bajar, Adrián voltea la vista y escucho su vocecita balbuceante:

-¿Y eso no te lo llevas?

-No - contesto- Eso se queda aquí.

 

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