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22 min
TORNEO DE ESCRITORES semifinal 1
Varios |
15.04.18
  • 3
  • 5
  • 378
Sinopsis

Todos pueden votar en este torneo. Escribe la letra del relato que más te guste.

relato A “La vida en el espejo”

 

 

Fue una velada divertida a pesar de todo, Marta tenía que reconocerlo.

Al comenzar el curso habían alquilado la pequeña casa cercana al Campus. La encontraron por un precio módico y les pareció más cómodo que irse a un piso en la ciudad.

Noche de viernes junto a sus compañeras de estudios, Esther e Iria. Habían acudido también los novios de ambas, Jose y Marcelo. Ideal para olvidar la dura época de exámenes, le dijeron. Cena rápida con unas pizzas que habían encargado por teléfono, “El sexto sentido” en el televisor y para terminar, la sesión de ouija que sus amigos se habían empeñado en realizar a pesar de los reparos iniciales de Marta.

— ¿Ves como no ha ocurrido nada, boba? —le había recriminado Iria mientras daba cuenta de la pizza que habían sobrado.

— A lo mejor tenía miedo de que un espíritu se escapase del vaso, ¡Uhhhh…! —se burló Jose.

— A ésta el fantasma le saldrá del espejo, de tanto que se mira en él —apuntó Esther.

— ¡Una vida en el espejo! —habían coreado sus amigos al unísono, entre carcajadas.

— Menudo sanbenito que me habéis cargado —se quejó ella.

— Un día deberías plantarte ante él y así como quien no quiere la cosa, ¡recitar nueve veces Verónica! —rió Marcelo.

— La estúpida leyenda urbana esa —se enfurruñó Marta — ¿Se supone que si lo hago el fantasma de Verónica se me aparecerá después de muerta, no?

— Pobre Verónica, si no ha tenido suficiente con morirse de forma trágica, ¡encima tendrá que volver para lidiar con Doña Narcisa! —continuó Esther ante el regocijo de todos.

— ¡Bueno ya está bien! —zanjó Marta—ya que nadie se molesta en recoger la mesa, tendré que hacerlo yo.

— No te enfades Martita —terció Iria mientras la acompañaba hasta la cocina —que sabes que estamos de broma.

Ahora Marta estaba de pie ante el espejo.

— ¡Verónica, Verónica, Verónica! —Iria y Esther habían aparecido detrás suya haciendo aspavientos muertas de risa, después de que los chicos se hubieran marchado.

— ¡Pero que tontainas sois!

Ahora Marta estaba de pie ante el espejo. Sola.

La cara embadurnada de crema antes de irse a dormir. El silencio por único acompañante. Contempló la profundidad de sus ojos y la asustó su propia determinación.

— Verónica.

Una media sonrisa le asomó en el rostro. Sintió el cosquilleo de lo prohibido bailándole en el estómago.

— ¡Verónica, Verónica, Verónica!

Aquél juego la divertía. La tensión que se marcó en sus facciones la hacía todavía más hermosa, se dijo. ¿Cuántas veces habían pronunciado aquel nombre sus amigas, tres? Aún le faltaban dos intentos. Por un momento se sintió estúpida con aquella tontería, pero ¿Y si…?

— Verónica.

El espejo le devolvió esta vez una sonrisa amplia, al borde de desalojar una carcajada. Componía un rictus diabólico que la excitaba. Movió los labios, vocalizando el nombre maldito sin pronunciarlo. Entonces el corazón le dio un vuelco. Todos sus músculos se tensaron y balbuceó una maldición.

Sonaba el móvil. Lo había dejado sobre el lavabo.

Lo tomó con las manos húmedas. Llamaban con número oculto. Finalmente descolgó. No podía acercarlo al oído a riesgo de que se llenase de crema. Pulsó el manos libres.

— ¿Diga?

Silencio.

— ¿Quién es?

— ¿Verónica?

Logró balbucear una respuesta.

