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6 min
Un Cuerpo Vacío
Reales |
02.02.15
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Sinopsis

Una difícil decisión.

                Sentí un escalofrío en el bajo vientre, que atribuí directamente al momento. Aquello que notaba en el pecho, en las piernas, en las caderas y en el estómago no era más que ansiedad anticipada. El mundo iba a tomar otro color a través de mis retinas a partir de ahora. La realidad iba a difuminarse en el devastador proceso de inconsciencia que experimentamos cuando cambiamos la química de nuestro cerebro a través del pensamiento.

                         Nos proponemos observar y aprender, vivir acontecimientos que aporten sentido a nuestro paso por la tierra, alimentar el alma con hechos que marquen nuestro efímero pasaje por estos lares; satisfacer las curiosidades por las que nuestro organismo se prepara en favor de la continuación de nuestra especie. Nadie quiere vivir encerrado en una caja, sin pretensiones, en un agujero oscuro y frío, que someta al cuerpo a un estricto espacio cerrado; que no desprenda ningún olor, ningún sabor, nada con lo que entretener el sistema límbico; podrirse en veinte metros cuadrados que no tienen nada que ofrecer. No hay bebidas, no hay televisión, no hay baile, no hay chica guapa. Se podría comparar a una especie de zulo, con la diferencia que encontraríamos al bajar el pómulo de la puerta y comprobar que ésta que tengo aquí se abre, pero sigues sin poder salir, o al menos no ir demasiado lejos.

                      Mi relación con Dios no es ni buena ni mala. Simplemente hay un trato cordial, relativamente afable y educacional. Mis padres me inculcaron mi amor hacia el supremo puede que de manera forzosa. El cerebro tiene tantos designios como neuronas. Al final decidí amarle y dedicarle lo que me queda de vida, que, por cuestiones de edad, podría ser un largo trecho. Tengo 35 años. Dos días me quedan para alcanzarlos. Y aquí estoy, a punto de entrar en el monasterio de una orden religiosa de por vida. No es una decisión fácil. Pero es mi decisión. ¿Qué se puede hacer en un monasterio de clausura a parte de rezar? Se puede aprender a cocinar. Se pueden leer muchos libros. Se puede escribir. Se puede pasear. No se puede entrar en internet, nada más que una hora a la semana. No se pueden hacer fiestas hasta las tantas. No se debe hablar demasiado. Hay que acostarse temprano y levantarse casi más temprano todavía. Hacer las tareas que el huerto, la cocina, la lavandería, la escoba y la fregona exigen. Tienes que hacerte la cama y mantener limpia tu habitación. ¿Y cuándo podré emborracharme? ¿O ligarme a la de la camisa roja? ¿O liarme un peta sentado en la hierba del parque? Nunca jamás. Se acabó. He decidido que el misticismo y la espiritualidad están por encima de todos los placeres mundanos.

                          La mediocridad nos encauza por un sinfín de necedades absurdas que no hacen sino despistarnos de nuestro verdadero propósito, que es sanar el espíritu y conseguir la plenitud en el gozo de la liberación carnal. Pero tengo dudas. ¿Qué será de mis colegas? ¿De mi vida anterior? Los recuerdos, la historia, lo vivido. Todo perdura en el fondo más profundo de mí y puede salir en cualquier momento. Cuando entre ahí estaré solo. Todo habrá sido un sueño. Un mal sueño. Cuando cierre los ojos y piense en lo que he vivido, y peor aún, en lo que me queda por vivir, sé que no lo resistiré. Necesitaré escapar, como el toro encerrado en un cajón. Rabioso y enfurecido con ganas de arrasar con todos. No creo que puedan retenerme. En una cárcel al menos puedes seguir con tus vicios. Puedes soltar tacos y meterte con el tonto del grupo. Te pueden violar o puedes hacerlo tú. Pero al menos sientes las cosas. Sientes el dolor, el tacto, el olor. En un monasterio de clausura no sientes nada. El cerebro funciona pero el cuerpo está quieto. Las cosas no pasan. El tiempo esgrime los orificios de tu piel sin tocarte, sin erosiones, sin magulladuras. El espacio es irrelevante, y ya no estás en el engranaje del proceso. Pasas a ser una piedra mal puesta en el camino, que no hace más que molestar. Puede que no sientas rencor, no sientas codicia, ni envidia. No hay celos, no hay enfados ni perturbaciones. Pero ahí radica precisamente el problema. En que no hay nada. Absolutamente nada. No sientes. Nadie te abraza. Cuando llores nadie te va a consolar. No hay visitas dentro, ni fuera. Ya no existes, pero estás. Y eso es lo duro. Morir al menos te libera. De alguna manera te da igual, porque ya no estás, y no puedes sufrir. Pero estando encerrado sí estás. Y sufres. O tal vez existes, pero no estás. Da igual. A quién le importa. Estar o no estar. Ser o no ser. El mítico dilema que yo jamás entendí pero que tanto dio que hablar en su momento. Ya no habrá más futbol. Para qué, si ya me da igual quien gane. En la espiritualidad no existen fronteras. No hay españoles o italianos o alemanes. Somos todos lo mismo, y vamos todos a parar al mismo sitio. Además no tendré televisión para ver como se pasan la pelota. Puede que aquí juguemos algún partido, como hacen los monjes shaolin. Pero no tiene muy buena pinta esto. El más joven debe de tener 84 años. Supongo que a esas edades se debe pedir el cambio bastante rápido. Da igual, me resignaré. Me encerraré en mí mismo y meditaré. Meditaré mucho. Muchísimo. Meditaré tanto que puede que me libere del cuerpo y vuele por el cielo. Podré contemplar todo desde arriba. Podré ver lo inmundo de la humanidad. Observaré las grandes construcciones, los templos levantados por el hombre, o las maravillas construidas por la naturaleza. Podré observar, para ver que todo está ahí, aunque yo no pueda tocarlo. Y así moriré con el alma limpia y el cuerpo incólume. Con la casticidad de la creación reflejada en mi piel impoluta. Moriré en vida, viviré muerto; existiré sin existir, seré sin ser y estaré sin estar. Me adentraré en la llanura solitaria del escuálido territorio del olvido. Y así seré en el pasar de los años: un cuerpo vacío. 

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