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23 min
ULTRAMARINOS
Drama |
27.12.13
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Sinopsis

La historia de un abuelo que intentó siempre que no se borraran sus huellas


Eran los domingos los días más especiales porque mi abuelo Alfonso nos visitaba y pasaba la tarde con nosotros. Llegaba a la hora de comer y se marchaba en plena siesta, como decía mi madre. No quería causar molestias. Siempre decía que las personas ancianas lo único que podían hacer ya era estorbar, por eso no venía los demás días de la semana. A decir verdad yo solía quejarme de que nos relataba siempre las mismas batallitas, las típicas que cuentan los abuelos sobre la guerra, una y otra vez, pero al final las he terminado echando de menos, inevitablemente.


Empezaba a contarlas en la cocina, mientras estábamos comiendo, y continuaba después en el salón. Allí se sentaba en una especie de hamaca mullida situada junto a un brasero que mi madre encendía cuando más apretaba el frío del invierno y desde ese pequeño rinconcito de la casa se disponía a crear una atmósfera en la que se sentía el dueño de sus recuerdos y de sus historias, siendo sus relatos preferidos los cotilleos que diariamente escuchaba en la tienda que había regentado toda la vida, ubicada en el centro del pueblo. Se trataba de una pequeña carnicería que había cerrado hacía veinte años, aproximadamente, porque mi madre y mis tíos no quisieron hacerse cargo de ella y él, que era bastante mayor y ya no gozaba de buena salud, se negaba a vendérsela a cualquier persona que no perteneciese a la familia.


Con la nostalgia con la que narraba sus vivencias en aquel lugar, llegué a comprender que extrañaba su vida de entonces, el ir y el venir de la gente a la que observaba a través de los cristales y aquéllos que entraban y que salían a diario de aquel punto, aunque sobre todo le gustaban las habladurías y los chismorreos y el hecho de poder tener conversaciones con los vecinos y clientes.


En los últimos años había vivido de una forma muy solitaria desde que mi abuela murió, hace ya una década, viendo como el tiempo pasaba despacio. Lo único que hacía era apuntar en una lista las fechas de las defunciones de sus más allegados y cuando se acercaba el aniversario de esas muertes, acudía al cementerio a depositar en sus sepulturas unas cuantas ramas de olivo porque decía que las flores se marchitaban, pero que el aceite que se obtenía de esas ramas era tan viscoso, que no llegaba a desaparecer del todo de la superficie donde fuese derramado, como la amistad o el amor que sentía por esas personas, sentimientos que permanecerían con él para siempre. Nosotros, sus nietos, le decíamos que era algo absurdo, que aquellos difuntos no comprenderían ese símil en el caso de que pudieran verlo, pero mi abuelo nos respondía que mientras lo entendiera él era suficiente. En el fondo sabíamos que se había inventado esa historia porque era un poco tacaño y seguramente tampoco se iba a molestar en comprar flores constantemente cuando el campo estaba lleno de olivos y más aún cuando los muertos se contaban con los dedos de las dos manos en apenas unas pocas semanas.


Mis tíos solían visitarle unos días en verano porque vivían en el extranjero y cuando venían le contaban a mi madre en qué consistía la rutina diaria de padre. Primero caminaba hasta el cementerio para estirar las piernas tras haber desayunado. Una vez allí se sentaba en la tumba de mi abuela, siempre en silencio, a no ser que hablara con ella de una forma más espiritual. Después de comer iba a echar la partida al bar de Pepe, donde casi siempre perdía o donde más bien se dejaba perder, según decían mis tíos, ya que sus compañeros de juego, de tan achacosos que estaban, daba pena que perdieran. ¡A veces ni se enteraban de qué cartas llevaban!


Al menos pasaban la tarde, en eso consistía todo, en que corriera el tiempo deprisa para no darse cuenta de sus realidades, de que estaban llegando a la recta final de sus vidas de un modo tan sigiloso que parecían invisibles para el resto de la gente.


