cerrar

Esta web utiliza cookies

En nuestras webs utilizamos cookies propias y de terceros para mejorar tu accesibilidad, personalizar y analizar tu navegación, y mostrarte publicidad, incluidos anuncios basados en tus intereses. Si continuas navegando, entenderemos que aceptas su uso. Si deseas más información, puedes acceder a la Política de Cookies y a las Condiciones de Uso y Política de Privacidad.

12 min
TORNEO DE ESCRITORES duelo 6
Varios |
08.04.18
  • 4
  • 9
  • 1200
Sinopsis

Vota por el relato que más te guste. Escribe la letra en los comentarios.

 

 

relato A descalificado 

 

relato B “Mi lugar favorito”

Hubo una vez una ciudad con los edificios más altos posibles. La explicación radicaba en el comportamiento de sus habitantes, que deseaban ocultarse del mundo, recluirse entre los muros-viviendas más elevados.
En una plaza de un tono como la arena gris debido a la capa de polvo que la protegía, se encontraba anclada una farola con el cristal roto, donde su bombilla seguía intacta, iluminando día y noche con una luz cercana a la opacidad. Bajo la farola se encontraba de pie un espejo de cuerpo que reflejaba los brillos con cansancio. Frente a éste se hallaba una muchacha, que observaba su rostro entre los resquicios del cristal que la suciedad aún no había dominado.
Un día un joven paseaba por esa zona. Resultaba imposible no fijarse en aquella chica frente al espejo. Se acercó para posicionarse y apreciarse al igual que ella. Se fijó que el reflejo estaba eternamente empañado, moviéndose entonces para buscar la postura idónea y apreciar aunque fuese su rostro. Muy difícil.
—Qué bonitos ojos verdes tienes —pronunció ella sin dejar de mirar el espejo—. Verdes oscuro. Más bien verdes agua.
Él no dijo nada, se limitó a buscar entre manchas su propia mirada para asegurarse sin necesidad del color azulado de su iris. Sin embargo no quedó seguro de los colores de aquel yo dentro del reflejo. Se sintió daltónico. La miró para preguntarle, pero la chica se adelantó:
—¿Te gustaría quedarte aquí conmigo? —preguntó mirando hacia la zona del rostro de él en el espejo. Al chico le resultó que ella tenía cierto encanto.
Afirmó y se quedaron ambos mirando tal turbulencia visual estática. Pasó un rato antes de que comenzasen a hablar, una al lado del otro con la mirada al frente. Enseguida hubo química, buenas vibraciones que dijo ella, pero él se sentía un tanto incómodo por tener que hablarle a partir del reflejo. No supo disimularlo, y eso la puso nerviosa, aunque no tanto como cuando el muchacho la miraba a ella directamente.
Comenzó a anochecer, hecho que identificó él debido al brillo de la farola infiltrándose con esfuerzo en sus sombras. Pidió disculpas por tener que marcharse. Ella le clamó que regresase al día siguiente. Afirmó con la cabeza y giró para marchar con prisa.
Regresó cada día para estar con ella. Apareció a la misma hora del día anterior, pero confirmó que ella estaba siempre allí conforme decidió con ganas aparecer en cada vez un poco más temprano. Ella le contaba sobre su vida, sobre cómo era y qué le gustaba. No tardó en abrir la confianza para hablar sobre sus sueños y objetivos. El corazón del chico fue cambiando de ritmo al tiempo que se acostumbraba a la presencia y al olor de la chica. En los primeros días lograba hacer notar su palabra, pero poco a poco decidió enmudecer para escucharla. Días después, dos hechos le enterraron dentro la semilla de la intranquilidad. Uno fue cuando intentó limpiar el espejo, acción que alteró a la chica hasta el punto de apartarlo de un empujón. El otro dolió tanto como un veneno retardado conforme analizó que ella no preguntaba por él. Las veces que lograba pronunciarse, no parecía entrar en aquella mirada ensimismada en el reflejo ensuciado, y si lograba preguntar, ella apenas recordaba los datos que él pudiese dar sobre su vida o forma de ser.
Los días continuaron pasando hasta el punto de perder la cuenta por puro desinterés. Ella seguía tan idéntica como la función del espejo. Él se mostraba distante. Sucedían días extraños en que hablaban menos, y al hablar resultaba entre forzado y por compromiso. Eso le hacía preguntarse al chico por qué seguía acudiendo a la plaza gris del espejo. Recordó que el mero estremecimiento al verla, olerla y oírla ya merecía la pena, colocándose fiel y autómata a su lado, siendo el mejor a la hora de entrever e imaginar la imagen que el espejo devolvía de ambos. De normal ella comenzaba a hablar y daba la impresión de no parar hasta el atardecer, que en ocasiones llegó a ser una noche iluminada por una bombilla fatigada por el peso de la tierra y el polvo.
La estación cambió, y eso motivó al chico para decirle a su amiga que iba a dejar de quedar en ese punto tan a menudo como venía haciendo. El silencio decepcionado fue la respuesta, pero a él no le importó, más dolido cuando no estaba allí y recordaba las características de la muchacha. Lo que fue una aparición cada dos o tres días, se prolongó a una semana. Después cada dos. La suma continuó y resultaron los meses. Él le decía que daba gusto tener a alguien al que poder acudir en cualquier momento. Tuvo la impresión de que había pasado un año desde que se conocieron. Ella seguía igual, tan perfecta y animada frente a aquel reflejo cada vez más oscuro. Siempre que se sentía un poco triste, acudía al lugar y se dejaba llevar por su voz de sirena encallada.
Una tarde donde el tono del sol semioculto entre edificios coincidió con el de la pobre iluminación de la farola, ella reaccionó y abalanzó la mano hacia el lado. No agarró nada, presionada con suavidad la palma por el escurridizo aire. Se quedó mirando al suelo. Las sombras rodeaban el entorno. Regresó la mirada hacia el espejo, donde se intuía una silueta deformada.
 
