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22 min
TORNEO DE ESCRITORES semifinal 3
Varios |
06.05.18
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Sinopsis

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relato A “Olor a ella”

 

La asisten en el parto dos mujeres: una es matrona, la otra sirve en la casa y está para ayudar en lo que sea menester.

El marido no está con ella en la habitación, pues estamos en una época en la que los hombres deben permanecer fuera y solo es tolerada la presencia de varón si éste es médico. Incluso en caso de bautismo de urgencia, Dios no lo quiera en el caso que nos ocupa, ni siquiera es necesaria la presencia de un cura, pues están las matronas instruidas en los sacramentos y vienen provistas de agua de socorro traída de la iglesia para evitar que el alma de la malograda criatura quede atrapada en el limbo...  

El inquieto marido recorre una y otra vez el largo corredor de cuyas paredes penden umbrosos retratos de familiares ya difuntos persistidos por la magia de la fotografía y podría jurar que le miran y le hablan con voces delusorias vaticinándole que el parto, esta vez sí, irá bien…

El dormitorio en el que la mujer va a parir huele ligeramente a orines. El foco del olor es un orinal ubicado bajo la cama. Y es que tener que levantarse en plena noche abandonando la tibieza de sábanas, cobertores y la que la unión de los cuerpos proporciona, contraviniendo la recomienda del médico de guardar reposo absoluto y atravesar el pasillo afantasmado y helador para ir al retrete, además de una grave imprudencia, por ser el suyo un embarazo de alto riesgo, supone todo un reto en este invierno tan crudo. Pero ya es un olor aceptado y no es percibido ni siquiera mínimamente molesto por los que allí moran, porque su identidad, dulzona y acre a un tiempo, forma ya parte del ambiente como algo natural. A este olor hay que adjuntársele el del sudor que emana de la parturienta, por las muchas horas de esforzado parto en el que la fiebre ha perlado de sudor su piel de parafina.

 

En el dormitorio, sobre la mesilla de luz, una mariposa relumbra como una luciérnaga dispersando destellos acuosos sobre las encaladas paredes: es un voto a San Ramón Nonato, patrón de las embarazadas y las parturientas, para que interceda por la que  ahora, postrada en la cama, sudorosa y enfebrecida, sufre los embates de las contracciones.

Se ha apagado la mariposa y la parturienta implora para que la vuelvan a encender y pide que viertan más aceite en el vaso para vigorizar la llama. Teme que el apagón sea obra del maligno, ya que ninguna corriente de aire ha podido sofocar la llama, como no haya sido causado dicho sofoco por demoníaco soplo, ¿acaso no sucedió idéntico fenómeno cuando se le murió un hijo estrangulado con el cordón umbilical que, como una sierpe constrictora, se enroscó en el cuello asfixiándolo?, ¿es que no se apagó inexplicablemente la llama de la mariposa aquella fatídica noche cuando sintió agudas punzadas en su vientre, por segunda vez fecundado, y tuvieron que sacarle de su seno el cuerpecito inerte y prematuro de su hijo nonato?

Entre contracción y contracción se pregunta por qué Dios consiente que quede preñada y que sienta en sus entrañas la génesis de una vida que va formándose segundo a segundo; configurándose sus órganos y sus extremidades todas, para después, ¿alguien lo entiende?, arrebatársela, desbaratando el sacrosanto vínculo existente entre una madre y su hijo, privándola de lo que más ama; arruinando el portentoso milagro que una vida es; dejándola asolada, con un vacío inconmensurable, presa de una tristeza sin parangón…

Piensa que tanta desgracia debe ser un castigo divino por algún acto pecaminoso que hubiera cometido, pero ¿qué mal hizo esta mujer?, porque por más que busca algo punitivo en su vida pasada no lo encuentra: ¿será acaso de la otra parte el pecado y ha de ser mancomunada la culpa?, y por esa supuesta culpa ¿tendrán que volver a sufrir la pérdida de otro hijo?...  