— No, soy… soy Marta

— Perdón, me he equivocado

El pitido de la línea la devolvió a la realidad. ¿Habría contado aquella palabra para sumar las nueve malditas? Aunque sabía que todo era un juego, no podía alejar el miedo. Levantó la vista hacia el espejo y esta vez la muchacha que la miraba lo hizo con un rictus de angustia. Se volvió hacia ambos lados temiendo encontrarse con el fantasma de Verónica, pero allí no había nadie. Sus dos amigas debían haberse marchado ya a dormir. Decidió irse a la cama. Hasta llegar a la habitación fue encendiendo todas las luces, doblando temblorosa cada esquina. Le pareció que las sábanas estaban más frías de lo habitual.

No concilió el sueño. Empezando a adormilarse, un sonido la devolvió a la vigilia.

— ¿Iria, Esther?

Nadie respondió. Se levantó de la cama y caminó hacia la puerta. Sus pies descalzos sentían el tacto mullido de la alfombra. Al llegar al umbral dirigió la vista hacia la hondura del pasillo. Los ojos tardaron en acostumbrársele a la oscuridad. No parecía haber nadie. Escuchó de nuevo el ruido. Sonaba como un lamento. Ella sabía que era un lamento.

Tanteó en busca del interruptor. Cuando escuchó el clic, en lugar de luz fue la fría oscuridad la que siguió acompañándola. En el fondo sospechaba que era eso lo que iba a ocurrir. Se obligó a adentrarse por el pasillo, su longitud se le antojó grande en exceso. El corazón le latía con fuerza. “No hay nada que temer”, se dijo, “sabes que no hay nada que temer”. Y a pesar de ello, temía.

Su objetivo era la puerta de acceso al salón, allá al final del corredor. Caminó con paso lento tanteando las paredes, vestida tan sólo con el blanco camisón que la asemejaba a un espectro. Cayó en la cuenta de que podía escuchar su propia respiración. Al margen de eso ya no se oía nada. Cuando alcanzó el umbral se le antojó que había transcurrido una vida entera. Al fin se asomó al salón.

Paseó la vista por la estancia, tratando de enfocar los objetos a la tenue luz que desde la calle se colaba por el ventanal. Le pareció adivinar una forma difusa estirada sobre el sofá. Comenzó a acercarse hacia ella, pisando el parqué frío. Le sudaban las manos al tiempo que notaba el palpitar cadencioso de su corazón en las yemas de los dedos. La forma se hacía cada vez más nítida. Entonces se hizo la luz.

Marta esperaba lo que podría ver, pero aun así el corazón se le encogió y sus pulmones se negaron a aspirar una sola bocanada de aire. Sobre el sofá, estirada cuan larga era, yacía el cuerpo de una mujer. El cabello arremolinado en desorden colgando hasta casi tocar el suelo. Entre la maraña de pelos que le tapaban el rostro se adivinaba una expresión grotesca, congelada en un instante que parecía eterno. Vestía un pijama cuyo tono en verde claro se veía salpicado por abundantes manchas rojas que semejaban sangre. De uno de sus costados emergía un cuchillo con la mitad de su filo clavado en el cuerpo. Transcurrieron un par de segundos antes que de sus cuerdas vocales pudiera salir algún sonido. Cuando lo consiguió, profirió un grito desgarrador.

Lo que ocurrió a continuación sucedió tan deprisa que a quienes lo vivieron, les costó más tarde recordarlo con precisión.

La chica del sofá se levantó entre espasmos, mientras acompañaba el grito de Marta con otro de semejante intensidad.

Con el pulso tembloroso Marta abrió un cajón, que terminó por caer al suelo con estrépito.

Desde detrás del sofá emergieron un hombre y una mujer que levantaron las manos con las palmas hacia arriba al tiempo que exclamaban entre risas.

— ¡Sorpresa!

Marta se agachó y tomó un objeto con una de sus manos.

Procedente de recibidor de la entrada asomó otro hombre, doblándose sobre su propia cintura.

Marta se incorporó con el rostro desencajado. En la mano derecha llevaba una pistola.

Iria, desde el sofá y con el pijama verde embadurnado de oscuras manchas rojas que habían supuesto vaciar dos botes de Ketchup, gritó un “¡No!” desesperado.

Se escucharon dos disparos. Iria se desplomó sobre el sofá, rebotando su cuerpo inerte contra él.

