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17 min
Un biblioteca con jardín
Históricos |
18.04.18
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Sinopsis

Lo más preciado en esta vida: tener una biblioteca con jardín. Roma. Siglo I a. C.

Después de meses en el frente por fin su amigo volvía a la capital. Lucio Scauro era un optio, aseror del centurión pues sabía leer y escribir, en Hispania, provincia bajo el poder del cónsul Cneo Pompeyo, y con el fin de la época estival de guerra volvía a Roma. Había llegado el día anterior, y ya le honraba con una visita a su domus. Hospedarse en la biblioteca de un amigo era toda una exquisitez entre ciudadanos romanos, y más aún si era en la casa de Servio Tulo, una de las pocas villas urbanas, aunque modesta, que había en la ciudad.

La biblioteca de Tulo era sencilla, pequeña si la comparaban con la que trajo Emilio Paulo de Grecia, pero ínfima si la comparaban con la de Alejandría -un sueño para él-. Sin embargo, su estimada biblioteca era bastante conocida, al igual que las reuniones que se celebraban en ella: por un lado, por su excelente contenido -sólo contaba con las mejores obras de cada uno de los saberes de la humanidad-, por el otro, por su ambiente inspirador, agradable y acogedor.

  • ¡Querido amigo! -dijo efusivo Servio Tulo, el dueño de la famosa biblioteca, fundiéndose en un largo y sonoro abrazo con su amigo. Tulo era magistrado de la curia romana, favorable a César. Llevaba puesto su syntesis, una túnica de lino, a pesar de estar a finales de octubre, de color crema y unas ligeras sandalias.

  • ¡Tulo! -dijo el invitado, vestido con la toga, que inmediatamente el anfitrión ordenó que se la llevaran, quedándose con la túnica, en este caso ya de lana, y unos macizos zapatos de broches de bronce, calzado militar que aún no se había acostumbrado a cambiarse.

  • Dejame verte… ¡Dioses del Olimpo! El tiempo no pasa para ti.

  • La política envejece más que la guerra -y ambos se echaron a reír.

Pasaron al interior de la domus.

Tras pasar el vestíbulo y el pasillo, todo decorado con bellísimos frescos, llegaron al atrium, el corazón de la casa. Allí el sonido de la lluvia en los tejados era bastante ensordecedor, pero el olor de la tierra mojada lo inundaba todo, hinchando los pulmones del soldado, irritados por el seco clima estival de Hispania. El agua corría por los tejados inclinados hasta depositarse en el impluvium central. El día gris y desapacible les iba a impedir conversar allí. Así que debieron tomar la segunda comida del día en el tablinum, una sala de estar que daba al interior de la casa.

Allí se pusieron al día. Por un lado, el visitante, le contó sus peripecias por Hispania. Las ciudades que había visitado, las tribus a las que había combatido, y la decepción. La decepción por Pompeyo, cónsul de Hispania, que gobernaba la provincia sin estar allí, hecho que siempre se veía mal entre los soldados. A su vez, Servio Tulo, le puso al día de los problemas de la ciudad. Se había quemado otra villa («¿Y aún se ve las ruinas de la antigua curia?», preguntó entremedias Scauro,  «Sí»), que el trigo de Egipto venía de forma irregular, lo que provocaba el sucesivo aumento del precio, y su consiguiente malestar en la población. También mostró su decepción con respecto a la política en la ciudad. Ya llevaban más de una década en la que las reformas, los programas o las ideas no servían para ganar las elecciones. Ahora había demasiada corrupción y poca honestidad en la política. Era algo que esperaba que César pudiese remediar a su vuelta. Pero el Senado empezó a deslegitimar su poder, en favor de Pompeyo.

  • Entonces, tú… ¿cómo lo ves? -preguntó el anfitrión.

  • ¿Yo? Muy difícil. La situación se ha tensado demasiado. César debería ceder su poder, ha acumulado demasiado en sus manos y a la opinión público esto no le gusta… para algo derrocamos a la monarquía...

