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8 min
Un abrazo lo fue todo
Reales |
10.07.21
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Sinopsis

No era posible imaginar nuestra vida sin la suya

Un tremendo soplido apagó bruscamente las velas de la tarta. Los aplausos y vítores que lo acompañaron, mientras el destello de las luces  de la lámpara descubría nuestros  felices rostros, hicieron que  ese momento se convirtiera en algo mágico.

Como todos los años, desde hacía ya quince, mi hijo Juan celebraba el cumpleaños. Cada 19 de mayo era un motivo de fiesta y alegría, en el que nuestras retinas continuaban aún  brillando de emoción, como si se tratara de  la primera vez, contemplando como nuestro pequeño ya estaba hecho un hombrecito. Él también nos miraba  y sonreía, luego nos abrazábamos los tres y comíamos esa tarta de 3 chocolates que elaboraba mi mujer y que cada año le salía aún más espléndida que el anterior. Esas tres capas que se iban oscureciendo  ,hasta llegar al culmen del cacao puro ,que nos dejaba un regusto amargo que degustábamos con los ojos cerrados para no perder ni un ápice de aquella textura, de aquél sublime chocolate negro que intentábamos mantener en el paladar el mayor tiempo posible. Con timidez se levantaba y alzaba su copa ,que chocaba con las nuestras, para saborear esa sidra a la que le costaba dar el primer sorbo sin sentir ese escalofrío en todo su cuerpo mientras recorría el líquido su tubo digestivo. Nuestro Juan era cariñoso, amable, atento y tenía esa mezcla de picardía, inocencia y bondad que lo hacían único. Si algún día no sabía que decir , no era capaz de articular la palabra más apropiada, o sencillamente no sabía cómo justificar lo que había hecho , simplemente nos miraba a los ojos  y pronto se fundía en un abrazo reclamando esos besos que tan feliz le hacían,  y por supuesto , nos hacían a nosotros.

Cada año comprobábamos el paso del tiempo, que se hacía más aparente en nuestros cuerpos más oxidados que en los de nuestro hijo, que siempre conservaba ese espíritu y mentalidad juvenil que le hacían parecer siempre un niño. Eso era una de las cosas que más nos fascinaban de él, su capacidad para no dejarse de asombrar por todo, para no perder la esencia de las cosas, para ver siempre la virtud en vez del defecto, para sonreír ante la desgracia y para amar y agradecer la vida que le había tocado vivir.

En ese día que volvimos a  apagar las velas, nos dio por recordar lo que ocurrió hace algo más de quince años, las lágrimas, los sufrimientos, la responsabilidad, lo jóvenes que éramos y el desconocimiento  que teníamos ante lo que nos venía. Por todo ello estuvimos a punto de “tirar la toalla” de desistir, de no afrontar esa vida. Éramos demasiado jóvenes y también inmaduros. La decisión que tomamos hace quince años fue lo más acertado y afortunado, y ya  no era posible imaginar nuestra vida sin la suya.

Teníamos por costumbre  todos los viernes,  coger el autobús nº 53 que salía muy cerca de nuestra casa, en la Calle Torrelaguna y que recorría todo Madrid,  hasta llegar a la Puerta del Sol. En la Chocolatería San Ginés nos tomábamos una taza bien caliente acompañada por unos churros,  y  pronto regresábamos  nuevamente a casa. Un viernes de invierno, recuerdo que faltaban dos días para la Navidad, y como siempre hacíamos, subimos  al mismo autobús que nos llevaba hasta el centro de la ciudad.  Nos gustaba ponernos cerca del conductor y detrás de nuestro hijo, al que le apasionaba ir solo,  contemplando ese Madrid al que la bruma  de aquél día no dejaba apreciar todo su esplendor, pero que la hacía una ciudad aún más hipnótica. Observábamos, cogidos de la mano,  su sonrisa, su alegría y su felicidad de la que nos sentíamos parte importante. Desgraciadamente,  nuestra dicha no se reflejaba en las de los demás pasajeros. No entendíamos esas caras de amargura, esas conversaciones monosilábicas, esos móviles encendidos que poca o ninguna información daban, esos relojes que parecían ir más rápidos que el tiempo y que siempre parecían hacerles impacientar por no llegar en hora a un sitio u otro. Nos miraban como sorprendidos, extrañados y hasta con  cierta envidia. Imaginaba que se preguntaban, en más de una ocasión, porque ellos no sonreían y nosotros sí.

De vez en cuando llamábamos la atención a nuestro hijo para que no hablara tan alto. El, sin duda,  asentía pero, al cabo de un rato, volvía a elevar ligeramente su tono de voz. Unos golpecitos en la espalda le hacían entender rápidamente que su alegría podía molestar a algunas personas, por lo que, en silencio, miraba por los cristales, ya condensados por el vapor del autobús, llegando a distinguir,  como los árboles parecían huir, la luna siempre le contemplaba, las nubes parecían perseguirle y los conductores de los coches a los que abordaba el autobús,  a pesar de ser reacios en un principio, terminaban por saludarle  tímidamente, debido a su insistencia. Hoy como todos los viernes y como todos los días de la semana era un gran día para todos. De vez en cuando miraba hacia atrás y nos daba la mano, su felicidad no tenía límites.

