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12 min
TORNEO DE ESCRITORES duelo 5
Varios |
02.04.18
  • 4
  • 11
  • 1622
Sinopsis

todos pueden votar en este torneo de escritores. Escribe la letra del relato que más te guste.

 

 

Duelo 5 “Pánico”

 

 

 

relato A

 

En Abril volviste a la casa de tu padre con una carta en la mano. Resultaba que después de tanto tiempo decidiste que regresar a ver el brillo de su diente de oro no era tan mala idea. Claro que no fue así siempre. Sólo unos días antes te despertaste con las ganas de tomar asiento en la terraza y ver cómo fumaba sus puros del noventa y siete, así como lo hacía en los viejos tiempos.

Llegaste a las siete de la noche. El domingo y la costa te recibió bien a pesar de que ya te habías acostumbrado al clima del Norte. Pagaste con un billete de cien pesos y esperaste a que el taxista te viera directo a los ojos, descifrando el lagrimeo que surgía detrás de tus gafas con cristales sucios.

El viento soplaba fuerte y las olas rompían sobre las rocas. Creíste que por alguna razón llegaste hasta ahí por la inercia que siempre te había faltado. Sin embargo ya no te podías arrepentir y lo único que podías hacer para tranquilizarte, era llenarte los pulmones con aire salado. Diste el portazo y te acomodaste la mochila en el hombro.

El lugar seguía siendo como siempre. Los columpios oxidados por el tiempo, los escalones de madera y las palmeras con cocos. Todos te saludaron como si nunca te hubieses ido. Fuiste a las rocas que estaban en el borde del acantilado. Ahí te echaste para sacarte las botas.

Después de tanto tiempo te diste cuenta de que nada había cambiado. Eras tú. Ahí estabas después de haber contado los días como un loco hasta el punto de hacerte las marcas en tus brazos cuando se terminó la pared. Creíste que lo único que te detenía para vaciar tus pulmones en un grito era el susurro que ahí existía. En el mar, en las olas.

Te levantaste. El pasto se metió entre tus dedos. Metiste las manos en tus bolsillos, en donde siempre guardabas las envolturas de tus dulces cuando eras niño. El aire caliente aun hacía de las suyas para golpearte la nuca, como si te estuviera diciendo un secreto muy de cerca. Volviste a mirar hacia arriba, lleno de pájaros debajo de un cielo tostado.

Cuando por fin te acostumbraste a tu pasado decidiste que ya era tiempo de no ser un cobarde. Esa palabra que siempre te carcomía los huesos y los dejaba llenos de hoyos. Cobarde. Lo que siempre escuchabas cuando caían gotas de un monzón y veías el agua hecha culebras bajando por las tejas de granito rojo.

Recordaste el sol encima de la costa, la hierba llena de brillo, la tierra oscura por tanto beber. Los días en los que te levantabas de la tierra suelta para chutar la pelota se rendían a la noche. El tiempo en el que las gotas de sudor caían por entre las líneas de tu frente. Esos segundos envueltos en ramales de hojas de trueno, emanaban dentro de un remolino de fuego para dejar un rastro lleno de ceniza de pies descalzos.

Te levantaste del suelo. Viste tus manos sudadas y la carta que iba en una de ellas. Dijiste que jamás la olvidarías en alguna parte aunque quisieras, que sería absorbida por los labios de tu padre cuando la leyera. Tuviste que ser valiente. Más que eso. Ser una bestia bufando sobre el vapor de la sangre de su presa. Caminaste hasta la puerta.

Soplaste y creíste que las nubes en el cielo se movieron.

“toc toc toc”

La espera te dejó exhausto. Cuando la puerta chilló también lo hicieron las voces dentro de tu cabeza.

“Corre. Camina veloz por las piedras con puntas del acantilado. Corre mientras llevas en las manos tus zapatos”

La puerta se abrió.

El viejo se develó. Sus ojos hundidos, su cara surcada por el flujo del tiempo, su voz rancia y casi podrida te intentó decir «hola». El hombre estaba delante de ti, acortando la distancia que tenía con la tumba al escuchar su corazón con pulsos de gigantes.

Tú, por otra parte, bajaste la mirada a tus pies como cuando tenías quince. Te protegiste un brazo con una mano extendida a la vez que escuchabas el susurro de la luna a tus espaldas.

