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10 min
Tom Jobim
Fantasía |
03.03.14
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Sinopsis

"No confundiremos al hombre que vive, piensa, actúa y se mueve entre los demás, con el hombre entusiasmado, que coge la pluma, el arco, el pincel o que sube al escenario. Fuera de sí, respondo en todo a las exigencias del arte que lo domina. Pero, pasado el instante de la inspiración, vuelve en sí, y regresa a lo que era antes; algunas veces un hombre comun" - Denis Diderot

Hace un calor infernal. Es mediados de enero y la casa en que resido es tan pequeña que no puede contener los 40° que asolan a Río de Janeiro esta tarde: pareciera que la temperatura se desborda, cayendo como mercurio derretido sobre la vereda. Afuera, diversos ruidos, brutales y ásperos, emergen desde el asfalto ardiente: una motoneta (un mosquito gigante) a toda velocidad; compadres que juegan una partida de damas desde la mañana, ebrios de brahma, cachaça, maconha: las tres juntas; niños chutando una pelota de trapo, gritando y volviendo locas a las vecinas. Adentro, el alboroto de los demás inquilinos. Me separan de ellos delgados “muros” (si se le puede llamar así a estas viejas planchas de melamina) y  juro que puedo escuchar hasta la estática de sus pensamientos.

 

 

Mi vida tiene un aspecto que hace más llevadera la pobreza en la cual estoy sumido. En mi habitación, tengo un tocador de vinilos. Si bien no es la última moda, resulta funcional y mágico, porque toca con cálida sonoridad la música celestial del maestro Antonio Carlos Jobim. Sus obras removieron el piso sobre el que solía caminar; han elevado mi alma por sobre las favelas, acercándome a sensaciones sublimes; pensamientos más hermosos que las palabras o imágenes. El maestro, sin yo conocerlo en persona (mas que por la portada de un disco o una hoja de periódico) me puso enfrente objetos preciosos, que no se ven con los ojos, porque no tienen cuerpo y se encuentran ocultos. Se admiran con los sentidos del alma. Todas esas nuevas formas de observar influyen de manera tan profunda en mi disposición, que las cosas parecen iluminadas por un fulgor que hace viviente a lo inanimado, que le da carácter a lo inmóvil; cuando me arrobo en el mundo armónico del maestro, hasta los silentes adoquines parecen dotados de voz y llenos de significado.

 

¿Cómo podría participar de la gracia del artista? Yo, pobre y exiliado por decreto natural a todo lo bello, deseaba, con fervor irreprimible, conocer al maestro. Fantaseaba con ser su criado: cumplir la tarea más humilde en su morada y observar, detrás de una cortina al menos, las costumbres, las ceremonias llenas de beatitud sobre las cuales su obra tomaba forma; admirar a sus amistades, que me imaginaba como una corte de mujeres y hombres, sabias y sabios, que acudían en persona a llenar de loas al gran Mago; y que ellos mismo eran creadores, por el influjo de la divina áurea de Jobim, que era hasta visible, resplandeciente ¡Tal vez me podría colmar también, yo que necesito tan poco! Estaba ciego por mi anhelo. De haber conocido mi destino, hubiera apartado la mirada de ese fulgor…

 

Proponiéndome este objetivo, tracé un plan para ganarme la confianza de la casa Jobim. Rondaba la mansión a diario, forzando la casualidad de establecer contacto con algún miembro de la servidumbre. Con el tiempo conocí a una mujer, empleada en la casa hace años. Como ostentaba cierta categoría, estaba facultada para darme algún dinero a cambio de pequeños mandados domésticos, como ir en busca de víveres. ¡Qué importaban las monedas! Comía pan duro todos los días, aparte de las comidas frugales que recibía de vez en cuando de mi patrona. Sin embargo, presentía que me aproximaba. ¡En cualquier momento podría introducirme en la casa del maestro! No lo había visto aún, porque estaba fuera del país recibiendo un premio.

 

Al poco tiempo, recibí la más grata sorpresa: Tom Jobim regresaba del extranjero y sus amigos lo esperaban con una maravillosa bienvenida. El ama de llaves, que a esa altura me tenía en muy buena estima,  inmediatamente me ofreció un puesto como garçon. Sin embargo, fue muy estricta al indicarme algo. Debía marcharme, el día de la celebración, perentoriamente a las 10 PM; podía recoger mi pago a esa hora e irme en seguida. Por supuesto, no haría caso a ese mandato; quería besar la mano del genio; ansiaba expresarle mi gratitud cara a cara. El punto álgido de mi secreta metodología era propiciar un espacio de tiempo donde Jobim me prestara toda su atención, con el fin de poder declararle mi devoción. Para ello, debía esperar un momento particular en la fiesta, donde los concurrentes estuvieran relajados y se hubiera desvanecido la novedad del recién llegado; cuando el maestro estuviera en paz, en ese instante yo podría acercarme ¡Tal vez me aceptara como su amigo! Encontrándome pintoresco en mi sencillez, despertaría simpatía en él, y me haría un visitante frecuente en el hogar.