Por enésima vez invoca a San Ramón Nonato para que interceda por ella ante el altísimo y obre el milagro de que esa noche le nazca un hijo sano que llene de luz su corazón. 

—Protégeme a mí y a al hijo de mis entrañas ahora y durante el parto que se aproxima (…) Escucha mis plegarias amante protector mío, San Ramón Nonato y hazme una madre feliz de este hijo que espero dar a luz por medio de tu poderosa intercesión— salmodia la mujer sin apartar la vista de la estampa del santo, que está sobre la mesilla, en la que aparece representado con un candado en la boca, vestido con cardenalicias ropas y portando en la siniestra mano una custodia y en la diestra la palma del martirio.

Tiembla la lengüita de fuego de la mariposa. En esta ocasión no por maligno influjo, sino por mor del desplazamiento de aires, porque la asistenta acaba de abrir la puerta. La luz lánguida que arroja las bujías péndulas del techo del dormitorio acuchilla un ángulo frío y vacante del corredor durante un lapso de tiempo muy breve, porque, rápidamente, la mujer cierra la puerta cual fiel cancerbera de féminas intimidades y desaparece para regresar poco después provista de sábanas limpias y de una palangana con agua caliente cuyos lechosos vapores forman trabazón con las grises volutas de humo del cigarro que el hombre está fumando, anublándose, aun más si cabe, los desvaídos rostros de los antepasados efigiados en las fotografías que cuelgan de las paredes a lo largo del corredor.

— En el comedor he dispuesto una sopera con caldo de gallina: debería usted cenar algo —recomienda la solícita asistenta, que, al llevar las manos ocupadas, le hace un gesto con la mirada para que la ayude con la puerta, oportunidad que aprovechará el hombre para echar una furtiva y estéril ojeada al interior de la alcoba.

No tiene hambre pero sí el estómago desangelado y un caldo de gallina bien caliente no habrá de sentarle mal.

Tras dar buena cuenta de la nutricia sopa bajará un momento a la taberna, por despabilarse, porque a punto ha estado de quedarse dormido en la mesa mientras cenaba o quizás ha dado alguna que otra cabezada, no recuerda.

Coge sombrero y abrigo y sale.

La taberna está a la vuelta de la esquina. Tañe la campana de una iglesia lejana anunciando que son las diez y propiciando, con el broncíneo ding dong, el aullido de un perro… 

En la taberna alguien le pregunta si ya nació el crio. Como contestación escueta y gráfica a la consulta formulada niega con la cabeza y le cuenta lo que a él le han dicho: que la cosa va para largo, de ahí que haya bajado a despejarse un poco y tomar un aguardiente, aunque con la juiciosa intención de regresar pronto a casa, por si en su breve ausencia ha habido novedades.  

No las hubo y todo sigue tal y como estaba antes de marcharse y de nuevo desfila pasillo arriba y pasillo abajo como un centinela haciendo guardia a la espera de que, de un momento a otro, llegue la hora de la dicha o, Dios no lo permita, del infortunio…

Al abrirse la puerta se estremece la llama de la mariposa que se extingue trazando en el aire un efímero y zigzagueante garabato de humo negro. Es la matrona la que sale. No trae buena cara; se la ve circunspecta y seria, tal vez sea el cansancio, pero por desgracia no será solo eso…

— ¡Señor, esto no pinta bien, no pinta bien… vaya en busca del doctor, no pierda tiempo y corra en busca del doctor!—suplica alarmada la partera que trata de escamotear inútilmente con las manos las  manchas de sangre que salpican su delantal.

Sale como una exhalación dejando en el perchero sombrero y abrigo, que solo habrían de estorbarle en su esforzada marcha calle arriba en busca del doctor.

Por fin llega. El doctor seguramente estará durmiendo pues pasa ya de la una. Pobre hombre, habrá que sacarlo de la cama.

Llama a la puerta, una, dos, tres veces…

Arriba se enciende una luz. El doctor se asoma a la ventana y al ver el rostro desesperado de quien ha estado llamando comprende de inmediato que se trata de una urgencia médica.

