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12 min
Todo es culpa tuya
Reales |
01.11.19
  • 5
  • 3
  • 208
Sinopsis

Aquel día Sugar bromeó con que algún día me iba a dar el susto de mi vida. Lo dijo mientras desayunábamos en la terraza de aquel bar, en la plaza que había detrás de su piso...

Aquel día Sugar bromeó con que algún día me iba a dar el susto de mi vida. Lo dijo mientras desayunábamos en la terraza de aquel bar, en la plaza que había detrás de su piso. Un bebé no dejaba de llorar en el carro ante la indiferencia de su madre con la que me crucé la mirada en varias ocasiones y que me sonreía en paz desde el otro lado de una cerveza. Estaba borracha y su hijo lloraba y ella parecía no entender nada. Yo tampoco. Sugar quién sabe qué pasaba por su cabeza.

-              ¿Estás embarazada? – bromeé a Sugar, deseando largarme de allí.

Se limitó a sonreír y se levantó para caminar hacia el centro mientras me dejaba atrás pagando la cuenta.

La alcancé a dos calles mientras me esperaba frente a un escaparate. Estaban haciendo obras y ella fantaseaba con qué tienda abrirían. Sugar tenía ese aire soñador que solo dejaba ver cuando estaba tramando alguna travesura.

-              La mujer del bar… - quise empezar, cortándole el rollo.

-              Lo sé – me interrumpió de mala forma-. Todos los días es igual. 

Sugar empezó a hablarme del síndrome de abstinencia neonatal y del Centro de Atención Integral a Drogodependientes en el que hacía voluntariado hasta que lo cerraron por los recortes. Después pasó a hablarme del nombre de la calle en la que estábamos y ella misma se dio cuenta de que ya no quería hablar más y no dijo nada en un buen rato.

Me cogió de la mano para guiarme por entre las callejuelas de Lavapiés mientras buscaba un sitio en el que tomarse otro café y yo no podía dejar de pensar en que ella tenía las manos húmedas y frías y que no me gustaba que fuesen húmedas y frías. Tampoco me gustaba Lavapiés, pero es que cada vez me gustan menos cosas.

Hacía dos noches que me había encontrado a Sugar durmiendo en mi portal. No se acordaba de cuál era el timbre y en su lógica había pasado a esperar a que en algún momento del futuro mi yo del futuro hiciese acto de presencia para tirar la basura.

-              Sugar – la llamé tras el susto de ver un bulto arropado en los escalones del portal (¿para qué poner escaleras antes de llegar al ascensor? Recuerdo que pensé)

-              Te odio – contestó cuando se despertó. Estaba tiritando.

La guié al ascensor y me siguió en silencio hasta entrar en mi piso.

Aquel viernes habíamos salido a celebrar que un compañero se había largado al fin de la empresa y habíamos terminado emborrachándonos. El metro ya no pasaba y había tenido que coger un taxi. Recuerdo que el taxi olía a vómito y alcohol.

-              ¿Qué haces aquí, Sugar?

No contestó. Se limitó a pasearse por el piso y fijarse en las cosas que eran diferentes desde la última vez que había estado allí. Hacía casi seis meses. Sugar aparecía. Simplemente lo hacía. Y entonces era consciente del tiempo.

-              Has comprado otro sofá – afirmó.

-              Estaba cansado de la mancha de café.

-              Me gustaba esa mancha.

-              Lo sé.

-              Tienes más canas en la barba – dijo, mirándome al fin.

No dije nada.

Sugar estaba igual. Seguía llevando el pelo de color morado pero en las raíces ya se veía el color de su pelo. El color real de su pelo. Llevaba su eterna chaqueta vaquera, sus medias rotas y un zapato de cada color. Si no la conociese, hubiera pensado que había cogido la primera cosa que tenía en el armario. Pero yo ya sabía que prácticamente era la única cosa que había en el armario.

-              ¿Qué? – me preguntó al ver que me quedaba callado mirándola.

-              Voy a hacerme un café. ¿Quieres? – ya eran las 6 de la mañana y mi cuerpo me pedía el café de los lunes, pese a ser sábado. El café de ir a trabajar, pese a no ser lunes.

-              Yo te lo hago – dijo mientras se iba a la cocina y empezaba a hacer mucho ruido y dejar todos los trastos por en medio.

Aprovechando el escándalo, me metí a la ducha para tratar de pasar desapercibido y no resultar herido.

La última vez que había venido Sugar había sido ella la que se había duchado en mi piso. Había venido cargada con dos mochilas llenas de ropa y libros y me había pedido pasar allí la noche de un par de días que se convirtieron en varias semanas.

En la habitación del fondo aún había cosas que se había dejado. Una chapa de David Bowie, unas zapatillas destrozadas que yo no me había atrevido a tirar y unos pantalones y una camisa que le había doblado y planchado para cuando quisiera llevárselos.