  • Sí, sí. Si es lo que él quiere… pero con ciertas garantías -defendía Tulo, perteneciente al bando que apoyaba al conquistador de la Galia-. Todo lo que ha hecho lo ha hecho por Roma, no para él.

Tras un instante Scauro se atrevió a preguntar:

  • ¿Tu crees que cruzará el Rubicón? -le preguntó francamente a su amigo. Si César se atrevía a cruzar el río con su legión, cosa que no había pasado nunca antes, pues las legiones quedaban fuera de los límites de la ciudad, supondría un desafío al Senado y una aberración para el pueblo.

  • No creo. Sería ilegitimar su propio argumento. Si el Senado depusiera a Pompeyo… -se lamentaba Tulo, como hablando para sí mismo, aunque Scauro lo había oído perfectamente.

  • Pompeyo no se ha excedido en su poder -defendía el invitado, partidario a su vez de éste,a pesar de todo. Políticamente eran “enemigos”, pero habían procurado que la política fuera un asunto nada importante entre ellos. Sabían separar ambas esferas: la política y la amistad. Fuera de las paredes de esa domus esa discusión hubiera acabado en altercados o en peleas. Pero ellos eran amigos desde la infancia, habían crecido juntos, y en el fondo compartían los mismos ideales. Se querían y respetaban. Además tenían una afición en común, la cual ponían por encima de todo: la lectura, y más ampliamente la cultura.

  • No sé por qué tenemos que hablar de política -rompió el silencio Scauro.

  • Tienes toda la razón -sentenció Tulo. Se levantó del triclinium y dijo-. ¡Venga!, te enseño la remodelación de la biblioteca. Que para eso estás aquí.

  • ¡Por fin! -clamó su amigo. Se levantó con una energía repentina.

Salieron de la sala de estar interior y bordearon el atrium. A pesar de que el día seguía gris, había dejado de llover, pero el olor seguía flotando en el ambiente -como le agradaba a Scauro, que en cualquier ocasión aprovechaba para hincharse los pulmones-. Se internaron en varias estancias interconectadas antes de llegar a una gran sala, con techos altos y unos grandes ventanales al fondo. Allí, estanterías se elevaban resguardando las paredes. Ocupaban todas las paredes excepto la pared superior donde se abrían las grandes ventanas. En aquel lugar un inmenso fresco daba la bienvenida (y empequeñecía) al visitante curioso que entraba en el sancta sanctorum de Tulo.  Los muebles de madera de cerezo, traída del sur de la antigua Magna Grecia, organizaban los rollos en cubículos, creando aspas en la intersección de varios de ellos. Las estanterías estaban ordenadas por áreas de conocimientos: filosofía local, griega, oriental -una de las características que hacían tan especial la biblioteca-, historia, astronomía… La visión de los rollos de papiro eran como de decenas de ojos oscuros siguiéndote con la mirada, a los que les caían lágrimas colgadas por un cordel, en realidad las etiquetas con el título del rollo.

Tulo mostraba a su amigo cómo había quedado su biblioteca tras los cambios realizados. Había cambiado las estanterías, ya que las antiguas estaban carcomidas, demasiado viejas (algunas los había heredado de su padre), y las había distribuido de otra forma. Antes ocupaban el centro de la estancia, quitando luminosidad a la habitación, pero con la nueva distribución alrededor de ella, ésta había adquirido una magnificencia que antes no tenía.

Pasearon a lo largo y ancho de la biblioteca, cada uno por un lado. En silencio. Pensativos. Arropados por el sonido de las ligeras cortinas de los grandes ventanales al agitarse con la brisa y del piar de algún lejano pájaro. A parte de las estanterías, el espacio estaba decorado con esculturas, vasijas de estilo griego y oriental, una lira y dos mesas centrales con superficie de mármol, una llena de papiros -unos limpios o otros a medio escribir- y la otra llena de objetos de navegación y de agrimensura; «todo muy erudito» pensó Scauro. Además había bustos de figuras importantes del pasado.

