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4 min
Un cuento en tinta verde
Fantasía |
20.04.09
  • 4
  • 7
  • 1982
Sinopsis

Bueno, los imprevistos es lo único que siempre cabe esperar.

El Perro y la Niña han vuelto a coincidir en el mismo continente. Otra vez se buscan los ojos entre la gente y las manos a solas en el pasillo. Parece mentira que hayan pasado seis años.

Se dieron la bienvenida con un beso en la comisura, y después se escaparon a la cocina para besarse con rabia. De fondo, las voces de quienes nunca conocerán la historia más emocionante del mundo. De los que no quieren conocerla. Pero todos intuyen que existe un secreto impronunciable, porque nunca dos personas se atrevieron a mirarse a los ojos con tanta potencia para vengar la impotencia de la distancia y las personas que sobran.

Seis años. Tantas noches de quererse sabiendo que no podían. Y luego se tomaron la justicia por su mano en aquella pensión barata con la piel a trozos y una magia malvada que los envuelve cada vez para no permitirles ignorar que algo cambió el día que se conocieron.

Y siempre se acalla el mundo y se estropea el motor del tiempo; y así nunca saben cuánto tiempo ha pasado sin verse ni cuántas cosas no han hecho. Así siempre piensan que han ganado por haberse conocido y que la vida no ha seguido mientras no se han tenido cerca.

Una historia que se escribe con tinta verde, que no entiende de quererse tranquilamente, ni de disfrutar de la rutina, ni de disfrutar de los silencios con la última luz. Una historia que se retroalimenta por sus propios secretos, por la certeza de que ellos sólo existen en sus propios recuerdos y que por tanto no es responsable no ir a la apuesta todas las veces.

La leyenda, una historia sin futuro; por eso existirá para siempre. Emoción, instinto; recuerdos inverosímilmente fieles de lo que sólo ocurrió en secreto. Provocación implacable, complicidad a base de medias sonrisas en las que caben universos enteros.

Y luego un domingo que se convierte en un litro y medio de whisky y sus rendimientos capitalizados a día de hoy:

Él y su ambición, sus reveses. Su libertad sin límites y su falta de arraigo. Sus compañías insanas y la inmoralidad. Su soledad, siempre. Siempre.

Ella y su temor a ser una niña vieja. Su autonomía implacable, su alrededor prescindible, su protección incondicional. Sus compañías engañadas que miman su vanidad. Su soledad, siempre. Siempre.

Y ninguno se sorprende de mirarse a los ojos con una ternura que no tiene nada que ver con los hambrientos que se esconden por los rincones. Ninguno se sorprende de que tantos kilómetros de mar no hayan conseguido ahogarlos. A los dos la vida les ha manchado, pero ninguno se sorprende de que les haya manchado a la vez.
Pero la realidad, aburrida como siempre, sigue en sus trece. Y ellos sin decir nada, firman una derrota silenciosa, sacan el libro que empezaron a escribir un verano, garabatean tres o cuatro páginas manchadas de besos, caricias y complicidad; y vuelven a guardarlo en el cajón.

Pero esta vez no aceleraron voluntariamente la respiración, no firmaron un contrato de los de “cama a doce euros la hora a condición de quererse hasta morir”. Sólo durante un par de minutos, después de alargar un domingo imprevisto; se rozaron los labios, sólo de milagro, para no cometer el error de besarse. Sólo por cerrar los ojos un momento y sentirse en casa. Sólo por agradecerle a la vida otro encontronazo inexplicable que reaparece cada vez que sus vidas están cambiando para recordarles que algo sigue igual.

Sólo por sentir que tienen un sitio al que volver.
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  • sentir que se siente es siempre un secreto privilegiado.
    Es un buen texto pero excesivamente parecido a los anteriores. No quiero verte encasillado¡¡
    Precioso, precioso de verdad, cuanta verdad reflejas en este texto... me encanta como escribes... un beso.
    El texto es hasta agradable a la vista; pienso en ese "siempre" y Siempre" y me dan ganâs de leerlo en voz alta. Me hizo reîr mucho lo del contrato, y esa pareja estâ genial; me hace pensar en un amor diferente al que acostumbran pintar y que tiene algo de Romeo y Julieta. El adverbio "inverosîmilmente" no lo conocîa, y "a dîa de hoy" se me hace que le falta una "l". ¡Hasta la prôxima, Gatopardo!
    me ha encantado!!!
    como siempre, leo envuelto en escalofríos
    Vaya, gatopardo, acaso supones que yo crea que sólo ganan los que hacen trampas (“o los que atajan con astucias heterodoxas”). Creo que has confundido el sentido que le he dado yo a la palabra conciencia (te gustará saber que en ese poema quería decir que a veces hay que abandonarse al irracionalismo, a la inconsciencia, para poder crear algo puro que no esté atado por las cadenas de lo racional, hay que abandonarse a algo tan irracional como el amor, la poesía, el arte…) Tal vez hayas entendido mi “conciencia” en el sentido más “ético” del término. No, amiga, también intento ser bueno y no envenenarme, que es lo que hace mucha gente. Por que, aunque me taches de aburrido, racionalista y mayor, en el fondo (y no está muy profundo mi fondo) y con mis casi treinta tacos, soy aún un niño al que le queda mucho de inocencia, con todo lo bueno y lo malo que tiene eso. Ese niño al que todo adulto debería aspirar a llegar a ser si se llega a anciano. Ese niño que aún vive en los mundos del principito y en el que menos le apetece estar es en el del contador de estrellas, aunque lleve en la cabeza algo que cree que es un sombrero, sin darse cuenta que es un elefante engullido por una boa. (Y, por cierto, este relato me ha gustado bastante.)
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