De vuelta a casa, cayendo la noche, solía pararse frente a la tienda donde había pasado tantos buenos momentos, convertida ahora en una papelería. Pese a los intentos de mi abuelo por no venderla, finalmente sucumbió ante las recomendaciones de mis tíos y de mi madre, empeñados en que esa sería la mejor opción de todas, por lo menos la mejor económicamente hablando.


Desde entonces ya no puede vislumbrar en su interior aquel mostrador de contrachapado desde el que atendía a la gente, ni tampoco las cámaras donde guardaba la exquisita carne que vendía, ni el reloj de cuerda que se encontraba situado en la pared y que su padre le había regalado el día de su boda. Había decidido ponerlo allí porque se le ocurrió que cada vez que éste marcara las horas en punto, podría poner una oferta distinta, a modo de juego, para atraer así a la clientela. Por ejemplo, si te llevabas un pollo entero te regalaba unas costillas de cerdo o un conejo o si comprabas tres kilos de patatas te obsequiaba con otros tres. Pero el afortunado solo sería aquél que en ese momento estuviera ya comprando, justo cuando sonara el reloj.


Mi madre nos decía cuando lo contaba: «Ya os podéis imaginar cómo estaba la tienda minutos antes de la hora, de bote en bote. Iban un poco antes para ver si iban a ser los afortunados y algunos incluso, cuando era su turno y veían que no sonaba todavía, se inventaban algún tema de conversación para hacer tiempo o se atrevían a seguir comprando más cosas hasta la espera de ese momento. Era un negocio redondo y él todo un emprendedor». Por aquel entonces no había más carnicerías en el pueblo, pero si las hubiera habido, habría sido una competencia difícil de abatir.


Ni mis hermanos ni yo hemos llegado a verla abierta y solo se conservan dos fotografías de los años sesenta que guarda el ayuntamiento y que se hicieron con motivo de unas fiestas del pueblo. En ellas se ve solo la fachada y como son muy antiguas no gozan de buena calidad, por eso no se puede dilucidar mucha cosa. Le pregunté a mi madre que por qué nunca se les había ocurrido hacer alguna si ella había pasado mucho tiempo allí, ayudando a mi abuelo. Me contestó que ese lugar no era bonito, que el suelo era de piedra, las paredes blancas por estar cubiertas de cal, el mostrador tenía churretes de resina, el reloj de la pared estaba completamente desvencijado, unos cuantos estantes raquíticos habían sido realizados con asimétricos maderos, y una silla de fieltro negro -que utilizaba mi abuelo para sentarse y esperar cuando la clientela empezaba a disminuir al surgir los primeros supermercados- estaba coja.


Pero no solo fue mi abuelo el que ayudó a levantar el establecimiento. Mi abuela también intervino. Se encargaba de preparar y desmenuzar la carne para que mi abuelo se la llevara a la tienda a primera hora de la mañana, junto a unos botes de cristal que contenían miel casera y mermeladas elaboradas por ella. La pobre había perdido un brazo en una explosión durante la Guerra Civil, y aunque había seguido trabajando sirviendo en casas, el cuerpo lo tenía muy dolorido. Aun así quería seguir sintiéndose útil y ayudaba en todo lo que podía. Mi madre dice que en ciertas ocasiones era ella la que le prestaba sus propios brazos para así poder hacer las tareas de casa y de la tienda de forma más rápida, aunque a veces lo que pretendía era que le acompañara a dar una vuelta por el prado, ya que en aquel tiempo a sus hermanos les estaba permitido ir a los pueblos más cercanos, pero mi madre no podía ir sola, ni siquiera con sus amigas, por eso la única forma de salir de aquella pequeña aldea era con la ayuda de mi abuela.

