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7 min
UN CURSO MUY ESPECIAL 1
Reales |
08.01.20
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Sinopsis

Un joven algo tímido va a un curso de Relaciones Humanas donde hay un ambiente muy señorial, pero queda atrapado por los encantos de una mujer. Es un relato que publiqué en su momento, pero que lo he arreglado de su mala composición.

La primera noche del año 1970 Jordi Oliveras que era un joven de veintidos años; de mediana estatura y moreno, fue al señorial hotel Ritz de Barcelona a buscar a sus padres quienes habían ido a una cena de gala. Los hombres vestían el elegante smoking mientras que las mujeres llevaban sus vistosos y rutilantes trajes largos.

Jordi entró en aquel sofisticado edificio de un modo titubeante puesto que como era bastante apocado sobre todo con los clientes en su trabajo y con las mujeres no solía desenvolverse con demasiada soltura en sitios desconocidos. Sin embargo en aquella ocasión el destino le tenía reservada una sorpesa.

Allí en el gran comedor iluminado por una lujosa lámpara adornada de tintineantes cristales casualmente entabló una conversación con un hombre de edad indefinida que era un conocido de su familia con el que habló de libros, mas éste al reparar en la falta de espontenedad de su interlocutor le recomendó que hiciese en aquel mismo hotel un curso de Relaciones Humanas el cual venía de Norteamérica y era similar a una terapia de grupo para solventar aquel problema anímico.

Jordi que ansiaba superar aquel lastre que le dificultaba el trato con sus semejantes, aceptó de buen grado aquella sugerencia. Así que poco después el joven se personó en un departamento de aquel hotel que era el Salón de Actos, en el que para su sorpresa se encontró ante un numeroso  y selecto público perteneciente a la élite de su ciudad compuesto por famosos periodistas de los medios de comunicación, conocidos actores de doblaje y prestigiosos empresarios.

Enseguida el conductor del curso que era un célebre y entusiasta autor teatral hizo salir a Jordi Oliveras al pequeño escenario que había en un extremo de la sala para que dijera unas palabras a modo de presentación.

Como es de suponer el recién llegado sintió que le invadía una fuerte turbación, y sus piernas empezaron a temblar como las ramas de un árbol zarandeadas por el viento, a la vez que un sudor frío perlaba su frente, por lo que sólo pudo balbucir sus datos personales.¡De buena gana hubiese escapado de allí a todo correr!

No obstante decidió hacer caso omiso de aquel sentimiento que le abrumaba, puesto que él en su fuero interno desdeñaba la postura inmovilista de mucha gente que se regodeaba en sus defectos emocionales con la estúpida frase de "Yo soy como soy y ya está" sin querer evolucionar en absoluto y siguió asistiendo  en días sucesivos a aquel curso, dando lugar a que gradualmente éste empezase a ganar parcelas de seguridad en sí mismo.

Jordi Oliveras, al igual que los demás alumnos tenía que contar un incidente de su vida en dos minutos. Pues en base a la mentalidad pragmática anglosajona no se permitía divagar en ningún tema; había que ir al grano y ser lo más concreto posible. Asimismo se tenían que explicar ejemplos en los que se hubiesen puesto en práctica algunos principios éticos en la vida cotidiana como por ejemplo el interesarse sinceramente por los demás, el saber escuchar y el tener empatía con quienes fuesen diferentes a nosotros; o también en cómo resolver las preocupaciones diarias.

Aunque por otro lado Jordi pudo percatarse que en aquel tan distinguido como autosuficiente ambiente gravitaba un halo teatral de exhibicionismo que alimentaba el protagoinismo de los participantes.

De todas maneras nuestro amigo Jordi tanto por su franqueza como por su peculiar forma de expresarse no tardó en aquirir una cierta fama entre los alumnos y  era felicitado por muchos de ellos, convirtiéndose algunos en sus más fervientes admiradores. Esto a él le chocaba en grado sumo porque se le ponía en evidencia que casi nadie hasta entonces había tenido en cuenta sus cualidades humanas. Más bien había sucedido lo contrario. Se solía enfatizar los defectos del más vulnerable para que el otro pudiera darse una engreída importancia a su costa.

En otro orden habían noches en las que se organizaban reuniones en las lujosas casas de algunos miembros del curso, todas ellas situadas en la zona alta de Barcelona, para preparar y comentar la siguiente clase del próximo día, y Jordi Oliveras no se perdía ninguno de aquellos encuentros puesto que se sentía a gusto en aquel glamuroso ambiente.

En una ocasión Jordi al salir del trabajo se dirigió a una de aquellas viviendas en la que estaba invitado, que era de una antigüa construcción, pero que estaba bañada por una inmensa solera, ya que la escalera del inmueble brillaba como el oro, y al llegar al piso indicado le abrió la puerta una criada impecablemente uniformada que a su vez era la compañera de servicio de una cocinera profesional.

A Jordi salió a recibirle la dueña de aquel hogar que era la mujer-estrella de aquel colectivo, la cual rondaría los cincuenta años de edad a la que llamaremos Elena; era alta, rubia; y sobre todo tenía un don de gentes excepcional.

Al parecer Jordi había llegado demasiado pronto porque los dueños del piso estaban terminando de cenar en compañia de unos invitados que eran otros miembros del curso, en una mesa adornada con unas velas encendidas en unos candelabros.

- La charla que diste el otro día comparando a la vanidad con el humo de un cigarro fue magnífica; muy buena - le dijo un comensal a Jordi.

- ¡Oh! Es que Jordi es un chico estupendo, estupendo - corroboró Elena con su singular simpatía.

Y el aludido se hinchó como un pavo real.

En aquella casa, al igual como en muchas de aquella zona la gente acostumbraba a beber bastante alcohol por cualquier motivo, de un modo similar a lo que vemos hacer a los personajes de muchas películas americanas; pues a veces el cine es un reflejo de la realidad.

No tardó en presentarse en aquella casa un matrimonio que el marido era un simpático alumno del curso. Se trataba de un hombre andaluz que era un jefe de la Guardia Urbana de la ciudad, cuya mujer venía de un humilde ambiente.

Seguidamente Elena haciendo gala de su mundano carisma recibió a la pareja con tal cortesía que la mujer de aquel sujeto quedó instantáneamente deslumbrada por aquel recibimiento. Con toda seguridad nunca había conocido a nadie así.

- Tu marido es muy agradable, y habla muy bien - le dijo Elena a la mujer.

- Ah... sí...ya... - susurró ella sin saber muy bien qué responder.

Pero no todo era tan brillante en aquel coletivo.

En otra ocasión Jordi fue con algunos compañeros del curso al domicilio de uno de aquellos empresarios, y éste con gran apuro los dejó solos en la sala de estar para que no vieran a su mujer que en aquel momento estaba completamente borracha. Era una enferma alcóholica.

Cuando Jordi se sintió más tranquilo en aquel curso pudo darse cuenta que por debajo de la disinción de aquel grupo subyacían muchas inseguridades personales que se pretendían compensar sea con el éxito en los negocios, o con el Arte. Pues en muchas charlas de los alumnos trascendían grandes conflictos familiares de naturaleza económica, y se vertían lágrimas por frustaciones de todo tipo; por muertes repentinas de seres queridos a causa del estrés y otras enfermedades.

Y dichas charlas recibían el más caluroso aplauso del público, en contraste con las anécdotas humorísticas que se pudieran contar. Pues la vida es un mar de lágrimas - pensaba aquella gente-. Lo que gustaba de veras era llorar.

 

 

 

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