Entre esos días de vacío a su lado, un joven se acercó. Éste miró con extrañeza hacia el espejo, a lo que ella aprovechó para decirle:
—Qué bonitos ojos azules tienes —pronunció sin dejar de mirar el espejo—. Azul oscuro. Más bien un azul aguamarina.

relato C “Afrodisiacos”

Después de una noche de acalorada pasión despertó esa mañana mientras la esposa hacía ruidos en la cocina alistado el desayuno y el almuerzo antes de irse al trabajo. Como siempre ella se iba a las seis y media y él se quedaba otro rato en la cama hasta las ocho. Eso creía ella. Pasado un rato la oyó salir sin decir nada al imaginárselo dormido o por haber perdido la costumbre hacía ya tiempo. “Que se vaya bien pronto” pensó mientras se rebullía en la cama en medio de la placidez del calor mañanero. “Casi me acaba esta mujer, menos mal estaba preparado”. Se dijo con cierta risa.
El caso es que esperó un cuarto de hora y se levantó silencioso como si temiera que ella aún estuviera cerca y salió cubierto con una cobija. Atravesó el patio y empujó suave la puerta donde su joven cuñada  dormía y cada noche antes de acostarse dejaba sin cerrojo para que pudiera entrar y lo esperaba despierta y casi desnuda. Esta vez la contempló unos instantes con la cara reclinada a un lado de la almohada y le recordó a su esposa diez años atrás. Se parecían mucho las dos, como gemelas, pero de diferente época. Poco a poco fue haciendo descender la cobija que la cubría hasta arriba de la cintura mientras observaba su piel trigueña. Ella, que no estaba dormida como pensaba le arrancó la cobija de un tirón.
-No seas bruto que este frío está horrible.
Enrique soltó  una carcajada y se abrió espacio a un lado de ella.
-Debes estar más exprimido que un chupo.
-No, para nada.
-No te voy a creer: anoche escuché esa pobre cama que chirriaba cada rato, creo que no te dejó descansar en toda la noche.
-No lo creas, tengo mi secretico que me funciona siempre.
-Vamos a ver cómo te funciona hoy—le dijo mientras sus manos lo empezaban a recorrer por entre las cobijas.
-Te voy a demostrar que estoy enterito. Y que anoche ya todo quedó saldado. Tú sabes que me toca darle gusto a ella, además es bueno para que no sospeche. ¿No te parece?
Lo cierto es que Enrique ya llevaba más de medio año demostrándole de que era capaz cada mañana apenas  su mujer se iba al trabajo. Aunque él en principio no fue partidario que viniera a pasar unos días que después se volvieron meses y la miraba con total apatía porque no le llamaba la atención una nueva carga económica y al ver que no conseguía trabajo y otras porque no salía a buscar, dejó que permaneciera en la casa. Reconocía también que sus intenciones nunca fueron las de tocarle siquiera un cabello. Tampoco le hacía gracia verla por las mañanas en shorts caminando por el patio y le había dicho a su mujer dile que no se ponga eso, que la verdad, a mí no me parece y ella le dijo  que acaso qué podría tener de malo  si en su lejana tierra ya fuese por el clima o por comodidad vestían de esa manera. Y fue así como dejó pasar los días sin prestarle atención y era ella la que se acercaba en las mañanas a la cocina mientras calentaba el desayuno antes de irse al trabajo y conversaban un buen rato. Así empezó todo. De la forma menos esperada por él y sin que se diera cuenta de nada. Los dos habían empezado a ir por el mismo camino sin proponérselo.
Y no era que Enrique hubiera dejado que las cosas pasaran porque sí. El primer beso que le había dado una mañana antes de irse al trabajo le había costado la tranquilidad del día y el sueño de la noche. No paraba de pensar en lo mismo. Esta mujer sólo le estaba trayendo un poco de cosas que en algún momento le iban a dar problemas y nada más. Pero aunque quiso alejarse como pudo, ya era incierta cualquier tentativa, y los besos se fueron volviendo más apasionados y las manos empezaron a tocar más allá de las simples caricias. Ya no pudo resistir más y una mañana empezó a visitarla y a meterse poco a poco en su cama hasta dominar por completo el temor de hacerlo con otra mujer diferente antes de desayunar e irse al trabajo en la oficina de apuestas.
Al principio se decía a si mismo que ojalá no le gustara para que pronto desapareciera aquel arrebato así como les había llegado, pero no fue así. Cada día que iniciaba amanecía con una nueva expectativa mientras que su esposa, cansada del trabajo y las labores de la casa le iba ofreciendo cada vez menos imaginación a las noches de amor y por el contrario, cada vez el cansancio la llevaba a dormir y a hablar menos y ser menos complaciente. Fue así como las noches ya no importaron tanto porque cada mañana al despertarse la escuchaba repitiendo los mismos ruidos de la cocina antes de despedirse y salir por la puerta.
Sin embargo el último mes, por extraña razón, le pareció notar un cambio en ella como si hubiese retornado su deseo del principio y antes de dormir lo buscaba con intensidad y las noches volvieron a ser apasionadas. Creía al comienzo que podía tratarse del efecto de los productos químicos que ella manipulaba en el trabajo que le habían devuelto las ganas, pero en realidad había sido él quien buscaba algo que le permitiera mantenerse en forma para estar con ambas a mañana y noche y no hacer notar, en el caso de Martha que algo pasaba y ponerla en sospecha.
Desde entonces gastaba más dinero en afrodisiacos químicos y naturales que encontraba en las tiendas y anunciaban en las propagandas. Y le funcionaban de manera excelente, solía decirle en broma a Bibiana cuando le preguntaba cómo eran las noches con Martha. Le volvía a decir que su secretico no fallaba para nada, que podía dormir tranquila pues por la mañana llegaría tan puntual como siempre a complacerla como más le gustaba. Por eso no se preocupaba por las exigencias constantes de Martha antes de ir a dormir si manteniendo su ración podía disimular tranquilo.
Y fue así como esa mañana  empezaron un poco más temprano y el rato se les prolongaba más y más con la común certeza de que sería uno de los mejores. Era uno de los goces más deliciosos desde hacía tiempo y no querían despegarse, al contrario, juntaban los cuerpos y se devoraban por instantes que parecían enloquecer y ya ni los gemidos reprimían como al principio. Ahora se oían más fuerte, justo en el momento en que se sonó un ruido en el patio como de pasos silenciosos que se acercaban a la puerta que se abrió de una fuerte patada y apareció Martha en el borde con un recipiente grande repleto de agua hirviendo a juzgar por el vapor que emanaba y les grito lo suficiente fuerte para que oyeran los vecinos que habían venido tras ella y estaban agolpados en la puerta “Así los quería encontrar” Antes de empezar a arrojarles encima el agua caliente sobre sus cuerpos desnudos que ante el temor y la sorpresa parecían paralizados y no habían alcanzado a cubrirse.

