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6 min
Todo esta bien, es solo Cáncer
Reales |
09.08.18
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Sinopsis

Unos exámenes médicos de rutina que dejan de ser de rutina. Una familia que enfrenta una catástrofe y una mujer que confía plenamente en Dios pese a su destino.

Las visitas solían ser solo rutina. Mi hija mayor hacia la cita, yo llegaba a tiempo, el doctor chequeaba, una receta, unas pruebas médicas, mi hija mayor le traía los resultados y seguíamos viviendo. Así había sido durante los últimos tres años, pura rutina, pero esta vez todo parecía diferente, incluso el ambiente en el área de espera fue más tranquilo, era un silencio molestoso, era esa calma que se siente previo a la tormenta.

Desde ayer el, mi esposo, lucia diferente. Mientras almorzábamos recibió una llamada, saludo con mucho ánimo, supe que era mi hija mayor por cómo le contesto. La llamada no fue larga, pero cada segundo que pasaba durante la llamada su rostro iba cambiando, empezaba a tener un semblante más serio, las cejas se arqueaban, tomaban expresión de sorpresa y su mentón pasó a lucir rígido, su frente arrugada, era el típico cuadro de quien recibe una mala noticia. Le pregunte que pasaba y dijo que nada, aseguró que era una llamada de rutina y que todo está bien.

Pasaron las horas y no lo volví a ver, fue totalmente ausente, como quien huye de a la catástrofe que ha de venir, una ausencia atípica de los últimos años desde que perdió el empleo, cuando pasó a estar en casa la mayor parte del tiempo.

Mi hija mayor ha venido a visitarme, muy extraño que pase un miércoles, pero aquí esta y siempre es bienvenida. Una taza de café, mucho conversar trivialidades. Como quien buscaba el momento oportuno y tomando un poco más de seriedad me dice que el doctor quiere que vaya personal para ver los resultados y que debe ser mañana.

Una alarma dentro se prende: ¿Qué vaya? ¿Pero por qué si siempre le daba los resultados a ella? ¿Mañana? ¿Por qué si siempre pasaban varios días antes de ver los resultados? Estas y otras preguntas surgieron, pero ninguna fue contestada. Ella se resumió en decir que no sabía nada, el doctor no le había dado detalles, ella suponía que talvez había que hacer unas pruebas más.

Amaneció el día siguiente, yo me entrego a Dios como cada paso de mi vida, así lo hacemos quienes tenemos íntima convicción en Dios y llegó la hora de ir a ver los resultados, la extraña vista de resultados se volvía aún más extraña, él había decidido acompañarme, bajo la excusa de que nunca lo hace y que incluso no conoce a mi médico.

Me seguía pareciendo muy extraño su comportamiento. Anoche durmió muy poco, por no asegurar que no durmió nada. Me di cuenta por cuanto de movía, tratando de mantenerse lo más tranquilo posible en su afán de no despertarme, pero no sabía que yo tampoco podía dormir, me preocupaba su intranquilidad desde el momento de la llamada y más aún luego de la visita de mi hija mayor, en verdad todos actuaban muy extraños.

Llegar al consultorio, como siempre la amable secretaria me recibe con su bella sonrisa, perdón, debería decir que nos recibe, porque sorpresivamente mi hija mayor, junto con mis dos otros hijos, la del medio, y el menor, había decidido “por pura complacencia” acompañarme también el día de hoy.

El doctor no nos podía atender inmediatamente, estaba con un visitador a médico, cosa normal, por lo que hubo que esperar un poco.

La espera fue corta, solo cinco minutos, pero para mí fue toda una eternidad. El, seguía perdido en el espacio, con la mirada perdida, tomado de mi mano, aferrado como quien se aferra a la vida. Mi hija mayor un poco más desentendida por las amistades que la saludaban, la del medio lucio serena, tranquila, pero de cada momento en momento me miraba y sonreía. El menor, ese que es de cara tan dura, como quien siempre está molesto, lucia cara de preocupación, cara de quien no sabe lo siguiente que pasara.

Entramos al consultorio, el medico nos brinda su gran sonrisa, solo yo tomo asiento, mi esposo y mis hijos se quedan de pies detrás de mí. El doctor saca los exámenes, los lee en voz alta, me da los resultados, indica múltiple pruebas más y a seguir viviendo bajo el amparo de Dios, porque quien en Dios confía, nada lo destruye.

Lo siguiente fue pura tormenta, salir del consultorio, el trayecto hasta el ascensor pareció más largo que el maratón de nueva york. El ascensor nos esperaba y definitivamente era una señal de que todo iba a salir bien.

Él se colocó en el fondo, se mantenía fuerte, aunque durante estos más de veinte años juntos sé que esa fortaleza era solo para el exterior, por dentro se moría. Mi hija del medio me llevaba de la mano y lloraba, lloraba como quien ha perdido la vida, lloraba como quien ha perdido el alma. El menor lloró en el consultorio, algo muy leve, pero como macho masculino al fin no podía seguir llorando, solo lo veía mirar al cielo como quien cuestiona a Dios, como quien le pregunta ¿Por qué?

Mi hija mayor fue la última en entrar, se quedó en la puerta y no me había visto a los ojos, todos sabíamos que si lo hacía se rompería, se volvería llanto.

Yo en silencio daba gracias a Dios por todo, le ponía en sus manos lo que venía, ponía en sus manos las fortalezas de mi familia, porque la mía ya la tengo, la tengo en Dios quien me regocija.

Bajamos hasta el primer piso y antes de salir del ascensor les digo estas palabras:

Tranquilos, todo está bien, es solo cáncer.

     
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