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19 min
TORNEO DE ESCRITORES semifinal 2
Varios |
04.05.18
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Sinopsis

Vota por el relato que más te guste, todos pueden votar.

 

En el Torneo de Escritores el público decide quien gana.  Vota por el relato que más te guste.  Anímate a votar, el duelo es más entretenido si hay varios votos, comentarios y opiniones. 

 

Semifinal 2

 

relato A “Odio de madre”

 

—Mamá, ¿cuándo limpiamos la piscina? — El pequeño Tommy, un chiquillo vivaracho y soñador, a unos días de cumplir los 9 años, contemplaba la lluviosa tarde otoñal a través del ventanal de su terraza.

—¿Limpiar la piscina…? —replicó su madre, con aire ausente—pero, hijo, si estamos a principios de diciembre…

—Ya, pero tú siempre dices que no hay que dejar para mañana lo que puedas hacer hoy…—insistió Tommy, ceñudo, mientras escudriñaba con melancolía el líquido rectángulo cuya superficie estaba alfombrada por una espesa capa de hojas procedente de los fornidos robles que la flanqueaban, amén de una decena de castaños de menor porte.  

—Sí, pero fíjate en los árboles—su madre se acercó hasta el ventanal—aún les quedan muchas hojas. Los robles suelen conservar bastantes a finales del otoño, cuando otros, como los castaños—señaló sus ramas desnudas— ya las perdieron muchas semanas atrás. Si quitamos ahora las que han caído, dentro de unos días tenemos otra capa nueva. Y, además, hasta que pueda usarse la piscina aún falta medio año…

—Tienes razón, mamá, como siempre—admitió Tommy con desgana—¿Quién sería el tipo listo al que se le ocurrió plantar robles y castaños alrededor de una piscina? Normalmente se plantan setos o cipreses enanos, de esos que llaman “cortavientos”, pero robles… ¿es que no sabían que tienen la curiosa costumbre de perder sus hojas?

Sara Robinson estalló en una espontánea carcajada ante el ocurrente y atinado razonamiento de su hijo. A veces, Tommy la sorprendía con esos certeros comentarios, pronunciados con un solemne rictus de seriedad. En esas ocasiones, el niño aparentaba bastante más años de los que tenía.

—Muy bien dicho, hijo, pero fíjate…hay algo que falla en tu razonamiento: ambos, tanto castaños como robles, sobre todo éstos, ya llevaban ahí unos cuantos años cuando se construyó la piscina. Lo raro, en todo caso, es que no los talasen, al menos, alguno…—concluyó, la señora Robinson, abarcando, con un gesto rotatorio de su brazo, la veintena de robustos ejemplares arbóreos, algunos casi centenarios.

—Cuando regrese papá de su viaje, lo convenceré para que tale alguno—Tommy imitó el manejo de una motosierra, al tiempo que remendaba el ronquido del aparato—o al menos, que corte las ramas que crecen hacia la piscina.

El rostro de la señora Robinson se ensombreció de pronto, ante la mención de su marido. Miró a su hijo con una expresión de alarmada tristeza.

—Tú padre no va a regresar en mucho tiempo, Tommy—su voz se entrecortó mientras acariciaba la cabeza del niño, enredando sus dedos entre los negros rizos—Eso…si es que regresa algún día—concluyó, casi en un susurro, cargado de amargura.

Tommy se apartó bruscamente, rechazando la caricia, y replicó furioso:

—Mamá, por favor, no vuelvas a decir eso. Claro que va a volver. Sólo hace siete días que se fue, y no se despidió de mí. —las lágrimas asomaron a los ojos del niño—Si no vuelve, no se lo voy a perdonar jamás. La próxima semana es mi cumpleaños. Seguro que aparece cuando menos lo esperemos, cargado de regalos.

—Yo que tú, no me haría muchas ilusiones, Tommy; mejor dicho, ninguna. No sé cuándo regresará tu padre, pero seguro que para tu cumpleaños no—Sara Robinson clavó la vista en el horizonte lejano, más allá de las copas de los robles. Su rostro se crispó en una expresión de rabia mal contenida—No sé cuándo regresará, porque ni él mismo lo sabía cuándo se fue. Esas fueron sus últimas palabras, antes de subirse al coche dónde lo esperaba la chica, lo recuerdo como si lo estuviera viendo ahora mismo.