El empeño de mi madre se debía a que había visto a un chico muy apuesto que la miraba con buenos ojos y que era amigo de sus hermanos. Quería conocerle, por eso siempre ayudaba a mi abuela para que antes del anochecer les diera tiempo a pasear por los alrededores antes de que regresara mi abuelo, que con estas cosas de los pueblos no quería que sus hijos se juntaran con forasteros, como él decía. Quién le iba a decir que diez años después mi madre se casaría con aquel chico del municipio vecino -del que tanto se había encaprichado- y que mis tíos se convertirían en esos forasteros de los que hablaba despectivamente al cruzar el charco e irse a vivir a Argentina.


No solo mi madre necesitaba a mi abuela para sus artimañas sino que el mismo caso ocurría también a la inversa. Mi abuela anhelaba una vía de escape, ya que prácticamente estaba sola en casa durante todo el día mientras mis tíos trabajaban y mi abuelo estaba en la tienda. A veces se enfadaba y decía: «¡Malditos los ultramarinos!, ¡Más tenía que ocuparse de la Marina que tiene en casa!”». Daba la casualidad de que mi abuela se llamaba así, por eso mi abuelo nunca dio un nombre a la tienda. En su exterior aparecía un rótulo muy grande elaborado con pintura negra que había utilizado para pintar las rejas del patio de su casa, y con ella escribió en letras grandes: ULTRAMARINOS, aprovechando que todos los vecinos les conocían como los marinos y formando así un juego de palabras con la verdadera utilidad de la tienda.


Mi abuelo había luchado por levantar ese negocio y se había acostumbrado a la rutina de estar allí, por eso no se daba cuenta de que dejaba de lado a su mujer hasta que ésta murió. Fue entonces cuando definitivamente había perdido para siempre a sus dos amores, a mi abuela y a los ultramarinos, a la Marina y al Marino, como él decía y lo peor de todo es que había sucedido casi al mismo tiempo.


Si mi abuela viese cómo ahora va a verla al cementerio no podría creerlo, ya que siempre se estaba quejando de que nunca le decía que la quería y ahora no hay día en que no deje de dar un beso a su fría lápida, y ese momento lo antepone a su querida tienda, ya que va a verla a ella primero, aunque conociendo a mi abuela ésta diría que eso es porque deja lo bueno para el final. Pero ¿qué es lo que era tan provechoso para mi abuelo como para abandonar a su mujer? Nosotros, sus nietos, le preguntábamos qué tenía de especial aquel habitáculo y lo que nos respondía era que se sentía importante cada vez que entraba allí, y el motivo no tenía nada que ver con algo reciente, sino que la historia venía de lejos, ya que durante el transcurso de la Guerra Civil mi abuelo iba día tras día a la Calle Salamanca –donde se ubicaría años más tarde la tienda- y levantaba montones de tierra, cada vez de mayor altura y ahí los dejaba pegados a la misma acera donde empezó a construir los ultramarinos.
Ponía cuatro o cinco montoncitos de arena, cerraba los ojos y pedía el deseo de que no los derribaran los coches de los guardias nacionales que pasaban una media de tres veces al día por el lugar. Construía grandes fuertes a base de agua y los dejaba muy sólidos. Mientras tanto se escondía para ver si seguían ahí pero se tenía que marchar por la noche cada vez que su madre gritaba su nombre para que éste acudiera a cenar y cuando volvía por la mañana se encontraba la tierra esparcida y las huellas de los coches sobre ella. Una vez más habían derribado aquéllas pequeñas montañas que con sus minúsculas manos había erigido mi abuelo con tanto tesón.


Los ultramarinos eran como esos montones de arena. Eran el esfuerzo por mantener algo en pie en unos momentos tan difíciles, el optimismo y la fe de pensar que esa situación iba a cambiar, que de un día para otro desaparecerían aquellos agentes y con ellos la violencia, la desesperación, la miseria, el hambre, la desdicha, el horror…
Fue solo a partir de entonces cuando comprendí por qué para mi abuelo algo tan minucioso era tan significativo. A todos se nos escapaba su significado, nadie más lo sabía, ni siquiera mi abuela. Ese canto a la esperanza y esa libertad de dejar atrás el pasado eran, en definitiva, lo único que tenía y aquello por lo que merecía la pena luchar. Sé, por lo que he oído, que en plena posguerra hubo mucha hambruna y la tienda fue la única salvación para muchas familias de la región. Entre mi abuela y mi abuelo consiguieron alimentar a todo el pueblo y a alguno más de la comarca. Era un esfuerzo inconmensurable.