De repente alguien, desde los asientos traseros, se acercó a nosotros

–Tiene Ud. mucho mérito.

– ¿Por qué?—pregunté con sorpresa

–Bueno, imagínese… La mala suerte de tener un hijo así… —dijo en tono lastimero

–Así… ¿cómo? —insistí,  clavándole los ojos,  en su mirada  hipócritamente compungida.

–Pues  ya sabe… un niño que no es normal. ¿Imagino que tendrán  que sacrificarse mucho, verdad? —preguntó con cierta pena.

––Lleva Ud. razón, dije convencido,  mi hijo no es normal, mi hijo sonríe, es feliz y hace felices a los demás. Sin duda que NO ES NORMAL

–No se lo tome a mal, lo único que quería era que supiera lo mucho que valoro a gente como Ud. por el cariño que les da.

–Sepa Ud. una cosa, Si supiera el cariño y las alegrías tan inmensas que me da mi hijo, quizás me envidiaría, seguro que no se compadecería de mi. Mi hijo es feliz y nosotros más.

En ese momento mi hijo se acercó a nosotros y nos preguntó

–Tenéis los ojos un poco… ¿estáis tristes??

–No hijo, estamos emocionados de ver como los árboles huyen de nosotros, como la luna siempre nos mira y como las nubes nos persiguen.

–Ah, que no me entere yo que nadie os hace daño, eh!!— dijo con enfado y arrugando sus pequeños ojos.

Nos fundimos en un nuevo abrazo, mientras el pasajero de atrás se marchaba con los ojos vidriosos y sin duda con ganas de unirse a ese feliz abrazo. Ese viernes sin duda no fue como los otros, o quizás sí, ese viernes nos reafirmamos en lo mucho que le queríamos y en lo equivocada que estaba la gente al juzgar, además ese viernes supimos que nuestro hijo no solo nos quería sino que también nos protegía de la gente” normal”.

Fue hace 15 años, un 19 de mayo el día en el cual el timbre  de la puerta de nuestra vivienda sonó. Abrimos y vimos a nuestra vecina como, con lágrimas en los ojos, nos pidió un enorme favor. Que nos quedáramos esa noche con su hijo de poco más dos años, que nació con una minusvalía.  Tenía Síndrome de Down. Nos prometió que esa misma mañana volvería a por él. Éramos muy jóvenes no supimos decir que “no”. La madre de aquél niño nunca volvió a  aparecer, dudamos si llamar a los servicios sociales, pero hubo algo que nos hizo desistir. Por su cumpleaños recibimos su primer abrazo, fue al probar la tarta de 3 chocolates que hizo mi mujer. Nos miramos a la cara y no dudamos que ese niño iba a ser nuestro hijo querido. Iniciamos el proceso de adopción y pasados quince años  disfrutamos de cada momento, de cada abrazo, de cada lágrima y contamos las horas para poder estar con nuestro hijo, un niño feliz a pesar de que algunos no lo consideren “normal”.

 

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  • Emocionante relato. Muy buena la temática y muy bien escrito. Muchas veces me pregunto si la mayor anormalidad no es aquella de los que no saben amar no? puro amor en estexabrazo! gracias
    Muchas gracias por tu valoración. Es cierto que la historia narra un hecho que ocurrió cercano a mí y se de lo que hablo y del cariño recíproco que reciben y sobre todo que dan estas personas especiales. un abrazo y bonito día, Yolanda
    Precioso. Qué fácil es juzgar a niñ@s con Síndrome de Down. Son plácidos, cariñosos, sociables, fáciles de tratar pero como cualquier niñ@ que imita a sus progenitores, dan lo que reciben. La decisión de tus protagonistas fue valiente y ejemplar, como el relato que nos regalas con esta lección de vida. Me encantó, un saludo afectuoso Óscar.
  • "Por mi honra y honor debía de luchar contra esos malvados" Relato finalista en un concurso de mi ciudad, que debía versar sobre El Quijote de la Mancha

    La historia que narro es real, afortunadamente la parte final es ficticia. Pertenece a uno de los relatos de mi libro "Dos Zapatillas.Relatos de Running"

    Antonio conquistaba el amor de María cada día

    No era posible imaginar nuestra vida sin la suya

    La vida de un mejillón desde dentro...

    Felipe sabía que había llegado el instante soñado...

    Agradezco a todos los que exponéis vuestro talento para hacer la vida un poco más ...

    Terrores nocturnos

    Aquella noche tuve una terrible pesadilla

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