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8 min
Un autógrafo para Claudia
Humor |
01.11.18
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Sinopsis

Un encuentro inesperado...

Eusebio, asalariado de ocho horas diarias, hombre serio y cabal como el que más, se topó con Claudia Schiffer —famosa top-model del momento— al salir de la oficina, a la hora del almuerzo. Aunque sorprendido, se limitó a echarle una mirada de soslayo y continuó su camino rumbo al desaliñado bar donde habitualmente engullía la pitanza matutina. Pero Claudia fue tras él.

—Por favor, ¿podrías firmarme un autógrafo, Eusebio?

El recto oficinista se volvió con incredulidad.

—¿Un autógrafo? ¿Está usted loca o qué? ¿Cómo sabe usted mi nombre?

Claudia, rebosante de entusiasmo, explicó a Eusebio que, siendo ella una gran aficionada al fútbol y muy entendida en la materia, le había visto el sábado pasado jugando un partido de la liga de veteranos. Y, durante el encuentro, Eusebio realizó una jugada magistral, prodigiosa, increíble, que culminó en el golazo que dio el triunfo a su equipo. He ahí la razón de que humildemente le solicitara un autógrafo.

Eusebio recordó la jugada. «Fue buena, sí señor». Hinchó orgulloso el pecho y replicó quitando importancia al lance:

—Bueno, bueno... no es para tanto. Fue una jugada corriente, nada del otro mundo. Como ésa, hago cuatro o cinco todos los partidos. El que acabara en gol fue sólo cuestión de suerte, así que no tuvo mucho mérito, señorita.

Claudia miró con ojos tiernos a Eusebio. «¡Qué modestia la suya! ¡Qué ejemplo de hombre!». Si ya la había cautivado como futbolista, resultaba que también era admirable como persona. Esa incipiente barriguita cervecera que denotaba su sociabilidad; las gafas, que guapo no le hacían, pero le aportaban un sutil toque intelectual; esas canas, igualitas que las de Richard Gere; las profundas entradas en el cuero cabelludo, señal indudable de madurez, de personalidad…

«¡Ay, es un amor!», suspiró Claudia para sus adentros.

Eusebio firmó el autógrafo, dio la espalda a la modelo y encaminó de nuevo sus pasos hacia el bar. Claudia quedó clavada en mitad de la calle, contemplando embobada cómo se alejaba ese genio del fútbol, esa exquisitez de persona que acababa de dedicarle un autógrafo. Pero, de pronto, pareció recordar algo y correteó tras los pasos del genio.

—Eusebio... una cosa más. Quería pedirte un favor.

Eusebio hizo un gesto de resignación y esperó a que la rubia prosiguiera.

—Me gustaría ir a verte jugar el próximo partido, ¿puedo?... Por favor...

—Sí mujer, sí. Ven si quieres. Pero nada de numeritos, ¿vale?

—Gracias, Eusebio. No sabes lo feliz que me haces.

El talentoso veterano volvió a dar la espalda a su admiradora y entró presuroso al bar resoplando aliviado. «¡Qué pesada esta Claudia Schiffer. Con lo formalita que parece en la tele!».

 

Eusebio recibió la pelota en el centro del campo y, tras otear el panorama, se lanzó como una flecha hacia la portería contraria sorteando a cuantos rivales le salían al paso. Encaró al defensa libre y le hizo un caño, quedando mano a mano contra el portero. Éste se abalanzó como un kamikaze hacia Eusebio, que viendo tal suicidio —deportivo, claro— levantó suavemente una vaselina que irremediablemente acabaría en las mallas. Pero el portero ni siquiera miró el balón. También él sabía que no había nada que hacer para evitar el tanto, por lo que su mente albergaba otras intenciones, antideportivas y salvajes intenciones. Levantó la pierna derecha con rabia enseñando los tacos de aluminio y propinó una salvaje patada tipo Kung-Fu al maestro futbolero, alcanzándole de lleno en el pecho. Un grito desgarrado salió de la boca de Eusebio, al tiempo que rodaba por el suelo retorciéndose de dolor.

Claudia Schiffer, desde la banda derecha, profirió también un agudo grito.

—¡Ay, Dios mío, que me lo han matado!

Saltó la valla protectora y se lanzó corriendo hacia el lugar donde yacía maltrecho su hombre. Espléndida y poderosa cual leona de caza, adelantó en su carrera a los compañeros de Eusebio, que se dirigían no tanto a auxiliar al lesionado, sino más bien a machacar al guardameta rival.

Claudia se abalanzó llorando sobre su ídolo herido. Éste, al tomar conciencia de las formas que le oprimían, se levantó como un rayo del suelo, acertando a decir:

—Por favor, señorita, compórtese.

—¡Ay, mi amor! —suspiró Claudia— ¿Estás bien? Casi te matan.

