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4 min
ULTIMA TARDE
Amor |
14.09.08
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Sinopsis


Fermín volvió una vez más a sentarse en su banco, en su jardín, en aquel rincón que durante años había iluminado cada paso en su vida. En donde había llorado y reído. En donde durante cincuenta años había amado a la única mujer que lleno su vida y en donde, juntos, habían proyectado una vida que en el caso de Rosa llegó a su fin hacía pocos meses.

Fermín hubiera deseado acompañar por última vez a su mujer. Es más lo deseaba cada mañana, cada tarde, cada noche, cada minuto que pasaba sin ella. Todo lo habían hecho juntos. Toda una vida dedicada a lo que más quería. Cada paso, cada suceso, cada obstáculo era afrontado por Fermín y Rosa como si una cuerda irrompible los mantuviera eternamente unidos.

Fermín perdía ahora su mirada en el más lejano horizonte. Allí donde el cielo se funde con el mar y es difícil discernir entre lo terrenal y lo divino. Y era en ese punto donde Fermín intentaba buscar a su Rosa, y se preguntaba como podía llegar allí donde ella estaba. Y quería volver a abrazarla y besarla. Y decirle lo sólo que se encontraba, y volver a afrontar los problemas juntos y disfrutar de las alegrías como sólo ellos sabían hacer.

Aquella tarde hacía frío, demasiado frío para un viejo como Fermín. Demasiado frío para un corazón abandonado. Al lado un rosal acariciaba el banco, y unos incipientes capullos primaverales se mostraban curiosos. Su rosal. Las rosas que durante tantos años habían visto florecer y marchitarse. Que durante tantos años sirvieron para celebrar, y que durante tantos años sirvieron como esperanza de ambos.

Fermín movió lentamente su cabeza hacía las jóvenes flores, las tocó con sus arrugadas manos y percibió la suavidad de sus recién estrenados pétalos. Agradable e irrepetible tacto de juventud, frescor de comienzo mezclándose con áspera y temible senectud. Recuerdos de largas tardes al sol. De vivos y largos cabellos al viento. De eternos e interminables abrazos que no resultaron ser tales. Acidez dolorosa del presente endulzada por recuerdos del ayer. ¡Que triste es la vida Fermín! porque siempre acaba mal. Porque por mucho que uno intente aferrarse a sus alegrías, a sus buenos momentos, es imposible no pagar su factura. Y cuanto más feliz ha sido uno, más doloroso resulta el final. Más largo es su calvario y más infinito el sufrimiento.

¡Acaba con esta terrible soledad Fermín!. Acaba con este sinsentido. Rompe con una sociedad que te obliga a seguir aunque tu fin de trayecto se haya pasado un par de paradas atrás. Estas en el metro equivocado Fermín. No sabes donde parar, no tienes un destino. Tírate en marcha Fermín. Abandona este absurdo viaje a ninguna parte. Porque ya nadie ni nada te va a esperar allí. Porque allí donde vas no hay ya sueños incumplidos ni objetivos por lograr.

Mira aquella pareja Fermín. ¿Los ves?. Se hablan, se besan, se abrazan. Son jóvenes. Muy jóvenes. Ellos si están en el tren correcto. A la parada que ellos van tu ya no puedes ir Fermín. ¿Lo ves?.

Que duro es vencer ese instinto de supervivencia. Ese programa con el que nuestro cerebro viene a este mundo. Pensado para seguir adelante. Pase lo que pase y cueste lo que cueste. Aunque ya no tengas nada aquí. Ese maldito instinto es como un guardián perfectamente entrenado para velar por tu seguridad. Para desterrar de un plumazo cualquier plan racional de terminar con todo. De dejar de sufrir y no alargar lo que ya no tiene sentido alargar.

Vete a casa Fermín y recorre este camino que tantas veces recorriste con Rosa por última vez. Bájate en la próxima estación y ve a su encuentro Fermín. Ella te estará esperando.

Torpemente se levantó de aquel banco que había sido testigo de sus vidas. Se abotonó bien el abrigo y esbozando una leve sonrisa desapareció entre una ligera lluvia que comenzaba a motear el serpenteante camino que descendía entre árboles y arbustos.

Y sus pétalos se cerraron, y se marchitaron, y aquel rosal nunca más volvió a florecer.





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