Mi abuela se pasaba todo el día haciendo caldos, mermeladas, pastas, etc., pese a lo poco que tenían, mientras que mi abuelo iba a buscar la carne a una hora muy temprana, a las cinco o seis de la madrugada. También cogía fruta del campo, pescaba alguna carpa en el río y cogía huevos de las gallinas que se hacinaban en su pequeño corral. Tampoco se olvidaba de ordeñar las vacas y sacar su leche. Todo era de buena calidad y muy fresco, pero eso era lo que menos importaba en un momento tan difícil y tan delicado.

Años antes, durante la guerra, se racionaron todos los alimentos. Solo daban cincuenta gramos de sopa al día o cien de arroz tres veces a la semana por persona, de ahí que la gente se muriera de hambre o que muchos acudieran al mercado negro. Lo poco que había en circulación costaba grandes cantidades de dinero.


Este panorama provocó que mi abuelo se empeñara en seguir con el sueño de construir en ese sitio un lugar en donde pudiera dar de comer a tanta gente necesitada, pero sabía que en plena contienda esa labor era muy dificultosa, así que esperó hasta que ésta terminara, pero la situación en vez de mejorar, empeoró, siendo ahora su objetivo mucho más arriesgado, ya que había mucha menos comida y empezaron a originarse los primeros comedores de beneficencia. En ellos, mientras uno comía dos raciones, había gente que cuando llegaba su turno se quedaba sin comer porque ya no había más alimentos. Era todo un desastre. Había una desorganización absoluta y mi abuelo veía que estas cosas sucedían frente a sus ojos y no podía hacer nada, hasta que compró el terreno, de apenas cincuenta metros cuadrados. Era el año mil novecientos cuarenta y tenía tan solo diecisiete años. Para ello se tuvo que enfrentar en alguna ocasión a la autoridad, que le preguntaba constantemente el porqué de su compra y aunque mi abuelo ocultaba la verdad, diciendo que allí iba a montar una carpintería, ellos no se lo creían y le decían que estarían muy atentos a todo el proceso de construcción de su supuesto negocio y es que los guardias estaban prácticamente convencidos de que mi abuelo era uno de los muchos rojos que se hacían pasar por azules en aquella villa, pese a que su padre había luchado en el bando de los nacionales durante la guerra y pertenecía a una de las familias más adineradas del lugar.
La situación para mi abuelo era difícil. Me aventuraría a decir que era un poco terrorífica, porque estaba atemorizado constantemente por si descubrían lo que tenía entre manos. No se podía fiar de nadie. Si decía que en verdad lo que había bajo el suelo de esa carpintería eran baúles llenos de comida, corría el peligro de que alguien se chivara y le mataran. Recordaba además que muchos de sus amigos que apoyaban en un principio al bando republicano, se habían hecho falangistas, algunos por miedo, otros obligados y muchos de ellos por no tener una fuerte personalidad como sí la tenía mi abuelo, que se había encargado siempre de ocultar su verdad y sus sentimientos, que eran contrarios a los de su familia y a los del régimen que gobernaba en España.


El plan que tenía mi abuelo para no levantar sospechas era el de contárselo solo a las familias más necesitadas del pueblo, exclusivamente a tres o cuatro, para que no se extendiera el rumor. A esas familias les decía que debían acudir solo dos días determinados de la semana, en distintos horarios, que él previamente les determinaba. Tenían que ir diferentes miembros, de forma alterna, para que no resultara extraño que una misma persona en plena posguerra acudiera ocho veces al mes a pedir encargos a una carpintería. Irían bien vestidos, o al menos bien aseados. Mi abuelo además les recalcó seriamente que no dijeran nada porque podrían acabar todos muertos. La visita al taller sería de aproximadamente diez minutos y las piezas se las llevarían en el mismo momento, haciendo siempre referencia exclusivamente a objetos de carpintería.