—Por favor, señorita. Salga usted del campo. Esto no está permitido.

El único compañero de Eusebio que no había optado por la alternativa de pisotear al portero rival, acudió en ayuda del pichichi.

—No te preocupes, Eusebio. Yo me encargo de ella.

Levantó en brazos a Claudia, que no paraba de gimotear, y se dirigió con ella hacia la banda aprovechando la ocasión para magrearla de pies a cabeza.

El míster del equipo, pese a la insistencia de Eusebio en que podía continuar jugando, decidió sustituirle. Renqueante, dolorido, con la camiseta quitada, mostrando al respetable las marcas que le habían producido los tacos del portero en el pecho, el maestro emprendió el camino de las duchas.

Secándose se encontraba Eusebio, solo en el vestuario, cuando escuchó abrirse la puerta. Levantó la vista y, en efecto, ahí estaba… otra vez Claudia.

Eusebio se tapó sus partes rápidamente con la toalla.

—Por favor, señorita. Salga usted de aquí.

—Eusebio, cariño, ¿te encuentras bien?

—Sí, muy bien. Pero, por favor...

—¡Ay, Eusebio! Te tiene que doler mucho el pecho. Ese salvaje, ¡vaya patada que te ha dado!

—No pasa nada. Son cosas del fútbol.

—¿Cosas del fútbol?... Pero si te ha dejado el pecho que parece una ficha de dominó —replicó Claudia enfurruñada—. Déjame, que te voy a dar una pomada.

—No quiero pomada. Eso son chorradas —cortó enérgico Eusebio, intentando alejarse de Claudia.

La top-model hizo oídos sordos. Echó mano al bolso que portaba, extrajo un tarrito de su interior y untó sus dedos con un chorro de crema blanca. Eusebio retrocedió hasta un rincón.

—Por favor, no quiero pomada.

—Sólo un poquito, cariño. Ya verás qué bien te sienta. Tiéndete en el banco.

—No quiero tenderme en el banco. No quiero pomada.

—Si no te tumbas en el banco ahora mismo y te dejas dar pomada, monto un escándalo de tres pares de cojones.

Eusebio se tumbó en el banco.

Claudia posó su mano sobre el velludo pecho del pichichi y suave, muy suave, comenzó un inquietante masaje que se fue extendiendo poco a poco hasta alcanzar el estómago, y continuó bajando un poquito, y otro poquito...

El pichichi hizo intención de incorporarse pero la modelo, con la mano libre, le empujó de nuevo hacia abajo.

—Déjate hacer, cariño, déjate hacer... —dijo melosa.

Eusebio notó como la toalla que cubría sus partes nobles se deslizaba hacia el suelo.

 

El partido estaba ya a punto de acabar cuando —¡por fin!— la puerta del vestuario se abrió, y tras ella aparecieron una radiante Claudia Schiffer y un azorado Eusebio.

El futbolista se acercó al banquillo y preguntó cómo iba el partido.

—Empate a uno… y vosotros, ¿cómo habéis acabado? —respondió el míster echando una libidinosa mirada a la rubia.

Iba a replicar Eusebio, un tanto molesto, cuando un grito unánime recorrió el campo.

—¡Penalti! ¡Penalti!

En efecto, el árbitro había pitado penalti a favor del equipo de Eusebio, cuando sólo faltaban dos minutos para que concluyera el encuentro. El defensa central, un tiarrón de casi dos metros, que había roto ya una docena de balones de la fuerza con que chutaba y no menos piernas dada la agresividad de que hacía gala en el juego, se dispuso a efectuar el lanzamiento del máximo castigo. Tomó carrerilla y... ¡paradón del portero!

Increíble, pero cierto. ¡Vaya paradón había hecho el animal del portero! El mismo que no hacía mucho había dejado el pecho de Eusebio como un cuadro.

—¡Es grandioso... fabuloso... portentoso! —exclamó Claudia desde la banda— ¡Vaya palomita! En mi vida he visto cosa igual.

Eusebio la miró sorprendido.

—Oye rica, que ése ha sido el que casi me mata antes.

—¡Ay, que exagerado eres, hombre! Pero, ¿no has visto qué paradón?, ¿no ha sido alucinante? Tengo que ir a pedirle un autógrafo. Éste no se me puede escapar.

Y dicho esto, Claudia volvió a saltar la valla protectora del terreno de juego, y espléndida y poderosa cual leona repitiendo cacería, corrió hacia la portería donde se encontraba el felicitado cancerbero.

Eusebio contempló cómo se alejaba Claudia, los vaivenes de su minifalda, su libreta y bolígrafo a punto, el bolso donde llevaba el tarrito de crema blanca. El afortunado guardameta, al ver lo que se le venía encima, apartó a sus compañeros para facilitar el encuentro.

«Esta Claudia —pensó Eusebio desde la banda— debe ser un poco casquivana».

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