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9 min
Trece años en este mundo
Amor |
04.02.16
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Sinopsis

Versión revisada del relato presentado al torneo. Aprovecho para felicitar a mi rival Noseque, que hizo un digno papel y contra quien fue un placer competir.

Cuando era pequeña mi madre nos prevenía contra toda clase de supersticiones. Era la típica señora que daba un rodeo cuando en mitad de la acera un obrero tenía colocada su escalera. Nunca dejaba el salero sobre la mesa por temor a que alguien pudiera derramar su contenido y ni ebria de vino se le ocurriría abrir un paraguas bajo techo. Yo era la tercera de seis hermanos y todos nos tomábamos a broma sus supercherías. No podía imaginar entonces que el número trece marcaría mi vida. Quizás de haberlo sabido hubiera considerado de otro modo sus manías.

Crecí en una familia de clase humilde. Abandoné la escuela a los dieciséis años, más por apatía que por falta de capacidad para los estudios. A esa edad el mundo se ve con los ojos de los sentidos y mi caso no era una excepción. Mataba el hastío viviendo de noche y frecuentando discotecas, a pesar de las continuas desavenencias con mis padres. La falta de dinero nunca supuso un problema. Era una joven esbelta y de elevada estatura, con una hermosa melena negra y ojos verdes que según decían parecían tener un poder hipnótico sobre los chicos. Además, no me faltaba desparpajo y siempre conseguía que alguno me invitase a una copa. Me gustaba aquel ambiente, la música, el baile, el sabor del ron y sobre todo… ¡me gustaba el sexo!

Salir a la jungla de la noche, dejarse seducir y jugar a seductora, escoger entre los machos como si estuviese ante el escaparate de una tienda de moda, fantasear morbosamente con desnudar aquellos cuerpos sudorosos y acabar haciéndolo en la decrépita habitación de cualquier motel, llevar al límite el placer de los sentidos. Ese era mi mundo, lo que en aquella época hacía girar las manecillas del reloj de mi vida. A veces surgía algún romance que podía durar a lo sumo un par de meses. No me gustaba atarme a nadie y además la rutina terminaba siempre por aburrirme. Entonces conocí a Boris.

Boris era un acaudalado empresario de origen ruso que poseía un negocio de compraventa de coches, o al menos eso decía él. La verdad es que nunca conseguí averiguar si era cierto. El caso es que tenía dinero y se encaprichó de mí enseguida. No tardé en irme a vivir a su mansión, rodeada de toda clase de lujos. Para una chica humilde como yo aquello supuso un absoluto cambio de vida. En compañía de mi nuevo ligue frecuentaba fiestas y reuniones, me codeaba con la alta sociedad Madrileña y conocí a hombres de negocios e importantes personalidades. Poco a poco fui tejiendo una interesante red de contactos. Mi pequeña jungla urbana se había convertido en una extensa selva.

He de reconocer que aquella historia con el ruso duró más de lo previsible. Pero todo tiene un final y éste llegó cuando no necesité más ni de sus atenciones ni de su dinero. En aquel mundo de ricachones envidiosos y podridos de pasta, donde esnifar coca era tan habitual como fumarse un cigarrillo, el sexo no se pagaba con un par de cubatas, sino con dinero. Con mucho dinero.

Quizás el lector haya averiguado ya a que me dedico. Me llamo Laura Valdivia y soy puta. Pero no una puta cualquiera, sino una prostituta de lujo. Y digo soy porque, como los curas, una nunca deja de serlo toda vez que ha entrado en este mundillo. Tu condición te persigue ya para siempre.

Me fue bien en el negocio. Por mi lecho ha pasado lo más granado de la alta sociedad del país, actores, músicos, grandes empresarios y hasta algún ministro. He visto de todo y he hecho muchas cosas. Algunos eran atentos, incluso como para hacer tambalearse la infranqueable coraza que había levantado alrededor de mis sentimientos. Otros en cambio eran burdos, pervertidos y hasta despreciables. He pasado noches inolvidables y también derramado muchas lágrimas en la penumbra de mi habitación. He estado con tantos hombres como pocas mujeres lo han hecho y sin embargo he sentido la angustia de la soledad hasta creer que me aplastaría sin remedio. A pesar de ello lo soportaba.