“Sólo hazlo. Tus brazos han perdido territorio desde siempre. Se caen en el pasto y los chicos de la bahía vienen a levantarlos para usarlos como bates. Miran la pelota en cielo, escondiéndose en las bocanadas de bruma. Sólo hazlo.”

Lo abrazaste tan fuerte que pudiste jurar que los huesos le tronaron. Conque querías que ese momento durara, pero gran parte de ti, te ordenaba que escaparas para no ser víctima una vez más de la correa de cuero.

Te despegaste de él. Aun recuerdas su cara hecha una O inmensa. Asombro, euforia, miedo. Aquellas emociones se habían hecho una.

Lejos, te fuiste lejos. Su cara se quedó enmarcada con la moldura de la puerta. Tu padre miraba cómo te ibas de nuevo y pensó que jamás te volvería a ver. El muchacho de ojos negros y el cabello hecho huracanes se marchaba sin voltear atrás. Caminaste sobre el sendero al muelle. Sin mirar otra vez la cara del viejo que ahora estaría desdoblando la hoja de papel.

El muelle, desde siempre, fue el lugar de tus derrotas. Colgaste tus piernas mientras observabas el horizonte del Pacífico. Las olas se deslizaban en la arena, borboteaban entre los palos de madera, regresaban al mar enjuagando las penas a su paso. La noche te abrigó el cuerpo entero.

A medida de que la calma se reconciliaba contigo, sentiste la necesidad de saltar al mar porque creíste que algunas bestias sólo llevan el nombre. Bestias. Y que jamás podrías saber cuánto significaba temer a otra de diferente manera.

Una aleta se te acercó. El animal que emergía desde las profundidades para ser correspondido con una caricia te miró. El escualo acompañado por rémoras y su furia colmillada fue hacia ti.

La bestia abrió sus fauces.

Abandonaste tus recuerdos bajo la sombra de la envergadura de una gaviota dispuesta a volar.

 

 

 

relato B

 

Grabados a fuego, con hierro candente. Así permanecerán en la memoria de los ciudadanos de este país, los extraordinarios acontecimientos que tuvieron lugar en aquella memorable jornada del 14 de octubre de 2018.

Los increíbles y chocantes sucesos, nunca contemplados por estos lares, y tampoco en ningún otro, coparon portadas, llenaron telediarios y colapsaron las redes sociales durante días y días.

Todo comenzó a media mañana del Día de Autos, cuando en una céntrica calle de la ciudad de Burgos, un operario del Ayuntamiento que reparaba una acera fue arrebatado del suelo por una fuerza prodigiosa e invisible, y tragado, en cuestión de segundos, por la capa de nubes bajas que se cernía a esa hora sobre la capital castellana.

Ni sus consternados compañeros de faena, ni los atónitos viandantes pudieron hacer nada por impedir su meteórico ascenso. Tan imprevisto y vertiginoso fue éste, que nadie consiguió reaccionar, nadie pudo hacer el más mínimo ademán por retenerlo.

En iguales o similares circunstancias, despegue repentino y centelleante elevación a las alturas, se esfumaron varios trabajadores a lo largo y ancho de la geografía patria, durante la siguiente media hora con intervalos variables entre ellos de unos pocos minutos.

En orden cronológico, la relación de insólitas ascensiones a los cielos fue la que se detalla a continuación. Al operario burgalés, pionero en la sorprendente modalidad de fulminante despegue vertical, le secundaron un jornalero que laboraba en una finca de Cáceres; un vendimiador, en una viña del Bierzo leonés; un obrero de la construcción que arreglaba un tejado en un caserío de la huerta murciana; y, finalmente, un albañil, encaramado a un andamio, en un pueblo de Zaragoza.

En todos los casos, los pasmados testigos, coincidieron en que los infortunados currantes parecían haber sido succionados por una especie de aspiradora de colosales dimensiones, situada más allá de la estratosfera.

Unos diez minutos después de que el albañil maño se convirtiera en un proyectil humano impulsado por un cañón fantasma, corrió idéntica fortuna un caballo de carreras que competía en el hipódromo de Segovia en una carrera de obstáculos. En tamaña y análoga tesitura encontrose, muy a su pesar, un congénere del anterior, a lomos del cual un avezado picador trataba de castigar a un Mihura cornigacho en la plaza de Las Ventas, llena a reventar.

