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15 min
Tragedia de Caín y Abel,
Amor |
01.09.13
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Sinopsis

porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

(Antes: él no me había advertido cuando le descubro pero sale corriendo entre los camiones estacionados y me lanzo tras él y aunque corro a todo lo que doy le sigo a veinte pasos de distancia y entonces él trata de escalar una pared de ladrillo para salir afuera del patio pero resbala aunque luego recupera suelo y toma nuevo impulso entonces le alcanzo y le agarro del tobillo derecho del que tiro con fuerza hacia abajo hacia mí y él se coloca de rodillas sobre el lomo de la pared y trata de recuperar la pierna tomada aunque yo agarro fuertemente el tobillo y tiro y él ahora se recuesta  sobre el lado libre de mi voluntad y se ayuda con las manos abarcando la rodilla para recogerla con toda su fuerza hacia sí y recuperar su pierna perdida pero tengo el tobillo bien sujeto y entonces él me suelta una coz; en el pómulo izquierdo, quedo sonado, no veo ni oigo, aturdido, un pitido aúlla dentro de la cabeza, pero no suelto el tobillo; muerdo la pantorrilla con rabia para ayudarme y me repongo cuando luego me suelta otra coz, entre los ojos y la nariz, me palpo la nariz, dolor agudo, punzante, ¡ay!, intenso; no puedo, tengo que soltar, suelto, me sujeto la nariz, y él se incorpora y salta afuera al campo libre y corre hacia la barriada y yo me palpo la nariz que aunque sensible y tumefacta no parece rota y me incorporo y salto la pared y corro detrás de él hacia los arrabales cercanos de la ciudad, abandonando las terminales aeroportuarias; voy sacando la pistola de la parte de atrás del pantalón).

Acto (único).

Una habitación que no recibe luz natural, posiblemente un sótano; del techo cuelga un cable del que pende una bombilla enroscada bajo un amplio disco metálico que dirige la luz hacia abajo proyectando sombras alargadas; junto a la pared de la izquierda del escenario se apoyan varios baúles y arcones, algunos apilados; otro baúl está colocado en el centro del escenario debajo de la lámpara, al fondo la pared desnuda, en el lado derecho hay una puerta metálica corredera.

Entran Alondro seguido de Cayo, de pareja constitución y edad, vestidos con pantalón y camisa de manga corta, ambos jadeantes y con la ropa descolocada, despeinados  y sudorosos, uno con la nariz amoratada y otro cojea ostensiblemente. Alondro se sienta sobre un arcón junto a la pared, la mano sobre el tobillo; Cayo ora de pie, ora sentado en el baúl central, no le pierde la cara, siempre lleva una pistola en la mano.

CAYO. -Si lo intentas otra vez te mato (con un gesto le muestra la pistola).

ALONDRO. -Me has hecho daño, me has mordido.

C. -Lo creo, vale por mi nariz; bien, ahora escúchame con atención: toda la policía de Irra te busca, estás cercado; mis compañeros no tardarán en dar con nosotros, no tienes ninguna escapatoria.

A. -¡Déjame!

C. -¡Ja!, ha sido una suerte encontrarte antes que nadie ¿qué hacías? ¡qué suerte he tenido! ¡Ja, ja, qué bueno! Y estoy pensando que a lo mejor tú me puedes solucionar la vida...

A. -Déjame marchar, tus compañeros me quieren matar ¡se han equivocado de persona, lo puedo demostrar!

C. –…y yo te puedo ayudar a salir de esta ratonera (no podrás, tú ya no estás para probanzas… y a mi edad el desprecio es un lujo imperdonable y esta ocasión es la soñada); pon atención, te lo voy a repetir: hay una salida para ti si yo te ayudo.

A. –¿Pero qué es lo que quieres?, te vuelvo a decir que yo no

C. –(Interrumpe) Vamos a ver, idiota, es la última vez: ayer y hoy has aparecido en las noticias de todas las televisiones saliendo por la puerta de una entidad bancaria de Irra que estaba rodeada de vehículos policiales y ambulancias y tenía el cielo saturado de helicópteros, cargado con una gran bolsa de deporte y parapetado tras una joven a la que apresabas por el cuello encañonándola con una pistola, por cierto, ¿y la pistola?, la habrás dejado junto con el dinero, ¿eh?