Como estaban vigilados casi las veinticuatro horas del día, en el caso de que alguien les parara y les registrara, se mostrarían colaboradores y les darían a los guardias las piezas para que las revisaran. En ese momento, mi abuelo, por la puerta trasera, sacaría un saco con alimentos y lo depositaría en una tinaja con un doble fondo. En esa parte trasera esperaría otro familiar, y aprovechando que cerca se encontraba un pequeño riachuelo, llenaría la tinaja con agua, de tal forma que la persona que estuviese siendo registrada podía estar tranquila habiendo conseguido distraer a los guardias, y la segunda persona, en caso de que le consignaran la tinaja -aunque esta opción difícilmente se daba- se la mostraría, ya que estaba muy bien construida y falseada, por lo que no se darían cuenta. Después ambos se dirigirían a la casa familiar por distintos caminos y allí enterrarían los alimentos, en el patio normalmente, y tendrían víveres para al menos cinco o seis días si lo administraban bien, hasta volver a repetir la misma operación en sucesivas jornadas.


Algún guardia se dejaba caer por allí con asiduidad, pero todo estaba perfectamente preparado, incluyendo los diferentes útiles del trabajo de carpintería, del que curiosamente mi abuelo no tenía ni idea, pero siempre fingía estar haciendo encargos para amigos cercanos para así ganarse la vida, aunque realmente lo que fabricaba todo el tiempo era las tinajas. Lo justificaba diciendo que pertenecía a una familia de dinero y que la vida la tenía solucionada por haber prestado su padre servicio al Generalísimo, por lo que trabajaba más que nada por distracción. Le preguntaban que por qué había dejado el campo, ya que tenían constancia de que hasta entonces mis abuelos habían trabajado en la tierra y él les decía que no lo habían abandonado, que él seguía yendo todas las mañanas, así le servía además como coartada en caso de que le pillaran con las manos en la masa recogiendo frutas y hortalizas para luego venderlas, aunque en la mayoría de los casos no cobraba, sino que regalaba lo que cosechaba para ayudar a que la gente no se muriera de hambre, aunque alguno siempre le daba la voluntad.


Querían curiosear también sobre qué hacía con la comida que recogía y mi abuelo les replicaba que mi abuela se entretenía en preparar platos para sus hijos, que era todo para su consumo y que como no podían venderlo se había tenido que dedicar a la madera para sacar un dinero extra que apuntaba cuidadosamente –aunque todo estaba amañado- en una pequeña cartilla a modo de libro de facturas.


En el fondo era un privilegiado ya que sus padres contaban con huertos y con un corral donde tenía conejos, gallinas y pollos y disponían de algunos cerdos, mientras que la gran mayoría era fusilada y torturada y muchos se tenían que exiliar. Incluso había gente que trabajaba sin cobrar solo para poder comer.


Finalmente dejaron de vigilar a mi abuelo quizás porque su padre, que le había prestado el dinero para levantar el supuesto taller de carpintería, estaba cansado de que se especulara sobre su familia y había ido a hablar directamente con sus superiores.


Mi abuelo sentía rabia por ellos, no solo por esa terrible situación, sino también porque habían dejado a mi abuela lisiada e infeliz de por vida. El bombardeo tuvo lugar cuando mi abuela apenas contaba con quince años. Mis abuelos no se habían casado todavía, pero ya andaban de novios, por lo que lo había vivido todo directamente. Los ultramarinos fueron su venganza más valerosa.


