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12 min
TODO BIEN JODIDO
Reflexiones |
22.11.15
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Sinopsis

          Larga historia que me llevo a huir hacia a Oslo, ella fue la principal historia, ya te la contaré mejor. A primera vista nada estaba mal por aquí, tranquilidad, limpieza, armonía y ninguna defecación seca en la calle, toda persona con el objetivo de ser feliz desearía vivir aquí, los ladrones con más razón aún. Las palomas cagaban flores al igual que lo políticos se preocupaban por la beneficencia del pueblo, me sentía ciertamente incómodo en este lugar.

         Estoy seguro de ser de los pocos que pensaban diferente, no solo porque trabajase como asegurador de joyerías, sino porque esta ciudad apesta a honradez, Noruega apesta a honradez, aun no sabéis como huele esto.

         Todo lo que pienso me lleva a un precipicio, a un filo donde necesitaré equilibrio. Quien diría hace diez años que me encontraría en esta situación, pensando en corromper mis principios por billetes, romper el bienestar de una gran ciudad para sacar partido doble. Muchos billetes. Un gran recorrido empresarial en Ucrania y un grado universitario aun sacado a regañadientes, para verme tirado en la cama con los calzoncillos de antes de ayer  junto a unas Budweiser vacías a mi derecha y mi caja de cigarrillos vacía a mi izquierda, quizás si aún me quedasen no llegaría a estas conclusiones. Solo quizás también sea la persona más sucia del motel,  que ya es un gran nivel.

Llego el momento de lavarme los pies y salir de este antro, necesitaba conocer gente, despejarme.

         Lo más parecido a diversión en esta ciudad de aburridos solo podías encontrarla en el paseo junto al mar, la calle de los bares, de la cual no recuerdo su nombre, solo sus brillantes luces rojas y azules, la cautivadora mezcla de perfumes y que se encontraba un par de manzanas al sur. Cogí mi olvidado cepillo de dientes, escupí y me dirigí embriagado a por más cerveza.

          Lo único que me acercaba a mi antigua casa era la pegajosa barra del bar, lo único que me alejaba: esas miradas vacías con la esperanza de conocer a alguien que las llene de algo que no pueden darse ellos mismos, de lo que sea.

Me senté en el taburete más cercano y pedí una pinta de Foster.

  • Va a llegar nuestro fin, lo sabes, ¿no? – me dijo una barba con cara y con un gorro deshilado.
  • No – contesté.
  • Tú y yo, los hombres, en general.
  • ¿No lo hemos hecho ya? – le dije.

Se formó un silencio abrumador, ni música, ni conversaciones, ni una maldita mosca en lo que llaman bar.

  • Trabaje varios meses ordenando muestras de semen en una clínica de fecundación – me dijo.
  • Y bien.
  • Todo está bajo secreto, nadie dice nada pero todos lo saben. La ciencia está evolucionando tan rápidamente, que es cuestión de años, meses, joder hoy mismo podríamos acabar siendo inservibles. Se reproducirá una copia exacta de espermatozoides naturales que insemine a las mujeres, el tiempo histórico podrá avanzar sin nosotros, seremos meros observadores de nuestro declive.

Bueno… ¿vas a beberte eso? – me preguntó.

