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16 min
TORNEO DE ESCRITORES Duelo 3
Varios |
19.03.18
  • 4
  • 8
  • 560
Sinopsis

relato A por Javier Guerra, relato B por Sacha Marisco. Ganador relato A.

Duelo 3


relato A : “El viaje”


El camarero, metió, sin consentimiento, la mano en el bolsillo de la chaqueta de Roberto y se incautó de la llave del coche para impedir que condujera en tan lamentable estado de embriaguez.
—Ya no te sirvo más copas. Mañana te devolveré la llave, ahora vete a casa a dormirla.
 Roberto, claramente perjudicado, se dirigió dando cambaladas en dirección al puerto pensando que podría despabilarse con la brisa procedente del río que venía cargada de humedad, pero no resultó proficua para mitigar los arduos síntomas  de la embriaguez; en consecuencia arribó a la orilla del río e introdujo imprudentemente la cabeza bajo el agua, perdiendo, como era de esperar, el equilibrio,  viéndose arrastrado por la corriente que lo alejó de cañizos y ramajes que  hubieran podido servirle de asidero. Se sumergió varias veces y consiguió salir a flote otras tantas hasta que, exhausto, desapareció en las undosas aguas del río…
 Una persistente cefalea le sofocaba la cabeza, la lengua, pastosa e inflamada, recorrió los labios resecos en un infructuoso intento de hidratarlos y sintió ígneos reflujos que subían desde el estómago hasta el esófago: eran los ingratos síntomas de la resaca…
A pesar de hallarse a resguardo bajo un toldo que le protegía de la luz solar directa apenas podía abrir los ojos, pues la luz deslumbradora del sol, situado en su cenit, filtrábase por entre la gruesa pantalla de lona proyectando una luminosidad hiriente.
 Gradualmente sus sentidos comenzaron a armonizarse hasta tomar conciencia de su entorno: se hallaba a bordo de un barco, podía oír el crujir del maderamen, de las maromas y las jarcias  tensionadas, el viento azuzando las velas y el embate del agua  contra la proa…
— ¿Dónde estoy?  ¿A dónde nos dirigimos? ¿Qué día es?—  acertó a decir con apenas un hilo de voz.
—Jueves, trece días de septiembre, navegamos al oeste y al norte cuarta de oeste.
Entornó los ojos, ahora más adaptados a la luz ambiental y vislumbró, a contraluz, la silueta del  hombre que le estaba hablando.
—Flotabais sin sentido asido a una tabla. El vigía os vio desde la cola; debéis dar gracias a Dios por el milagro de haberos hallado en esta inmensidad de la mar océana, por lo que deberíais cumplir promesa de romero yendo a Santa María de Guadalupe con un cirio de cinco libras de cera en agradecimiento por haber sido salvo.
 Roberto, anonadado, consiguió incorporarse con dificultad, pero inmediatamente perdió el equilibrio debido al continuo  vaivén de la nave que bogaba sobre un mar crespo golpeándose  la cabeza contra el falconete de estribor,  cayendo sin sentido sobre la cubierta.
Un  cántico le despertó al amanecer:

    “Bendita sea la luz y la Santa Veracruz y el Señor de la verdad y la Santa Trinidad.
    Bendita sea el alma y el Señor que nos la manda, Bendito sea el día y el Señor que nos la envía.
Dios nos de los buenos días; buen viaje, buen pasaje tenga  la nao, señor capitán y maestre y buena compaña Amén. Así faza buen viaje; muy buenos días dé Dios a vuestras mercedes.”
Consumado el cántico y la atropellada dicción de un padrenuestro y un avemaría, los marinantes izaron cubetas de agua de mar, se asearon caras y manos y desperezaron las articulaciones atrofiadas tras haber pasado la noche a la intemperie en cubierta, protegidos bajo toldas, tapados con una estera, con una manta,  o  arremolinados al abrigo del cordaje. Una vez realizadas las abluciones y los despereces oportunos, defecaron por turno siguiendo un orden jerárquico y lo hacían sin el más mínimo recato en el llamado jardín que no era sino una tabla agujerada que pendía sobre las olas a modo de retrete. Hecho todo lo anterior comenzaron a trajinar de popa a proa y de babor a estribor; carpinteros y calafateros achicaron el agua que había entrado durante la noche en la bodega y  la que anegaba la sentina y que suponía, si no se achicaba, un hediondo chiquero para el paludismo; algunos hombres se afanaban en dejar la cubierta impoluta a golpe de aljofifas y duras escobas, ataban cabos, remendaban redes o revisaban aparejos… Todo resultaba anacrónico: la ropa de los marineros, el barco,  el lenguaje  extemporáneo…
— ¡Levad el papahígo!- Ordenó el almirante.
 — ¡Levad el papahígo!- repitió el contramaestre.
— ¡Alzad aquel brío! ¡Empalomadle la boneta! ¡Izad el trinquete! ¡Descapellad la mesana!...
Al desplegarse el velamen las vio: el rojo sangre de las tres cruces pate contrastaba poderosamente con el tono crudo de los lienzos que, insuflados por el viento en el cielo garzo, empujaban la nave a más quince nudos a la hora.
El almirante se acercó a donde Roberto  estaba y posando fraternalmente la mano en su hombro preguntó si se encontraba mejor. También le interrogó sobre lo que había acontecido y dónde y cómo había tenido lugar el naufragio, pues cuando lo avizoraron llevaban mar de mucha bonanza y no vieron gran cerrazón ni oscurana ni grandes vientos que causara el anegamiento en una embarcación,  y preguntó que cómo era posible que hubiera  llegado tan lejos sobre una tabla ya que distaba la nao el trecho que se recorre en más de treinta jornadas, pues treinta eran los días transcurridos desde que partieran de Las Canarias, y quiso saber también de qué parte de la geografía era oriundo pues nunca había  visto indumentaria tan dispar y estrafalaria…
  — ¿De qué naufragio me habla? ¿Dónde estoy?—balbuceó Roberto.
—El golpe os trastornó más de lo esperado —dijo un tal maestre Juan Sánchez que se había presentado como cirujano de abordo—, habéis sufrido una fuerte conmoción pero creo que no es nada grave, poco a poco iréis recobrando la memoria. Ahora deberíais buscar mejor acomodo pues aquí, en cubierta, no recibiréis sino quebraduras y morados por el mucho fragor de los marinantes al faenar.
—Servíos de mi recámara—propuso el almirante—, allí estaréis mejor. Mandaré que os lleven algo de comer.
El mismo grumete, que a la amanecida había dicho el cántico,  miró con cara de asombro al insólito pasajero; acto seguido y sin dejar de mirarle volteó una ampolleta y anunció la hora: se trataba de un reloj de arena cuya carga se evacuaba a la parte inferior cada media hora y al cabo de ese tiempo el grumete tenía la responsabilidad de anunciar la hora volteando de nuevo la ampolleta.
El almirante clavó los ojos en los del muchacho y arqueando las cejas señaló la ampolleta, recriminándole con el gesto para que no se distrajera de su trabajo.
Roberto aceptó el ofrecimiento del almirante porque precisaba de un lugar sosegado en donde aclarar las ideas, lejos de aquél ambiente gárrula, pues en cubierta debía haber no menos de una treintena de hombres que en los escasos 18 metros de eslora por 6 o 7 de manga resultaban una multitud.
La recámara del almirante consistía en un escueto cubículo provisto de un catre vestido con una colcha de lana, una silla de tijera y una mesilla baja sobre la que se amontonaban cartas náuticas, reglas, campases, sextantes, escuadras y mapas.
— ¿Me volví loco, acaso estoy soñando, tal vez me dura la cogorza, o es el golpe en la cabeza el que me provoca alucinaciones?—pensó Roberto tratando de encontrar explicación a todo aquel absurdo.