Esther lanzó un grito agónico mientras se cubría el rostro con ambas manos y escapó corriendo hacia el interior de la casa por el pasillo que llevaba a las habitaciones.

— ¡Por Dios qué has hecho Marta, qué has hecho! ¡Todo era una broma, Iria nos convenció para gastarte una broma! ¡Ahora está muerta, la has matado! —Jose gritó fuera de sí, mientras Marcelo se abalanzaba hacia Iria con los ojos llorosos.

Marta soltó la pistola, que fue a golpear el suelo. Los ojos abiertos como ensaladeras y la expresión desencajada. Le temblaban las manos de la excitación. Acertó a avanzar un paso. Entonces se le dibujó una sonrisa extraña. Comenzó a reír, primero con una cadencia suave, para enseguida desembocar en un torrente de carcajadas. No fue la única risa de mujer que se dejó oír en la estancia.

La inocente Iria se desternillaba sobre el sofá, embadurnándolo de salsa de tomate.

— ¡Menuda banda de pánfilos! —exclamó Marta— la broma os la hemos gastado nosotras, la planeamos en la cocina al recoger la mesa, mientras vosotros os burlabais en el salón. El arma es de fogueo. ¡La próxima vez os lo pensáis mejor antes de meteros con Marta Álvarez!

— ¡Y el óscar es para… la gran Martita! —Iria apenas podía hablar de la risa —Como actriz eres genial, tía. ¡Has estado de vicio!

— ¡Qué va! Si estaba muerta de miedo. Más de una vez pensé en echarme atrás y pasar de todo.

— La inocente de Esther te llamó al móvil toda convencida cuando se lo dije, ¡se las prometía muy felices!

— ¡Para mataros, pero esta vez de verdad! ¡es para mataros a las dos! —Jose jadeaba sentado sobre el suelo —no tenéis perdón.

— Supongo que algún día nos reiremos de esto —añadió Marcelo cubriéndose el rostro con las manos.

— Cuando se te pase ese pálido en la cara, que creo que te va a durar un par de años —rió Iria premiándolo con un beso.

— Por cierto ¿Dónde se ha metido Esther?

Los cuatro cayeron en la cuenta de que su compañera había desaparecido.

— Creo que salió corriendo por el pasillo —dijo Iria al fin.

— ¿Esther? —Marta se adentró en el corredor.

No se escuchaba nada. Jose, Marcelo e Iria la siguieron.

— Esther, era todo una broma ¿Dónde estás?

Al fondo una puerta entreabierta dejaba escapar un halo de luz a través de la rendija.

— Esther, ¡Dinos algo por Dios!

La mano menuda de Marta hizo girar las bisagras, que se estremecieron con un leve crujido. Nada más penetrar en la habitación pudo escuchar un sollozo contenido. Una de las lámparas sobre la mesita de noche estaba encendida. El sonido llegaba desde el otro lado de la cama, junto al suelo. La chica tragó saliva y se obligó a continuar. Detrás sus compañeros se cogían de la mano.

Acurrucada en una esquina, con las manos alrededor de las rodillas, estaba Esther.

— Está aquí, la he visto, ella está aquí.

— ¿Quién, de quién demonios hablas?

— Verónica, Verónica, Verónica está aquí. ¡Maldita sea, no debimos… no debimos pronunciar su nombre!

— Esther, como broma no tiene gracia.

— ¡Está aquí, ella está aquí!

Marta se agachó junto a ella y lentamente le tomó una mano. Esther levantó la cabeza, sus ojos llorosos la miraron sin enfocar ningún punto en concreto. Entonces tomó aire, abrió los labios, y gritó. Gritó como ninguno de sus amigos había escuchado jamás.

Iria acompañó el grito. Marta cayó de espaldas golpeándose la cabeza contra un mueble. Jose y Marcelo se pegaron instintivamente contra la pared.

— ¡Está ahí! —chilló Esther al borde de la histeria señalando con el dedo — ¡Verónica está ahí!

Los muchachos se volvieron. Miraron en la dirección en la que señalaba la chica.

Y los cuatro se vieron reflejados en el espejo.