Según pasaba el tiempo, empezaron a abrir otras tiendas, pero los precios eran abusivos y se aprovechaban de la gente. Él no quería eso, así que siguió en la clandestinidad. La situación tardaría años en normalizarse hasta que pudiera abrir la suya sin miedo alguno,
teniendo en cuenta que hasta el año cuarenta y cinco no acabaría otro conflicto que también les afectaba: la Segunda Guerra Mundial. Mi abuelo sentía que nunca sería capaz de levantar aquel proyecto.


Las persecuciones a la gente que trataba de buscar alimentos era diaria. Uno de los compradores habituales de la tienda le había delatado a las autoridades, que entraron una mañana pidiendo un encargo de unas puertas, mientras que registraban todo el local. Vieron todos los alimentos que guardaba y fue denunciado por estraperlo. Estuvo en la cárcel varias semanas, pero su padre, que era amigo de muchos policías de la nacional, consiguió sacarlo de aquéllo, pero derribaron su tienda igual que los montones de tierra que levantase años atrás. Mi bisabuelo, al enterarse de lo que hacía con esa pobre gente, casi le mata por ayudar a esos rojos, sin darse cuenta de que en realidad no era una cuestión solo de colores, ya que en esta encrucijada moría gente de los dos bandos.


El engaño duró apenas dos años, pero se sintió útil en todo momento y eso le generaba una felicidad inmensa, siendo lo único que le importaba.


Una fría mañana del mes de enero de mil novecientos cuarenta y tres fue obligado a marcharse a Madrid, acompañado de mi abuela. Allí se casaron y comenzaron a trabajar en la industria tabacalera, pero de nuevo la tristeza le invadió toda su alma. Estaba lejos de las áridas y doradas tierras castellanas que se le antojaban muy lejanas. Echaba de menos a la gente campechana y luchadora de su pueblo. Se estaba perdiendo el progreso de su generación, la salvación de hombres como él y de mujeres como mi abuela. Negaba su nuevo destino y se aferraba a épocas pasadas. La tristeza invadía todo su ser.


En esta nueva etapa tuvieron a sus tres hijos -a mi madre y a mis dos tíos- y la salud de todos ellos era de hierro. Además, ganaban mucho dinero porque mi abuelo había conseguido meses atrás un suculento ascenso que podría cambiar sus vidas, pero no optó por la codicia sino por su propia dicha y felicidad, la que le produciría volver a su pueblo ahora que las cosas estaban más calmadas. Era el año sesenta, aunque no se decidió a volver a abrir la tienda hasta el setenta, cuando sus hijos eran más mayores y cuando prácticamente todos sus ahorros se habían acabado. Ahora sí podía cumplir su sueño libremente, sin temor a que fuese delatado, descubierto, traicionado. Se convirtió en el negocio familiar, en el sustento de todos y eso hay que agradecérselo al empeño de mi abuelo por levantarla y por seguir unos ideales con una gran fijación, sin que hubiese tiempo para el rendimiento.


Mi abuelo murió el año pasado, rondando los noventa. Cuando nos acercamos a decir unas palabras sobre él en su entierro la primera que se me vino a la cabeza fue la perseverancia. Recuerdo que cuando lo dije pude notar cómo todas las cabezas que se hacinaban a mi alrededor asentían con firmeza. Ese fue su mayor logro y por eso era necesario dejar constancia de su historia a quien le pudiera interesar. Ahora lo que era su secreto mejor guardado nos pertenece a todos nosotros.


A toda la familia le pareció una buena idea incinerarle, sobre todo para esparcir sus restos en sus dos lugares favoritos: sobre la tumba de mi abuela y sobre aquella esquinita donde muchos años atrás había formado tantos y tantos montones de arena destruidos durante años y años. Esta vez, al depositar sus cenizas, nadie pudo destruirlas. Nada más verterlas se quedaron inmóviles por un rato en el suelo y cuando disponíamos a marcharnos volaron casi de forma mágica en un baile sin fin con el viento, elevándose sin término final, convirtiendo aquel momento triste en una sonrisa en cada uno de nuestros rostros.

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Licenciada en Historia del Arte. Apasionada de la lectura y aficionada a la escritura.

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