-              Alguien ha vomitado en el taxi en el que venía – dije mientras me secaba el resto de agua del pelo con una toalla. Sugar me miró sin decir nada. Estiró el brazo y cogió la taza y le dio sorbos al único café que había preparado – Nunca lo había pensado, pero el vómito debe ser el olor que tenemos por dentro, ¿no? Realmente debemos oler siempre así.

Le pedí un cigarro a Sugar pero negó con la cabeza.

-              Estoy dejando de fumar.

No le dije nada y sonreí porque sabía que era mentira. Los dos lo sabíamos. Sugar se echó a reír y era la Sugar de siempre.

-              Vamos – le dije señalando la puerta de la calle. 

-              No, prefiero quedarme.

Fui a la gasolinera de en frente y compré tabaco. No tenían de la marca que fumaba Sugar y compré otro paquete cualquiera y unos donuts de chocolate para compensar. A Sugar le encantaban los donuts.

Cuando subí al piso, Sugar se había ido y me había dejado una nota pegada en la puerta en la que me pedía que la ayudara a hacer la mudanza al día siguiente. También se disculpaba por la mancha de café, que había sido sin querer pero que le había sentado mal el cambio porque adoraba mi antiguo sofá y que me lo compensaría después de la mudanza y que también se había llevado los caramelos de la taza de la entrada y que los habíamos cogido juntos en la cabalgata de Alto de Extremadura del año anterior y que en cierto modo le correspondía la mitad. Ya sabes. Mil besos.

Temiendo lo peor entré en el salón y vi que Sugar había dejado apoyada la taza sobre uno de los brazos del sofá dibujando así una perfecta circunferencia de café. Fui incapaz de limpiarla. Ni siquiera tuve el valor de intentarlo como si fuese a profanar una obra de arte. Me limité mirarlo y el sofá me miraba y Sugar posiblemente se reía.

Al día siguiente fui a su piso con el coche y recogimos las dos cajas que ya tenía preparadas y aprovechó para robar al que ahora era su ex novio un microondas y el cajón entero de calzones que tiró en un contenedor nada más salir a la calle.

Nos sentamos al fin en otro bar de Lavapiés y ella dijo que ya no era momento de tomar café y que me invitaba a una cerveza.

-              Por los servicios prestados – afirmó con vehemencia.

Sugar no tenía un duro y sabía que finalmente sería yo quien pagase esa cerveza.

-              ¿Puedo saber qué ha pasado?  - pregunté al fin.

-              Me mudo a tu casa.

-              Eso ya lo imaginaba, ¿puedo saber por qué?

-              Me pilló con Mike.

-              Otra vez – corregí.

-              Me pilló con Mike, otra vez – me concedió mientras sonreía con una traviesa culpabilidad – Y me ha pedido que me vaya.

-              ¿Y no te vas con Mike?

Soltó una sonora carcajada que hizo que las personas de las mesas de alrededor se pusieran a mirarnos y a sonreír con cierta incomodidad.

Sugar me explico que lo de Mike no tenía ningún sentido y que no sabía porque siempre acababa acostándose con él. Que le caía bien y que lo pasaban bien juntos en el teatro pero que no tenía mucho sentido que se acostasen. Y lo repitió varias veces. Que era un sinsentido pero que simplemente ocurría porque que no tuviera sentido lo hacía, de algún modo, inevitable, aunque fue incapaz de explicarme la relación.

-              Como contigo – sentenció.

La miré atónito.

-              Sí – se rió-. Como contigo.

Sugar me resumió en tres cervezas interminables la relación que tuvimos hacía años, las veces que nos habíamos acostado y porque siempre se iba y terminaba por volver. Me explicó las razones por las que yo mismo había sido infiel a mi ex mujer y porque ahora solo echaba mano de Tinder cuando mi jefa se iba de vacaciones con su marido.

En la cuarta cerveza empezó a hablarme de las razones por las que mi madre había abandonado a mi padre y que eran distintas de las razones por las que su padre se había largado a drogarse a la Cañada con una prostituta. 

-              Un tipo asqueroso – resumió – y la vida sigue así y ya sabes, lo demás y todo eso – siguió sin decir gran cosa.

-              Comprendo – fui capaz de aportar.

-              No, no comprendes nada - dijo dando un golpe con la cerveza en la mesa.

La miré sin entender y quise tenderle la mano pero estaba muy lejos y me vi patético estirando el brazo sin llegar a alcanzarla porque no solo estaba lejos, sino, de algún modo, cada vez más lejos.

