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10 min
Un árbol humano
Varios |
26.01.17
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Sinopsis

-Ay, los árboles…

Lidia respiraba hondo mientras caminaba entre matorrales, flores y demás formas de la naturaleza. Hacía años que no iba al bosque en donde pasó más de media infancia. Necesitaba ir a ver esos árboles de nuevo, donde se subía y se pasaba horas enteras leyendo un libro o simplemente pensando.

Desde niña había sido una persona que necesitaba tener sus horas de soledad, para saber quién era. Esos árboles le habían dado un ramalazo de nostalgia muy fuerte.

A partir de ese momento estaría sola muchísimo tiempo, ya se había cansado de su marido. Ella necesitaba su espacio, volar libre. Coger un helicóptero y surcar el cielo azul, dar la vuelta al mundo…

Llevaba treinta años atrapada en la rutina de su anodino matrimonio, pero se había terminado. A partir de ese momento iba a hacer lo que ella quisiera, recuperar el tiempo perdido.

Lidia se detuvo a pensar. ¿Cómo se recuperaba el tiempo? Quizá se pudiera dar marcha atrás y evitar que se encerrará durante tres décadas con ese soso, aburrido y, al final, ni siquiera buen hombre. Estaba harta de soportar su pestilente aliento en la cama, cuando volvía del bar a las tantas de la madrugada; estaba harta de aguantar sus exigencias sobre el tiempo que debía tardar en plancharle sus malditos calzoncillos; estaba harta de su peinado absurdo para disimular su calva incipiente; estaba harta de él.

Cuando le conoció no era así. La encandiló con su poesía sobre amores imposibles y con sus promesas de llevarla al Sahara a perderse por el desierto y nunca encontrarse si querían o de llevarla al Amazonas a esconderse del mundo entre los millones de árboles, lejos de la mirada acusadora de un mundo sin corazón. El hipócrita le juró miles de momentos inolvidables y que Lidia haría lo que fuera porque el tiempo no siguiera su curso, porque los segundos del reloj se detuvieran, porque el verano nunca finalizase…

Pero ese verano terminó, y con él, la fantasía que ese estúpido le había prometido. Ya no era igual de romántico, pero ella se conformó pensando que era normal, y acabó casándose con él.

 

La Lidia de treinta años después de ese fatídico día que dio el “sí quiero”, rozó la corteza de su árbol favorito cuando era niña. Tenía salientes que eran muy fáciles de escalar y la rama en la que se ponía era ancha y vigorosa, además de cómoda. Poco quedaba de ese árbol, pues su rama favorita había sido talada y sólo quedaba el muñón de esa mano amputada a un ser vivo. Lidia, con la cabeza un poco perdida de tantas emociones que estaba recordando, se abrazó al árbol con fuerza, sin importarle los raspones que le hacía su dura y deforme corteza.

Lidia creía poder hablar con ese árbol, que le contara su vida. Tantas cosas le pasaban por la cabeza, que pensaba que le iba a estallar.

-Oye, árbol, ¿te duele mucho lo de la rama?

En su locura, Lidia creyó que el árbol dio una pequeña cabezada asintiendo. En realidad, había sido el viento.

Era el día más caluroso del verano, tanto que hasta el fuerte viento quemaba la piel. Lidia llevaba horas y horas bajo ese ardiente sol. Su cabeza estaba sin sentido, ya no sabía que pensar. Poco le quedaba para ver alucinaciones.

La última vez que había estado con ese árbol, tenía veintitrés años. El día anterior a su boda, había ido a visitarlo. Necesitaba ver si a su amigo le parecía bien ese enlace. El árbol no respondió, por lo que Lidia apenada se alejó, camino del hotel donde pasaría la noche en vela sin parar de dar vueltas en la cama, no pudiendo sacar de su interior que estaba cometiendo un terrible error.

Al recordar eso, Lidia soltó al árbol y le pegó un puñetazo, haciéndose sangre.

-¿Por qué no me avisaste de lo que me iba a pasar si me casaba con ese cabrón?

-Lo siento-sonó en algún lugar.

-¿Qué has dicho?

El silencio le respondió.

-Habla, contéstame-le gritó Lidia llorando y pegando patadas a sus duras raíces.

Tras eso, se tiró a la hierba y se quedó dormida bajo ese tórrido astro que acabó quemándole la piel poniéndosela de un color rojo muy intenso.

Cuando Lidia despertó era de noche. La temperatura era agradable y sentía la piel extraña, con una sensibilidad extrema. Cada vez que se tocaba la frente ardiendo, parecía como si estuviera tocando otro cuerpo y no el suyo.

Se levantó con un dolor tremendo en la columna. Hizo crac con la espalda sentándose en el suelo y girando para los lados de cintura para arriba. Aliviada y relajada miró alrededor. El único ruido que había era el cri-cri de los grillos.

Lidia lloró sobre sus rodillas. La vida había sido tan cruel. Había querido comerse el mundo y no había hecho nada. Su cabeza empezaba a no distinguir bien la realidad y su imaginación. Pasaba de una lucidez tremendamente dolorosa, a una felicidad frenética, sin darse cuenta muy bien casi ni quien era.

Su marido apareció delante de ella. Iba vestido de traje, impoluto, cosa que destacaba especialmente en un bosque apartado y frondoso. La miraba con seriedad.

-¿Qué haces aquí, Lidia? ¿Cómo te has atrevido a dejarme sin decirme nada? Vuelve ahora mismo a casa.

