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2 min
Todo a impar
Amor |
17.05.13
  • 4
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Sinopsis

Y yo, sentado en el autobús junto a una rubia despampanante, encuentro la solución. El mejor remedio para la desconfianza es ir con tu pareja al casino. Ponerse frente a la ruleta y apostarlo todo a que sale impar.

Entro con paso firme, rebotando ligeramente sobre la moqueta roja que me recibe. Cientos de flashes me reflejan y me siento importante. Tomo asiento e introduzco aquella tarjeta que me dieron a la entrada -con foto incluida-. 

Observo la pantalla durante un rato, cambiando de objetivo de tanto en tanto. De repente la encuentro tras una serie consecutiva de cuatro rojos. Me convenzo a mí mismo de que la estadística es ciencia exacta y apuesto todo lo que tengo al negroNo va más, pone en la pantalla. El crupier cambia la dirección de la ruleta y lanza la bola. Ésta rueda rápida, ágil, esquivando unos cuantos obstáculos antes de tropezar con dos rojos más. Sí, ha salido negro. Cincuenta euros a mi bolsillo.  

Mientras canjeo mi cheque por uno de los grandes, pienso en aquella otra confianza, que no rueda pero también se encuentra obstáculos. Me doy cuenta de que no apostaría ni la calderilla en esa jugada. Que no me jugaría nada porque simplemente no estoy seguro de que vaya a ganar. Esa ilusión, esa intuición basada en la inexacta ciencia del amor, no está de mi lado.

Enfilo la puerta con gesto de derrota mientras una limusina recoge a una pareja de asiáticos.  Me pregunto por qué es tan difícil confiar en alguien, si no será que la vida nos adiestró en el vicioso defecto de la mentira. Aquella limusina arranca mientras mi cigarrillo se consume lentamente, debatiendo entre el fuego de la pasión y las cenizas del olvido cuál sería la mejor solución.  

Y yo, sentado en el autobús junto a una rubia despampanante, encuentro la solución. El mejor remedio para la desconfianza es ir con tu pareja al casino. Ponerse frente a la ruleta y apostarlo todo a que sale impar

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  • Me ha gustado mucho! La confianza es uno de los dones más preciado (como la fe o el amor), ¿pero realmente podemos elegir confiar o no confiar? Curiosa conclusión final. Realmente, la confianza pura es apostarlo todo por alguien. Con el riesgo de perderlo, pero con la oportunidad de ganarlo. Y cuanto más viscerales seamos, más lo apostaremos todo por alguien.
    Desde la primera a la última palabra, todo un relato. Al fin
    Excelente.
    Buen relato
    Muy arriesgado apostarlo todo. la historia está simpática, y la rubia, despampanante.
  • Un gorro negro, probablemente de alguna promoción caducada de desodorantes. A lo sumo de algún vendedor ambulante al que un día compró. Ese gorro, acompañado por un periódico desprestigiado, aguarda paciente durante todo el día a las puertas de un supermercado. Siempre con esa sonrisa que contrasta con el color de su piel.

    Cuando quieres decirle a alguien que vas a esperar el tiempo que sea necesario, un mensaje privado se te queda demasiado grande. Cuando no eres tú quien la deja, ni ella a ti, sino que os dejan, vuelve a resurgir esa extraña sensación, que me hace sentir la persona más inútil del mundo. Por no poder ser feliz contigo, pero por poder regalarme instantes de felicidad cada vez que el calendario pasa página y me doy cuenta de que, por unas veinticuatro horas de margen, he sido más rápido que mi volátil impaciencia.

    Nadie se quema por abrir el grifo del agua caliente, ni nadie se moja por encender una cerilla húmeda. Ahora es el momento para, dejando correr el agua y bajo la luz que ofrece un fósforo, pensar si merece la pena seguir contando el tiempo en fines de semana o en fines de año. O si lo prefieres: en nocheviejas o en viejas noches.

    Cuando la luna ya no acuna al enamorado, cuando los martes y trece te cuentan que se han separado, cuando los portales denuncian al desamparado.

    Dejé de contar los días en el calendario, las llamadas perdidas y los mensajes guardados en el borrador de mi móvil. Dejé de contar también los cigarrillos que fumaba al día, y las cervezas que me bebía cuando la noche del viernes acudía a mí, sedienta de recuerdos que estallar entre los botellines vacíos.

    Enamoro y me enamoran, en ese tierno juego del quizá. Reinvento la más bella historia de amor, la de una adolescencia enterrada a base de un cemento desilusionante. Sí, sí, sí. Aquí estoy yo de nuevo, a merced de un destino que parece impreciso, que me arranca de la desidia de un nuevo otoño. Recorro sin anuncios las etapas de un principio que parecía no tener fin, de un sentimiento que no tuvo tiempo para encontrar sitio.

    Quizá me hubiese quedado demasiado obsoleto; quizá ya no se manden mensajes de texto y se utilice el whatsapp; quizá ya no se hagan llamadas perdidas, sino se manden zumbidos por alguna nueva red social; quizá la noria en la que monté yo haya sido reconvertida en una turbina de última generación que gira demasiado rápido como para diferenciar la felicidad de la tristeza.

    Lo que no sabe es que podrá quemar las formas, pero el fondo siempre estará mojado.

    La vida es dar cariño y recogerlo elevado a la máxima potencia. La vida es brindar con una botella de la que no sabes cuánto queda. La vida es un cheque en blanco sin posibilidad de devolución. La vida es injusta, fruto de una lotería cósmica que no encontramos en el teletexto. La vida es de todo menos lo que debería ser. La vida es. La vida.

    Eso de la tercera persona es algo más a tener en cuenta en la sintaxis de la vida. El separar el sujeto del predicado es fácil; lo complicado es decirle a alguien que ha pasado de ser un complemento directo a un circunstancial de modo, qué sé yo.

Proyecto de escritor melancólico sobre cualquier folio en blanco.

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