  • ¿Para cuándo el tuyo? -rompió el silencio Scauro con ironía. Tulo se giró. Vio a su amigo acariciando el busto de Alejandro Magno. Tardó varios segundos en comprender la pregunta.

  • ¿Yo? Ja, yo no soy nadie para tener un busto.

  • Has escrito varios tratados, eso ya te da permiso para hacerte un busto -como no respondió, Scauro continuó-. ¿Qué me dices de Flaminio Pompo?

  • ¿Ese? Es un ególatra… Además de un imbécil -sentenció Tulo-. Venga, cogete algo y te enseño los jardines -se refería a cualquier rollo para leer después.

Salieron afuera. Ante el primer vistazo Scauro dijo:

  • Cómo he echado de menos tus jardines. No hay nada parecido en toda Hispania. Lo más parecido que vi fueron unos jardines en la casa de un magistrado de Barcino y no tenía más que un rosal y varios olivos, que rodeaban una pequeña fuente.

Los jardines de Tulo era uno de los jardines urbanos más grandes de Roma. Había espécies de plantas y flores que no se podía ver en otro sitio. Sin embargo, lo mejor era lo acogedor, hermosos y tranquilos que eran, más tranquilos si se pensaba que se estaba en plena ciudad. Los jardines se dividían en secciones, en mini laberintos de setos bajos y en el centro de cada uno una fuente con alguna escultura alegórica. Al fondo, a la izquierda, había los árboles frutales, y a la derecha un enorme columnario de mármol, a cuya sombra se estaba en el paraíso en pleno verano. Además, por esa parte se podía ver parte de la ciudad. El político creía que sin jardines su biblioteca perdía valor. Decía constantemente que quien tuviera una biblioteca y un jardín lo poseía todo. Scauro estaba de acuerdo.

  • Espero que mañana podamos leer afuera -dijo Tulo.

«Yo también lo espero», pensó Scauro. Y ambos quedaron contemplando como por un lateral las nubes del horizonte se rompían para dejar pasar los últimos rayos del atardecer.

 

A la mañana siguiente las nubes corrían por el cielo a intervalos. Cuando Tulo se levantó, encontró a su amigo en los jardines, bajo el pórtico que daba acceso desde la biblioteca. Hacía mejor tiempo. Cuando el sol se asomaba de entre las nubes, picaba, por eso Scauro ya estaba recostado en uno de los triclinia exteriores, rodeado de varios papiros desplegados, concentrado en el que sostenía en la mano. A un lado había una mesita de la que iba “picando”, cual pajarillo: ahora unos dátiles, luego un trozo de queso, más tarde pan con garum y… ¿cerveza?

  • buuaagghh… Debes de ser el único romano que no le gusta el vino -le espetó Scauro a Tulo cuando éste se aproximó.

  • Te pido perdón. No me acordé de decirle a Noreia que comprara vino. Voy a pedírselo ahora -Noreia era una esclava de origen bárbaro que había sido capturada por hombres a cargo de Scauro en el reino de Nórico, en la frontera danubiana, hacía ya casi una década, y fue un regalo a Tulo por su segundo mandato como magistrado.

  • Tranquilo -le consoló-. Ya mandé a que me trajeran una ánfora del mercado -y le dio otro sorbo a ese líquido amarillo que traía su amigo de Egipto. A pesar del amargor del sabor, lo prefería antes que beber agua, ni siquiera agua especiada.

Tulo se sentó en el otro triclinium, al otro lado del pórtico y pidió que le trajeran otra bandeja de comida: tuétanos con huevos duros y pastel de lirón.

  • No sé si seré capaz de concentrarme en la lectura -se quejo Tulo, mientras comía. El día anterior había terminado con la llegada de un funesto mensaje: el Senado no aceptaba la condición de Cesar de sustituir a Pompeyo del poder.

