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5 min
Un capricho más
Amor |
13.07.21
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Sinopsis

Tenía algunos años más y unas ganas enormes de vivir una aventura amorosa con ella. La conoció por casualidad, y aún habiendo distancias que salvar para poder estar juntos disfrutando en secreto, lo consiguió. Su matrimonio no era un obstáculo, ni para el conquistador, ni para ella, solitaria dama.

Todavía recuerda el primer día que se citaron y la única promesa que se hicieron: "si alguno de los dos se cansa, lo dirá y no dará largas". Se veían siempre que las circunstancias lo permitían y se complementaban tan bien en la intimidad, que poco a poco se fue convirtiendo en algo más que transitorio.

Ella no se podía decirle cuánto le necesitaba en su vida, en su día a día, para no obligarle a tomar una decisión drástica que forzara su separación. Él no dejaba de soñar con un presente compartido en plenitud con ella, prometiéndose a sí mismo que si algún día, fuera cual fuera la razón, dispusiera de su esperada libertar, iría a buscarla para comenzar una nueva vida, juntos.

Pasaron semanas, meses, años, y mientras prorrogaba con eventualidad asidua aquellos tórridos encuentros, el destino le negaba ese escurridizo deseo.

Tuvo tiempo para pensar. Pensar en cuánto la deseaba, en cómo quería mimarla y cuidarla, porque sabía que eran afines, que se correspondían y complementaban como nunca lo había sentido antes con otra mujer. Ansiaba demostrarle que podrían convivir juntos, que no se equivocaba, necesitaba que le diera la oportunidad de intentarlo al menos, aunque sería complicado y habría condiciones. Ella estaba muy unida a sus nietas. Demasiados años sola permitieron que su hija le robara mucho tiempo libre para complementar los cuidados, y su vida giraba en torno a la de las pequeñas.

Creía que eso representaba un inconveniente, ya que por el respeto que le profesaba, no se atrevería a pedirle más tiempo para hacer cosas juntos. Temía que no pudiera concedérselo, pero su ilusión era más fuerte que el riesgo al fracaso. Ideaba esquemas para consensuar una relación difícil de complementar, porque consideraba que ambos lo merecían.

Aunque cegado por su sueño y llegado ese día le haría una propuesta atípica. Puesto que aprendió que la convivencia y la monotonía habían dilapidado su matrimonio, no volvería a caer en aquél error. En contra de sus anhelos de dormir junto a ella cada noche y con ello romper los esquemas del rol de la clásica pareja, así que cada cual dormiría en su casa. Se verían cuando tuvieran ocasión, manteniendo las anteriores libertades adquiridas. La idea era echarse de menos, mantener viva la llama del deseo, y la misma supuesta intensidad afectiva, la única diferencia radicaría en que ya no lo harían a escondidas y sería más a menudo.

Rogaba al destino todos los días, incluso los domingos, sobre todo los domingos, esperando que la suerte le sorprendiera cualquier mañana al despertar. Esperaba cada lunes como si fuera un domingo y cada noche, antes de cerrar los ojos, elevaba sus plegarias al techo de su alcoba, aguardando el fatídico milagro que lo liberara de su indeseable convivencia. Debían de rebotar y desplomarse en el frío suelo, porque verdademente se hacía de rogar. Tan solo reclamaba su libertad para amar a quien deseaba en realidad, en sus sueños, pero a costa de una vida ajena.

Varios años más tarde ese momento llegó, y tras la visita de la negra y temible parca, desaparecieron las cadenas que subyugaban su existencia.

Por fin las semanas carecerían de festivos, por fin dirigía sus pasos definitivamente hacía ella, su destino, feliz, con paso firme por la acera y una sonrisa de oreja a oreja. Pretende darle la noticia y sorprenderla. Sería suyo para siempre, sin limitaciones.

La ve al abrir la puerta y una admiración mental le hace enmudecer. Sus miradas se cruzan un miserable instante al tiempo que ella da media vuelta, ignorándolo para echar la llave a la puerta. Luego, sin ni siquiera saludar, atraviesa el vestíbulo en dirección a la acristalada puerta de la calle. Incrédulo ante tal agravio, pronuncia su nombre, compungido interrogante incluido.

Ralentiza sus pasos, parece oírlo. Gira levemente el cuello pero prosigue su andadura sin ni siquiera darle una razón, un beso de despedida, un adiós, y desaparece. Un dolor agudo le desgarra el pecho y se le hace infinitamente eterno. Inca las rodillas en el blanco mármol del vestíbulo y cree morir de estupidez y amor a la vez. No logra entender aquella actitud. Tanto tiempo esperando, tantos sueños perdidos... ya no le importa su destino. No percibe que ha dejado de existir. Me hace sonreír.

En mi infinita benevolencia, le he concedido un último deseo antes de tenderle mi huesuda mano. Que la vea por póstuma vez, aunque sea con los ojos del alma me resulta divertidamente macabro. Es una de mis cualidades, pequeños caprichos que me doy de vez en cuando.

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  • Así es Yolanda, a veces. Un placer complacerte literariamente. Abrazo
    Cuando la vida le ofrece una segunda oportunidad y la ilusión la aventura de nuevo sin las responsabilidades que siendo joven tenía, la vida le arrebata aquello que ansió tanto, qué pena. Me encantó el desarrollo y el desenlace final. Un saludo Mikimoto.
    Lo gracioso de esta historia es que no supo ver que había cumplido su sueño, aunque lo hizo a pequeños sorbos, correspondiendo y siendo correspondido en el ámbito emocional y sensorial. Gracias por tu visita y comentario querida Ana Sabrina. Un abrazo
    Excelente narrativa, que ofrece una enseñanza sobre el existencialismo humano. La vida ,casi nunca resulta como la imaginamos...Nos pasamos realizando planes o paralizados en pensar en soluciones y esperando, el tiempo transcurre, sin haber podido cumplir el más anhelado sueño. Sobre el capricho, lo describió con pocas palabras Oscar Wilde, y creo que son perfectas: " Un capricho se diferencia de una gran pasión, en que el capricho dura toda la vida"....Saludos afectuoso estimado Mikimoto.
    Es siempre una lotería y todos tenemos premio, jovato. Gracias por seguir ahí mi querida Seren. Abrazo y besazo
    Entiendo que quien nos narra el relato es la propia Muerte, que conociendo los sentimientos y anhelos del protagonista se da el capricho de "concederle" un último encuentro antes de llevárselo con ella... Sólo la Muerte podía ser tan cruel para romperle el corazón hasta después de muerto. Doblemente impresionante, querido Miki, escribes con tanta ternura que duele leerlo. Un beso enorme.
    caprichosa habitualmente.....nunca se sabe como va a ser
  • A mi estimada Ruth

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Comparto lo que siempre quise ser, lo que soy, lo que nunca seré.

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