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5 min
Tristeza a mares
Drama |
22.07.18
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Sinopsis

La mirada de un niño. Una pérdida irreparable...

Siempre me molestaron los cielos distraídos. Esos que se olvidan de llover.  Que amanecen cargados, espesos y amenazantes para transformarse en inocuos días soleados por la tarde. Prometen promesas que no van a cumplir: hermosas siestas sin culpa y tazones humeantes de café con leche. Hay cielos que prometen y se olvidan. Que prometen en vano tardes negras de refugio, íntimas, con luces prendidas a las cinco y tortas fritas para convertirse en pocos minutos en vulgares días normales sin botas de lluvia ni charcos chapoteados.

-¿Dónde van a parar las gotas de lluvia que nunca caen, papá? Me miró suspirando y tratando de disimular el fastidio que le generaban las preguntas de todo tipo y más aún las que no tenían respuesta, me dijo:

- A ningún lado, porque nunca existieron, Huguito. Lo dijo arrastrando mi nombre en un tono condescendiente que pretendía ser amoroso.

Yo quise decirle que estaba equivocado. Que había muchas cosas que no se veían pero que existían y a algún lado se iban. Mis lágrimas, por ejemplo, ésas que no pudieron salir el día que murió mi abuela. Nunca se vieron. Pero existieron, papá. Eso me hubiera gustado decirle.

-Ah… Claro- le dije.

Yo sabía dónde habían ido a parar las gotas que nunca habían podido salir de mis ojos. Esa amenaza de lluvia torrencial, líquida y fluida. Esas ganas de llover mi tristeza a baldes. Esa promesa trunca de lluvia a mares se había mudado a mi pecho y se había transformado en roca pesada y silenciosa.

-Tenemos que ser fuertes, Huguito. Por mami. Ella está muy triste porque va a extrañar mucho a su mamá.

-¿Y por qué sonríe? ¿Por qué no llora? 

-Porque ella sabe que la abuelita se fue al cielo y allá va a estar mejor.

Mi mamá, con su sonrisa generosa de no querer entristecerme. De no querer incomodar... Sonrisa en la boca y profundo pesar en sus ojos. Estamos tristes, mamá. Abrazame y lloremos… Eso me hubiera gustado decirle.

- ¿Qué comemos?- le dije.

Que se hubiera ido al cielo me cerraba un poco más…pero ¡qué iba a estar mejor! ¿Dónde iba a estar la abuela mejor que acá, conmigo? El cielo. Siempre arreglándolo todo. Lo miré y la busqué. ¿Cuál sería la nube que le rascara la espalda antes de dormirse como lo hacía yo? ¿Cuál sería la estrella que le jugara al chinchón? ¿Le harían trampas? ¡Pobre abuela! ¡Qué aburrido! Otra vez el cielo encapotado en mis ojos. Las palabras NUNCA MÁS asfixiando mi garganta. NUNCA MÁS… lo más parecido a la desesperación infinita. ¿Nunca más iba a sentir su olor a limón?  ¿Nunca más me iba a arreglar los ruedos de los pantalones?¿Nunca más me iba a dar su pañuelito de tela blanco para secar mis lágrimas? ¿Nunca más iba a tocar su piel finita cuando me agarraba la mano?

 – No me agarres de la mano, abuela…¡Ya tengo diez años!

 - Para mí siempre vas a ser chiquito. Concentrate, el que pisa las líneas de las baldosas, pierde.

Relámpagos y truenos en mi pecho…Y otra vez las gotas transformándose en piedra. Pesada, áspera.

-No llores mi amor, la abuelita va a estar mejor.

El cielo...Me pregunté si desde allí me vería. Si sabría que aunque no llorara la extrañaba. Si podía intuir la tristeza enorme y el vacío en las nubes negras de mis ojos.¿ Hacia quién iba a ir corriendo con mi niñez a cuestas en busca de consuelo?

-Finalmente parece que va a llover - Dijo mi papá cambiando de tema.  Como queriendo que la vida siguiera.

El cielo…Lo miré de nuevo y le rogué a mi abuela que esta vez sí. Que no quedara en nubes pasajeras. Que finalmente el cielo lloviera su ausencia.

Y no fue una lluvia de esas que empiezan de a poco. Se largó con todo. Sin preámbulos ni viento. Sin rayos ni amenazas. No alcanzó a haber ni olor a tierra mojada.

Corrí al lavadero, me puse las botas de goma y salí apurado.

El cielo… levanté la cara para que las gotas me golpearan los ojos y lloré lluvia. Cristalina, pura, sanadora . LLoré toda  la roca que tenía en el pecho. LLoré sin temor a ser descubierto.

-¿Ves? Te dije Estela. No hay que hacer un mundo de estas cosas. Los chicos se recuperan rápido. Mirá, ya está jugando bajo la lluvia. Dejalo…que se divierta…

Abrí los brazos y empecé a girar. No estaban la mano tendida ni el pañuelo blanco de la abuela Clara. Pero yo podía sentir su caricia.

Por fin pude llover mi tristeza…

 

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