En ambos casos, jinete y rejoneador, respectivamente, salieron despedidos de sus monturas como derribados por un viento huracanado, nivel 5, un momento antes de que los desventurados animales fueran propulsados cual voladores en una verbena de prado.

Ambos declararían más tarde, aún tartamudos y temblorosos, que habían sentido algo parecido a la onda expansiva provocada por una bomba de inimaginable potencia.

Incluso allí donde los cielos estaban más despejados, los impactados espectadores del singular drama apenas si pudieron seguirlos, a hombres y animales, unas décimas de segundo antes de que se evaporaran en la inmensidad de la bóveda celeste.

Alrededor del mediodía, más o menos una hora después del comienzo de la esperpéntica función, los habitantes de la ciudad de Sevilla, que a esa hora paseaban por sus calles aprovechando el día de sol radiante, observaron, absolutamente patidifusos, como la Giralda despegaba del suelo y salía catapultada hacia las alturas en un abrir y cerrar de ojos, literalmente.

El gracejo andaluz, de probada rapidez y eficacia a la hora de establecer comparaciones más o menos ingeniosas, no tardó en poner de relieve el evidente paralelismo con el lanzamiento de un cohete de la NASA, tipo Apolo XIII o similar, aunque todos parecían estar de acuerdo en que la milenaria torre árabe se había elevado a una velocidad infinitamente superior.

El castillo de Montjuic fue el primero en seguir el ejemplo, aunque en este caso sólo una parte del mismo fue arrancada de cuajo y convertida en un bólido rumbo al espacio interestelar.

No hay dos sin tres, dicen, y una vez más se cumplió la máxima.

La Torre de Hércules, en La Coruña, completó la singular triada de edificios voladores.

El día tormentoso, con algún trueno ocasional, y la privilegiada ubicación del faro gallego en lo alto de un pronunciado promontorio, añadió, si es que eso era posible a estas alturas de la película, más fuerza escénica al alucinante espectáculo.

No faltó, como era previsible, una comparación cinéfila con la película “Up” y la casa del nieto y el abuelo, que despega propulsada por el racimo de globos.

La enhiesta torre gris fue arrancada desde sus cimientos con la misma facilidad con que un niño desarraiga una margarita, provocando una ensordecedora explosión que sacudió los terrenos adyacentes como un terremoto de baja intensidad.

Aquellos, presentes en el lugar, que cerraron los ojos, asustados, cuando volvieron a abrirlos sólo vieron un enorme agujero entre una nube de polvo. De la torre que allí se levantaba desde muchos siglos atrás no quedaba ni rastro.

El último acto del más formidable drama nunca representado tuvo lugar a las 12.30 de la mañana en la calle Uría de Oviedo.

A esa hora, en un día con algunas nubes sobre la capital asturiana y una agradable temperatura, un hombre fornido y de gran estatura logró burlar el cordón de seguridad y propinar un soberano empujón a su Majestad el Rey, que a la sazón se disponía a entregar los premios Princesa de Asturias en el teatro Campoamor.

De resultas del sorpresivo ataque el monarca cayó cuan largo era, dando con sus regios huesos contra el duro asfalto ovetense.

En ese preciso momento, desde las alturas tronó un vozarrón apocalíptico:

—Jaque mate, Yahvé, jaque mate. Te he vuelto a ganar, viejo carcamal.

—Mal rayo te parta, Zeus, mal rayo te parta, a ti y a todo el Olimpo. Ya veremos quién ríe el último. Para la próxima partida, salgo yo con las blancas.

 

Una hora más tarde, a eso de las 14 h, minuto arriba o abajo, los peones, caballos y torres que habían sido arrebatados regresaron, se materializaron, exactamente en el mismo punto en el que se encontraban cuando fueron apresados.

Todos retornaron sanos y salvos. Ni los hombres ni los animales sufrieron daño alguno en su integridad física y mental. Los monumentos, por su parte, tampoco presentaban el más mínimo deterioro en sus centenarias estructuras.

Al Rey, por su parte, tampoco le quedaron secuelas de la inesperada agresión. De hecho, se levantó, se sacudió el traje y continuó saludando a la gente como si no hubiera pasado nada.

No se sabe si, finalmente, se celebró la cacareada revancha entre ambos Dioses. Lo cierto y verdad es que hasta el día de hoy, 16 de abril de 2024, del asunto nunca más se ha sabido.

 

 

 

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