 

El día de la fiesta, se dispusieron largas mesas cubiertas de manteles blancos; bandejas de plata, llenas con deliciosos manjares. Sobre todo, había licor. Cientos de botellas. Finos vinos chilenos, ron dominicano, cócteles de pisco peruano, escocés… Todo digno de la categoría del genio. Poco a poco empezaron a llegar los invitados. Jobim se hacía esperar. Yo, con camisa blanca y corbata negra de moño, cargando bandejas de champagne o petites bouchees, lanzaba miradas furtivas a la puerta principal, con la esperanza que, de un momento a otro, aparecería el rostro bienamado del maestro. Así pasaron una, dos, tres horas de expectación, hasta que un estruendo de voces y chillidos anunciaron la llegada del ídolo. Atravesó la puerta del brazo de una dama; vestía un traje blanco; camisa sin corbata; el sombrero de paja, tan elegante; los anteojos, delante de una mirada plácida y agradecida ¡Humildad! A pesar del viaje tan fatigoso, todavía era capaz de sonreír, de mostrarse sinceramente feliz. Avanzó por la sala, deteniéndose un momento para hablar con cada grupo que lo abordaba. Se carcajeaba con todos; para todos una palmadita en la espalda, un momento de intimidad. Me aproximé rápido, pero sigiloso (no fuera a ser que la ansiedad me delatara y cometiera una torpeza, o que resultara desagradable a los ojos de él) y extendí, con pulso firme, la bandeja con champagne al Bienvenido, quien tomó una copita y me habló. “Gracias” dijo, mirándome con deferencia ¡No podía creer su consideración hacia mi persona, hacia un simple garçon! Este hombre, pródigo en el arte, era también una persona franca; tal como me lo imaginaba por sus melodías, así era él; sus obras eran una amalgama entre técnica, pensamiento y acción ¡Oh reproductor de la naturaleza; creador del universo! Contuve mi alegría en un leve ademán servil, bajando un poco la cabeza y la mirada. Luego me alejé, para un minuto después acercarme donde estaba Jobim y perderme nuevamente entre los invitados. Así continué esta ridícula danza hasta las 10 PM.

 

Puntualmente, la gobernanta del banquete, desde la puerta de la cocina, nos hizo un gesto a todos los camareros, quienes cesamos labores y fuimos a recoger los estipendios prometidos. Todos los sirvientes se fueron, pero yo, con el pretexto que había olvidado las llaves de mi habitación no sabía donde, di otra vuelta por el salón principal. Aproveche el momento para meterme debajo de una mesa, lugar donde pensaba estar el tiempo necesario, de manera que pensaran que ya me había ido al encontrar lo extraviado. Así, observando a través de la pequeña rendija que abrí con la mano en la caída del mantel, fui testigo de un espectáculo ominoso, que el olvido no ha hecho el favor de llevarse. Los asistentes se acomodaron en mullidos sillones. Otros sirvientes, que yo no había visto antes, bajaron de una escalera de mármol, ubicada al fondo del salón y se dirigieron a los invitados. Cargaban sendas pipas, muy rectas; frascos de vidrio y cucharas. Yo había estado en algunos cafés chinos de Río y bien sabía que todo ese aparataje era para fumar amapola. La verdad, esto no me pareció extraordinario, porque era de conocimiento general que los grandes artistas se daban a las visiones fantásticas proporcionadas por ciertos frutos de la naturaleza. De esta manera, la pasión se sublimaba para develar, tal vez, otras dimensiones, donde alumbraba un sol de otro color y reinaban leyes físicas extravagantes; entonces, los creadores robaban un instante, una impresión rápida de esa realidad secreta y nos las venían a entregar a nosotros, los simples mortales, que esperábamos apenas en el umbral del ensueño…  

 