Lo soportaba porque aquello era lo que permitía mantener el tren de vida al que me había acostumbrado. Viajes, ropa de marca, deslumbrantes joyas de las que me encaprichaba, fiestas en lugares a los que poca gente podría acceder… y un amplio dúplex en el centro de Madrid con vistas a la Gran Vía. Me había labrado un sitio en la sociedad viniendo desde muy abajo. ¡Al fin era alguien!

Yo pensaba que era alguien.

Y entonces, después de trece años en este mundo, llegó el día que cambiaría mi vida. Pensará el lector que encontré a un apuesto galán del que me enamoré sin remedio. No sabe quién así supone, cuan terriblemente equivocado está.

Acababa de cumplir los treinta y tres. A pesar de una vida llena de excesos conservaba una figura voluptuosa y mi rostro aparentaba menos edad. Mi cuerpo era mi herramienta de trabajo y tenía que cuidarme. Aquella noche me habían invitado a una fiesta en un chalet de La Moraleja cuyo propietario era un director de cine americano que pasaba largas temporadas en España. Sentía las miradas morbosas de los hombres intentando traspasar la escasa tela de mi vestido. La velada transcurrió entre animadas charlas y alguna que otra negociación infructuosa, de la manera más habitual. Entonces se acercó un caballero.

Vestía de smoking y en su cuello lucía una pajarita. Era de porte musculado y rostro anguloso. Le sonreí. Pensé que podríamos llegar a entendernos.

— ¿Laura Valdivia? — preguntó.

— ¿Nos conocemos? — le dije extrañada, tratando de hacer memoria.

No se anduvo con rodeos. Extendió un cheque y pidió que pusiera un precio.

— ¿Tanto estás dispuesto a pagar? — le tuteé.

— Es mi señor el que paga. Yo sólo negocio.

Aquello resultó de lo más extraño. Pero nunca habían ofrecido tanto por mis servicios. El caso es que al día siguiente me encontraba a las puertas de una lujosa mansión sin saber exactamente para qué me habían llamado ni con quien iba a pasar la tarde. Y eso me excitaba y asustaba a un tiempo. Comprobé con curiosidad que el portalón tenía rotulado el número trece. Una asistente me hizo pasar al recibidor. Las paredes estaban forradas en madera a juego con el mobiliario. No tuve que aguardar mucho, aunque quien vino a mi encuentro no era quien esperaba. Otra mujer solicitó que la acompañase.

Subí al piso superior y caminamos hasta a una lujosa habitación en penumbra en cuyo centro había una cama cubierta con sábanas de encaje. Me pidió que me pusiese cómoda y dijo que el señor vendría de un momento a otro. Tenía ganas de salir de allí corriendo. Empezaba a preguntarme en qué clase de lío me había metido. En ese instante se abrió la puerta.

Debido a la oscuridad me costó enfocar la figura que se materializó en el umbral. Cuando conseguí fijar la vista, parpadeé incrédula. Tenía el tamaño de un niño. Se acercó a mí con paso lento. A medida que avanzaba fui comprendiendo. ¡Aquel hombre era un enano! Su rostro no era desagradable y además, me resultaba familiar. Él también lo notó y se presentó antes de que consiguiera decir nada. Se trataba de un actor de cierto renombre, famoso por su aparición en algunas películas y una conocida serie de televisión. Su cuerpo, sin embargo, era deforme y se me antojaba ciertamente repulsivo. He de decir en su descargo que no todo en él era pequeño. Eso produjo en mí cierto alivio. Me resigné y pensé en el dinero, reconozco que ahora ese recuerdo me sonroja.

Fue la primera pero no la última cita. Por algún motivo yo le resultaba agradable y él era atento y gran conversador. Compartimos muchas noches degustando una copa de buen vino después de hacer el amor. Y de nuevo hacíamos el amor tras degustar una buena copa de vino. Y contemplamos la salida del sol infinitos amaneceres desde el ventanal de su habitación con vistas al Este. Fue mi último cliente.