A. -No voy a hablar hasta que no venga mi abogado.

C. –No estás detenido todavía (se sienta sobre un baúl frente a A., debajo la lámpara); escúchame de una vez, te estoy proponiendo una asociación; es muy sencillo, yo te saco de aquí escondido en mi coche policial y tú repartes el botín conmigo; no tenemos mucho tiempo. Pero si no te avienes tampoco verás a tu abogado, ni a nadie, la verdad.

A. –Entonces eres un policía corrupto.

C. -¡Y tú un probo ciudadano! Sí, y qué, y cómo no si te place ¿o crees que con mi sueldo ridículo no voy a aprovechar un golpe de la suerte, que después de veinticinco años jugándomela en la calle cada día persiguiendo a locos peligrosos debo rechazar lo que el azar me ofrece? ¿acaso mi esposa y mi hija no merecen que les sonría la vida una vez? ¿no vemos cómo los mandos roban a lo elegante y les piropean?; soy un policía corrupto porque no puedo dejar de serlo en esta circunstancia, mis compañeros no entenderían (no me lo perdonarían), aunque callen, que despreciara esta ocasión; y yo tampoco quiero ser un infeliz el resto de mi vida, estoy cansado de derramar cada mañana el café del desayuno a causa de los temblores que me provoca el miedo; y no haremos más daño que muchos, tú robas a un banco lo que no está muy mal visto, y yo no te detengo donde hay sueltos muchos criminales peores, y además nadie saldrá herido; esto debería comprenderlo sin dificultad alguien como tú.

A. -¡Oh Fortuna imperatrix mundi! Ya te comprendo bien, ahora veo tu ceguera; pero te olvidas de mí, porque si acepto no repartirás, no me dejarás marchar, no me lastimarás sino que me matarás ya que soy el único testigo de tu delito; lo que tú tomas por ocasión dichosa solo es un error que te nubla y confunde: la sociedad que propones no puede salir bien si no vences mi desconfianza, y la huída que planeas es impracticable porque no podrás explicar a tus compañeros por qué les abandonas y te alejas del perímetro de caza cuando todos se afanan en reducirlo jugándose el pellejo; no te daré lo que quieres, ya lo sabes, déjame marchar, no porfíes y vuelve con los tuyos.

C. –Me haces reír, desgraciado, te empeñas en no comprender tu situación: no está en tu mano soslayar mi proposición, esta es la oportunidad de mi vida y no la vas a arruinar, y entiende que te ofrezco compartirla por lo que también es la tuya, aprovéchala y tendrás una buena vida.

A. –En fin, te empeñas, pues yo no me fío.

C. –Déjame a mí que me entienda con mis compañeros cuando salgamos de aquí, ¿pero qué quieres que haga para ganarme tu confianza? Dímelo pronto.

A. –Deberíamos colocarnos a la misma altura, y habría que convenir, llegados a cierto punto, preferir la vida al dinero. Yo no consentiré recuperar la bolsa si traes la pistola aunque yo también lleve un arma, pero tampoco si los dos vamos desarmados ¿no te das cuenta que uno, pero más probable los dos, morirá a manos del otro? prefiero ir a la cárcel; y no aceptaré que sea en tu mano la menor oportunidad de salvarte tú y hundirme yo.

C. –Comprendo que me temas en cuanto yo sepa seguro dónde está el dinero, pero hasta entonces tú también puedes aprovechar cualquier momento para liquidarme, o para escapar después de que te haya sacado del cerco policial; de hecho tienes más lugar y ocasión que yo para hacerlo; así que dime ¿cómo podemos confiar en llegar vivos y juntos hasta el dinero?

A. –Te voy a proponer un plan; lo hago no para que lo aceptes sino para que abras los ojos y te des cuenta de la locura que te ofusca; si lo rechazas, como así espero, me libero de tu desvarío, podrás hacer lo que te plazca conmigo pero no te seguiré como no sea detenido. Si lo aceptas  me atendré a él hasta el final, con todas las consecuencias; pero no puedo creer que lo aceptes.