 

El grupo se deshizo después de aquello. La desdichada Esther nunca se recuperó y terminó internada en un centro psiquiátrico. Hay quien asegura que de cuando en vez su antigua amiga Marta todavía pasa a visitarla. Iria se marchó a Londres a continuar sus estudios y Jose y Marcelo dejaron la ciudad dispuestos a encauzar sus vidas lejos de un pasado que nunca dejó de perseguirlos.

En cuanto a Marta, alquiló un piso en el centro y dicen que apenas sale si no es para ir de casa al trabajo. Cuentan que ha descuidado su aspecto y los pocos a los que ha dejado entrar en su vivienda aseguran que las persianas están siempre bajadas y en ella, tan sólo hay dos espejos en los baños.

Ambos tapados con una opaca tela negra.

 

 

relato B “Old Tjikko”

 

Aquel verano no fuimos a la playa. La salud siempre delicada de mi abuela había empeorado y mi madre no quería alejarse de su lado. Yo acababa de cumplir trece años y tenía por delante más de dos meses de aburrimiento en una pequeña ciudad de provincias que se vaciaba de jóvenes en cuanto comenzaba la temporada estival. Recuerdo los primeros días de julio como una sucesión de horas que se alargaban mientras trataba de matar el tiempo jugando al futbolín con el dueño del bar o recorriendo las calles en bicicleta.

Precisamente en uno de estos vagabundeos me encontré con el Old Tjikko: un descapotable negro, con la silueta de un árbol dibujado en el capó. No pude resistir sus faros redondos que me miraban desafiantes, coquetos. Me aproximé atraído por sus líneas sinuosas y, como no vi a nadie cerca, salté por encima de la portezuela para apoderarme del asiento del conductor. ¡Oh, qué gozada! Desde allí cualquiera se hubiese sentido el dueño del mundo. Acaricié el volante, del color y la suavidad del marfil, el salpicadero de madera de nogal, y las letras doradas junto al cuentakilómetros que conformaban dos palabras: Old Tjikko.

—¡Eh!, ¿qué haces ahí, chico?

Me volví avergonzado. Una mujer corría hacia el coche desde la casa mientras me increpaba.

—¡Baja del coche si no quieres que llame a la policía!

Cuando llegó junto al descapotable, abrió la portezuela invitándome a bajar, pero yo no me moví. Me sentía paralizado. La mujer semejaba la protagonista de una de esas películas que ponían los sábados por la noche en el Rialto. Debía de rondar la cuarentena pero no se parecía en nada a mi madre ni a sus amigas. Ni siquiera tenía nada que ver con las jóvenes que solían pasear por la plaza los días de fiesta. Llamaban la atención sus pantalones minúsculos, que dejaban al descubierto unas piernas largas y esbeltas: unos pantalones naranjas a juego con los zuecos de charol y la diadema de seda que mantenía en orden la melena exuberante de bronce. La mujer, al hablar, esbozaba círculos en el aire con un cigarrillo extralargo que llevaba encendido en la mano izquierda. Todo un escándalo en aquellos años en los que solo fumaban los hombres y hasta las chicas más jóvenes lucían recatadas faldas que les llegaban por debajo de la rodilla.

—¿No me oyes o eres tonto?

El elevado tono de voz revelaba su enfado. Farfullé unas palabras a modo de disculpa, antes de salir del coche, y enfilé la avenida en la bicicleta sin atreverme a mirar hacia atrás.

Durante tres días viví la ansiedad de los deseos insatisfechos. No podía quitarme de la cabeza el descapotable y a su dueña. Me imaginaba conduciendo el Old Tjikko y llevando a mi lado a la hermosa mujer de los zuecos naranjas: fumando yo también cigarrillos extra largos mientras la seducía con mi conversación subyugadora. No fueron menos de diez las veces que dejé que el azar o mis anhelos me condujeran hasta su casa. Medio oculto por la sombra de un kiosco, pasaba el tiempo admirando el flamante vehículo y, ¿por qué no decirlo?, esperando que apareciera la bella desconocida. Pero desde mi escondite solo podía ver cómo entraban y salían del portal unos caballeros que, al igual que ella, tampoco parecían de la ciudad. Muchas veces, en mis paseos, creía atisbar, doblando la esquina de alguna calle, el morro del flamante descapotable del árbol dibujado en el capó. Entonces el corazón emprendía el vuelo en un vano intento por salirse del pecho.