Afuera, el viento continuaba arrojando espesas cortinas de agua contra el chalé y zarandeando las gruesas ramas de los robles. Cientos y cientos de hojas eran arrancadas sin piedad y arrojadas sobre la superficie del agua estancada. La densa alfombra vegetal que cubría por completo la piscina continuaba engrosando a buen ritmo.

Sara Robinson reprimió un escalofrío. La temperatura parecía haber descendido varios grados. Habían anunciado nevadas para la próxima semana.

—La chica que lo esperaba en el coche…—repitió Tommy con la mirada perdida, como sumido en una dolorosa ensoñación. —¿Quién era esa chica mamá? ... ¿Por qué se escapó papá con ella? —el niño se aferró con fuerza a la baranda del balcón hasta que sus nudillos se volvieron blancos.

—Ya te lo expliqué, Tommy…—en la voz de Sara había una buena dosis de hastío y cansancio—Desde que se jubiló hace unos meses, tu padre parecía aburrirse mucho. Ya tenía muy visto lo de casa, así que decidió buscar algo ahí fuera, algo que le animara la penosa rutina diaria. No me invento nada, hijo; esto, con palabras parecidas fue lo que me confesó ese sinvergüenza el día que lo pillé con esa jovencita. Santo Dios, si es que podía ser su hija, casi su nieta.

—Me lo contaste, mamá, es cierto, pero no termino de creérmelo. Quiero que me lo cuentes otra vez—Tommy habló con voz firme, preñada de ira, sin dejar de mirar fijamente las alborotadas bandadas de hojas aterrizando sobre el agua, como una insólita nevada de extraños copos lobulados.

—Érase una vez…—Sara Robinson recordó cuando le contaba cuentos para dormirlo y la voz se le quebró otra vez. —... una chica rubia y de ojos claros que respondía al nombre de Ivanka. La muchacha había llegado desde la lejana Rusia buscando su príncipe soñado. No tenía papeles, no tenía familia, estaba sola en el mundo. La niña era una auténtica preciosidad, poseía una belleza exótica y arrebatadora, fuera de lo común, llamaba la atención allá por dónde iba. Así, a la inocente doncella, la singular Dulcinea llegada desde la fría estepa siberiana, no le costó trabajo encontrar al solícito caballero andante dispuesto a dejarlo todo, incluidos mujer e hijo, para dedicarse por entero a su bella ninfa…

—…Y se marcharon a una lejana isla…—interrumpió Tommy, recordando lo que le contara su madre.

—“Me marcho, Sara, me voy con Ivanka. No sé muy bien a dónde. Seguramente, buscaremos una isla desierta y ahí nos perderemos, fuera de la civilización, lejos de todos y de todo. Mi vida ha sido un error tras otro, he vivido en la mentira. Ivanka me ha abierto los ojos.” Estas fueron sus palabras exactas, Tommy. —Declaró Sara con los ojos arrasados en lágrimas. —…”No intentéis contactar conmigo. —continuó rememorando Sara— Ya os llamaré yo cuando me parezca oportuno. De momento, necesito un largo tiempo para reflexionar. Despídeme de Tommy, dile que algún día volveré, pero no sé cuándo”.

—Ésas fueron sus últimas palabras, antes de subirse al taxi, con la maleta hecha a toda prisa. En el vehículo lo esperaba una Ivanka radiante, relamiéndose con una sonrisa de gata que ronronea satisfecha.  Y con las mismas, ambos se largaron camino del aeropuerto para tomar un avión rumbo a la aventura, con destino desconocido. Y así, a lo tonto, a lo tonto, ya ha pasado una semana, y al señor aún no le ha parecido oportuno ponerse en contacto con nosotros.

—¿Tú crees que volverá algún día, mamá? —Tommy, al igual que su madre, también empezaba a dudar.

—Es posible, hijo, es posible—Sara se resistía a romper los débiles hilos de esperanza a los que aún se aferraba Tommy—pero, no me preguntes cuando, porque no tengo ni idea…

Afuera, se redobló la furia del vendaval. Por un momento, el contorno poligonal de la piscina pareció desaparecer sepultado, literalmente, bajo los remolinos de hojas que giraban y giraban como diminutas bailarinas enloquecidas. Cuando, finalmente, retornó la calma, Sara y Tommy, inquietos tras el ventanal, contemplaron como la inmensa mayoría de las hojas, ocres y doradas, reposaban sobre el agua de la piscina y sus alrededores. De hecho, aquella parecía una olla gigantesca, llena a rebosar, sin que, por sitio alguno, se atisbaran trazas del líquido elemento.

