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4 min
Tren dirección Cartagena
Varios |
10.05.05
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Sinopsis

Con amor y dolor hacia los caídos en batallas que jamás eligieron disputar.
¿Hacia dónde van los muertos?, ¿Por qué necesitamos tanto dolor?.


Te encuentras en el tren dirección Cartagena con la única mujer en el mundo que jamás pensarías. Me saluda y sonríe, todo a la vez y acompasado por un ritmo de elocuencia mágica. Le intento demostrar lo difícil que me resulta dirigirme a ella con regocijo y placer.
Parece entenderlo y se sienta a unos doce centímetros de mi uniforme, viejo y gris, que acabo de lavar; después de construir un par de trincheras para el quinto pelotón y el segundo del capitán Manolo Reinaldo; un tipo especial que vino después de adiestrar a escuadras enteras de tribus centroamericanas. Me resulta divertida la sonrisa a medio gas de ese doble de capitán; alguien que se encontró el rango a base de cadáveres.
El capitán me enseñó que no importa el rincón jerárquico que ocupas, sólo interesa tu escala de valores sentimentales; quizá debería decir sólo querer o no querer.
Cuando acabamos la misión de El Cairo, me convocó para realizar un rescate en Uganda; y no me negué por conocer el idioma y dominar el territorio. Más de quince veces he cartografiado esa zona, la conozco como la palma de mi mano. Analicé el riesgo para salir beneficiado e ileso de todo aquello que me pudiera alcanzar. Pude descubrir que todavía no había abandonado ese talento encubierto que guardaba para la última batalla. El talento necesario para morir.

La mujer se sienta a mi lado, yo disimulo mi perfecto y logrado cansancio, mientras sus miradas alcanzan todas mis esquinas. . Me acuerdo cuando la conocí en ese sucio bar de Guinea Ecuatorial, ella había sido enviada por una organización sin ánimo de lucro y patrocinada por potentes empresas armamentísticas disfrazadas en un próspero holding de la alimentación.
Me puso una vacuna contra la fiebre amarilla que casi no noté; presagiando ya su cariño y entregado amor hacia mí. Tengo la imagen de sus enormes ojos azules penetrando mi alma para descubrir mi tremendo enamoramiento repentino. Después de una serie de estudiados ademanes, pude disimular, a perfección, esa idiota preocupación que podía embargarme y alertarla de mi vulnerabilidad.
Al abrir los ojos, después de la larga siesta provocada por la inyección, retuve su rostro varios minutos evocando mi primitivo deseo. No obstante, no estaba allí.

Le echo una mano con su equipaje, excesivo para un trayecto corto de una enfermera; la cual vestiría un par de mudas de su uniforme, sin más.
Me pongo a imaginar que, quizá, es una espía del bando enemigo. También la disfrazo de Emperatriz en peligro de muerte y de Diosa romana devorada por caimanes.
La acerco a mi mundo aprobando su estancia para acompañar mi viaje. Me tapo la boca ante la tos que me provoca el sentimiento de ir a dormir. Noto su presencia, la cual cosa invade un sueño erótico de una hora y cuarenta y cinco minutos; lo sé al escuchar nuestra llegada a la estación de Valencia, donde me bajo para comprar unos cigarrillos de conocida marca americana. Me fumo un pitillo en el andén mientras escucho llover por encima de mí. Pienso en Costa Rica y aquel amigo que perdí en un día semejante; después de largas semanas hastiados por la i

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