C. –Si es un plan para repartirnos el botín y luego cada cual por su lado, suéltalo.

A. –Es mi última palabra. Tú me sacarás de aquí e iremos a tu casa con tu esposa e hija, y allí te diré cómo puedes rescatar la bolsa con el dinero, una gran bolsa de deportes de color azul, la que viste en la televisión; irás a por ella tú solo, yo te esperaré en tu casa junto a tu familia y con tu pistola. Si no vienes en tres horas las mataré, te juro que lo haré. Sólo de esa manera haré sociedad contigo, aunque bien sé que no terminará bien.

C. –Pero ahora eres tú quien se coloca más arriba de mí ¿y cómo sé que no me das una dirección falsa para huir en cuanto doble la esquina?

A. –De acuerdo (ya veo que vamos de cabeza al abismo); la bolsa la deposité en la consigna del aeropuerto de Irra una hora después de escapar del banco, y no se ha vuelto a abrir; con mi número de usuario puedes consultarlo en internet o confirmarlo por teléfono; cuando llegues allí presentas la tarjeta que yo te daré, abonas el importe del depósito y te abrirán la consigna. Si todavía dudas sobre la verdad de lo que digo yo ya no puedo hacer nada más; desde luego ayer no pensaba repartir el botín contigo, mi plan era desaparecer durante un tiempo y volver a por la bolsa cuando todo policía se hubiese calmado; no ideé ninguna maniobra de despiste.

C. –Quizá lo mejor sea que mi esposa vaya al aeropuerto a recoger la bolsa mientras tú y yo la esperamos en mi casa; yo seré tu rehén y a la vez vigilaré que no huyes después de engañarme con la historia de la consigna, a pesar de todo.

A. –No. Tu esposa no está tan rematadamente loca como tú; con ella no sirven las reglas de nuestro juego; si va al aeropuerto lo hará llena de extrañeza por mi presencia y nuestro incomprensible comportamiento, sin duda abrirá la bolsa y verá el dinero pero después acudirá a la comisaría convencida de que hace lo mejor para proteger a su familia, porque tu esposa no juega con ella como tú. Irás tú solo y tu mujer y tu hija serán mis rehenes, como te he dicho.

C. –Pues pongámonos en marcha; salgamos.

A. –Espera, pensémoslo otra vez, te lo ruego, no puedo creer que dejes a tu familia en manos de un delincuente armado que te ha prometido eliminarla; no comprendo cómo juegas a los naipes con tus dos mujeres, me asusta tu ceguera; sabes bien que muchos fracasan en la empresa y muy pocos lo logran, cuántos más se ahogan en el estrecho de los que consiguen cruzar el mar, tantos los que desaparecen para siempre en el desierto sin alcanzar la frontera; nosotros no tenemos necesidad de de mucho más dinero, somos afortunados y nuestra insatisfacción no merece acometer el negocio que propones, y más seguro como estoy de que saldrá mal si lo resolvemos juntos porque nos perderá la desconfianza y causaremos grave daño a otros y a nosotros; todavía podemos renunciar, ¿no temes la condena del infierno? sabrás que no es preciso morir para sufrir su castigo indecible; y comprende que si actuara solo nadie, salvo acaso yo mismo, saldría lastimado; yo confío en mí, yo sí respeto algunos límites y sabría retirarme.

C. –Nunca antes he estado tan seguro y confiado, tan convencido de que acierto en esta encrucijada; me siento fuerte y clarividente transitando la senda del éxito; sé bien lo que hago, y todo es por mi familia, no te quepa duda, ¿tú no tienes familia?

A. –No quieras saber de mí ahora, hermano. Pero todavía sigo pensando, dime, cuando salgas del aeropuerto con tantísimo dinero ¿no sufrirás de amnesia y olvidarás nuestra sociedad? ¿Llamarás a la policía para que rescaten con vida, si pueden, a tu familia secuestrada mientras tú te largas de Irra con los millones? No serás capaz de hacer eso, las mataría, no tendrían opción, lo sabes. Pero para librarte de esa tentación me facilitarás documentos que demuestren que nos conocemos y actuamos concertadamente, por ejemplo alguna fotografía íntima con tu familia ¿tienes?

