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4 min
Un Día De Fiesta
Varios |
18.11.06
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Sinopsis


UN DÍA DE FIESTA



Aquel programa empezó como siempre, una noticia absurda más, una tarde más desperdiciada delante del televisor. El interés por la programación desapareció en cuanto la pantalla perdió su color negro.
Manejaba el mando a distancia por pura costumbre, pero no esperaba encontrar ninguna imagen que consiguiera despertar sus neuronas, al menos, no a esa hora.
En aquella franja horaria, la tarde se convertía en un ring para familias, más o menos conocidas, que a falta de lavadora lavaban sus trapos sucios en televisión.
Aquello era deprimente, ¿en qué estarían pensando los directivos de las cadenas? La gente normal ya tiene bastante con las rarezas de su propia familia como para ocupar su tiempo libre en deleitarse con riñas ajenas.
El mando a distancia siguió haciendo su trabajo.
Canales y más canales, unos para los manitas del bricolaje, otros para los adictos a la cocina, otros que ayudaban a las mujeres a sacar toda la feminidad que se supone que todas llevamos dentro, y como no, los que mostraban los ritmos musicales actuales, esos que vuelven locos a la juventud y que amenazan con volvernos sordos al resto del planeta.

Apagó el aparato y el silencio repentino inundó la pequeña sala. Poco a poco fueron llegando hasta sus oídos los sonidos provocados por sus vecinos, ahora una tos lejana, una mesa que se mueve, una conversación que no deja entender las palabras, una moto que irrumpe desde la calle. . . y en su casa, silencio.
¿Qué pensarían los que la rodeaban del silencio que salía de su hogar?
Estaba segura de que la consideraban la vecina rarita del edificio. Su relación con ellos no pasaba de un educado saludo cuando se cruzaban.
Definitivamente no encajaba en aquel mundo de televidentes, se inclinaba más por la compañía de los lectores, no en vano llevaba ocho años trabajando de bibliotecaria. Esa era la razón por la que estaba acostumbrada a vivir rodeada de silencio.

El día se le estaba haciendo eterno, era como un abrazo incómodo del que no conseguía zafarse.
Necesitaba algo en lo que mantenerse ocupada, un día festivo en medio de la semana y ella no tenía nada que hacer con su tiempo libre.
Tenía su vida completamente ordenada, pero aquellas festividades dispersas rompían su rutina y la sacaban de quicio. . . sentía los minutos desperdiciados como cristales rotos clavándose en sus pies, y sin embargo, no encontraba la actividad adecuada para cubrir la necesidad que sentía. No soportaba aquella sensación de tiempo desperdiciado.
Si continuaba sentada en aquel sofá, mirando aquella pantalla negra, acabaría volviéndose loca.
Se colocó junto al ventanal cerrado y miró hacia la calle. El cielo amenazaba lluvia pero, aún así, aquella avenida bullía de vida.
Fijó su mirada en lo colorido del tráfico que se agolpaba en la carretera, las aceras con gentes que iban y venían, protegidos por sus abrigos, jóvenes que esperaban impacientes el cambio de color del semáforo, todo bajo una luz amortiguada por las nubes que ocultaban todo el azul del cielo.

Seguía apoyada en el cristal de la ventana cuando empezaron a caer las primeras gotas de lluvia. Sólo fue el aviso para los paseantes, la tormenta cayó sobre la ciudad, dejando aquella avenida mojada y vacía.
Todo había cambiado en cuestión de minutos.
El aliento que salía de su boca, empañaba el cristal lleno de pequeñas gotas que resbalaban y su mano se afanaba, resguardada en la manga de su pijama de franela, en limpiarlo para dejar libre su camp
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