—Enseguida bajo— dice el buen doctor, haciendo honor al hipocrático juramento, porque ni siquiera ha mostrado en el tono de sus palabras un ápice de comprensible fastidio porque le hayan sacado de la cama a tan intempestiva hora, antes al contrario: ese “enseguida bajo” ha estado desprovisto de cualquier atisbo de reproche como debe ser propio en un médico vocacional como es su caso.

Sale el galeno a medio vestir abotonándose el gabán con una mano y cerciorándose con la otra de que todo está en orden y no falta nada en su maletín negro de médico que refulge a la luz de una farola como un escarabajo grande y redondo.

El doctor cierra su casa y parten.

Una puerta se cierra y otra se abre: es la del dormitorio de la casa de este hombre infortunado. En el umbral aguarda la matrona, afligida, contrariada; tras ella, sentada en una silla, está la asistenta que gimotea desconsolada.

Entra primero el doctor, después pasará nuestro hombre que ya tiene el semblante demudado. Entra y al ver la dramática escena se derrumba, cae de hinojos, se lleva las manos a la cara sollozando…

El doctor sabe que no va a ser necesario y aun así realiza un somero análisis: ausculta el pecho de la mujer y niega con la cabeza, después hace lo propio con el breve pechito violáceo de la criatura que yace sobre ella: madre e hijo están muertos, extremo que certifica con el gesto que acaba de hacer de cubrir los cuerpos con una sábana.

— ¡Resignación!—, es lo único que se le ocurre decir al doctor, ¡resignación! y, fraternalmente le pone una mano en el hombro a este hombre que acaba de perderlo todo.

— ¡Despierte, despierte!— dice la asistenta—, ¡despierte usted!

Desorientado mira en derredor y cae en la cuenta de que no está en el dormitorio sino que se encuentra en el comedor, sentado a la mesa, junto a un plato de sopa aún humeante. Mira la hora  y ve que son las diez y veinte de la noche.

—Se quedó usted dormido, señor. ¡Pero venga, sígame, sígame, la cosa se adelantó más de lo previsto!

Recorre en dos zancadas el largo corredor y oye, podría jurarlo, las voces etéreas de sus seres queridos que, desde las molduras labradas que encuadran los rostros de color sepia, le anuncian que todo ha ido bien, como habían vaticinado.

La asistenta, ahora sí, le abre la puerta. Ya puede pasar.

En la cama, feliz y sonriente, está su mujer. La ve radiante, con una hermosura prístina, inabarcable, poetizada...

Cuando cruzan las miradas brotan de los melados ojos de ella lágrimas felices, diminutos prismas llenos de luz y sal. 

—Aquí tienes a tu hijo— dice con orgullo la mujer mostrando a un bebé que mama ávido de los turgentes y tibios pechos de su madre.

El hombre se acerca y la besa cálidamente, después besa la fragante coronilla de su hijo.

La mujer ya no emana ese olor acerbo de los estados febriles y advierte que ha desaparecido por completo el sutil olor a orines que invadía el cuarto. Ahora la habitación entera, la casa toda, huele a maternidad, a calostro, a tibieza, huele a vida, huele a ella…

En la mesilla de luz, junto a la estampa de San Ramón Nonato, resplandece una mariposa.

 

 

relato B “La mesa”

 

Doña Angelina fue ama de casa toda su vida y llevaba dos años viuda. Tras la muerte de su marido, su mundo se vino abajo. Perdió a su compañero y su vida misma. A sus setenta y dos años tenía todo el tiempo del mundo, pero carecía de energía y de ánimo para levantarse de la cama por las mañanas. De golpe se vio obligada a acostumbrarse a una monotonía más simple de la que estaba acostumbrada y al silencio absoluto. Su rutina se reducía a largas horas frente al televisor y a una caminata de quince minutos al supermercado para comprar los ingredientes de la cocina del día. Cada día era igual al anterior y el mañana era predecible.