—Mamá, de todas formas, hay una cosa que no te voy a perdonar…—exclamó Tommy, zafándose del abrazo de su madre y separándose del ventanal.

—¿Y qué cosa es ésa, si puede saberse…? —Sara se puso a la defensiva, esperando y temiendo la respuesta.

—Qué el día que papá se marchó me enviaras a casa de la tía Alicia. Por tu culpa, no pude despedirme.

Sara lo cogió de las manos y le habló mirándole a los ojos:

—Hijo, aunque ahora no puedas entenderlo, créeme si te digo que hice lo que me pareció mejor para todos, y pienso que no me equivoqué.

Tommy meneó la cabeza, no del todo convencido, pero al final asintió y se fundió en un abrazo con su madre.

                                    ************************

Al día siguiente, 3 de diciembre, amaneció una mañana radiante de sol. Después de desayunar, Tommy se marchó al colegio.

Sara esperó en el portal, como acostumbraba, hasta que el autobús escolar dobló la esquina y, a continuación, subió la escalera en cuatro saltos y penetró como una exhalación en el cuarto trastero que había permanecido cerrado durante la última semana.

Una vez allí, recogió el ordenador portátil y el móvil de su marido, además de un tercer objeto, el cual le había prestado una inestimable ayuda.

—Hay que ver, este marido mío que olvidadizo se ha vuelto últimamente. La belleza de Ivanka lo ha deslumbrado hasta cegarlo por completo. —una sonrisa maliciosa curvó sus labios, mientras descendía la escalera, ahora a un ritmo más pausado. — Menos mal que aquí estoy yo para ir recogiendo lo que deja tirado. Pues nada, ahora mismo corro a llevártelo, no te apures, maridito mío. Además, me encantará lucir cuernos esta Navidad, podré hacer de buey en el belén viviente o, incluso, de reno de Papá Noel.

Sara prorrumpió en sonoras carcajadas mientras traspasaba el umbral de la puerta y se acercaba a la piscina. Ahora se encontraba francamente animada, rebosante de energía y bienestar. Caminaba ligera como si flotara en una nube de extraña felicidad.

En pocas zancadas, se plantó delante de la escalerilla que emergía de la densa hojarasca flotante y arrojó a la piscina el móvil y el ordenador de su marido. Días atrás, había hecho lo mismo con dos grandes maletas llenas a reventar con sus trajes y zapatos, así como documentos y otros efectos personales.

Su gesto desafiante recordó la formidable estampa de alguna antigua sacerdotisa ofreciendo un sacrificio a los dioses. Cual descomunal planta carnívora, la nutrida capa de hojas los engulló, rápidamente, tras un fugaz chapoteo que sonó muy amortiguado.

—Hala, par de tortolitos, ahí os mando eso, para que os entretengáis un rato. Me imagino que ahí abajo las horas se os harán muy largas. De todas formas, no os quejaréis, eh parejita, tanto que os gustaba estar juntos; ahí, tan arrulladitos, sin que nada ni nadie os moleste.

A continuación, Sara introdujo la mano en el bolso y extrajo la pequeña, pero eficaz, pistola del calibre 22. La contempló apreciativamente agradeciéndole los  servicios prestados en la exitosa resolución de aquel enojoso asunto. En ese momento, recordó las palabras de su padre: “Sara, procura que en tu casa nunca falte una buena arma. En los tiempos que corren, uno nunca sabe cuándo la va a necesitar.” Y terminaba parodiando la famosa frase bíblica: “Estad preparados, porque no sabéis el día ni la hora”.

—Cuánta razón tenías, papá. Además de buen padre y marido ejemplar, no como otros, has resultado ser un extraordinario profeta.

Estas últimas palabras las murmuró como una oración de despedida y cierre, y después, no sin cierto pesar, lanzó el arma del crimen a las fauces de la insaciable hojarasca acuática.

Nuevas bandadas de hojas, ahora ya mucho menos numerosas y más esporádicas, continuaban aterrizando sobre la superficie de la piscina. “Las últimas paladas de tierra…”, discurrió Sara Robinson, súbitamente poseída por un arrebato de macabra inspiración.

