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4 min
Turismo sexual
Varios |
11.01.07
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Sinopsis

Pedro conducía siempre igual por ciudad. Tan rápido que cuando frenaba ante un paso de cebra parecía que la gente había salido de repente de entre la pintura rectilínea del suelo. En el asiento de atrás Blanca soplaba con rabia, sudorosa, palpándose la panza, embarazada y a poco de dejar de estarlo. Y Pedro, mirando hacia delante, me dijo; ¿Sabes que dentro de poco se juega la Copa Toyota?
¿La copa Toyota? Pedro decía tonterías cuando estaba nervioso. Siguió diciendo;
- Si, la Copa Intercontinental de fútbol, ahora la llaman así.
Y recuerdo que en ese momento, entre gritos de dolor de Blanca, me imaginé en un futuro con la exploración espacial ya dominada por el turismo, y viviendo en la galaxia Coca-cola, antigua Vía Láctea.
Blanca gritaba;
- ¡Joder! ¿Falta mucho? ¡JODER!
Al lado de Blanca estaba Nadia, cogiéndole la mano, secándole el sudor. Intentando aplacar el dolor de Blanca, Nadia le hablaba buscando transmitir tranquilidad, como si el dolor cediera ante el sosiego. La ciudad, que procuraba atravesar Pedro, estaba atestada de gente y de coches, y las calles ya estaban llenas de luces de Navidad. Las fiestas, aun lejanas, ralentizaban la tarea de llegar al hospital. Una nueva vida podía haber nacido en el asiento de atrás de un coche, cogiendo ese hecho forma de anécdota pesada que se repetiría hasta la saciedad; pero al final no lo hizo.

Ya en el edificio blanco salpicado de rojo cruz, por momentos, todo era parecido a como había sido en la calle. Mucha gente. Llegaba el frío y la gente invadía las calles para gastar dinero en joyerías en exceso iluminadas para potenciar el aspecto de la mercancía. Y al haber más gente en la calle también había más gente en los hospitales. Eso pasó. Blanca estaba ocupada intentando sacar de si misma algo mas que la cabeza de su hijo. El medico decía;
- Empuje un poco más.
Y mentía diciendo;
- Ya queda poco.
Por alguna razón acabé metido en la habitación con Blanca y Nadia. Y con el médico, que insistía;
- Tiene que empujar más.
Pedro esperaba en la sala de espera, con la demás gente que esperaba. Alfredo, el marido de Blanca, no había llegado aún. El marido de Blanca viajaba a menudo por trabajo. Blanca pasaba semanas enteras sin él. Y yo confiaba en que cierto día no hubiese pasado nada después de un condón que se rompió. Como he dicho, el marido de Blanca viajaba a menudo. Y Blanca se sentía sola. Y yo, bueno, no tengo compromiso. Tampoco he sido nunca alguien muy responsable. Aquella cama siempre chirriaba demasiado, y nos daba miedo que los vecinos de Blanca hicieran preguntas al día siguiente: ¿Ya ha llegado tu marido?
Yo siempre quería ir a otro sitio que no fuera nuestras casas, pero ella decía que era peor que alguien conocido nos viera entrar en un hotel.
Blanca seguía empujando, y no apartaba la mirada de mí. Mi probable hijo no acababa de querer salir. Y de golpe alguien entró en la habitación. Alfredo, nervioso, histérico, enseguida cogió la mano de su mujer. Yo salí de la habitación. Ya, prefería esperar fuera. Alfredo no merecía lo que podía estar pasando. Pero nadie tiene el cálculo al dedillo, el día anterior al mítico condón roto Blanca y Alfredo habían follado a pelo, y Blanca no se había echo el test de embarazo al día siguiente.

El hijo de Blanca salió al fin de Blanca. Y alguien nos hizo pasar al cabo de un rato a ver a la mamá con su retoño. El niño no se parecía a nadie; solo a otros r
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