  • Supongo que sí.
  • No insinuó malas formas, sé que piensas que no soy de buena familia, solo que tengo sed y no tengo dinero.
  • ¿A que te refieres con buena familia? ¿A que no tienes montañas de dinero en casa o a que realmente no tienes una buena familia?
  • Pues mi familia no es que vaya bien de dinero, ¿y qué? ¿A qué llamas tu buena familia? la sociedad tiene parte de la culpa.
  • ¿Acaso no te consideras parte de la sociedad? porque no reflexionas realmente como piensas antes de adaptarte a lo ‘’socialmente aceptado’’, al pensamiento fácil y uniformado. Eres como el azúcar protestando que la Coca-Cola es la que engorda.
  • La sociedad me etiqueta así por mi aspecto, pero no me resulta ningún problema. A veces me gusta pensar que no formo parte de ella, pero es bastante difícil cuando vivo dependiendo de ella para llevarme algo de comer a la boca. Tener esta etiqueta me viene bien, interactúo lo justo. Siempre me apasionó más una panadería que una catedral, ya sabes. Tanta banalidad y maldad arraigada en la sociedad actual me destruye, aun divisándola lo más lejos posible, de veras. Algún día conseguiré el dinero suficiente para poder cultivar mis propios alimentos en las colinas más allá de esta ciudad. Ciertamente me siento cuerdo pensado así, y veo la cordura en los ojos de cualquiera que como yo deteste esta involución social. Todo lo que conocemos no siempre es ni será como queremos. Ya sabes de que te hablo, cabe una gran posibilidad de que exista una cura para la gran mayoría de enfermedades mortales y no lo sepamos, tan solo debido a que un puñado de burócratas hagan hecho un análisis de costes-beneficios y decidieran que los enfermos no valen lo que cuesta mantener la cura en el mercado. Siempre salió mejor tener pacientes permanentes que compradores habituales. Este podría ser uno y no el más importante de los factores que reflejan la decadencia humana. Dudo que alguien recuerde el momento en el que perdimos el contacto con el mundo real, pero supongo que ronda por la época en la que el dinero se convirtió en el amo del ser humano, pasando a ser una nueva forma de esclavitud, semejándose a las anteriores por la inexistencia de una relación humana entre amo y esclavo. Ya no somos capaces de vivir en el aquí y el ahora, de vivir siendo conscientes de las sensaciones del mundo que nos rodea, hemos creado nuestro propio mundo muy apartado del verdadero, tan artificial que ni nosotros mismos conocemos su funcionamiento. Únicamente parecemos vivir en una falsa realidad que nosotros mismos hemos creado, nos aísla y a la vez nos ahoga. Todo a nuestro alrededor está inmerso en un profundo desequilibrio. Y sí, la vida es cruel, lo cual no exenta de la existencia de tiempos y vidas buenas. Es más, tan solo este hecho debería incitarnos a disfrutar de cada instante vivido, ya que posiblemente sea perecedero.

 

           Abrí de nuevo los ojos e inhalé con fuerza, no recordaba ni una palabra a partir de los primeros quince segundo que me estuvo hablando. El vagabundo se quedó de nuevo en silencio con la mirada fija a la pegajosa barra del bar. Esta vez me pedí un wiski solo y me lo bebí calmadamente y en silencio.

  • Te propongo un trato para que puedas conseguir dinero fácil – le dije.
  • Conozco una joyería dos calles más abajo con una pésima seguridad, únicamente tienen una cámara tras el mostrador que puedo bloquear, todo es cuestión de hablar con las personas adecuadas. Solo tendrías que entrar y coger tanto como pudieses.
  • No puedo decirte que me parezca mal plan, pero… ¿porque iba a necesitarte en todo esto? Podría entrar fácilmente con un pasamontañas – me contestó con aire de saqueador veterano.

          Debía convencerle de que lo hiciese, ponérselo en bandeja. Al fin y al cabo mi único fin era delatarle, así cogería aún más prestigio como asegurador, daría más confianza a la policía y además ganaría algunas joyas para vender en el mercado negro de Ucrania.

  • Nadie mejor que yo conoce la seguridad de estas joyerías. Haré un par de llamadas y conseguiré desactivar las cámaras y tenerte un coche preparado en la puerta. Conozco a unos tipos que pueden ayudarnos y se lo toman bastante en serio y no se llevarían más de un diez por ciento de los beneficios. Te lo digo a ti porque te veo una persona astuta e intrépida, y no creas que es fácil encontrar a alguien así en esta ciudad. Piénsatelo y mañana te espero aquí a la misma hora para elaborar correctamente el plan de asalto.

           De pronto pusieron música en el bar, era el momento de marcharse. Volví a mi apreciado colchón, me palpé los bolsillos y me desapreté dos botones. Me dormí asimilando que el vagabundo se había llevado mi cartera. Al fin y al cabo iba a tener algo de razón. Fui demasiado ingenuo, el cazador cazado, un novato cazador armado con una escopeta de balines frente a un desmesurado oso pardo. Quizás debí de prestarle más atención, haberle escuchado, solo quizás, los prejuicios había jugado en mi contra.