Una tarde la bella desconocida pasó a mi lado en el Old Tjikko mientras tomaba la calle que llevaba a la autopista. Si me vio o no detrás de los cristales oscuros de sus gafas de sol todavía es un misterio para mí. La seguí pedaleando a toda velocidad hasta que un perro se cruzó en mi camino y hube de frenar mientras el descapotable se perdía a lo lejos. Estuve esperando su regreso sin moverme de mi puesto junto al kiosco hasta que, entrada la noche, me marché decepcionado.

 

Al día siguiente, mientras acechaba de nuevo la puerta de su casa, la bella desconocida vino a mi encuentro.

—¿Cómo te llamas? —me preguntó después de tenderme un cigarrillo.

—Daniel —contesté en voz tan baja que ni yo me oí.

Arrojó su cigarrillo al suelo y lo pisó con unos zuecos amarillos de charol. Luego me dirigió una mirada cargada de impaciencia.

—¿Cómo? Es igual. ¿Te gustaría ganarte unos duros? Quiero cambiar de sitio los muebles del salón y yo sola no puedo moverlos.

No esperó mi respuesta sino que enfiló hacia la casa y, antes de entrar, se volvió hacia mí.

—¡Venga! ¿A qué esperas? —Hizo una pausa teatral, quién sabe si para impresionarme—. ¡Ah! Me puedes llamar Ginebra.

Así encontré mi primer empleo. A espaldas de mis padres pues la intuición me decía que no les iba a gustar la atractiva Ginebra.

Durante una semana estuve trasladando a su capricho unos muebles que hablaban de un mundo de lujo alejado de lo que estaba acostumbrado a ver en mi pequeña ciudad. Antes del tercer día, ya me había convertido en su chico de los recados. Lo mismo la ayudaba a poner orden en la correspondencia que le traía del kiosco el último número de Sábado Gráfico. Es cierto que tenía una criada, Felisa, y un hombre que le servía a media tarde una copa de jerez; pero era a mí a quien le gustaba tener cerca para mandarme los más insólitos quehaceres. Cada mañana montaba en mi bicicleta después de decirle a mi madre que me esperaba un amigo imaginario y no regresaba hasta la hora de la cena. Supongo que los dioses estaban de mi parte; que la preocupación de mi madre por la abuela le impedía descubrir las mentiras que le contaba cuando llegaba entrada la noche.

Mientras tanto, me desvivía por cumplir los deseos de Ginebra. Me es imposible describir la emoción que me embargaba si me pedía que la acompañase en el Old Tjikko a hacer alguna compra. Sentado a su lado en el descapotable, me dejaba arrebatar por la euforia cuando una ráfaga de viento traía el aroma a mandarina de su perfume o mis ojos caían sobre sus zuecos de charol.

Todo en Ginebra me parecía un enigma. Cuando no me quería a su lado, buscaba cualquier excusa para estar cerca de ella al acecho de sus movimientos. Pero eran los hombres que solían visitarla los que despertaban en mayor medida mi curiosidad: unos caballeros distinguidos que olían casi tan bien como ella. Solían llegar a principio de la tarde y encerrarse con Ginebra durante horas en sus habitaciones privadas. No eran raras las veces en que aún permanecían dentro pasadas las diez de la noche cuando, cansado de esperar, finalizaba la jornada y regresaba a mi casa. Hubiese querido tener valor preguntarle a Felisa por los misteriosos invitados, pero su ceño fruncido detenía cualquier atrevimiento, de modo que espiaba la puerta cerrada con el mismo celo con que semanas antes vigilaba el Old Tikki.

Un día permanecí en la casa más allá de medianoche olvidando a mis padres y empeñado en averiguar más de los huéspedes de Ginebra. Apagué las luces del salón menos la de una lámpara de mesa cuya luz tenue apenas iluminaba un rincón. Sentado sobre la alfombra y oculto por las sombras, seguía la línea de claridad que se colaba por debajo de la puerta mientras me venía el sonido de carcajadas. No era tan ingénuo para no intuir lo que sucedía en el dormitorio de Ginebra, pero tal conocimiento no me impedía sentirme intrigado.