Un joven astroso y grasiento entró en el habitáculo interrumpiendo sus cavilaciones y depositó sobre la mesa una escudilla de barro con agua y un plato de madera con un pedazo de queso emborrado, unos cuantos dientes de ajo y una galleta, dura como el pedernal (más tarde observaría por el ventanuco del camarote cómo algunos marineros la mojaban en agua de mar para  ablandarla y poderla comer sin riesgo de arruinarse la dentadura, bastantes escasas y careadas de por sí).
No tocó el desayuno, a simple vista agusanado, pero sí bebió agua, pues estaba deshidratado por la resaca y tragó con dificultad aquel líquido glauco que parecía encontrarse en víspera de la corrupción.
— ¿En qué año estamos?— preguntó aturdido.
— ¡Buen golpe os habéis dado, eh!—profirió el gañán y, sin responder a la pregunta, giró sobre sus talones y se marchó por donde había venido.
Cuando el almirante entró en la recámara le amonestó por  haber dejado el desayuno intacto.
—Vuestro gesto es de ingratitud, porque el daros de comer y de beber ha supuesto reducir la ración de la tripulación que no dudaría un solo instante en arrojaros por la borda si de esa manera no ha de menguar el rancho y, vive Dios que algunos lo intentaron, mas pude frenarlos con la fuerza de mi autoridad… Habéis de formar parte de la tripulación, el viaje es largo y oneroso y el trabajo de la mar es severo y más arduo habrá de ser para vos, pues veo que no sois hombre curtido en la mar: lo dicen vuestras manos que están lejos de ser groseras y toscas y la color de vuestra piel que, aunque atezada por el sol debido el tiempo que habéis andado a la deriva, no tiene el bronce propio de los marineros: así que os conviene comer para que repongáis fuerzas.
Ante el regaño del almirante y por contentarle, Roberto echó mano a la galleta.
— ¿A dónde nos dirigimos?—preguntó sospechando qué respuesta iba a obtener.
— A tierra de Indias donde he de cumplir lo que se me ha mandado por los muy altos y muy excelentes y muy poderosos príncipes, rey y reina de las Españas y de las islas del mar…. Pero tomad asiento— dijo el almirante—, estáis pálido como un muerto: mandaré que os vuelva a examinar el cirujano.
El maestre Juan Sánchez le tomó el pulso, le miró los ojos y la lengua, comprobó sus reflejos y le cambió el vendaje por otro limpio, desinfectando previamente la herida con vino caliente.
 —La herida está sanando, señor…disculpad, pero ignoro cuál es vuestro nombre: no sé cómo llamaros.
—Mi nombre es Roberto.
— ¡Ah, por fin recobrasteis la memoria! —exclamó el galeno.
— ¿Recordáis qué os aconteció?—inquirió el intrigado almirante.
—Aquella noche había bebido en exceso, me emborraché. Tratando de refrescarme en el río, perdí el equilibrio y caí al agua; la corriente me arrastró, luché intentando alcanzar la orilla y debí perder el conocimiento porque ya no recuerdo nada más, salvo que desperté aquí, en este barco…El resto ya lo conocéis.
—Pero eso que contáis no es posible, pues no fuisteis sacado de ningún río sino de la mar a más de 30 jornadas de tierra firme, como ya os mencioné. Si no habéis naufragado, ¿cómo llegasteis hasta estas aguas ignotas?
A Roberto comenzó a nublársele la visión, sintió un frío helador apoderándose de sus miembros cada vez más entumecidos y un fuerte dolor en el pecho, como si alguien lo estuviera golpeando…
—No lo sé. Lo que acabo de contar es lo único que recuerdo—acertó a proferir casi sin fuelle en sus palabras —, ni siquiera sé en qué fecha estamos…
—Catorce días de setiembre, lleváis a bordo tres jornadas si contamos el día de hoy.
— Pero… ¿de qué año?
— ¿Os encontráis bien? —preguntó el maestre Juan Sánchez.
— ¿De qué año?— volvió a preguntar al borde del desplome.
—De cuál habría de ser —contestó el almirante—: del año de nuestro Señor Jesús Cristo de mil cuatrocientos  noventa y dos.
—Dos y tres, uno, dos y tres, uno, dos y tres. ¡Vamos, hombre, responde!— dijo el sanitario mientras aplicaba maniobras de resucitación cardiopulmonar, insuflaciones, compresiones y aspiraciones…
Cuando ya lo daba todo por perdido, Roberto reaccionó tosiendo y expulsado un caño de agua por la boca.
— ¡Lo hemos recuperado! ¡Despejen la zona, por favor, dejen paso! —exclamó el sanitario.
Roberto miró en rededor, era de noche y estaba tirado en la orilla del río. Lo recostaron sobre una camilla, cubrieron su cuerpo chorreante con una manta isotérmica y lo introdujeron en una ambulancia. Cuando le pusieron una vía en el brazo se le cayó de la mano una galleta dura como el pedernal.