 

Cocinar era la última flama de su fuego, que lentamente se extinguía. No había nadie que le pidiera más ni que le diera las gracias por una comida maravillosa. No le gustaba lo que preparaba porque todo le sabía igual. Con el paso de los años el sentido del gusto muere, igual que los otros cuatro. La última vez que fue al supermercado se vio tentada a comprar algo ya hecho, o a comer en la fonda de la esquina. No lo hizo porque dejar la cocina era darse por vencida y todavía no estaba dispuesta a hacerlo.

Carlos, su hijo, le hablaba los miércoles y le hacía el favor de sacarla dos veces al mes. Ella no exigía más tiempo, a lo mucho soltaba indirectas para verlo más seguido; indirectas que su hijo entendía bien pero se hacía el desentendido. Sabía bien que la prioridad de Carlos  eran la esposa y a la niña. Carlos trabajaba de lunes a viernes y además de la familia tenía otros compromisos.

 

El invierno llegó con fuerza desmedida. En un programa de televisión dedicado a las amas de casa vio una mesa con calentador; un kotatsu. Una cobija cubría la mesa hasta el suelo y el calor se quedaba encerrado, la señora que lo usaba se veía feliz.

 

–Es una mesita que te mantiene los pies bien calientitos– Doña Angelina le contó emocionada a su hijo por teléfono.  

 

Carlos accedió a comprarle la mesa. Angelina esperó el día ansiosa, como adolescente enamorada junto al teléfono. Las noches eran cada vez más frías y veía la mesa anunciada varias veces al día. Cuando por fin llegó el día dedicaron el día a los pendientes familiares y a la niña, tuvo que recordarles dos veces que habían acordado pasar por su mesa con tecnología japonesa. Fueron cansados y de mala gana.

 

Era casi igual a la que había visto en televisión. No; era mejor, pues la pudo probar e incluso pudo elegir el color de la cobija que mantenía el calor.

Al llegar a casa de la abuela, Carlos bajó la caja de la cajuela y la abuela la agarró. –No mamá, yo la subo. Te la armo rápido– ofreció Carlos pero la niña  lloraba y la esposa estaba enfadada.

 

–Hijo no te preocupes, no pesa. Solo métela al elevador y yo la subo. Anda, que tu mujer me está haciendo caras desde que fuimos a comprarla.

 

–Ay mamá, siempre dices lo mismo– reclamó Carlos en voz baja, temeroso de que su esposa hubiera escuchado.

 

–Pues es verdad. Además, el otro día que la vi me dijo que…

 

–Cállate por favor, te va a oír –interrumpió Carlos y la alejó del vehículo.

 

 Carlos insistió de mala gana en subirle la mesa, pero su esposa lo llamó. Se despidió de su madre desde el coche ya en movimiento. Asunción olvidó el mal rato al ver la foto de su tan esperada adquisición sobre la enorme caja.

 

Salió del elevador, la arrastró hasta la puerta de su departamento y la metió. Buscó donde ponerla pero la vieja mesa de centro estorbaba. La jaló por el pasillo y regresó a la sala a buscar un lugar para la mesa vieja. Pesaba demasiado. Había que mover varios muebles pero tenía que ir al baño primero. Se metió y cerró la puerta; dos años viviendo sola no cambiarían las costumbres de toda una vida. Un ruido la asustó; algo se había caído. Acabo, se levantó y giró la manija, pero la puerta no se movió. Revisó el seguro y trató de abrir otra vez. Empujó con el hombro sin éxito. Intentó con la cadera y luego se sentó. Era la primera vez que se atoraba esa puerta. No había problema con la manija. Cuando empujaba con el hombro, la parte de arriba de la puerta se abría un poco. Mientras empujaba con los pies lo comprendió.

Mi mesita.