Y a todo esto, se dijo, de cara al próximo verano, y puede que por algún verano más, tendría que convencer a Tommy para que hiciera uso de la piscina municipal.

 

FIN

 

 

relato B “El que no debió nacer”

 

—Tenemos que ir a salvarlo.

Los otros le miraron.

—Se lo debemos. Él nos sacó de allí. Ahora nos toca a nosotros rescatarle de esas entrañas.

—Él no es como nosotros. Siquiera sabemos si ahora habita el mismo lugar.

—Su conciencia está en el mismo estado.

Los tres quedaron pensativos, mirando cada uno hacia un lado. Pronunciarse era romper un silencio sagrado.

Él los había sacado del abismo. En la más pura oscuridad como inconsciencia, su simbólica mano uno a uno los agarró y sustrajo. La luz es temible para quien no entiende otro concepto, pero una vez habituados ya no sabían vivir de otro modo: la vida se mostraba eterna.

—Tenemos que salvarle —pronunció el tuerto de ellos—. Es cierto que se lo debemos.

—¿Cómo?

—Hay que moverse. La respuesta es fácil, aunque complejo resulte el proceso.

Sin cavilar más, se desplazaron de tal punto a otro. Después a otro. El proceso fue repetitivo, permitiéndolo una energía invisible.

 

En esa habitación del hospital había un espejo. Reflejaba al hombre encamado y a su acompañante, situado de pie a un lado de la cama, mirando de frente al reflejo. En una primera impresión se podía decir que tenían el mismo color de ojos. Un instante después no era así. La mirada del yaciente permanecía en el punto oblicuo del techo y la pared. No parpadeaba.

El acompañante susurraba al oído del supino hombre. Parecía un confidente que gusta de recordar a cada rato sus secretos en común, regodeado con una sonrisa a juego de la que faltaba baba recorriendo la barbilla.

Los tres entraron en la habitación. Como puestos de acuerdo, se colocaron en triangular simetría frente a los pies de la cama.

El que no debió nacer susurró de nuevo cerca del oído del ingresado. Los tres lo miraban, y reconocieron un hermano al tiempo que a un enemigo: la sangre traidora.

—¿Por qué considerarme un traidor? —se pronunció el susurrador hacia ellos.

No supieron qué decir. El tuerto, el joven y el veterano. Sucesivamente ellos tres estuvieron antes en la ubicación en la que ese cuarto hombre se hallaba ahora.

—Lo estás matando —dijo el veterano—. Tu labia le está cambiando la mente, transforma su forma de ser.

—Es lo lógico —se defendió.

—Tus palabras borran lo que una vez fue —aseguró el tuerto—. Eso es asesinar sin dejar rastro.

—Pero nosotros lo sabemos —quiso añadir el joven.

El silencio se apoderó de la estancia. Se observaron como en un duelo. Eso permitió apreciar que la cara del enemigo se parecía a la de él, a quien tanto respetaban y que ahora yacía por culpa de un accidente. Ese rostro mimético los observaba con la mirada fija, no delatando pensar o siquiera evocar un ápice de vida.

—Lo estás cambiando —dijo el joven en voz baja, apartando la mirada hacia el suelo. Eso creó un nuevo aunque breve silencio.

—Cambiar no tiene porqué significar nada malo —dijo condescendiente el pronto imitador, acaso suplantador.

—En este caso lo es —amenazó el tuerto—. Y por ello debemos detenerte.

—¿Cómo? —dijo el susurrador realzando la sonrisa—. Y en todo caso, es un proceso natural. Así debe ser, pero no lo entenderéis porque así no fue en vuestro caso, mediocres.

Las palabras provocaron al veterano, que se adelantó en su posición. Distinguió mejor el rostro de aquel provocador, que ya asimilaba la expresión y cierto tic en el labio de quien pretendían salvar.

“Basta”.

Quien se hallaba en la cama se había pronunciado. Sus ojos mostraban animación y se dirigían saltando en cada uno de ellos. Su boca se retorcía hacia abajo.

—Hemos venido a salvarte —apresuró a decir el joven.

“No asumáis. Os lo digo a los cuatro. Vosotros tres. Se nota vuestra inexperiencia sobre este mundo. No os puedo culpar. Era yo el incapaz de comprenderlo. Quizá ahora comprendo un poco mejor. Sólo un poco.”.