 

            No todo era cuestión de suerte, debía hacerlo bien. Citando a Charles Darwin ‘’Dios no juega a los dados’’ no creo que juegue a nada, no niego su tediosa existencia, pero la clave del éxito estaba en una única fe en mí. Cuanto menos profundo respires mejor se hacen estas cosas. Entré y saqué de la manga el chuchillo untado con cítrico de naranja a la vez que gritaba: ¡Todos al suelo, no me hagáis haceros daño! Estoy seguro de que mis latidos retumbaban en sus tímpanos, un eco en cada pared me ensordecía. Aún tengo aquellas miradas  horrorizadas en mi mente, realmente me asustaban, algo en mi interior me hacía huir de tal situación. Pero ya no había vuelta atrás, la dependienta y la pareja que se encontraban comprando un anillo no dudaron en tumbarse, rompí las vitrinas y cogí tantos relojes como pude y algún que otro collar, esmeraldas nunca fallan. Caían más anillos que cristales y la chica parecía notar mi temblor. Cuarenta segundos dentro eran demasiados, corrí hacia la puerta cuando de pronto la dependienta bloqueó la salida.

  • No vas a salir de aquí, la policía no tardará más de dos minutos. Creo que ya lo sabes, el hedor de tu miedo nos está asfixiando, hazte un favor tirando ese cuchillo – dijo levantándose del suelo.
  • Como te atreves a dirigirme siquiera la palabra con un chuchillo en la mano. Tu culo es mío en este momento y deberías de saberlo – le contesté mientras comenzaba a segregar orina excesivamente.

           Tras unos segundos de profundo silencio, se abalanzo sobre mí y me amarró con su coño. Aquello no tenía solución, no existía escapatoria. Comenzó a cabalgar y a relinchar como semental victorioso en el hipódromo. Era un tren a toda máquina ansiado por todo el carbón del planeta, conseguiría llegar a su destino si no para. Me estaba asfixiando, estrujaba sus dedos en mi garganta mientras repetía una y otra vez: ¡mueve tu jodido culo rosado! Era inhumano, y me gustaba. Todo aquel poderío sobre mí me enloquecía. El techo cambiaba de color, una gran nitidez eclipsaba el acto. Llamaban con furia a la puerta, no estoy seguro de que realmente llamaran.

             Se humedeció mi pierna de tal manera que mis ojos se abrieron vertiginosamente. El olor también había cambiado, probablemente sería de la moqueta machada de cerveza, pocos afortunados sabréis de que os hablo.

  • Sr. Kroken es la última vez que le aviso, llevas casi medio mes sin pagarme y quiero ya el dinero o se marcha de aquí. Sé que está ahí, te oigo holgazanear. Mañana será tu último día si no quieres que llame a la policía.

              Supongo que pensé que todo sería demasiado fácil, no echaré las culpas al karma, él ya tiene suficiente fama de culpable. Me quede inmóvil en la cama mientras escuchaba alejarse el taconeo de la casera bajando las escaleras. Todo me resultaba demasiado confuso, estaba irritado y con una rabia que dolía en el estómago. Solo recuerdo pasarme las horas siguientes hasta que me dignase a levantarme observando un escarabajo pelotero boca arriba junto al escritorio. Era de un negro más profundo que su triste esperanza de vida. No hubo un solo segundo en el que no parase de mover las patas en un leve intento por colocarse y comenzar a andar. Toda su vida se había visto reducida a eso, todos sus últimos esfuerzos se agotarían en el intento, mientras yo veía como su vida se desvanecía ante mis ojos. Sentí cierta empatía hacia él y me incorporé, lo coloque sobre mi mano y se detuvo descansando así de su terrible angustia. No fue un sentimiento agradable el pensar que quizás fuese, casi con certeza, el acto más bondadoso que recordase haber cometido. Es posible que aquel hombre se refiriese a esta conexión con la naturaleza, quién sabe; y a quién puede importarle ya. Abrí la puerta, me enfrenté a los rayos de sol que cocían mi cerebro y lo coloqué cuidadosamente en el suelo deseándole tener una mejor vida que la mía. Quizás, yo también debía aprender la misma lección que él acababa de asimilar en aquella mañana de verano.

 

 

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