 

El ruido que escuchó al cerrar era la mesa que acomodó en el pasillo. Encajaba a la perfección en el espacio entre la puerta del baño, la manija y la pared del pasillo. Asunción golpeó con todas sus fuerzas. Pateó, empujó y cuando se dio cuenta que no podría salir por cuenta propia gritó.

–¡Auxilio! ¡Estoy encerrada! ¡Sáquenme!

 Esperó diez minutos y volvió a gritar. Vivía en el último piso. El departamento del frente estaba vacío así que tendrían que ser los vecinos de abajo quienes fueran por ella, un matrimonio joven sin hijos. No había ventana en el baño, solo un pequeño extractor de aire. Estaba encerrada en un espacio dedicado exclusivamente para sentarse, el lavamanos estaba afuera. Se hincó y gritó al suelo. Pegó el oído para ver si escuchaba algo. Era domingo en la noche, no tardarían en regresar. Se sentó a esperar y comenzó a perder la paciencia. Sus puños se azotaron en la madera hasta que se lastimó el meñique derecho. La lluvia de puñetazos cesó y se sobó la mano. Pateó la puerta sentada y después trató de empujarla con ambas piernas. Se sentó en el suelo y empujó hasta sentir que se iba a romper la espalda. Gritó y pataleó hasta que sus piernas le dolieron. Le dolía la garganta y la cabeza de tanto gritar. La madera era resistente, talvez con un martillo podría romperla; jamás con sus débiles nudillos. Buscó algo que cupiera por debajo de la puerta para tratar de mover el obstáculo.

Trató de engañarse con la idea de que Carlos regresaría. Se calmó un poco y se quedó sentada esperándolo. Perdió la cuenta de los minutos. Se dio cuenta que pasaría la noche ahí. No podía creer que nadie escuchara el alboroto.

¿Cuánto tiempo me voy a quedar aquí?

 

No se escuchaba rastro alguno de los vecinos. Era probable que no se escuchara nada de departamento a departamento. No recordaba haberlos escuchado antes, pero ella era vieja.

Talvez ya están dormidos.

 

Gritó hasta lastimarse la garganta, como nunca antes lo había hecho. Las lágrimas salieron por la impotencia. Se tiró al suelo y gritó como su nieta cuando quería algo pero todo fue en vano.

Maldita puerta. Si no fuera por la puerta podría salir. Solo estorba. Vivo sola, no necesito puertas. Tan pronto salga voy a quitar todas las puertas.

 

Tenía sueño, frío y sed. Había gritado mucho y el suéter que traía no calentaba. Era de madrugada y los vecinos no estaban.

¿Son vacaciones?

 

No recordaba la fecha, todos sus días eran iguales. Si fuera así, los vecinos podrían estar de viaje un par de días, o no podían oírla; ambos escenarios eran tétricos. El interruptor de la luz estaba afuera, quería apagarla para tratar de dormir. Se sentó en el suelo y estiró las piernas como pudo. Dormitó un rato. Despertó sedienta. Se resistió a tomar agua hasta que el cuerpo lo exigió. Levanto la tapa donde se almacena el agua y admiró lo negruzco del interior.

Tengo que lavar esto, ya está muy viejo. Mejor cambio todo el escusado.

La sed era intolerable. Metió la mano. Antes de beber lo recapacitó y jalo la palanca para beber solo el agua que cayera en su mano mientras el tanque se llenaba. Sabía igual que aquella de la cocina, era el hecho de beber el agua destinada para otro uso lo que le daba asco.

Estúpida mesa. Es mi castigo por comprar cosas que no necesito. Yo ya no necesito nada.

 

La sed había cesado y ahora las tripas comenzaban a pedir cualquier cosa, lo que fuera.

¿Cuánto tiempo llevo aquí?

 

Con la garganta hidratada pudo volver a gritar y a golpear. El agua le dio fuerzas y coraje. Lo hizo con más intensidad que antes pues sabía que si no la escuchaban no saldría.

Ya no hacía tanto frío.

Creo que está saliendo el sol.

