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3 min
Un crucero por el Mediterráneo
Varios |
20.07.16
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Sinopsis

La noche anterior han subido al barco los ocupantes de una patera. Los he visto mientras encendía un cigarrillo acodado en la borda. Marga no me deja fumar en el camarote. Estaban demacrados y exhaustos. Durante el día no han dado la noticia. Nadie parece saberlo y yo me he callado por discreción. Supongo que no quieren aguar la fiesta en este crucero de lujo por el Mediterráneo. Todos los tripulantes de alto rango con los que he hablado me han dado largas. El sobrecargo de la cubierta B lo ha negado:

            —Nunca los subiríamos a bordo. Nos limitaríamos a dar su posición por radio a la Comandancia.

            —¿Aunque estuvieran en peligro?—le he preguntado.

            Pero ya se alejaba por el pasillo.

            No sé si decírselo a Marga. No suele creerme.

            Los he buscado por todas partes durante la mañana y he llegado tarde al comedor.

            Mi mujer me esperaba.

            —¿No te acuerdas de que nuestro turno es el de las 12?

            —¿Por qué tenemos que comer tan pronto?

            —Lo propusiste tú para no tener que coincidir con los españoles.

            Un alemán gordo de la otra mesa me ha guiñado un ojo.

            —Sie werden nie finden, was Sie suchen.

            Mi mujer conoce el idioma.

            —¿Qué ha dicho?

            —Creo que dice que en el menú no hay la sopa de ajo que te gusta.

            Por la tarde he estado vigilando para ver si se acercaba un helicóptero o una lancha a recogerlos. No ha sido así. Tienen que seguir a bordo.

            Después de la cena se lo he contado todo a Marga. No me ha creído.

            —Te habrás confundido. He leído en algún sitio que los cruceros turísticos solo están obligados a dar parte a la Marina y, como mucho, arrojarles salvavidas y comida. Además, ellos tampoco querrían subir porque un barco no tiene soberanía territorial.

            —Está todo pensado—se me ha ocurrido decir.

            El alemán no ha venido a cenar. Su mujer y los niños han salido a buscarlo y no han vuelto.

            El jefe de comedor no deja transparentar su nerviosismo, pero yo noto que anda unos milímetros mas deprisa que de costumbre.

            —Me voy a fumar.

            —No hagas ruido cuando entres en el camarote. Estaré durmiendo.

            Reanudé mi búsqueda. No hay nada más difícil en un paquebote de estos que llegar a las bodegas de carga. Me han interceptado varias veces.

            —Only crew. Not allowed for passengers.

            Finalmente, he vuelto a la cubierta.

            Detrás de un mamparo había un hombre de color. Vestía un chandal amarillo y llevaba chancletas. De pie, con las manos a lo largo de los costados, miraba fijamente hacia el sur.

            Lo he intentado con mi francés de bachillerato.

            —Bon soir. Ça va bien?

            Silencio.

            —Une cigarette?

            Sigue con la vista clavada en el mar. No veo sus ojos.

            Puede que no sea francófono.

            Descubro que detrás de él hay más. Hasta una docena, calculo. Todos en la misma posición. Inmóviles. No hay brillo en sus miradas.

            Decido que están bien y me voy a dormir, satisfecho de haber resuelto el misterio.

            Al despertar, Marga pone la radio.

            "Hace dos días 15 inmigrantes ha muerto ahogados en el canal de Sicilia, cerca de la isla de Linosa".

            La misma que avistamos anteayer.

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