—Te está suplantando —dijo el veterano—. Toma tu rostro y llena tu mente de lo que se le antoja.

“Es su naturaleza. No puedes impedir a nadie que sea como ha nacido. Contrariar su modo de ser es dañarlo. No reprimas, no te reduzcas. Tienes que ayudar para ensancharte.”.

—¿Deseas que te absorba? —comentó el tuerto—. Que te elimine copiándote. Que suprima lo que una vez fuiste.

“¿Por qué tiene que ser malo? Es el siguiente paso. Este accidente está cambiando mi perspectiva, y la casualidad del nacimiento de quien teméis en el mismo periodo hace pensar en el destino, un recurso inventado para seguir auto-convenciéndome que soy único entre iguales. Sigo sin aportar nada realmente nuevo, pero mi convicción convencerá al mundo de lo contrario. Lo transformaré, aunque eso no signifique que es mi existencia lo que hace girar el Todo. ¿Acaso hago daño a alguien pensando así?”.

Dejadme en paz de una vez.

Y la luz los inundó.

En la habitación del hospital ya no había nadie. El accidentado había sido dado de alta.

 

Días después se acicalaba frente al espejo. Seguía sin gustarle mirar un reflejo. Su mujer le había comentado que era porque no toleraba pensar en la posibilidad de que pudiera haber otro como él por algún lugar, de tanto ego que tenía comprimido por a saber qué lugar de su interior. Se reía con sorna como respuesta, aprovechando para apartar la mirada de ese yo que por siempre resultaría en su mejor imitador posible. Cuando quedaba a solas, pensaba en lo que decía su mujer, y se justificaba en silencio que quizá fuese porque en verdad tenía un ego tan abrumador que no soportaba verlo. No había espejo que abarcase tanto.

¿Pero es malo tenerse en tan alta estima? Intentaba no mezclar el egocentrismo con el egoísmo. Seguía aportando a la sociedad y ayudando para demostrar que la honestidad bien puede ser compatible o incluso nacer del ego. En esos días podría demostrarlo mejor gracias al éxito de su última obra.

Agarró y apretó con la mano su cadera. De vez en cuando le daban pinchazos de dolor que iban y venían como las imágenes del mundo dando vueltas dentro del coche. Cerró los ojos y se centró en su respiración. Sólo existía el aire entrando y saliendo. La garganta dominando el dolor hasta que desapareció. Abrió los ojos e imágenes de presentación y codeo con otros artistas lograron evadirlo. Había sucedido durante esos días, pero ya quedaba lejano, acaso como si no hubiera coincido tales hechos en el mismo periodo.

El origen de la genialidad de su última creación no podía ser explicada. Había nacido del mismo lugar que sus anteriores obras: de la nada. Sucedía así, espontáneo, simultáneo con el tiempo que se rige en la realidad junto al imaginario. El truco de lo abstracto que sorprende de nuevo a la vida, a pesar de estar tan curtida en evolución creativa.

Sin embargo, esta última obra le estaba brindando la solvencia que era objetivo desde hacía tanto. Era diferente a las anteriores, y sin embargo era la que más se parecía a él. Tenía más de su propia esencia que ninguna otra, cuando es bien sabido que las obras iniciales suelen ser egocéntricas a como lo haría un niño del que piensa que todo existe debido a él.

Se armó de valor y giró hacia el espejo para terminar de arreglarse.

Alegorías de dejarse llevar le condujeron a pensar en dobles suplantadores o Doppelgängers, la historia del gemelo demasiado idéntico como para ser posible, lo que conlleva a una malignidad. Sonrió admirado por su propia imaginación, deduciendo que ese asunto no tendría el porqué ser malo o incluso diabólico, puesto que ser el clon o no significaba lo mismo, que ser el idéntico de otro conlleva a ser igual de valioso. Una vez más, como en todo arte, depende del enfoque que se le dé.

 

 

En ese lugar de lo abstracto, permanecen los cuatro. El veterano, el tuerto, el joven y él. Están hechos de la misma esencia, y suelen tener las mismas ideas aunque cada uno las lleve de modo diferente en la práctica. De vez en cuando se les solicita, etapas esporádicas que les llenan de vitalidad gracias al recuerdo. Él está a gusto, pues ya forma parte de la eternidad, aunque ésta dure breves periodos de tiempo.

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