 

Debí quedarme dormido y, a eso de las una, me despertó el chirrido de la puerta. El hombre y Ginebra pasaron muy cerca de mí pero no me vieron, absortos en la conversación. No moví un músculo ni respiré siquiera temiendo ser descubierto. Sabe Dios lo que hubiese hecho Ginebra de haberme encontrado allí. Atravesaron el salón y se perdieron en el vestíbulo. Yo me escondí detrás del sofá. Los minutos hasta su regreso se me hicieron horas; la espera acrecentaba mi inquietud por no poder escaparme. Hacía mucho tiempo que debía estar en casa y empezaba a temer el enfado de mi padre.

Por fin se recortó la silueta de Ginebra bajo el dintel de la puerta. Atravesó el salón y, cuando entró en su dormitorio, salí de mi escondite.

—¿Te apetece jugar conmigo? —Oí a mi espalda.

No me atreví a volverme. Tampoco la oí llegar. Me estremecí cuando su mano acarició mi nuca y bajó por la espalda hasta rozarme la pierna: una extraña sensación entre dolorosa y placentera. Luego me tomó por el brazo y me condujo hasta su habitación. Me ahorro los detalles de mi primera experiencia amorosa. Estaba tan asustado que las ganas de huir se llevaba cualquier atisbo de deseo. Un pensamiento me venía a importunar: mis padres no sabían nada de Ginebra y hacía horas que me esperaban. En varias ocasiones traté de decirle que debía irme pero mi amante no me escuchaba. Jugó a su antojo con mi cuerpo, con mi miedo, hasta las tres de la madrugada, cuando me dejó libre.

Al llegar a casa, no encontré el coche de mi madre en el garaje. Por un instante, pensé que habían salido en mi busca, pero recordé que mis padres tenían pensado cenar fuera aquella noche. Aliviado me colé por la ventana de la sala, que nunca se cerraba en verano, y llegué a mi habitación convencido de que nadie se había percatado de mi tardanza.

A la mañana siguiente, permanecí en la cama despierto hasta el mediodía. Mis pensamientos daban vueltas en la cabeza y me llenaban de desasosiego. Tan pronto me espoleaba el anhelo por reencontrarme con Ginebra como me acuciaba el miedo a verla de nuevo. Era tanta la ansiedad que no me hubiese movido nunca de mi habitación de no haberme sorprendido el sonido del claxon del Old Tjikko aparcado bajo mi ventana.

Bajé las escaleras hasta el portal de dos en dos sin prestar oídos a mi madre, que me rogaba que no me fuera. Salté por encima de la portezuela del descapotable y me senté junto a Ginebra, que, volando, me condujo hasta su casa.

Durante dos días no salimos de su dormitorio. Cada caricia suya extraía una melodía de zonas de mi piel que hasta entonces desconocía y sus besos enardecían mis sentidos hasta embotarlos. En ese tiempo, olvidé que tenía unos padres que no sabían dónde estaba. Olvidé que la vida seguía más allá de aquellas cuatro paredes.

El tercer día la policía se presentó en la casa. Rodearon el jardín y entraron en la habitación cuatro agentes. Uno de ellos le puso unas esposas a Ginebra; otro me ayudó a vestirme y me empujó hasta la calle, donde me esperaba mi padre.

 

Aquella fue la última vez que vi a Ginebra.

 

En septiembre mis padres me internaron en un colegio. A mi encierro no llegaban más que alguna noticia desperdigada del exterior y, hasta años después, no supe del juicio que condenó a Ginebra, una prostituta de lujo, por perversión de menores. Ni supe del escándalo que armó la prensa cuando se descubrió que no había sido el primero al que inició en las artes amatorias.

Han transcurrido casi cincuenta años desde entonces. Mis padres hace tiempo que fallecieron. Yo vivo lejos de la ciudad con Jimena, mi esposa. Debo decir que nunca he sido tan feliz como ahora que mis hijos ya son mayores y tenemos todo el tiempo para nosotros. Sin embargo algunas veces creo vislumbrar la silueta de un descapotable. Entonces el corazón palpita a toda prisa y a mí se me escapa un susurro: Old Tjikko, Old Tjikko.

 

 

 

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