 

Valora
y comenta
Valora este relato:

Quedan 0 caracteres

Es necesario que valores antes de comentar
Comentarios
Valoraciones
Otros relatos del autor

Bienvenidos al Segundo Torneo de Escritores de tusrelatos.com Puedes participar comentando y votando. El ganador de cada duelo lo eliges tú.

Tienda

De frikimonstruos y cuentoschinos

Teodoro Bama

€2.99 EUR

Chupito de orujo

Mayka Ponce

€2.99 EUR

Vampiros, licántropos y otras esencias misteriosas

Lore y Ender

€2.99 EUR

El secreto de las letras

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cuatro minutos

Jesús Fernández (Lázaro)

€2.99 EUR

En tardes de café

David Loreiro (Lore) y Adrián Durá (Novato)

€2.99 EUR

La Vida Misma

Teodoro Bama, Joene, L.J. Salamanca, Ender, Poyatos y Miranda

€4.95 EUR

Grandes Relatos en Español

Bécquer, Zorrilla, Emilia Pardo Bazán, Galdós y otros.

€4.95 EUR

La otra cara de la supervivencia

José Luis Durán (Ender)

€2.99 EUR

Cien años de sobriedad

Álvaro del Valle (Poyatos)

€2.99 EUR

Sin respiración

AndreSinSiesta, Zenon, Stavros, Venerdi

€3.95 EUR
Creación Colectiva
Hay 17 historias abiertas
Relatos construidos entre varios autores. ¡Continúa tú con el relato colectivo!
Encuesta
Rellena nuestra encuesta