C. – En el teléfono tengo muchas y te las puedo enseñar ¿pero por qué tengo yo que fiarme de la historia de tu consigna mientras que tú dudas de mi lealtad a mi familia?

A. –No tienes elección, ya te lo dije; además ahora vas a enviar un mensaje a tu esposa anunciándola que tu hermano Alondro vendrá hoy a comer a casa, una sorpresa; déjame ver esas fotos.

C. -¡Pero si yo no tengo ningún hermano!

A. –Hazlo, así te tengo más comprometido; ya te inventarás algo después; déjame verlas.

Cayo, que está sentado sobre el baúl bajo la lámpara, obedece y envía el siguiente mensaje de texto: “María Ángeles: mi hermano Alondro come hoy con nosotros, ya vamos a casa”, después le pasa el teléfono a Alondro, sentado en un arcón junto a la pared, que con un aparato en cada mano selecciona algunas fotografías del de Cayo y las rebota al suyo; al terminar guarda su teléfono en un bolsillo y alarga el brazo hacia Cayo con el otro móvil en la mano para devolvérselo, éste se incorpora para alcanzarlo pero descuidadamente ha dejado la pistola desamparada sobre el baúl, pronto se percata, se alarma y se revuelve para recuperarla pero Alondro, que sí advirtió la torpeza, reacciona embistiendo furiosamente con la cabeza en el costado de Cayo; salen despedidos, la pistola y el teléfono ruedan por el suelo, forcejean entre revolcones tratando de hacerse con el arma; a los dos les atenaza el pánico a la muerte que sienten próxima y espantosa hasta el punto de que ninguno acierta a luchar con tino; gañen con gritos entrecortados, los brazos y las piernas se interponen nerviosos y angustiados; una mano consigue alcanzar la pistola, le sigue otra que le estorba y otra más que las inmoviliza, veinte dedos bailotean desesperados alrededor del arma lustrosa; restalla un disparo, la bala rebota en la lámpara y la bombilla revienta; el escenario queda oscurecido por la penumbra que se adentra desde la puerta corredera, que permite distinguir las figuras contendientes aunque no identificar los rostros; suena otro disparo y los revolcones y los empellones cesan de súbito, a la quietud le sigue el silencio.

Uno se incorpora lentamente, guarda la pistola detrás del pantalón, recoge del suelo un teléfono, mira el otro cuerpo inerte y emboca despacio la salida; pero se para, se vuelve hasta el yacente, rebusca en sus bolsillos y extrae un teléfono móvil, se yergue y lo manipula reconcentrado; el aparato despide una luz fría que ilumina levemente la cara de Cayo; las imágenes que se suceden en el aparato también se proyectan al mismo tiempo sobre el fondo del escenario, que hace las veces de otra gran pantalla. La primera imagen muestra a Cayo y Alondro uno al lado del otro en la edad de la primera adolescencia, en bañador y divertidos sobre el arenal de una playa; en la segunda imagen Cayo y Alondro escoltan a María Ángeles, esposa de Cayo, que luce un precioso vestido de novia, con muestras de alegría y dicha en los tres; sin embargo ahora el rostro de Cayo rezuma horror ante lo que ve.

En el teléfono de Cayo una alarma anuncia la recepción de un mensaje; Cayo se detiene, apaga el teléfono de Alondro esfumándose las fotografías y accede al mensaje, que se muestra igualmente en el fondo del escenario: “¡Estupendo Cayo!, todo preparado; qué sorpresa, creo que no veo a tu hermano desde el día de nuestra boda. No os demoréis.”

Cayo apaga el teléfono y sale. Se cierra el telón.

 