La situación se agravaba por momentos. La tensión iba a estallar en cualquier momento e iba a romper la paz que en ese instante los dos amigos estaba disfrutando. A pesar de que ambos apoyaba al contrario, ninguno de los dos quería un enfrentamiento. Desearon que ese día fuera eterno. El sosiego, el bienestar del alma que les proporcionaba una buena lectura en medio del refugio de la naturaleza. De esta forma le llegó un pensamiento a Scauro: «¿por qué no dejar el ejército y retirarse a una villa de provincias y dedicarse al cultivo de la vid, tal como había hecho su abuelo?». Tener su propia biblioteca y su jardín, y no invadir constantemente, cada vez que estaba en la ciudad, la casa de su amigo. Sí, se dijo, en cuanto el conflicto terminase devolvería su espada.  

Pasaron toda la mañana leyendo, uno al lado del otro, en silencio, o reflexionando en común, o leyéndole párrafos  -bellos e inspiradores- al otro -aunque éste ya los hubiera leído muchas veces con anterioridad. Tulo releía los primeros capítulos de Bibliotheca Historica de Diodoro Sículo, con la intención de refrescar la memoria, para luego examinar los últimos capítulos que éste había escrito y que el propio autor le había pedido que leyera antes de enviárselos al editor. Por ejemplo, una de las veces se paró en un fragmento que le había gustado y quería compartirlo con su amigo:

  • La escritura, «… Solo por ella los muertos son recordados por los vivos y aquellos que están distantes pueden conversar por escrito con quienes se hallan lejísimos (…). Solo la escritura conserva duraderamente las afirmaciones más bellas de los sabios, los oráculos o la filosofía…» -terminó de leer y con la mirada perdida en alguna lectura pasada expresó su pensamiento-, ...y las guarda para que podamos acudir a ellas cuando queramos… y deleitarnos… -dejaron hablar al silencio, que ahora contenía los más bellos versos.

Mientras Scauro, menos filosófico y más dramático que su amigo, leía las tragedias de Sófocles. Mejor dicho, releía. Varias veces Scauro se levantó y paseó por el jardín de su amigo, a reflexionar lo que acababa de leer. No quería que terminara ese día. Quería estar por siempre leyendo y paseando entre tanta belleza natural. Le relajaba escuchar el agua borbotear de las diferentes fuentes, los pájaros piar en los árboles, el olor de la fruta, los colores…

Era diez de enero cuando a media tarde les llegó la noticia de que César había cruzado el Rubicón con una legión. Los dos quedaron estupefactos. No podía ser. Jamás había sucedido. «¿Cómo habían llegado a esto?», se preguntaban. Para ambos, César había perdido toda la legitimidad. Habría guerra civil. Se miraron asustados.

Una hora después, los primeros síntomas de caos se dejaron ver. Desde el pórtico se veía una parte de la ciudad, y una columna de humo negro comenzó a ascender al cielo de Roma, algo se quemaba cerca de la basílica Æmilia, situada en el lado norte del foro. Entonces Scauro decidió marcharse. Tenía que poner a salvo a su mujer e hijos. Por todos era conocido que él apoyaba a Pompeyo, y las tropas cesarianas se dirigían a la ciudad.  Se despidieron con gran dolor en el alma. Después de tanto tiempo sin verse y deseando un nuevo encuentro lector, y este no había durado ni dos días.

Tulo quedó a refugio de los tumultos dentro de su casa. Aunque no compartía este comportamiento de César, todos conocían su amistad con él. Ordenó atrancar las puertas solo por pura precaución. Por la noche el sonido de los gritos y los disturbios se oían con mayor claridad.

El dueño de la domus estaba en su biblioteca, serenamente, colocando lo rollos que habían estado consultando ese día cuando tocaron a la puerta, repetidamente y cada vez más fuerte e insistente. De repente, un grito, y ahí saltaron todas las alarmas del interior de Tulo. Confusión. Fue hasta el umbral de entrada de la biblioteca y se asomó. Allí un largo pasillo, escasamente iluminado por una hilera a ambos lado de lámparas de aceite, que solo alumbraban la parte superior, se le antojó, en ese momento de tensión, más oscuro y siniestro que nunca. Un instante después vio correr a su mujer, y por detrás dos esclavos, hacia él. Su mujer le puso al corriente: hombres de Pompeyo.

