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10 min
TORNEO DE ESCRITORES duelo 4
Varios |
25.03.18
  • 3
  • 2
  • 1031
Sinopsis

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Duelo 4 “Después de la guerra”


relato A

Hacía casi una hora que había cesado el intercambio de proyectiles. Un silencio pesado y molesto cubría el campo de batalla extendiéndose hasta detrás de ambas líneas de fuego.
Desde cada frente, podía observarse el estrago producido por la munición sobre las casas del pueblo.
Vidrios rotos, faroles grotescamente arrancados de sus postes, baldosas y adoquines dispersos por todas partes y el llanto de una niña escapándose por alguna ventana destruida.
Los heridos, demasiado cansados para quejarse, se ayudaban entre sí para curarse las heridas antes de que comenzara el intento final de doblegar al adversario en caso de que éste se negara a reconocer la derrota. Como en todas las guerras, la sumisión total del enemigo implicaba el abandono sin condiciones del territorio por parte de los vencidos.
Martín trató de calcular la hora por la posición del sol. Acaso faltaba poco para las cinco de la tarde. Sentía frío y sorprendido,  notó con algo de hipocresía que también tenía hambre.
Una sensación menos corporal lo invadía. En las filas enemigas, pocos metros delante de él e invisible a sus ojos, estaba su hermano menor Alberto. Albertito como le decían desde pequeño. Tal vez a esa hora ya estaba muerto o herido gravemente por el furor de una guerra que ni siquiera le permitía saber se había sido por algún disparo suyo.
La vida los había puesto en bandos diferentes mucho antes de comenzar la batalla, incluso antes de iniciarse la guerra. En realidad desde el momento en que nació Albertito.
Martín sentía celos de su hermano desde que, por el solo motivo de su existencia, había comenzado a perder los dudosos privilegios de hijo único.
En realidad no sabía si odiaba más a su madre o a su hermano con el cual tuvo que aprender el significado de la palabra compartir. Ahora, las fantasías de tantos años parecían haberse hecho realidad.
Su bando había ganado la batalla, de eso estaba seguro y Albertito, tal vez incluso gracias a su propio fuego estaba muerto. Podía asimilar eso sin remordimiento, con la también dudosa impunidad que da la guerra a los vencedores. Todo era dudoso en su vida.
Las sombras empezaban a alargarse y la calle, casi desierta, comenzaba a oscurecer en silencio. Alguna que otra cabeza se asomaba tímidamente por las ventanas.
La guerra entre pandillas no era una novedad, pero en los últimos tiempos las cosas habían empeorado. Había gente nueva en el barrio que rápidamente se había definido por uno u otro grupo.
Las batallas campales era cosa de todos los días pero también eran cada vez más violentas y en los últimos meses además se había cobrado varias vidas en uno y otro bando. La venganza personal estaba a la orden del día.
De pronto, desde lo alto del viejo local de la panadería ahora cerrado, un brazo se dejó ver agitando un ratazo de trapo supuestamente blanco. La rendición, vergüenza de unos y triunfo de otros, por fin había llegado. La tensión comenzó a disiparse cuando lentamente, el bando ganador comenzó a recorrer los puestos de los derrotados.
Avanzaban con precaución, mirando detrás de cada árbol, dentro de cada zaguán, debajo de cada montículo de ramas. La traición, igual que la venganza también era cosa corriente en esos tiempos. Espiaban dentro de cada boca de alcantarilla en busca de algún contendiente que emulando a los viejos guerreros japoneses, se resistiera a dejarse ver.
De a poco los menos golpeados iban apareciendo, con sus ropas hechas jirones y la piel magullada.
Había muchos lastimados por las piedras y hasta varios heridos de bala, porque esta vez la pelea había sido brutal y sin ningún tipo de miramientos sobre el daño que se podía infligir al enemigo.
Cada tanto un grito llamaba la atención del grupo cuando encontraban a alguno muy lastimado.
Martín avanzaba buscando a su hermano, resignado a encontrarlo entre los de peor condición acaso en una situación irreversible que lo convirtiera otra vez en único hijo.
Le dolían los brazos de sujetar la gomera estirada, lista para disparar un lustroso y enorme guijarro de canto rodado como muchos de los que había lanzado un rato antes para abrir la cabeza de algún pandillero enemigo.
Se preguntaba que había llevado a Albertito a pasarse al bando contrario. La verdad que no le importaba demasiado y hasta estaba seguro de que lo había hecho a propósito, por el solo hecho de llevarle la contra como siempre había hecho desde que nació.
Ahora, y dependiendo del estado en que lo hallara, tal vez también su madre tendría el castigo merecido. La guerra era algo sucio e inútil pero servía como ninguna otra situación para hacer que las cosas fueran justas. Sobre todo si se pertenecía al bando ganador, pensó Martín al ver tanta desolación.
Cuando ya estaba llegando al final de la calle, se detuvo en seco. Alcanzó a escuchar un sollozo que venía desde abajo, a su izquierda.
Con cuidado, levantó las ramas. Formaban una especie de montículo cubierto de tupidas hojas que impedían ver en su interior.
Mirándolo,  con los ojos de la derrota, Alberto, el hermano menor, de solo diez años de edad, Martín tenía quince, lo miraba entre asustado y aliviado por ser él quien lo encontrara.
-Vamos a casa –Ordenó gozando del triunfo y a la vez contento por hallarlo con vida. –Mamá nos espera para merendar. Además tenemos que hacer la tarea del colegio.

