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4 min
Un amor
Amor |
15.05.18
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Sinopsis

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Las cuatro letras que forman la palabra amor, ordenadas en forma correcta, celan uno de los enigmas más poderosos de la creación, perennemente acechado por las oscuras fuerzas del odio, como si fueran hermanos que se divierten, en la trágica farsa de la vida.

Al parecer, la repartija cósmica es poco democrática en la distribución de los dones del amor. De cualquier modo vayan las cosas celestes, es claro que a toda criatura que camine, nade, vuele o repte sobre este planeta, el soplo divino dejó caer los fotones necesarios para encender esos soles interiores, capaces de irradiar pasiones grandiosas en su belleza, o destructoras e incontrolables.

El amor de Alzú no fue de esos que se recuerdan con las nostálgicas cancioncillas de verano. Perteneció a la dolorosa categoría de los amores no correspondidos.

De esos amores que allá por Florencia una sonrisa de Beatriz iluminaran la inmortal poesía del Dante, o allá en la desolada tierra de Castilla, un hidalgo de adarga al brazo, galgo y rocín flaco, fulgurado por el amor de su Dulcinea, estremece las praderas de la imaginación con sus singulares y maravillosas aventuras. Los ejemplos son ilustres, pero siempre de amor se trata.

En nuestra historia las cosas sucedieron una tarde de verano, cuando el sol azotaba implacable las calles y veredas del barrio transformándolas en un océano ondulante y transparente. Nosotros, muchachones de pura adolescencia, estábamos sentados en una banca de madera que habíamos construido debajo de uno de los olmos que adornaban las veredas. Ahí nos pasábamos horas, días, años enteros a contemplar el fluir inarrestable de la vida, sin prisas, sumergidos en el dulce hacer nada. Contemplábamos, simplemente, el fluir del tiempo habitándolo como los peces el agua. Ignorábamos el significado del fluir, del transcurrir del tiempo. Quizás si existíamos en el tiempo o el tiempo existía en nosotros, o éramos nosotros el tiempo.

Sólo sabíamos que en nuestro cercano horizonte no existían nubes ni preocupaciones, salvo las incipientes revoluciones propias del almanaque, las que iban exigiendo el conocer geografías, valles, colinas, sombras que se imaginaban al pasar de alguna cimbreante falda, que hablaban de sensualidades, ardores y sed zoológica; pero los nuevos exploradores aún carecían de mapas y brújulas adecuadas para el asalto a esas tierras vírgenes, donde reinaba Eros.

Desde nuestra banca, bajo el olmo, cual expertas viejas balconeras, comentábamos, interpretábamos y catalogábamos los pocos acontecimientos interesantes que atravesaban nuestra modorra provinciana. Los juicios y veredictos pasaban a través del cristal de nuestra personal enciclopedia, esa que se forma únicamente con los escasos libros de la experiencia personal, que era el único fruto del árbol de la vida a nuestro alcance, bastante insignificante, por lo demás.

Como decíamos, estábamos tranquilos holgazaneando bajo la sombra del olmo, cuando llamó nuestra atención de gatos al ratón, leones a la gacela, águilas siderales sin alturas, cóndores sin carroñas, un multicolor grupo de lolas que pintó el horizonte de colores con sus vestidos frescos y leves como la brisa. Era un grupo de muchachas o flores, del todo inédito en nuestros dominios. Las muchachas atravesaban una plaza que daba alegría a un viejo y descolorido convento.

Frente a ese gris convento donde anidaban palomas y cuervos, separados por la plaza, se encontraba la cárcel pública. El bien y el mal, pero sólo en teoría.

 

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