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  • Compañero de afición, ahora dramaturgo. Me ha sorprendido tu relato, como vas enrevesando y, a la vez, resolviendo las diversas situaciones que se plantean los protagonistas, y como se descubre al final que se trataba de dos hermanos, olvidado uno de ellos por el otro que no quiere dejar ver, por algún motivo, su auténtica hermandad (las fotos en su móvil lo demuestran, él sí lo sabe pero no hablará). El comienzo es arrollador, abrumante. Felicitaciones.
    Hola, amigo, acabo de leer tres relatos tuyos. Veo que a partir de los mitos, sobre todo bíblicos, sacas reflexiones interesantes y no sin poca ironía. Me reí con lo del « gilipollas » de Lazaro, el « que te piche un pez » con Jonas y ahora acá este par de Alondro y Cayo, nombres chistosos que se me hacen parecidos a los de una canción latina llamada « Capullo y Sorullo » o « Burundanga y Bernabé ». El humor encuentra un buen lugar en tu prosa que cambia de velocidad según la historia, y con un vocabulario variado, con un léxico envidiable cuando se trata de describir y respetando la procedencia de cada personaje (¡tuve la oportunidad de conocer Matanzas!).Un saludo.
    Trágica y excelente escena de este relato en forma de guión. Aunque se sostiene por si solo, se le quedan a uno dentro las ganas de ver la obra completa, o al menos el storyboard. Volvemos a hablar de lo mismo pero es que casi me asfixio leyendo el encabezado. Desde "él no me había advertido... hasta ...me suelta un coz" las pausas las pone el tabaco, es decir, depende de lo que uno aguante sin respirar. Por lo demás genial, como siempre. Saludos amigo JM.
    Buena función de teatro, será porque los diálogos, acoplados a la sicología humana, están muy bien construidos.....Supongo que la función habrá de seguir...Saludos.
    mE e perdidoh i nO me pareceh ke sea tan fasil de leer komo todoss disen, es mui komplicado de echo aunq no niegoh ke tieness un gran taleNto
    Tu estilo particular me llama mucho la atención. Muy dinámico. Se lee con fluidez. Gracias a ti volveré por estos lares; ya que me gustará leerte con detenimiento. Ah, ¡muchas gracias por detenerte sobre mis escritos! Un honor ser leída por alguien de tu talento. Un abrazo enorme.
    Te felicito por tu relato y también por leerme detenidamente. Porque eso se nota. Sentiste mis emociones en cada una de mis palabras escritas.Cariños.
    ¿Qué tal, compañero Boy? He tardado un poco, ya sabes vacaciones, resaca de vuelta al trabajo, y obligaciones mil, etc. Bueno, contribuir con un perfectamente esbozado acto de buena dramaturgia a esclarecer con aliento de novela, cine o teatro negro transportándolo a nuestra época, al primer acto violento entre dos hombres, dos hermanos (aunque hermanos lo somos todos) según nos cuenta la leyenda bíblica, derrocha no sólo atractivo, pese al drama (la dramaturgia, por lo menos desde que yo aparecí por aquí en 2008, no ha sido nunca plato sugestivo en TR), sino que, merced a tu buen hacer y amor por las letras, nos ofrenda un elaborada y sugerente riqueza de diálogos fulminantes que crean un clímax vertiginoso. Y es ahí precisamente donde el teatro halla la majestuosidad que lo aureola y lo convierte en difícil arte: no es necesario imaginar el misterio que envuelve la acción, ya que la acción misma vibra y se esclarece con la brillantez vehicular de la palabra. Bueno, me acomodé esta noche (mañana tengo fiesta, menos mal) y disfruté de la función, potentemente impulsada por tu fuerza imaginativa. ¡Muy buena pieza teatral! ¡Enhorabuena, estás hecho todo un Tennessee Williams! Un abrazo
    En el final, en donde se relata la parte de la acción, digamos; esta increíblemente bien relatada, me gusta y mucho, la forma en que se describe cada paso en la disputa de estos 2 personajes atrae, no llega a ser molestoso leerlo, si no lo contrario, del saber que va a suceder en cada línea que lees .PD: Gracias por las correcciones. La ortografía es un problema que me sigue siempre, solo a seguir practicando.
    Bien expuesto,como todas tus obras,construidas con ese estilo tan particular nos llevas a la eterna pasión del odio entre hermanos,derramando dinero de por medio,me ha gustado.
  • Son animales de otro mundo.

    Hubiera sido preferible matar en seguida al conejito y... Ah, tendría usted que vomitar tan sólo uno, tomarlo con dos dedos y ponérselo en la mano abierta, adherido aún a usted por el acto mismo, por el aura inefable de su proximidad apenas rota. Un mes distancia tanto; un mes es tamaño, largos pelos, saltos, ojos salvajes, diferencia absoluta Andrée, un mes es un conejo, hace de veras a un conejo; pero el minuto inicial, cuando el copo tibio y bullente encubre una presencia inajenable... Como un poema en los primeros minutos, el fruto de una noche de Idumea: tan de uno que uno mismo... y después tan no uno, tan aislado y distante en su llano mundo blanco tamaño carta. CARTA A UNA SEÑORITA EN PARÍS (Bestiario, 1951); Julio Cortázar.