Allí mismo fue apaleado, y sintió cómo destrozaban su casa y su biblioteca. Sin ninguna contemplación comenzaron a sacar rollos de sus estantes y los tiraban al suelo, para luego pisotearlos. No había entendimiento, solo furia. Daba igual el contenido de esos escritos, solo por quien los poseía ya eran culpables de delito.

Fueron detenidos y llevados a celdas distintas. Por un lado Tulo, por el otro su mujer y los dos esclavos que no habían matado. Él fue humillado, despojado de sus ropas de magistrado, arrastrado y vuelto a apalear. Mientras que su mujer fue violada.

Tres días después Scauro sacó a Tulo de la prisión, y lo llevó a lo que quedaba de su casa. Estaba devastada. Aún se veía humo alzarse hacia el cielo. Todo era desolación: los mosaicos del suelo arrancados, los frescos de las paredes pintarrajeados, los bustos hecho añicos. Su biblioteca era un mar negro de cenizas, barro y madera negra retorcida. El majestuoso fresco que antes había presidido su biblioteca se veía ennegrecido, aunque aún se podía distinguir varias figuras, cuyos rostros parecían también llorar. Los jardines destrozados, pisoteados, las fuentes destrozadas y arrancadas.

Sentía indignación, desesperación, congoja. Había despertado de su dulce sueño, y eso era la realidad. Lloraba.

En ese instante entró su mujer, media desnuda y llena de moratones. Se abrazaron. Al menos, se consolaba, su mujer estaba viva.

Los libros valiosos fueron vendidos, los que no, ardieron con la casa. Se perdieron ejemplares únicos que solo el tiempo diría si para siempre o no, como por ejemplo los últimos libros de Diodoro, que con toda su buena fe éste había dejado el original a Tulo, y nadie sabía si había sido vendido o quemado, y que veintiún siglos después seguiría sin saberse.

«Cuando se desatan las tempestades políticas, la palabra es la primera en sucumbir», pensó Scauro con tristeza al contemplar lo que hasta hacía dos días había sido un refugio de sabios y eruditos, al abrigo de la belleza y el arte, un refugio donde encontrar amigos.

 

Seis años después volvería a pasar lo mismo. César ganaría la guerra civil y los represaliados serían los seguidores de Pompeyo. Sin ningún miramiento ni razonamiento, solo pura venganza.

 

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  • ¡El mundo es un pañuelo! Hay una extraña regla natural donde se muestra que no es complicado encontrarse sajeños por doquier. Conozco a Los Hacha, sobre todo al de mi edad. Por aquí el tiempo poco cambia, jaja, sigue siendo un pueblo. Compruebo que tus textos están bien documentados. No soy aficionado a la historia, pero seguiré tu perfil. ¡Un saludo!
    Me gustó tu texto; pero creo que la historiadora pesó sobre la narradora. La primera parte del relato abunda en detalles históricos, y en describir la vida cotidiana; y en la segunda parte, los sucesos dramáticos como el asalto a la casa, la muerte de los esclavos, el apaleo y la humillación del magistrado, y la violación de su esposa, son despachados en unas pocas líneas sin mayor carga dramática. Hay que conmover. Los detalles históricos ya están escritos en los libros de historia. El aporte literario se debe dar en la humanización de lo ya escrito, y creo que tienes la sensibilidad para hacerlo. Solo cuida un poco más las palabras, ese "Salieron afuera..." es muy evidente. Saludos.
    ¡Bienvenida! Veo que es tu primer trabajo publicado. Para mí, que soy un ferviente lector de historia, me ha gustado tu bonito relato cargado de detalles, de lugares y de sucesos. Un placer leer algo distinto en la pagina. Continúa escribiendo. Un abrazo.
  • La aparición de un nuevo sistema de escritura y el conflicto entre dos religiones.

    Lo más preciado en esta vida: tener una biblioteca con jardín. Roma. Siglo I a. C.

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