 

 


relato B: “Anónimo”

Una historia de ciudad, siempre una historia de ciudad, esto no podría pasar en el campo, no, lo sé, pero en el campo no pasa nada, cada vez que viajamos en auto, son kilómetros y kilómetros de la nada misma, desaprovechada; en el campo se matan vacas, y luego las comemos, aquí en la ciudad, vemos esos camiones del frigorífico con hombres que cargan la mitad de esos animales en sus espaldas, vemos sangre y vísceras y por un momento nos parece repulsivo, luego llega el domingo.
No quiero defender a nadie, no es mi estilo, no es la intención de esta explicación, solo deben considerar que todo necesita de cierta organización, cierta voluntad clasificatoria que permita reducir el caos, que pueda ser práctica pero, a su vez, beneficiosa para las partes ¿o es que tienen una mejor alternativa? Nosotros no la encontramos. Yo, representando a este grupo, ciertamente no la encontré.
Vamos a ponerlo así: una localidad cualquiera, no quiero decirles Capital porque Capital tiene muchas variantes para que puedan entenderlo, tienen sus Chacarita, Villa Crespo, Palermo, mundos y submundos ahí mismo, separados por mínimos kilómetros, que se entrelazan diariamente produciendo una ligera inadecuación a los visitantes. Pero vamos a algo más sencillo: piensen en San Miguel, que tiene su centro, su zona residencial, asfaltada y empedrada, tiene sus villas, cruzándose con las zonas de la gente bien y recayendo en el centro, una y otra vez, donde se producen los encuentros. En la prehistoria éramos más agresivos, se puede decir, marcando las casas directamente: una equis eran vacaciones, equis circulada, que vendrían pronto, tres líneas verticales, que no había nada de interés, y así sucesivamente.
Nos volvimos más sutiles, anónimos, prácticamente nos dejaron de sentir porque, si me permiten la analogía deportiva, dejamos de trabajar por zonas para trabajar hombre a hombre y no solo eso – aquí viene la mejor parte – compartíamos los objetivos, nos volvimos solidarios con nuestros compañeros de Morris, de La Matanza, de Morón, gente que quizá no conocíamos pero que estaba en la misma que nosotros, para la que, quizá, una mujer de cuarenta años, sin dinero, pero con tres televisores, sola durante la noche le podría ser útil. O un hombre que trabajara de guardia y durmiera profundamente hasta el mediodía, o chicos con padres que trabajan durante todo el día y permanecen solos, sin la experiencia para discernir quién es un ladrón y quién un hombre que desesperadamente necesita hacer una llamada por teléfono.
Aprendimos a descubrir todas esas marcas en los rostros de la gente, solo requirió un poder de observación tan nimio que el peor de nosotros podría determinar quién salía del banco, quién vivía solo, si había un perro en la casa y si ese perro era un puddle o un dogo. En ese contexto, las marcas físicas en las personas se volvieron dispensables pero la tradición es una sirena muy fuerte you know, tu seguro sabes de eso. Pequeños cortes, imperceptibles para ellos mismos, realizados con elementos de distracción que el más simple aprendiz de mago podría emplear con relativa perfección. Manchas, de distintos colores, marcando una graduación de riquezas yendo de lo más claro a lo más oscuro, disculpando elementos, es decir, podríamos usar pintura, o mostaza, o pasar cerca de ellos con un marcador para indicar que a esa persona solo deberíamos acercarnos en principios de mes. Claro, reitero, mucho de esto se tornaba irrelevante una vez que buscábamos la manera en que una leve mácula de salsa barbacoa cayera sobre la espalda de un Perramus, pero nos funcionaba.
El truco era este, querido amigo, si no lo descifraste hasta ahora con tu certera astucia policiaca: nosotros no tenemos que ir a ningún lado, estas personas, es su burda indiferencia, nos llevan. Si van muy lejos, las dejamos, otros tomarán nuestro lugar, siempre habrá otro, no dudéis. Así que usted, querido compatriota, que no tiene la culpa de nada, que es una pobre víctima de este brutal sistema, pudo haber tenido sobre su nuca un pequeño dibujo, una línea, que nos dijo que por ese día comeríamos a la noche. Pobre de ti, habrá sido terrible. No me malinterpretes, nos encanta, nos fascina su caridad, ese gran principio de ayuda consistente en dar a los pobres exactamente lo que no necesitan, hasta que se cansan de pedir. Fantastic!
Pero, por una razón u otra, simplemente no nos ha sido suficiente.
Ahora esa paranoia de desperdigará por todas las noticias, repetida incansablemente con pocas variaciones por las distintas profesionales voces de nuestros más queridos periodistas, alternando con deportes, humor y espectáculos, con mayor facilidad que la nuestra para realizar nuestros robos. Pero ya será muy tarde, no servirá cambiarse de vereda porque será quien menos se esperen. Una vez que las madres que nunca antes habían hablado con sus hijos les adviertan de mirarse siempre a un espejo, atentos de cualquier cosa rara que encuentren, ya habremos pasado a otro tipo de organización, más específica, con la que sabremos más de todos ustedes sin que tengan oportunidad de enterarse de nada porque nada es lo que somos para ustedes hasta que les sucede algo. Y eso no cambiará. Anyway… ¿Cuánto es la fianza?

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