    Es cierto, no me hago caso, pero el relato me salió solo, yo ahora me desconecto hasta la próxima semana y no sabía qué hacer con él (en fin, excusatio non petita...). Después del primero (stavros) y el segundo (zenon), aquí os ofrezco el tercer capítulo de la serie. Un saludo cordial.

    ¡Aquí te traigo el hijo de una noche idumea!/ Desplumada, con su ala que sangra y que negrea/ en los cristales, de oro y aromas abrasados,/ en los tristes aún, ¡ay!, vidrios empañados,/ cayó, sobre la lámpara angélica, la aurora./ Cuando de la reliquia se ha hecho portadora/ para el padre que adversas sonrisas ha ensayado,/ la soledad azul y estéril ha temblado./ ¡Ay, acoge la cuna, con tu hija y la inocencia/ de vuestros pies helados, una horrible nacencia!/ ¿Con tu voz clavicordios y viola imitarás,/ y con marchita mano el seno apretarás/ donde la mujer se ha hecho sibilina blancura/ para labios que de aire azul quieren hartura?/ DON DEL POEMA; Stéphane Mallarmé.

    “Código de error” es una expresión del ámbito de la informática. Aparece en los lenguajes de programación más populares cuando surge un fallo de hardware, software, o una entrada de datos incorrecta del usuario, que pueden dar lugar al colapso del sistema. Habitualmente se manifiesta sobre una pantalla de color azul o negro, en la que tras un texto de cifras y letras se descubre la expresión “CÓDIGO DE ERROR” (o “STOP”), seguido de letras mayúsculas, guiones y números, que son las que se corresponden con el concreto mensaje de error en una aplicación específica; aunque no suelen identificar exactamente el fallo en cada supuesto, sí orientan sobre la parte de la estructura donde debe buscarse para dar con él. Lógicamente, el concepto de código de error es extensible a cualquier sistema de lenguaje que pretenda proporcionar satisfacción al usuario, y que contenga, al menos, un codificador, un emisor, y un receptor. En cada sistema de lenguaje el código de error se expresará, cuando aparezca, no con series de números y letras, sino con los elementos propios de su naturaleza y conforme a sus previsiones. El texto del Requerimiento, que era leído a los indios por las tropas españolas poco antes del inicio de cada enfrentamiento, ha sido transcrito en cursiva en el presente relato, y está tomado de las notas complementarias (concretamente la número 31-111) redactadas por José Miguel Martínez Torrejón a la obra de Fray Bartolomé de las Casas, “Brevísima relación de la destruición de las Indias”, publicada en la edición del año dos mil trece de la Biblioteca Clásica de la Real Academia Española de la Lengua, junto con la Editorial Galaxia-Gutenberg, SL, y Círculo de Lectores, SA.

    El título es elocuente, así que aprovecho para felicitar el año próximo a ellas y ellos, deseándoos muchos relatos afortunados (y yo que los lea). Saludos.

    Un homenaje de los butroneros neoyorquinos a su artista y su cuadro más celebrados.

    El amor todo lo puede, a su manera.

    Excusas gloriosas para ocultar pecados horribles; y a veces no nos gusta cómo salimos retratados.

    porque humanos hermanos, y aunque Caín le mató, Abel le acompaña en el infierno y abrazados lamentan su suerte; trata de cómo, en un momento de flaqueza hija de la frustración, los hombres trastornan su vida y fugaces asomos de sensatez no bastan para revertir la tragedia que se abalanza sobre ellos; y enseña también que quien comete una injusticia contra otro aflige a su hermano y deja ver la podredumbre de su alma insolidaria, aviesa y fratricida; pero no vacilen y adéntrense, apresten todos sus cinco sentidos y disfruten de esta obrita que les ofrezco para su complacencia, y acomódense porque la función va a comenzar…¡ya!

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