 

Estiró brazos y piernas. Su suerte iba cambiando: perdió el asco al agua del retrete y ya no tenía frío. Con el aumento de la temperatura bebió agua sin dudarlo. Miró con detenimiento la puerta poniendo especial atención a las bisagras. Solo había dos posibles escenarios, ser rescatada o vencer la puerta. Trató de quitar los tornillos de las bisagras con sus uñas y después con su anillo de matrimonio. Lo único que consiguió fue rayar la pintura y romperse una uña.

Tenía una vida aburrida, pero estar encerrada por horas fue el aburrimiento más grande que había experimentado. Era una mujer aburrida, pero libre.

Soy libre.

 

Si quisiera, podría seguir yendo al centro de la tercera edad y salir con las demás abuelas. Podría incluso retomar las clases de natación o tomar algún curso nuevo.

Puedo hacer lo que yo quiera.

Tan pronto saliera, retomaría el curso de su vida; de lo que le quedara de vida. Entró en trance vislumbrando sus futuros logros.

 

Gritó un par de veces y golpeó la puerta con la palma, ya no con el puño. Poco a poco volvió a hacer frío. Le dolía la espalda, la cadera, el cuello y la cabeza. Estornudó. Rechazó por completo pasar otra noche atrapada. Concentró toda su energía en la voz para gritar. Alternó el suelo con el extractor. Ni vecinos ni desconocidos acudieron al llamado de auxilio. Un escalofrío la recorrió desde el estómago hasta el cuello.

¿Otra noche? No... no por dios.                      

Eso no le sucedía a la gente joven. Tan torpe, tan lenta, tan nada. Solo un vejestorio podría acorralarse de esa forma.

Vieja y tonta, por eso estoy sola.

 

Al no ser rival para la madera, se golpeó los muslos. Nadie había notado su ausencia y nadie tenía porque hacerlo. Podrían pasar semanas antes de que Carlos fuera en persona a buscarla.

No le importo. No le importo a él ni a nadie.

 

La luz le rasguñaba los ojos. Levantó la tapa, se paró en el retrete y tocó el foco. Se quemó. Se cubrió la mano con su suéter y trato de quitarlo. Se quitó un zapato, se volvió a subir y le dio un golpe. La bombilla explotó. Al asustarse perdió el equilibrio y resbaló. Todo su peso recayó en su pie izquierdo; su tobillo se quebró. El dolor era insoportable.

Me duele. Hace frío.

 

Lloró de miedo y de dolor. Había acumulado años de lágrimas y las sacó todas juntas. El llanto le trajo un leve alivio. La oscuridad total la ayudó a calmarse.

Tocó la puerta y se rindió. No tenía ni la voluntad ni las fuerzas. La temperatura subió. Estaba exhausta. La falta de luz aligeró su carga por ratos, y por ratos la jaló a la locura. Por momentos no sabía si estaba dormida o despierta. Sin luz podría dormir por periodos prolongados pero el dolor del pie era intolerable. Recordó a su familia y a su niño, no al canalla de Carlos.

Malparido. Cretino. Es su culpa, no la mía.

 

Sonó el teléfono. Sería la noche del miércoles. Sonó dos veces y el sonido cesó.

¿Eso es todo? Es la primera vez que no le contesto el teléfono.

 

Por primera vez en tres días pudo reír. Su risa se tornó en una carcajada desenfrenada. Se le salieron las lágrimas. La risa la ayudó a relajarse. Le dieron agruras por tomar tanta agua, no había nada que digerir. Vomitó. La sustancia no era espesa en lo más mínimo. Con los intervalos de frío y calor los estornudos fueron más frecuentes. No podía mover el pie y el dolor aumentaba. Le dolió la garganta y le empezó a doler el pecho.

No es culpa de Carlos; él tiene su vida. No es culpa de mi mesita ni de la puerta. Tampoco es mi culpa, soy solo una anciana. Fue mala suerte nada más.

 

El dolor se calmó, perdió el apetito y su cuerpo se volvió ligero. Su marido le sonrió y le dio la mano.

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