Tuvimos dos hijos, una niña y un niño preciosos… y sí, normales. Si lo hubiera sabido cuando era una cría inmadura que coleccionaba noches de sexo y alcohol, me hubiera reído de mí misma. Y sin embargo han sido los años más felices de mi vida.

Trece años, de nuevo ese maldito número, han pasado desde entonces. La vida siempre se cobra un precio por la felicidad. Lo miro y no puedo evitar que las lágrimas resbalen por mi rostro. El suyo sigue siendo tan hermoso como antaño, pero ahora su cuerpo descansa inerte dentro de un ataúd y yo pasaré la última noche junto a él velando su cadáver.

Me llamo Laura Valdivia, y soy… y un día fui puta. Y mujer, y madre, y amante, y una niña enamorada. Y todas esas cosas, las sigo siendo todavía… ¡ahora!

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  • Muy bueno me encanto
    Vuelvo a leer este relato. La plasticidad que tienes para meterte en la piel de los personajes, en especial el femenino que se lleva casi toda la trama, es de una calidad envidiable Lucio. Esta brila aún por encima de la calidad de la narración que tiene el texto, los diálogos justos, precisos. Como siempre todo sostenido por esa meticulosidad literaria, esa precisión académica, ese bagaje de escritor que no deja resquicio para el error. Me temo que en algún otro momento volveré a este relato para estudiarlo, seguir aprendiendo, seguir disfrutando de excelente literatura. Muchos saludos.
    Gracias Horacio por tu lectura y tus palabras. Los límites no existen, son una entelequia con la que nos engaña nuestro subconsciente... prueba a cerrar los ojos y dejar volar la mente y verás como el límite de palabras desaparece... no es difícil ;) gracias de nuevo
    Que gusto que este relato este en el primer lugar, creo que es el verdadero ranking, el de los relatos, nomel de los escritores porque es i posible ponernos un orden con tantas historias maravillosas, deberian de eliminar el de los autores y poner un ranking diario, uno de tres dias, otro semanal y otro mensual, eso es mas bjetivo a decir que un escritor es mejor que otro; no hay uno mejor que otro. Pongamos a paco castelao, umbrio, lucio voreno y purple, quien es mejor? Ninguno, todos tienen relatos geniales. Y no solo estos cuatro, hay otros diez que me encantan.
    Puse un comentario larguisimo y no se cargo, ni modo. Creo que fue el limite de palabras, por que hay limite de palabrss! Deberian quitarlo
    Gracias Lucio por el apunte y tu valoración. Es cierto, a veces cometemos fallos que altera el significado del relato. Un saludo.
    Muy bueno. Dinámico a pesar de su extensión. Un saludo.
    Hola: Leí este texto en la primera fase del torneo pero no sé si lo voté o ni siquiera si voté ese duelo. Pero me parece un relato coherente con un buen remate.
    No logro recordar por qué voté por el otro texto, que éste parece muy bueno.
    Un gran relato, sin duda, dónde tu estilo también es inconfundible. En unas pocas líneas desarrollas la historia de una vida en un relato intenso y denso que logra captar el interés desde el principio y no decae en ningún momento. Desde luego, el paso a la siguiente ronda ha sido más que merecido. Saludos, Lucio.
  • Relato con el que concursé en la semifinal del torneo de escritores del mismo título. Felicitar a nuestro compañero Purple que compitió conmigo y nos ha brindado algunos de los mejores relatos del torneo. Igualmente felicitar a Paco Castelao y Ana Madrigal, que se midieron en una semifinal digna de los mejores.

    Versión revisada y corregida del relato para el Torne de Escritores, Duelo 29: "Elige un arma"

    Relato para el torneo de escritores, duelo 24 "Él ya sabía"

    El primer encuentro de la Humanidad con una raza extraterrestre está a punto de producirse. Pero esconde secretos que nadie hasta ese momento podría haber imaginado.

    Versión revisada del relato presentado al torneo. Aprovecho para felicitar a mi rival Noseque, que hizo un digno papel y contra quien fue un placer competir.

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