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7 min
TORMENTA DE ARENA
Suspense |
14.04.19
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Sinopsis

Un nómada del desierto tiene que enfrentarse a situaciones exepcionales

        Abdul, el  hombre de las túnicas y turbantes azules, se estaba quedando algo rezagado con respecto a los dromedarios del resto de la caravana Tuareg. Su dromedario empezaba a ser un poco viejo. El tampoco tenía el vigor de antaño; sin embargo se contentaba con no perder la visión bamboleante del último dromedario de la caravana. Abdul no quería perder contacto con la comitiva porque sabía que en aquella región abundaban los bandidos y no quería desperdiciar la protección del grupo, sin embargo la distancia empezaba a ser considerable.

       Habían aprovechado para andar durante toda  la noche y la primera hora de la mañana pero ahora el astro rey, enorme y todavía rojo,  se elevaba descargando todo su poder en la sufrida caravana y obligándola a  parar detrás de la sombra ofrecida por unas rocas. Abdul se alegró cuando vio que la comitiva se detenía, pero inmediatamente su alegría se transmutó en angustia cuando comprobó como jinetes a caballo  blandiendo escopetas y sables curvados, apremiaban a sus caballos, en dirección a la caravana, profiriendo chillidos intimidatorios. Los caballos árabes de los bandidos bajaban la duna continua deslizándose, cual si patinaran en  la arena…acto seguido se empezaron a escuchar los primeros tiros

         El hombre de azul, en un gesto todavía ágil, hizo doblar las patas delanteras de su montura y de un salto bajó a la arena; aprovechando que estaba en una hondonada cogió las riendas de su dromedario y encogiéndose, llegó hasta el final de la cresta de la duna, en donde se estiró en el suelo, para poder contemplar sin ser visto. Allí se estremeció  cuando comprobó como dos de sus compañeros eran pasados por los sables curvados de los bandidos. Los otros tres que quedaban, fueron abatidos por las escopetas de los ladrones.

         Abdul, sentía como el alma le temblaba por lo que había visto, pero aún así estaba indignado con aquella injusticia. ¿Por qué habían tenido que matar a sus compañeros? ¿Por unas mercancías que hasta se podían considerar ridículas en comparación a las vidas de sus amigos? Lo entendió todo cuando los bandidos desecharon las mercancías y cogieron su botín en forma de dromedarios que suponía que venderían muy lejos de allí.

        Abdul se tumbó boca arriba y fue dejando que llegara la tarde y que la noche arrojara su manto negro. Un silencio majestuoso se adueñaba de todo y la sensación de finitud del hombre de azul era completa cuando millares de estrellas lo miraban, empequeñeciéndolo delante de una infinitud exuberante. Abdul contempló la estrella Polar que le ayudaba  a encontrar el norte geográfico. Era necesario orientarse por las estrellas, ya que al día siguiente, si le dejaban, iría al Gran Oasis a contar la desgracia que había vivido. El firmamento le atrapó y lo sublime entró en él, de ahí pasó de inmediato a pensar en su Dios, orando por sus compañeros muertos. Un viento helado le hizo enroscarse y parapetarse detrás del turbante y túnica. Cuando le pareció que los bandidos se marcharon, Abdul acabó durmiéndose.

         Al día siguiente, todavía sin salir el Sol, la línea del horizonte aparecía de un rojo intenso… con el paso del tiempo, el Sol, luchando por salir de las profundidades y alzarse hacia el cielo, provocó que aquella línea delgada se multiplicara por diez, motivando que calor y bochorno fueran  considerables. Abdul,   viendo que los bandidos habían desaparecido, empezó a trotar por las dunas, mientras el Sol se lo permitiera. El viento se había intensificado, provocando que las dunas se alisaran y la arena fuera cambiando caprichosamente de una duna a otra. Sabía la dirección que tenía que seguir para alcanzar el oasis…le esperaban dos días largos de marcha…miró hacia la salida del Sol que le marcaba el Este…sí, ya tenía el punto cardinal que le faltaba…quería llegar lo más rápido posible al Gran Oasis, para así tranquilizar su alma y también para contarlo todo…

        El Sol, brillante, poderoso e implacable, empezaba a ascender por el cielo, pero lo que le preocupaba era el incremento de un viento que le parecía excesivo. Entonces cuando volvió a mirar en dirección al astro rey, un hecho funesto sucedió. Un destelló metálico. Un deslumbre producido por el  rifle del  líder de los bandidos,  relampagueó en su vista y en su mente. Muy rápido vio  como un caballo negro que formaba un solo ser con el líder de los bandidos, con turbante negro y túnica del mismo color, galopaba con velocidad hacia él, seguido por el resto de malhechores. Abdul  viéndose perdido reaccionó de forma peculiar. Sabía que no había tiempo para nada, salvo, como buen musulmán, de despedirse de su  Dios.

         Hizo detenerse a su dromedario. Se apeó de él, sacó de al lado de su silla una esterilla que utilizaba para rezar, la extendió contra un viento cada vez más agresivo, se puso de rodillas en unión con la tierra y empezó a rezar…sabía que no tenía tiempo, así que la oración y comunicación con Alá fue breve.

           Se levantó para afrontar con dignidad la muerte y al mirar a sus perseguidores se quedó perplejo. Justo detrás del líder de los bandidos avanzaba a toda velocidad una grandiosa, enorme y extraordinaria   tormenta de arena que engullía  todo lo que se encontraba. El vendaval era la madre de todas las tormentas, la más grande y alta que hubiese visto nunca…avanzaba tragándose todo. Ya había devorado a los jinetes bandidos que seguían a su líder a escasos metros…ahora le iba a tocar el turno al bandido vestido de negro.  Efectivamente una masa de arena, polvo y viento, alta como un palacio, engulló al corcel negro con el líder de los bandidos.

             Abdul, mirando al cielo, actuó con diligencia, se parapetó detrás de las únicas piedras que había, hizo estirarse a su dromedario, le enrolló la cara con la esterilla de rezar y él se subió el velo y turbante.  Tumbado boca abajo espero que aquella monstruosidad llegase y sobre todo que no tardase en pasar. Mientras esperaba que la gran tormenta viniese,   le pedía fuerzas a Alá para superar la prueba. Continuaba tumbado boca abajo cuando empezó a sentir como el viento lo azotaba, tratando de zarandearlo y violentarlo. También la arena pugnaba por traspasar sus ojos, nariz…oídos. La lucha duró un buen rato, el Tuareg tenía las de perder, pero Abdul aguanto al límite de sus  fuerzas y  finalmente la tormenta, después de un tiempo interminable,  pasó por encima de su cabeza.

          El hombre del turbante azul continuó su marcha hacia el Gran Oasis, montado en su dromedario, iba pensando que Alá había puesto la gran tormenta para salvarlo, que no había sido una causalidad sino que había sido un milagro de Dios.

         El Gran Oasis ya resultaba visible. Debajo de las palmeras datileras, a su sombra, descansaban las caravanas de dromedarios y en las aguas del lago se refrescaban algunos mercaderes. Unas cuantas jaimas, con sus telas de colores, estaban plantadas cerca de las aguas. Todo respiraba una normalidad que contrastaba con el horror que Abdul había vivido, una paz y normalidad que si se podía ver como un verdadero milagro.

 

                                                                                                                                         

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