 

relato B

1917. La Primera Guerra Mundial estaba en sus últimos años de esplendor.
EE.UU actuaba como aliada y la oscuridad y devastación reinaba en el campo de batalla.
Hubo un gran número de bajas y heridos, entre ellos, Michael.
Michael había resultado herido durante la guerra una incontable cantidad de veces y siempre que iba a la enfermería le atendía Anastasia.
Anastasia y Michael habían congeniado desde el primer disparo que Michael recibió en el brazo.
Y las veces que no estaba herido se acercaba a la enfermería para saludar, para sonreír y sentirse completo. La guerra era una experiencia que no solo dejaba un marca física, sino también psicólogica.
Michael tenía pesadillas todas las noches, pero cuando veía a Anastasia durante el día esa herida que no dejaba de supurar y sangrar en su interior se curaba un poco más.
Anastasia siempre sentía un nudo en su estómago cuando Michael salía a luchar. No soportaba la idea de no volver a verle o por el contrario, verle sin vida.
Para él, el mar se sus ojos nublaba la vista.
Para ella, su voz era como canciones llenas de inocencia, melódica y suave.
Eran perfectamente imperfectos el uno para el otro, pero ninguno se atrevía a expresar lo que sentía.
No era momento ni lugar para enamorarse, pero no podían elegir. No podían enterrar lo que sentían porque el tiempo no estaba a su favor.
Un día, empezaron a bombardear el campamento.
Todos intentaban refugiarse tras los fuertes rezando por no morir.
A medida que las bombas tocaban tierra y explotaban, soldados saltaban por los aires. Algunos sobrevivían, heridos y con quemaduras, pero no duraban demasiado. Otros, simplemente, no duraban.
Michael consiguió, junto con un reducido grupo de soldados, llegar a la enfermería.
Lo primero que hicieron Anastasia y Michael fue buscarse con la mirada, desesperados.
Todas las enfermeras estaban aterrorizadas, los soldados heridos no podían levantarse de las camillas. Era la clara imagen del caos.
Cuando se encontraron corrieron a los brazos del otro. Anastasia estaba temblando. Sus lágrimas empapaban el uniforme de Michael.
— Vamos a morir. — dijo entre sollozos.
— Todo va a ir bien.— dijo Michael intentando encontrar algo de serenidad en su voz.
Anastasia se negaba a creerlo. El pánico se apoderaba de ella.
Michael acarició su rostro, húmedo y triste y posó su frente contra la de Anastasia.
— Si muero, al menos, moriré en paz porque te he conocido y tu rostro será lo último que haya visto.
Y con el ruido de las explosiones, de las caídas de las bombas y de la desesperación se besaron, prometiéndose encontrarse más allá de lo mundano.
Y con ese dulce momento grabado en sus mentes, con el sonido de una bomba acercándose preparada para explotar, permanecieron con los ojos cerrados, unidos para toda la eternidad.
2017. Nueva York. La noche arropa la gran ciudad llena de estrellas de luces.
Se escuchan tiroteos en la calle,  la policía se enfrenta con unos ladrones armados que acababan de atracar una tienda.
John corre detrás de ellos, entre disparos, cuando un ladrón acierta y hiere a John en el brazo.
John siempre ha sabido que quería ser policía. Era algo que no podía explicar, simplemente nació queriendo ser polícia.
Definitivamente, John no estaba teniendo un buen día.
Llevaba días sin dormir, no paraba de soñar que combatía en la guerra.
Los ladrones escapan y los compañeros de John le llevan al hospital.
El dolor es intenso, siente como la sangre, caliente y viscosa recorría el brazo.
Nunca le habían disparado, era un dolor insoportable.
Cuando llegaron al hospital, las enfermeras le tumbaron en una camilla mientras esperaban a la doctora.
John tenía los ojos cerrados, no podía abrirlos del dolor ni tampoco podía ver el estado tan desagradable en el que estaba su brazo.
Cuando la doctora llegó, intentó extraerle la bala. Tardaron más de lo previsto porque John no paraba de retorcerse de dolor.
Cuando lo consiguieron y le cosieron la herida, John se había tranquilizado y había abierto los ojos.
— Ya está.— dijo Amanda, la doctora que le había atendido.
Amanda siempre supo que quería ser doctora, sentía una conexión muy fuerte con esa profesión. Siempre ha pensado que estaba destinada a serlo.
Su voz era dulce, aunque también cansada.
Llevaba días sin dormir muy bien, no entendía porque soñaba con la guerra.
Cuando John giró la vista y se miraron sintieron una conexión extraña. Era aterradora como con solo mirarse parecía que se conocían de toda la vida, cómo si estuviesen destinados a encontrarse.
Para ella, el mar se sus ojos nublaba la vista.
Para él, su voz era como canciones llenas de inocencia, melódica y suave.
Ambos sonrieron y sintieron como sus almas se encontraban, finalmente, después de años y años de búsqueda.

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