-¡Nunca! Jamás volveré contigo.

-Te voy a obligar, no tienes opción.

Lidia cogió una piedra y se lo tiró con todas sus fuerzas. Iba directo a su cabeza, pero no vio como le daba, porque se cayó al suelo, debido a la propulsión que había dado a su cuerpo para lanzar esa piedra a esa velocidad. Cuando se levantó, el hombre no se había movido del sitio ni un centímetro pero no parecía que la piedra le hubiera siquiera rozado. Sin embargo, Lidia estaba segura que la piedra iba con una puntería certera a su cabeza. Se quedó anonadada, sin entender nada.

-Lidia se acabó el juego.

Ella se sentó en el suelo, atemorizada, notando como esa sombra se acercaba a ella. Pero no llegó; algo se lo impidió. Levantó la cabeza y vio a su árbol salido de sus raíces. No tenía rostro, pero estaba furioso, ella se lo notaba, lo conocía a la perfección. Cogió a su marido con una rama más pequeña que en la que Lidia de niña se pasaba horas, y lo lanzó hacía atrás, haciendo que se perdiera en la inmensa noche.

Lidia tuvo un último momento de lucidez, en el que vio al árbol parado donde siempre y donde su marido no aparecía por ningún lado.

-Me has salvado…

-Claro Lidia-le respondió el árbol-. Nunca olvidaría las horas que pasamos juntos.

Lidia lloró de felicidad. Se tiró a las raíces de su imponente amigo de toda la vida.

-Levántate ahora mismo-le obligó el árbol.

Ella le hizo caso y lo abrazó. Lidia no quería soltarlo nunca. El árbol le acarició el pelo con una de sus ramas.

-Tranquila. Ya estás conmigo. Nunca te voy a dejar.

-¡Sí!-gritó muy contenta Lidia-. Vámonos. Quiero ver Venecia, París, Londres…

-No puedo salir de aquí. Soy un árbol.

-Antes has salido de tus raíces. ¿No puedes volver a hacerlo?

-Sólo ha sido para salvarte. No puedo salir de aquí.

-Eso no tiene sentido-dijo una Lidia con su atribulada cabeza dando vueltas.

-Si quieres irte lo entenderé.

-¡No! Me quedo contigo. Te quiero.

Lidia se durmió agarrada al árbol. Soñó que veía todo el mundo a sus pies, con el árbol a su lado. Estaban volando, el árbol estaba volando y ella estaba encima de él, en la rama que le habían cortado.

 

Un campesino que araba y cultivaba unas tierras cercanas se la encontró en el suelo, agarrando con las dos manos un árbol y usando sus raíces como almohada. El hombre, sorprendido, le despertó con una sacudida.

Ella lo miró, soñolienta. Al darse cuenta de la situación, el hombre le preguntó que hacía allí durmiendo, si tenía algún problema económico.

-Fuera de aquí, déjame.

-¿Qué dices?-le preguntó el campesino.

-Árbol, hazle lo que le hiciste a mi marido.

El campesino se dio cuenta de la locura de Lidia. Se la intentó llevar por la fuerza, pero ella se negó con furia y hasta le soltó algún mordisco al pobre hombre.

-Mientras este árbol este aquí, nunca me moveré-prometió Lidia.

El campesino estuvo cavilando las posibilidades un rato. Si llamaba a la policía o a los bomberos, esa mujer acabaría encerrada en un psiquiátrico. Sólo se le ocurría una solución.

Lidia se había vuelto a quedar dormida a la sombra del árbol, cuando el campesino regresó con una motosierra. Para cuando Lidia se despertó por el ruido, su árbol ya estaba cayendo hacía el lado contrario en el que estaba ella.

Lidia, sin saber muy bien como había ocurrido, se puso de rodillas sobre el tocón, que era lo único que quedaba de su amigo. Con los ojos arrasados en lágrimas y con un brillo de infinita locura en los ojos, miró al campesino. Éste no la observaba. Con la motosierra aún encendida, miraba el árbol caído pensando en llevarse algo de leña para su caserío. Tan concentrado estaba, que no se dio cuenta del acercamiento de Lidia, hasta que le arrebató la motosierra de las manos y le abrió la cabeza con ella.

La sangre salpicó a Lidia de arriba abajo. Se dio cuenta de que había matado a un hombre.

-¿Qué he hecho?-dijo Lidia en estado de shock.

De pronto, una voz le hizo darse la vuelta. Del tocón salió un espíritu, el alma del árbol.

-Me voy de este mundo, Lidia. ¿Me acompañas?

-¿Adónde vas?-le preguntó.

-No lo sé. Pero al fin me puedo mover fuera de mis raíces. Ya no estoy vivo.

Lidia se quedó boquiabierta, mirando alternativamente el fantasma del árbol y la motosierra. El árbol se dio cuenta.

-No tienes que acompañarme si quieres. Eres libre para hacer lo que quieras.

Lidia se había decidido. Cogió la motosierra y se atravesó con ella.

Notaba la sangre fluyendo por la hierba. Tan copiosa era que llegaba incluso a salpicar al cadáver de su amigo el árbol y del campesino: estaba por todas partes.

Miró para arriba y vio al espíritu del árbol esperándole. Lidia vio, o creyó ver, su propio espíritu saliendo de su cuerpo y fundirse en un abrazo con el del árbol.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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