Entretanto, Jobim estaba al piano y no se unió en seguida al resto del grupo. Tocó una secuencia de jazz; parecía improvisar con total naturalidad. Como respirando encajaba notas imposibles. Yo estaba extasiado, casi al borde las lágrimas, porque una escena de mi fantasía se materializó. Sopesé la probabilidad de salir del escondite y dejarme ver en todo mi devoto frenesí. Vislumbré las posibilidades, la reacción de Él y los demás notables. Absortos por las soporíferas inhalaciones de las pipas, verán mi figura como una visión amigable, me dije. Estaba a punto de salir, cuando advertí que el maestro se incorporaba al círculo de amigos, donde había preparado para él un diván especial. Se recostó. Una vez allí, también cogió una pipa y se entregó al quieto placer de la dulce flor. No quise importunarlo, no fuera a ser que entorpeciera el viaje en la partida y los vapores no se asentaran bien en su ánimo. Al cabo de veinte minutos más o menos, Jobim, con el rostro desencajado, se sentó derecho en el diván y llamó a uno de los mozos que se encontraba cerca. Masculló algo en el oído del empleado, quien subió raudo por la escalera de mármol. Nada me preparo para el horror que procedió a este momento. A continuación, seis jovencitas bajaron del piso superior. Muy jóvenes, púberes; hijas, nietas. Ninguna superaba los trece años. Tom Jobim, destartalado de nuevo en su sitial, sufrió una transformación. Era repugnante. Ahora, los rasgos imperfectos que mi adoración no me dejo entrever salieron  a la luz: la dentadura amarilla y las prótesis; el vientre hinchado; el rostro ajado, lívido, vicioso, que mostraba su faz indolente a las niñas; ese rostro acostumbrado a la depravación y la decadencia. Uno de los invitados se retiró del sofá para accionar un fonógrafo, posicionado en un rincón oscuro del salón. Empezó a sonar “Ela e Carioca” y comprendí los acordes disonantes que servían de soporte a la melodía. Hipnotizante, burlona, la tonada descendió sobre la escena, musicalizándola de manera cruel. Me hice ovillo debajo de la mesa y cerré los ojos mientras se sucedían las demás composiciones, otrora sagradas. No aguante más y salí corriendo para no volver. Mi tocador de vinilos se quedó mudo. Pero yo tuve la culpa: fui por el artista, olvidando que también es hombre.

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  • Todos tendemos a idealizar a las personas a las que sólo conocemos a través de sus obras e ignoramos que son hombres y mujeres con todo lo bueno y lo malo que ello implica, el pobre protagonista decubre de mala manera que su ídolo tiene los pies de barro. Un relato excelente lleno de matices y detalles que se agradecen, un saludo.
  • No se escribir poemas, por eso escribo esto.

    "No confundiremos al hombre que vive, piensa, actúa y se mueve entre los demás, con el hombre entusiasmado, que coge la pluma, el arco, el pincel o que sube al escenario. Fuera de sí, respondo en todo a las exigencias del arte que lo domina. Pero, pasado el instante de la inspiración, vuelve en sí, y regresa a lo que era antes; algunas veces un hombre comun" - Denis Diderot

    Con rabia y contradictorio.

    Hola, este es un ejercicio literario: que a uno se le ocurra primero un título aleatorio, cualquier cosa y después empezar a narrar. Jugando con la imaginación para divertirse un rato. Pensé en Asimov y Bukowski y hasta en Beavis and Butthead Jajaja. Tal vez termine el relato en un tiempo más. Saludos y feliz año!!!

    Una fantasía, no piensen que quiero ver muerto a alguien jaja. Sirve como terapia escibir, la forma más gráfica de comunicarse (con palabras) con uno mismo. Y queda el testimonio, aunque sea de crueldad y rabia, que igual sirve.

    Esta es la primera puntada de un personaje que empezé a imaginar, influenciado por algunos cuentos de ciencia ficción, la película MIB 3 y lo que dice Edgar Morín. La pregunta es ¿que diferencia hay entre alucinación, fantasía y realidad en un mundo tan mediatizado como el nuestro? No he terminado bien la idea, pero quiero deshacerme de este cuentito un rato jaja. Saludos!

    Hola a todos, este pequeño relato está inspirado en un antiguo edificio de la ciudad de Santiago de Chile, donde yo vivo. Siempre me causó impresión y este es un pequeño homenaje. Tristemente, hace 1 mes la vieja casona ardió y se perdió para siempre. Hice este relato antes de que esto pasara (lo cual me enorgullce, extráñamente) Eso, a cuidar el patrimonio de nuestras ciudades.

Hola, recién me estoy atreviendo a escribir, siempre me ha gustado la lectura.

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