-              No comprendes nada – repitió- . Porque es como todo una broma. ¿sabes? El otro día estaba en el teatro con Mike y es la obra nueva, y no vino nadie a vernos. Y Mike me dijo que no importaba, que no pasaba nada. Pero claro que importa, ¿si no, para qué? – dio un sorbo a la cerveza y la dejó apoyada con un exagerado cuidado sobre la mesa. Me miró parpadeando como si me acabase de descubrir y repitió en un susurro: - ¿para qué?

Me quedé callado sin saber qué decir y a mí sólo me venía a la cabeza aquella mujer que habíamos visto unas horas antes mientras en el carro lloraba su hijo sin encontrar ningún consuelo.

-              ¿Cómo puede hacerle alguien algo así a un hijo cuando ni siquiera ha nacido? – preguntó Sugar al aire como si yo mismo hubiera pensado en voz alta. Aunque quizá lo hice. No lo recuerdo -. Vas a tener un hijo y no te piden un puto carnet y estás emborrachándote. ¿Cómo puede sentirse un bebé sin entender que llora porque necesita una cerveza y nadie se la da? Si hubiéramos podido tener un hijo, no sería así…

-              Sugar...

-              No, tú sabes que es así –alzó la voz, señalándome con el dedo-. Tú y yo no lo hubiéramos hecho así de mal. ¿Cómo puede ser alguien así de monstruoso?

-              Sugar, no… - intenté calmarla.

-              No, Sugar, no –se burló de mí con tristeza-. Qué culpa tenemos, ¿por qué es todo así? Yo no elegí nacer – bromeó.

-              Sugar, vámonos – la corté levantándome de la silla metálica.

La gente del bar nos estaba mirando porque Sugar prácticamente había estado gritándome y nos fuimos apoyados el uno en el otro por entre las mesas hasta llegar a la entrada. No recuerdo si llegué a pagar.

No sé cómo fuimos capaces de llegar hasta mi coche para quedamos dormidos en los asientos de detrás. Me desperté con la vibración del móvil que resonaba debajo del asiento del copiloto. Lo cogí y un comercial latinoamericano de Vodafone me prometió la eternidad en un pack de datos.

-              No, gracias – le dije con voz ronca y le colgué. Me notaba la boca terrosa y un tremendo alarido gritaba desde lo más profundo de mi hipocampo. Sólo tenía ganas de llorar.

Salí del coche y me fumé un cigarro mientras estiraba las piernas. Finalmente, arranqué el coche y llegamos a mi piso. Eran las seis y cuarto cuando desperté a Sugar para que me ayudara a subir las cajas.

-              Todo es culpa tuya – fue lo primero que dijo.

-              Lo sé.

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  • Situaciones límite. Seres que se escapan a la razón. Grande como siempre estimado venerdi. Gracias por tu regreso y bienvenido de nuevo. Un saludo
    Un regreso inesperado y a la altura de lo que estaba acostumbrado. Saludos.
    Joder, la tal Sugar me recuerda a una antigua amiga que ahora vive en Barcelona. Pero creo que ella no te echaría las culpas de nada. No era su estilo. No. Definitivamente no es ella.... aunque se parezca tanto.
  • Aquel día Sugar bromeó con que algún día me iba a dar el susto de mi vida. Lo dijo mientras desayunábamos en la terraza de aquel bar, en la plaza que había detrás de su piso...

    Un poema para demostrar que de algún modo sigo vivo. Como siempre, "Sin respiración" en Amazon junto a escritores de TusRelatos.

    Uno de esos poemas en los que me permito más licencias -aún- de las habituales. "Como un fantasma tras la cortina de mis-tus ensoñaciones...

    Otra parte disgregada de la unidad. La vida crece, se ramifica. Si se desea, se puede leer un relato previo llamado "Con Sugar" -en mi perfil-, si bien, como siempre, es un relato independiente. "Me gusta pensar, también, que era algo venenoso para lo que sólo Sugar tenía antídoto."

    LucíaClementine me recomienda la versión de Nancy Sinatra de la canción "Bang bang (my baby shot me down)" que pasa a ser el título de este relato antes titulado "La vida en su teatro".

    "Application Error" es que te pregunten si le quieres y no encontrar respuesta. [¡Rayos!]

    "La Atlántida es el único refugio en el que existen las segundas oportunidades." 480kmdepalabras.blogspot.com

    desarraigar. 1. tr. Arrancar de raíz una planta. // 2. tr. Extinguir, extirpar enteramente una pasión, una costumbre o un vicio.

    A ver si se anima la web con este pequeño homenaje a la fatalidad. Más en 480kmdepalabras.blogspot.com.es

    Dedicado a ender por lo gran persona que es y por la enorme labor que hace como usuario de TusRelatos.com. Ahí a la derecha se puede comprar su ebook, en Amazon, editado por TusRelatos.com junto con otros ebooks de compañeros de la web.

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